Miguel Esquirol Ríos
Miguel Esquirol Ríos, 24 años, boliviano afincado en Barcelona, es periodista y ha publicado en diferentes medios bolivianos y españoles. En su página personal (http://elforastero.blogalia.com), escribe, casi diariamente, artículos, cuentos, reflexiones... de todo tipo. Como él mismo dice:
"En los asuntos que entran por la fuerza de la moda, me gusta quedarme atrás o bien haber sido el primero. Estoy contento de haber comenzado una bitácora hace tres años, en los albores del estallido de las bitácoras."
Entre los documentos que pueden encontrarse en su página, tenemos:
A continuación, reproducimos algunos cuentos o colaboraciones que hemos encontrado en otros medios de comunicación.
Ellos
Miguel Esquirol - Cochabamba
Fueron unas magníficas vacaciones, con bellos recuerdos bien guardados en fotografías. Ahora, contentos y cansados, bajábamos las maletas del taxi, cuando nos dimos cuenta de que la puerta de nuestra casa estaba abierta; fue la primera señal que algo no andaba bien. Dentro, los pisos estaban inundados por los grifos abiertos o reventados; nuestros libros y fotografías flotaban desvanecidos en un agua sucia. Nos habían robado las pocas cosas que teníamos; tu radio, mi guitarra, nuestra televisión; sólo quedaba la mesa vacía en el medio de la sala. Encontramos a nuestro perro echado en el piso con una herida mortal en el pecho; la vidriera de tu madre destrozada y los vidrios del suelo con manchas de sangre; nuestra ropa en el pasillo como aves cazadas en medio vuelo; la puerta del baño partida a hachazos. Recorrimos todas las habitaciones repasando las pérdidas. En ningún momento sospechamos que ellos todavía se encontraban allí.(Mención especial en el concurso de microcuentos o cuentos brevísimos de Fondo Negro, convocado junto con los suplementos Brújula de El Deber y Lecturas de Los Tiempos)
Hábito y mortaja
A Luis Espinal, cura español muerto por militares en Bolivia
A veces el hábito pesa más que una mortaja. Aunque ya no lo uso por comodidad desde hace mucho, salvo los domingos para la misa, aún siento su peso, no en mis hombros sino en todo el cuerpo. De día trabajo en el ambulatorio del hospital como enfermero y de noche hasta antes de la hora de queda en una radio. Cada madrugada tengo que salir con los guiones escritos la noche anterior para llevarlos al censor, sólo si este los aprueba se podrán emitir en el programa de esa noche. La impotencia de salir cada día con la mitad de los guiones anulados y con la fría firma de aprobación del censor en los guiones más flojos y las palabras más gastadas son parte del peso que el hábito me cede. Los domingos doy la misa, también bajo la mirada impertinente del censor.
Cuando el gobierno está a cargo de un hombre de miradas y maneras de militar uno quiere llegar lo más cansado posible a casa para no pensar, pero no siempre es posible. Siempre hay una energía oculta que espera la noche para estallarte dentro del pecho con toda la rabia y evitar, con el ruido de su explosión, que duermas hasta bien entrada la madrugada.
Vivo en la parte trasera de la iglesia, un miserable departamento para una persona, de una habitación más el baño. Mi cama en el suelo está en la esquina más oscura y un sillón de espaldas a la ventana es quizás el único lugar pacífico del planeta para poder leer algo, nunca demasiado tiempo, nunca lo suficiente. Además los libros que de verdad valen la pena son imposibles de encontrar.
Cuando cada noche llego después de la radio. Ema me abre la puerta, me ha estado esperando desde muy temprano con los ojos puestos en el callejón que da a mi casa, esperando ver pasar militares en furgonetas color verde oliva, o el humo de las explosiones. Ema tiene catorce años y murió aplastada cuando una bomba dirigida a una casa donde supuestamente se refugiaban enemigos del régimen explotó en la puerta de su hogar.
En la cocina doña Roxana prepara un mate y recoge las cosas que yo acabo de traer para la comida. Doña Roxana está ciega porque estuvo buscando a su hijo en todas las comisarías de la ciudad hasta que se le secaron los ojos de tristeza y un militar le disparó por la espalda cuando regresaba pasado el toque de queda.
Camila duerme en el suelo, a un costado de mi cama con las manos en los oídos, y en la misma pose que cuando la dejé. Un día sus padres no volvieron a su casa, nunca supo porqué, y unos hombres desesperados en busca de comida entraron a su hogar y la encontraron. Ahora Camila sigue esperando a sus padres tapándose los oídos por si nuevamente entran a la casa a robar.
En mi cama se acomodó don Isidoro, el fue quizás el primer muerto de la dictadura. Lo atropelló la multitud cuando la policía empezaba a dispersarlos del frente del palacio de gobierno con balas de verdad. Ahora cuando el sol se está por poner empieza a toser, con una tos ronca y sucia, y no para hasta que ya la noche está cerrada.
Con la mirada busco a Jeremías, está sentado en mi sillón leyendo la Biblia. Se que no es religioso, ni siquiera es católico, pero siempre dice que prefiere leerla a leer cualquier porquería que ahora publica el régimen. Sus ojos son los más tristes que he visto nunca y, aunque nunca me lo dijo, se que murió mientras lo torturaban.
Me hago campo entre la multitud que vive en mi casa, doña Roxana ya tiene la comida y ha empezado a llorar sin lágrimas, porque se le acabaron hace tiempo. Me topo con Julián y Mateo peleando en la alfombra. Bajo la cama Felipe juega ensimismado con un coche de juguete que se dejó en el hospital un niño herido por una bala. Anastasia se lava el cabello en el baño y en un costado de la cama Gutiérrez, un intelectual de izquierda, juega al ajedrez con Domingo, un soldado que no se atrevió a disparar contra la multitud y lo encerraron en una celda y se olvidaron de él. En el minúsculo patio trasero, Inés lava mi sotana de los domingos al tiempo que reza un rosario que comenzó hace demasiado tiempo.
Tengo la casa tomada. Pareciera que todos los muertos de la dictadura viven en ella y no puedo sacármelos de encima. Tampoco deseo hacerlo hasta que la dictadura termine. Son un recuerdo palpable que me recibe cada noche y que me recuerda que a la mañana siguiente tengo que volver con la frente en alta para que el censor me quite la mitad de mis palabras, para que en el ambulatorio intente curar enfermedades y heridas que no llevan a ninguna parte y en la noche pueda ingeniármelas para sacar alguna palabra de esperanza, alguna crítica velada, a través esa capa de asfalto con que nos han pasado por encima.
Esta noche dormí peor que nunca, no pude consolar a Matilda que lloraba por una mascota perdida y a Rogelio que juraba que esta vez tiraría la bomba que le estalló en manos. A las cuatro de la madrugada logré cerrar los ojos a pesar del ruido de mil respiraciones, de mil ronquidos, en mi oído. Toda la noche tuve pesadillas. Pesadillas que me arrastraban, que me pisaban el cuerpo, que me destrozaban el vientre. Todavía había prisioneros y todavía había torturados, pero esas cosas no se pueden decir por radio. Cada vez que escribes eso el Censor te mira divertido y te dice "de dónde saca esas noticias, parece que viviera en otro país", y un sello de censura cubre todos esos muertos que irán a vivir a mi casa.
Esa mañana cuando desperté sentí el cuerpo adolorido, como si me hubieran golpeado largamente. Decidí no abrir los ojos todavía. Pero un silencio se me apoderó del alma, mi casa estaba vacía. Busqué a Ema, a doña Roxana, a Camila, a don Isidoro, a Jeremías, a Julián, a Mateo, a Felipe, a Anastasia, a Gutiérrez, a Domingo, a Inés, a Rogelio. Ni siquiera la pequeña Matilda que se durmió apoyada en mi brazo está allí. No hay nadie.
Desconcertado enciendo la radio. Todas las sintonías dicen lo mismo. "El dictador a muerto, la dictadura ha terminado, viva la democracia ", discurso muchas veces repetido como rezando los milagros gozosos. "El dictador ha muerto, los militares han depuesto armas, el congreso se ha reunido, el pueblo es libre nuevamente".
Salgo a la calle y todo es vida, toda la gente se felicita los unos a los otros.
Llego al Ambulatorio y en éste las mismas enfermedades se curan con los mismos remedios pero una ola de optimismo ha entrado a todas las salas. En ginecología a las niñas que nacen les ponen nombres como Libertad, Vida, Esperanza. Al único niño que nace ese día le ponen Víctor, como si la muerte del dictador, en su cama y rodeado de médicos, hubiera sido una victoria para todos.
Esa noche hablo de la buena noticia en el programa de radio, por primera vez acuso que todavía hay desaparecidos de los que no tenemos noticias, cárceles repletas de prisioneros políticos, cuerpos que no han llegado a sus familias. Por primera vez salgo exultante de gozo por haber podido decir las verdades. En la puerta de la radio el jefe me felicita por la muerte del dictador como si fuera una fiesta nacional y me pide que el día siguiente tenga más cuidado con mis palabras, que al principal auspiciador de mi programa no le gustaron las declaraciones.
Todavía sin reponerme por la bofetada que me dio mi jefe llego a mi casa disfrutando con antelación la casa vacía, los muertos finalmente en paz. Cuando abro la puerta un joven de unos veinte años me mira desde el sillón. Ojea la Biblia aunque no cree en ella, me dice que los otros libros son demasiado caros para comprarlos. Frente a una taza de té me cuenta su historia: Murió mientras se manifestaban frente al palacio de gobierno, pedían mayores salarios para los profesores de la universidad. Una lata de gases lacrimógenos le golpeó la cabeza.
Es el primer muerto de la democracia.
Octubre, 2003
(Publicado en Proyecto Sherezade, http://home.cc.umanitoba.ca/~fernand4/habito.html )
EL DELIRIO DE TURING
Edmundo Paz Soldán
Alfaguara, Madrid, 2003
353 págs., 21,9 €Regresamos de la mano de Edmundo Paz Soldán a una ciudad inventada en el centro de Bolivia, Río Fugitivo, donde ya se desarrollaron sus últimas tres novelas: Río Fugitivo (Alfaguara, 1998), Sueños digitales (Alfaguara, 2001), La materia del deseo (Alfaguara, 2002).
En Río Fugitivo, como en muchos lugares de Latinoamérica, se nota una atemporalidad palpable -ordenadores y multinacionales que conviven con culturas precolombinas y con conflictos de la Revolución Industrial-, un desfase que también se encuentra en los personajes de la novela: Miguel Sáenz, bajo el seudónimo Turing -quien descifró la máquina Enigma de los alemanes- es un funcionario, criptoanalista también, y que trabaja en la Cámara Negra, un centro de inteligencia boliviano que se dedicó a interceptar planes revolucionarios durante la dictadura en los años 70. Kandinsky, mítico hacker que tiene en pie de guerra a todo el Gobierno boliviano, nacido en las barriadas más humildes, se abrió rumbo, hasta liderar uno de los potentes brazos de "la coalición". La coalición es el fenómeno social que empieza a surgir cuando se privatiza la empresa de electricidad de Río Fugitivo y ésta sube las facturas de electricidad.
Además, son muchos otros los personajes que intervienen en la novela, como piezas de los engranajes de la Bomba que fueron utilizadas para descifrar Enigma, antecedente de los ordenadores modernos que ayudó a ganar la Segunda Guerra Mundial. Un juez en busca de justicia, una mujer con problemas éticos, el nuevo jefe de la Cámara Negra con un problema demasiado grande en sus manos, el antiguo jefe de la Cámara Negra, hospitalizado y con un oscuro pasado. La acción transcurre dentro una realidad convulsa, similar a la vivida en Bolivia en abril del año 2000. Como escritor y profesor de política de la universidad de Cornell, el autor nos permite conocer los antecedentes y los distintos aspectos que generaron esta situación de crisis, que volvió a repetirse a principios del año 2003, y si no nos ayuda a entenderlos, al menos lograremos comprender sus causas.
La novela de Edmundo Paz Soldán, a caballo entre la novela social y política latinoamericana y el más puro ciberpunk de Neal Stephenson, compone una historia de intrigas con personajes que saltan continuamente de la realidad a la virtualidad. Así como el universo narrativo creado por el escritor boliviano, salta entre la ficción y una realidad cruda fácilmente encontrable en los periódicos bolivianos.
MIGUEL ESQUIROL RÍOS
(Publicado en Revista Lateral, nº 113, mayo de 2004.
Hunter S. Thompson se suicidó este domingo con 65 años. El creador del estilo del periodismo Gonzo nos deja sin sus artículos y sin el espíritu de vida y muerte con que nos acompañó durante décadas.
Muere el padre del periodismo Gonzo
Miguel Esquirol Ríos. Barcelona.
Al menos una vez en la vida hay que escribir como Hunter S. Thompson, dando todo de uno, colocándose en el centro mismo de la acción y disparando tu columna o artículo como si se trataran de las balas de una Magnum .44; escribir así al menos una vez, aunque sea en forma de homenaje para él. Esta forma de hacer periodismo se la conoce como “Preiodismo Gonzo”, término que fue acuñado por Hunter Stockton Thompson, periodista, escritor, gran fanático de la vida y de la acción, que cometería suicidio el domingo pasado a los 65 años.
Thompson explicó un día sobre la palabra Gonzo: "La utilizaba un amigo mío de Oakland, siempre pasadísimo, para referirse a esas personas que tienen la mente peor que los locos". Hunter S. Thompson nacería a la fama con su libro “Ángeles del infierno, una extraña y terrible saga de pandillas motorizadas” (1966) que cuenta la vida de esta banda de motoristas vista desde dentro. Un artículo suyo en “The Nation” en mayo de 1965 atrajo la atención sobre este tema a numerosas editoriales firmando un contrato con “Random House” para vivir durante un año montado en una motocicleta como un miembro más de la banda. Finalmente el libro se publicaría dando paso a una nueva forma de periodismo que empezaba a sacar la cabeza.
En el periodismo Gonzo el periodista es el actor principal; que se joda la objetividad, e incluso la seriedad o sobriedad. Thompson escribió desde las nubes del alcohol, dijo lo que en realidad pensaba y cómo veía al mundo y todo eso le daba miedo y asco. Escribir como si se tratara de disparar contra el enemigo era su única forma de defensa, hasta llegó un momento en que ya no lo pudo aguantar.
Hunter Stockton Thompson nació en Kentucky, el 18 de julio de 1939 hijo de un agente de seguros. Después de terminar el colegio se uniría a la fuerza Aérea de los Estados Unidos de América, lo único para lo que le serviría el ejército fue para iniciarse en el periodismo cubriendo la sección de deportes para el periódico de la fuerza Aérea de California. En 1958 saldría del ejército y empezaría con trabajos en pequeños periódicos sin nunca lograr un estilo o un artículo que realmente impactara.
Aunque ya habría escrito “Angeles del infierno...” y toda la aventura había terminado con él en el hospital por una golpiza y con un libro que le abría las puertas, aun no se sentía cómodo con su estilo de escritura, el periodismo Gonzo no había terminado de nacer. Finalmente en 1970 el nuevo estilo surgiría del azar, al igual que la dinamita,, sacando del interior de Thompson una forma de escribir que ya estaba allí pero que no terminaba de descubrir. En una entrevista que concedería a la revista Playboy años después contaría cómo su estilo nacería por la presión del cierre de edición de la revista “Scanlan” de un artículo sobre el Derby de Kentucky para el que aun no había escrito nada: "Mi cabeza volaba, no podía trabajar. Finalmente empecé a juntar páginas de las notas que había tomado, las numeré y las envié a la imprenta. Estaba seguro que iba a ser el último artículo que iba a escribir”. En lugar de ser despedido y despreciado; el artículo, personal, insolente y salvaje consiguió que la redacción del periódico fuera inundada con cartas y llamadas de personas que les había parecido un “verdadero logro para el periodismo”.
A partir de ese momento y ya seguro de que había encontrado su forma de escribir empezó a redactar artículos y reportajes desde el mismo campo de acción sin cuidarse demasiado de lo que hacía o decía, con él mismo como principal personaje.
Thompson encontraría su hogar en la revista Rolling Stone que le abriría las puertas después de su primer reportaje “La Batalla de Aspen: Poder Freak en las Rockies”, un artículo sobre un viaje que hizo a su hogar en Aspen, Colorado, donde se postularía para Sheriff desde una plataforma de “Freaks”. La campaña dirigida desde la mesa de un bar acabaría tristemente en fracaso, pero el artículo significó que la firma de Thompson gustaba y vendía.
Su próximo trabajo, ya bien establecido como escritor estrella de Rolling Stone, fue cubrir una carrera de motocicletas en Las Vegas, reportaje publicado en dos partes, que se convertiría en: “Miedo y Asco en las Vegas. Un viaje salvaje al corazón del sueño americano” (1972). La historia contaba un viaje lleno de drogas y aventuras junto a su abogado, redactado en un estilo maniático y cómico que ya lo caracterizaba. Para la historia llevaría su posteriormente reconocible “uniforme”: Camisetas hawaianas, boquilla de cigarrillos y gafas de sol espejadas. Esas mismas características tendría el personaje Raoul, inspirado en Thompson, de la famosa tira cómica “Doonesbury” de Garry Trudeau.
Poco a poco Thompson se iba convirtiendo en un símbolo de la contracultura y su rostro aparecería en grafitis y camisetas. Años después “Miedo y asco en las Vegas...” sería recordado en una película de culto filmada por Terry Guillian con Johnny Deep en el papel de Raoul Duke, seudónimo de Thompson; así como “Where the buffalo Roam” protagonizada por Bill Murray, en la que Thompson volvería a las pantallas.
En la sima de su carrera, en el año 1972, Thompson escribiría incendiarios artículos sobre la campaña presidencial para la reelección de Richard Nixon en una serie publicada como “Miedo y asco en la campaña del 72” (1973). Thompson siempre criticó a Nixon llamándolo “Mentiroso, cobarde y bastardo. Un maldito granuja y un despiadado criminal de guerra”. No tenía una mejor opinión de Bush.
Durante toda su carrera tuvo también dificultades y recibió muchas críticas ºa su estilo porque le daba más importancia a su propia persona que al hecho sobre el que escribía, pero Thompson, que tenía muy poca aspiración literaria, decía que el periodismo era una buena forma de “que alguien más pagara para ir a donde está la acción”.
La vida de este periodista-escritor significó un constante dirigirse hacia la acción. Entre los 15 y 18 años ya sabía de prisiones y correccionales. Las drogas y el alcohol le trajeron problemas y juicios y en el final de sus días se podía escuchar el sonido de un gong que emitía con los disparos de su Magnum .44 y el ruido de su motocicleta, en su alejada cabaña en el estado de Colorado.
En uno de sus libros “The Great Shark Hunt. Gonzo Papers, Vol. 1” (1979), una recopilación de sus artículos, Thomson escribe:
“Me siento como si estuviera sentado aquí, escarbando palabras para mi propia lápida. Y cuando la acabe, la única salida apropiada será directo por esta jodida terraza y hasta la plaza “La Fuente”, 28 historias hacia abajo y 200 millas fuera en el aire y a través de la quinta avenida.
[...]
Así que si decido hacer el salto hacia “La Fuente” cuando acabe este memo quiero dejar perfectamente claro – Me encantaría genuinamente hacer ese salto, y si no lo hago siempre consideraré que fue un error perder esta oportunidad [...]
Pero qué demonios. Probablemente no lo haga (por todas las razones equivocadas) y probablemente acabe estos contenidos y vuelva a casa para Navidad y viva 100 años más con todos estos malditos balbuceos que ahora intento juntar.”
Pero al parecer llegó un día, como a Hemingway, como a tantos otros, que no soportó una vida en la que ya no le quedaba nada para continuar - ni aventuras, ni fuerza interna, quizás ni siquiera balbuceos- y murió de un tiro una noche inaguantable de domingo en su cabaña en Colorado a los 65 años.
Publicado en: Los Tiempos.com Cochabamba, bolivia, 27 de febrero de 2005.
http://www.lostiempos.com/lecturas/27-02-05/27_02_05_lec3.htm