El laberinto del pecado

Capítulo (fragmento)

Víctor Montoya


Manuel Ventura aceptó que el conflicto entre los hombres no era un producto del dragón de fuego que Dios arrojó del cielo como castigo divino, o de la fiera de siete cabezas y diez cuernos que emergió de las profundidades del mar, sino el producto más genuino del género humano. Además, el día en que se planteó las tres preguntas claves que todos se hacen en algún momento de la vida -¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?-, dejó de creer en el cuento de que los niños eran traídos por las cigüeñas desde París o que un gato negro los encontraba en un portal. También se informó por segundas bocas, como todas las cosas concernientes al amor, que toda mujer tiene dos agujeros en la concavidad oscura de su cuerpo. Empero, esta obsesión se la hizo más evidente la noche que atisbó el dormitorio de sus padres por el ojo de la cerradura, haciéndose testigo de un coitus a tergo, porque su mamá estaba en postura de cuatro, las manos apoyadas y las piernas abiertas, y su papá, hincado detrás de ella, la poseía propinándole palmadas en las nalgas, con la misma destreza que un jinete hace chasquear el rebenque contra las ancas de su caballo. Seguidamente, enlazándola por el talle, la montó a horcajadas y la penetró con un resoplido bestial. Fue entonces cuando su mamá giró el rostro y dijo algo con una mueca de dolor.

Manuel Ventura, atacado por una sensación algo similar al vértigo, retiró su ojo de la cerradura, tan fría como el sudor glacial que le corría por la espalda, y pensó: "Los hombres vuelven al mismo agujero por donde un día llegaron al mundo". Desde luego, esta no fue la primera ni la única vez que supo cómo se hacían los niños, pues ya un amigo suyo, mucho más grande y experimentado que él, le dijo: "Todos tenemos un botoncito en el ombligo, que es la cicatriz de una manguerita por la cual comimos antes de nacer. ¿Sabes por dónde? Por una ranurita que a las mamás se les ensancha como el cuello de una chompa". Y cuando Manuel Ventura, golpeado por un ramalazo de curiosidad, preguntó: "¿Cómo se meten los niños en la barriga de las mamás?". Su amigo, bajando el tono de la voz a un límite casi inaudible, y ayudándose con los ademanes de las manos que se movían tan fogosos como sus ojos, dijo: "Los niños entran en el útero de las mamás gracias al animal peludo que los papás tienen cerca del pubis, y que al acalorarse se les levanta duro como un laque. Este animal se introduce en la ranurita y causa un cosquilleo que es más rico que comer pan con queso. Por eso los papás, a tiempo de eyacular, se retuercen hasta estallar en un placer muy difícil de explicar. Al final del acto, los papás depositan espermas dentro de la ranurita de las mamás; éstos nadan como renacuajos en una leche pegajosa y el más veloz de ellos se mete en un óvulo para fecundar. O sea, es como si los papás depositaran un huevo en las mamás, para que ellas lo empollen durante meses dentro del cuerpo".

A esta su vaga información contribuyó también aquel espectáculo amoroso que lo sorprendió en el umbral de su pubertad: cuando una noche, como todas las noches de luna suspendida en las alturas, escuchó unos gemidos de mujer no muy lejos de su casa ni muy cerca del río. Cuando se aproximó al callejón sin salida, el corazón golpeándole como un puño en el pecho y la respiración atascada en la garganta, vislumbró dos siluetas tendidas sobre los riscos filudos de un poyo. No conforme con esto, avanzó atraído por la tentación de mirarlos de cerca y, a punto de caer en un paso falso, tenía ante sus ojos el trasero velludo de un hombre y, debajo de él, a una mujer con las piernas abiertas, estirándose hacia la luz pálida que difundía la luna.

Manuel Ventura, al ver que el hombre le mordisqueaba el cuello con una avidez animal, creyó que la mujer era salvajemente herida. Y, compungido como estaba, pensó gritar para socorrerla, pero se contuvo al constatar que no se trataba de un crimen callejero, sino de un amor enloquecido, porque ella, abrazándolo con las piernas, suplicaba con viva efusión: "¡Tócame más!... ¡Aquí!... ¡Más!...".

 

(...)

 

La oscuridad y el silencio cundieron en las calles de la ciudad. Manuel Ventura cruzó el living y, al tropezar con la mesa, se desplomó con un dolor que le mostró un remanso de estrellas diminutas y fugaces; entretanto la vasija con tema floral, el candelabro de latón y la reliquia de greda, cayeron con un ruido sordo. Por un instante, buscó los objetos a ciegas, a tientas; recogió el candelabro sin velas, la vasija sin flores y la reliquia desportillada pero entera.

Candelaria, que estaba más despierta que dormida, abrió los ojos y emitió un ronquido abrupto. Escudriño a la redonda y susurro: "Shhht...".

Manuel Ventura, cubriéndose las vergüenzas con las manos, se internó en la penumbra del cuarto, donde el blanco resplandor de su cuerpo parecía plateado, y dijo:

—Lo siento, pero...

—No importa. No necesitas disculparte —dijo ella, con voz quebrada, calculando el tamaño real de ese enorme animal que le pendía como un badajo entre las piernas.

Él acuñó la puerta y suplicó no encender la lámpara, pero ella lo hizo a propósito, colmada por la presencia física del hombre que amaba a toda fuerza. Así que, sin lograr salir de una ceguera pasajera, los dos estaban de pie, respirándose muy de cerca. Él desnudo y ella a medio vestir. Cuando abrieron los ojos, Manuel Ventura escondió la mirada y Candelaria le volvió la espalda, con un gesto casi ajeno a este mundo. Al cabo de un silencio que parecía eterno, él volteó la mirada sobre ella, decidido a infligirle una derrota. La escrutó solemnemente, y la lumbrera de sus ojos, hechos de ébano y fuego, iluminó ese cuerpo que se mostraba íntegro detrás de una enagua más transparente que un velo de gasa. Le abordó cansado ya de amarla sin tocarla y, sin resistir más el atractivo de esa incandescente belleza, la hizo girar del brazo y le disparó un beso. Ella retrocedió y exclamó:

—No me toques.

Manuel Ventura retiró el brazo y no contestó. Se limitó a caer de rodillas. Alzó la cabeza y sintió que la sangre le trepó a las mejillas.

—Te amo, Candelaria —dijo—. Te amo tanto que estoy dispuesto a ser como tú quieras que sea.

Ella, sin mirarlo siquiera, le habló como refiriéndose al vacío:

—No puedo creer en lo que dices, porque lo mismo le dijiste a Clarice mientras soñabas.

—Mentira, mentira. Clarice es sólo una compañera de cologio, a quien admiro y respeto.

—Está bien, pero de nada sirve que te pongas de rodillas —le consoló ella. Afirmó con la cabeza y añadió—: No olvides que, por mucho que me implores, tú seguirás siendo el hijo de los patrones y yo la sirvienta.

Manuel Ventura inquieto por romper la conversación, tuvo ganas de taparle la boca, pero se lanzó gimoteando a los pies de ella. Le abrazó los muslos, al mismo tiempo que sus labios la besaban haciéndole palpitar las venas una a una. Candelaria, prisionera de los brazos y los besos, que en vez de maltratarla la incitaban al amor, hundió sus dedos en los cabellos del primer hombre de su vida. Pasado un tiempo, ambos fundieron el mundo en la temperatura de sus cuerpos y sus cuerpos pasaron a experimentar la temperatura de otros mundos. Él la despojó del único atuendo a besos, y ella lo reclinó sobre su pecho, acomodándole en los labios el pezón de su abultado seno.

Manuel Ventura le recorrió el cuerpo con el cuerpo y le palpó la ranura del sexo. Ella retrocedió como una pluma mecida por el viento y se derrumbó en la cama, bajo una ola de cabellos que le cubrían el rostro. Pero ni bien se abrazaron ante la blanca claridad de la lámpara, bajo el techo abovedado y sin claraboya, ella intentó erguir el cuerpo aferrándose a las sábanas, pero él la atrapó por las caderas, impidiéndoselo, con una fuerza capaz de levantarla en vilo y sacudirla en el aire. Y, una vez que le separó las piernas, imprimiéndole sus huellas en la piel, descubrió la rosada abertura del sexo, expuesto como un fruto partido de un tajo.

Candelaria tenía los ojos irradiando fulgores extraños, puesto que él, además de explorarle los pezones y el monte de Venus, le lamió el sexo que desprendía un olor a hierba húmeda, y ella, apresando el nervio que floreció en Manuel Ventura, se lo puso en la boca, que parecía hoguera queriendo quemar leña. Él suspiró y se remeció con lujuria salvaje, disfrutando de la succión y fricción de las manos.

Cuando alcanzaron una excitación incontenible, ella se tumbó boca abajo, bamboleando los senos, y ofreció la inmensidad de sus nalgas. Él la montó con movimientos lentos, que fueron haciéndose violentos, y, al término de varios intentos, logró penetrar toda su longitud en las profundidades últimas de Candelaria, quien, tras exhalar un suspiro hondo y prolongado, confesó:

—Eres un borrico, Manuel. Un borrico...

Manuel Ventura permaneció encima de ella, con una llama de placer en los ojos; en tanto afuera, en la calle, la neblina flotaba sobre el empedrado cual vapor sobre el agua.