Días y noches de angustia
Capítulo 5
Víctor Montoya
La alborada rasgó la niebla, las ranas no croaban ni las golondrinas se esparcían al sol. Pero en las celdas, donde los rayos saltaban como peces de aletas doradas, se alistaban los torturadores y los presos para viajar a La Paz, ciudad que se alza a la altura de las nubes.
—¡Arréglense sus trazas! —ordenó Bronson, alcanzándoles un peine—. Ahora van a saber lo que cuesta ser subversor. En el Ministerio del Interior les reventarán el alma a garrotazos.
Apenas el sol aguijoneó el azul perfectamente añil del cielo, Pedro y sus compañeros ganaron la calle, acosados por risas y groserías.
Estando ya cuatro de ellos maniatados dentro del jeep, se escucharon gritos estridentes:
—¡Está escapando! ¡Deténganlo! ¡Rápido! ¡Rápido!...
Pedro volvió la cabeza en dirección al parabrisas y, a una brazada más allá de sus ojos, vio que Ascencio se escabullía en zigzag, perseguido por cuatro hombres armados.
El jeep arrancó por órdenes del oficial, quien intentaba apuntar el cañón del revólver hacia las piernas del fugitivo, que corría con un ruedo alborotar y lanzando gritos que se oían como tiros:
—¡Me quieren matar! ¡Asesinos! ¡Asesinos!...
Dos cuadras más allá, donde había adoquines y aceras desportilladas por el tiempo, Ascencio cayó de un brusco tropezón, y los paramilitares, golpeándolo con sus armas, lo levantaron violentamente por los cabellos.
—¡Ah, pendejo! ¿Así que querías fugarte? —dijo Bronson, bañándolo con una mirada de odio.
En la puerta del Departamento de Orden Político, los bajaron del jeep y los condujeron a la cámara de torturas.
Ascencio tenía la piel lívida y en sus ojos se trocó el inmenso cielo azul en un mar de sangre.
—Ustedes no temen al revólver ni a quien puede asestarles la ley de fuga. ¡Mal paridos! —dijo el oficial.
Bronson, mirándolos con el color tinto de sus ojos, disparó patadas y puñetes, y los presos, asediados contra la pared, manaban hebras de sangre por la boca.
—¡Aprendan esta lección, extremistas de mierda! —dijo Bronson, haciendo rechinar los dientes, mientras Ascencio caía con el rostro contraído en un gesto de dolor.
Una vez que las culatas abatieron el cuerpo de Ascencio, lo arrastraron al baño y lo baldearon.
Cuando el sol quemaba las paredes enjalbegadas, los presos fueron llevados a la ciudad de La Paz, atados de pies y manos.
Al desfallecer la tarde llegaron al Ministerio del Interior, cuyas dependencias estaban colmadas de oficiales, las murallas vigiladas por soldados y las puertas flanqueadas por furgonetas, que se usaban para transportar a los presos de un presidio a otro. Todos caminaron detrás de Pedro, uno a uno. Subieron por escalinatas hasta el último piso del edificio taciturno, cuyo techo era tan alto que al mirarlo daba vértigo.
Cuando llegaron a un pasillo cubierto de lustrosos mosaicos, un capitán se les aproximó haciendo tintinear su llavero, que chocaba contra las hebillas de su cinto.
—¿Y ustedes, quiénes son?
Ellos, que tenían el cuerpo tumefacto y el rostro deformado, respondieron con un soplo de voz. Pero él, a poco de reconocer a Pablo, se le acercó con una mirada fulminante y, levantándolo en vilo de las solapas, dijo:
—¿Y tú, Pablito, cuándo vas a escarmentar?
¡Plaf!... Una, dos, tres y más bofetadas se le precipitaron sobre la cara del minero, quien dio unos pasos atrás, tambaleándose, con el aire atascado en el pecho.
Pablo era conocido en la cúpula castrense desde cuando el barrientismo lo desterró a Alto Madidi, junto a otros cuadros el sindicalismo nacional, que hoy no viven más que como efigies esculpidas en moles de granito.
—¿Qué puedo hacer a estas alturas, capitán? Estoy aferrado a mis ideales y no le temo a la muerte, si acaso ésta es la mejor respuesta a mi lucha —dijo.
Estas palabras, que anteceden a tragedias crónicas, se esfumaron en la atmósfera del Ministerio.
—¡A estos conspiradores, extremistas y disociadores, llévenselos al Departamento de Orden Político y púlanlos en forma!
—Capitán —irrumpió una voz afeminada—, será mejor llevarlo al sótano.
—¡No! —dijo—. El sótano está ya repleto de agitadores.
—Serán cumplidas sus órdenes, mi capitán.
El día cayó vencido por la noche, como a veces cae la brisa vencida por el estío. Había corrientes de aire caldeado y la luna resplandecía en las alturas.
Los cinco fueron sacados del Ministerio, subidos a una furgoneta y trasladados a la cámara de torturas.
La furgoneta recorrió por las calles de la ciudad, atravesando plazas con baldosas expuestas al denso olor de las cloacas. Tantas calles, tantas vueltas; era imposible saber en qué dirección avanzaban minuto tras minuto, segundo tras segundo.
Al cuajarse la noche, los barrios pobres cayeron en un sopor profundo y los astros cambiaron de colores.
Se escucharon bocinas y pasos alternados. Se abrieron las compuertas de la furgoneta y los gases salieron a golpes. En la siguiente cuadra, no muy lejos de donde estaban, distinguieron los balcones palaciegos y, en medio de un juego de luces, a varios centinelas que tenían la mirada puesta en el mismo farol donde un día fue colgado un presidente.
—Salir uno a uno y rápido —dijo un hombre, que tenía una cicatriz entre los ojos.
Se abrieron las puertas blindadas del Departamento de Orden político y, desde adentro, alguien gritó afónico:
—Cuervo, revisa sus ropas. Vacía sus bolsillos de todo objeto punzante o cortante. Además, hurguetéales el agujero, porque éstos son capaces de todo, hasta de meterse el dedo para esconder dinero.
El Cuervo miró a los presos con su cara de ave negra. Afirmó sus pies en la tierra dura como el ladrillo, mientras en ellos nacía un largo silencio.
—¡Tiren todo lo que tienen! —frunció la nariz y miró los objetos que caían al suelo—. ¡Canten sus nombres y adentro, carajos!
Ellos, nerviosos por lo que vendría después, entraron equidistantes en una habitación fétida, donde había catres viejos, en las paredes garabatos obscenos y en el techo un foco cagado por las moscas, colillas de cigarrillos por doquier y una capa de polvo cubriendo las manchas sanguinolentas.
En uno de los catres, un hombre estaba tendido boca arriba; tenía el pantalón manchado de vómitos, la camisa desabotonada hasta el ombligo y la bragueta entreabierta, dejando asomar los ralos vellos de su pubis.
Justo en el instante en que los presos contemplaban esta escena, apareció el Negro como recién parido por la noche; llevaba botas de charol, sombrero de jipijapa y un sacón de cuero revuelto, que en la penumbra hacía un magnífico juego con el color de su cara, donde sólo le brillaba el blanco de los ojos y los dientes.
—Levántate, "desvirgador de indias". Tenemos mucho trabajo. Han traído "muñecos" del Ministerio —dijo el Negro.
—¿Qué? —preguntó su cómplice, rozándose los labios con los dedos.
—Levántate. Tenemos mucho trabajo, mucho...
—¿Con quiénes?
—Con éstos —señaló el Negro, volviendo los ojos en dirección a los presos—. ¿Chupaste como un perro?
—Sí.
—¿Cerveza o aguardiente?
—Aguardiente.
—¿Con hembras o sin hembras?
—Con hembras y aguardiente... ¡Ahora deja de ser alcahuete y basta!
—Está bien. Amárrate los pantalones y manos a la obra —concluyó el Negro, antes de desaparecer en la noche, seguido por el "desvirgador de indias", para quien no existía patria ni ley, a pesar de haber aprendido el saludo a la bandera y la "subordinación y constancia".
De súbito, un contraste se apoderó de los presos, pues ante sus ojos no estaba ya la figura grotesca del borrachín, sino el rostro encandilado de un militar, quien, para identificarse ante los presos con una soberbia inmerecida, chilló quebrando la oscuridad:
—¡Pónganse firmes, las manos en la nuca y la vista a la pared!
Ellos, haciendo ligeras contorsiones, obedecieron el eco de las palabras.
—¿Quién tiene un cigarrillo? —preguntó, sonándose la nariz sobre el pañuelo.
Ninguno atinó a contestar. Mas él, frotándose las manos como si estuviese de buen humor, volvió a repetir:
—¿Quién? —volteó la mirada hacia Víctor y agregó—: ¿A lo mejor vos?
—No —contestó, procurando esconder los ojos.
Al cabo de esto, un torturador buscó el cigarrillo en los bolsillos de su chaqueta. Extrajo una cajetilla y la agitó para que el filtro saltara por la abertura. El militar alargó el brazo y cogió el cigarrillo iluminado por la alegría. El torturador dio media vuelta y se fue.
—Qué noche tan fría —murmuró. Encendió el cigarrillo. Aspiró y la brasa resplandeció. Echó el humo sobre la cara de Víctor y añadió—: ¡Media vuelta! ¡Prohibido hablar, prohibido mirarse!
Bajo el terciopelo de la gélida noche, un hombre se acercó tosiendo, como si se desgarrara una tela. Se trataba de otro torturador de piel morena, ojos glaucos y escrutadores.
—¡Pablo! —gritó.
—Sí, señor.
—¡Sígame!
Los dos se internaron en la noche y se desvanecieron, dejando inquietos a quienes también esperaban su turno de inclemente sufrimiento.
Pasó un tiempo, otro tiempo y más tiempo, y en medio de la noche que blandía cuchillos largos, se alzaron los gritos clamorosos de Pablo. Sus compañeros, que en principio lo escucharon llorar a gritos, escucharon después la desarticulación de sus propios huesos. Una tensión de músculos sacudió sus manos, muslos, y les invadió los recuerdos como fogonazos. En sus ojos se reflejaban todos los seres queridos, lo que más amaban y deseaban. Pensaron en la revolución, en la fatalidad de la vida, en la tortura y en la muerte.
Ángel abandonó sus pensamientos, se acercó al militar y le preguntó:
—¿Puedo salir a orinar?
—Sí, en aquel tarro.
Ángel orinó mitad al pavimento y mitad al tarro. En eso, la luz de la luna descubrió a dos soldados aferrados a sus fusiles de bayonetas apuntadas contra el cielo.
—¡Estás meando fuera del tarro! —gritó uno de ellos, exhalando una brizna de vapor por la boca.
Ángel se ajustó los pantalones y regresó a la habitación, mientras la voz de Pablo era lo único que se llevaba el viento.