El laberinto del pecado

Capítulo IV (fragmento)

Víctor Montoya


En la clase de Ciencias Naturales estaba ya el profesor Gamarra, Anastasio Gamarra, sentado detrás de una mesa labrada a golpes de mano; mientras en los últimos pupitres, donde Manuel Ventura tenía la vista al frente y las orejas en punta, se escuchaba un diálogo:

—Mi hermano mayor se lo tiró a Gamarra –dijo uno.

—¿Qué quieres decir con eso? —dijo otro.

—Que Gamarra es un mariconazo, que da calificaciones a cambio de un polvo.

—Explícate mejor. ¿Qué paso entre tu hermano y Gamarra?

—Hace años atrás, no recuerdo exactamente cuándo, Gamarra invitó a mi hermano a pasar por su casa, para enseñarle unas gomitas que, además de inflarse como globos, se usaban para hacer el amor. Mi hermano aceptó la invitación y fue con dos de sus amigos, con los de mayor confianza. Gamarra les abrió la puerta y los hizo pasar a una habitación llena de espejos y fluorescentes, que más parecía un burdel que la casa de un profesor medio muerto de hambre. Todos dejaron sus ropas en un armario empotrado en la pared y, entre el misterio y la zozobra, fueron conducidos a otro cuarto oscuro, donde los esperaba otro maricón tendido sobre cojines esparcidos en el piso. Mi hermano fue el primero en poner los pies en ese recinto y el primero en tropezar con unos brazos peludos, como si tropezara con las ramas de un árbol. Mi hermano intentó escabullirse, pero unos dedos largos, desde atrás, le rozaron los hombros como aletas de pájaro y descendieron hasta tocarle los huevos. Él quiso zafarse en medio de una voz que le seguía de cerca, muy de cera, pero unos cuerpos que empezaron a trenzarse sobre los cojines le impidieron el paso...

—¿Y quién era el otro maricón? —indagó un tercer alumno. Se sorbió los mocos y agregó—: ¿No era un negro que tenía la voz de sirena y un aro de oro en la oreja, que fue exiliado por un dictador genocida de Uganda y por otro dictador de Haití?

—Sí, el mismo que murió hace poco, chupado como un tallarín.

—Ya me lo imaginaba —dijo una voz trémula—. Algunas veces vi a Gamarra abrazándolo y besándolo a tornillo. Pero a mí no me dijeron que se había muerto, sino que se había ido a su país, donde los machos tienen varias hembras a la vez y las negras el culo más grande que el de una yegua.

—Eso no es verdad. Mi hermana lo vio tirado en el Hospital Obrero, con el trasero drenado de sangre y cagándose en la cama. Nadie sabía lo que tenía. Los curas dijeron que su enfermedad era un castigo de Dios contra los hombres que se acuestan con otros hombres y hacen el amor a puro pelo y por donde está prohibido. Los médicos, en cambio, diagnosticaron que se trataba de una peste rosa traída por los turistas. Para mi hermana lo único evidente es que el cuerpo del negro, tras fiebres y diarreas intermitentes, quedó reducido a un fardo de huesos. Es decir, la muerte se lo llevó por donde más gozó en la vida.

—¿Y tu hermano? ¿Qué pasó con tu hermano?

—Cuando supo que el negro murió con el cuerpo llagado, le asaltó un miedo inexplicable. Dejó de dormir y comer, hasta que un día lo arrollo un tren, que lo dejó hecho un montón de carne molida...

En eso, se oyeron unos golpes en la puerta.

—¡Adelante! —dijo Gamarra, con voz celestial.

Se abrió la puerta y apareció Clarice, empapada por la lluvia de punta a punta. Enseñó el esmalte de los dientes como techas de piano y asistió:

—Buenos días, profe...

—Buenos días —contestó Gamarra.

Manuel Ventura la miró con ansiedad indomable. Ella se abrió paso entre piropos obscenos, alisó la falda y se sentó al lado de Paloma Linares.

—Jóvenes y señoritas —asistió Gamarra—. Ya dijimos que nuestro planeta no es plano como un disco ni el centro el universo; mas la vida sobre ella, como en todo relato mitológico o religioso, fue creado por un Ser Supremo en un momento pretérito del tiempo. Pues, a estas alturas, resulta difícil desmentir que haya sido Dios quien metió sus manos en los asuntos del mundo. Por cuanto afirmar que los seres vivos evolucionaron de materias inanimadas, y que el antepasado del hombre sea el mono, es una aberración del porte de un barco. Por lo tanto, para cualquiera que tenga dos dedos de frente, no cabe duda que fue Dios quien creó el mundo y la vida en medio de las tinieblas, que en un principio cubrían el haz del abismo y el caos. Con sus palabras separó la luz de la oscuridad, y separó las aguas de arriba y de abajo; con unas hizo los cielos, con las otras los océanos. Él creó las criaturas volátiles para que se esparzan como cenizas en la expansión de los cielos, que antes eran meros flámeos suspendidos en el infinito. Dios puso almas vivientes en la tierra y en las aguas, desde su superficie bañada por la luz solar hasta sus tenebrosas profundidades. En el sexto día del Génesis, A Dios se le ocurrió crear un animal racional, entonces dijo: Hagamos un hombre a mi imagen y semejanza, y tenga él en su sujeción los peces del mar, las criaturas volátiles del cielo y todo la tierra y todos los animales que se mueven sobre ella. Y, así, creó al hombre de un montoncito de tierra, concediéndole vida con el soplo de su divino aliento. Mas al verlo solo entre los animales salvajes y los árboles de frutos sabrosos, lo tumbó en un sopor y, mientras dormía y soñaba con un pasado que no tenía, le arrancó una costilla, con la que hizo a la mujer. Cuando Adán abrió los ojos y descubrió a la mujer, desnuda y tendida al lado suyo, exclamó: "Ésta es hueso de mi hueso y carne de mi carne". La mujer, que adquirió conciencia de su ser al examinarse el cuerpo con los ojos y las manos, le habló a Adán en el mismo idioma que él usó para nombrar las cosas de este mundo. Así los creó, macho y hembra los creó...

—Profesor..., profe... —irrumpió una voz, arrastrándose desde atrás—. Si existe un Creador que lo sabe todo y es Todopoderoso, ¿por qué la miseria y las guerras asolan el mundo?

—Esa pregunta es fácil de responder, jovencito —dijo Gamarra—. Los desastres de la humanidad se deben a que Adán y Eva desobedecieron lo que su Hacedor dejó dicho: Que no comieran del árbol del conocimiento, de lo bueno y lo malo. Pero como Adán y Eva no eran más que personitas de corazón y sonrisa, de hueso y pellejo, una criatura maligna los tentó por medio de una serpiente, que tenía la cabeza de criatura humana y el cuerpo de bestia salvaje. La serpiente reptó por el árbol, arrancó la fruta prohibida y, enroscándose entre las ramas de abundante follaje, se la ofreció a Eva, quien, luego de mirar la manzana jugosa, la cogió en el cuenco de la mano y se la llevó a la boca. Cuando hincó los dientes en la fruta más sabrosa y peligrosa de los frutos de este mundo, se le abrieron los ojos y concibió lo que no debía. Después, creyendo que el fruto tenía propiedades alucinógenas, se lo ofreció a Adán, poco antes de que fuese abandonado de la mano del Señor y expulsado del Edén, por obedecer a la mujer como varón domado y haber incurrido en el Pecado Original. Desde entonces, por el hombre entró el dolor y la muerte y, con el tiempo, Adán y Eva envejecieron, perecieron y volvieron al polvo del que fueron creados. Y como Dios sabía de antemano que todos los descendientes de nuestros primeros padres morirían a causa del hambre, las guerras y enfermedades, le alzó a la serpiente por la cola y le dijo: Tú eres la maldita entre todos los animales domésticos y entre todas las bestias del monte. Sobre tu vientre irás y polvo comerás todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu raza y la descendencia suya; ella quebrantará tu cabeza, y tú le acecharás el calcañar. Y refiriéndose a Eva, que estaba sentada a la sombra de un árbol, le sentenció: Aumentaré en gran manera el dolor de tu preñez; con dolor de parto darás a luz a tus hijos y tu deseo vehemente será por tu marido, y él te dominará. Al cabo de un tiempo, sin tiempo, los jinetes del Apocalipsis cabalgaron por el mundo a rienda suelta y galope tendido. Los caballos relinchaban, la crin y la cola zarandeadas por el viento, y los jinetes blandían armas entre el pánico y la muerte. Cada uno de los caballos era, quiero decir —dijo Anastasio Gamarra—, es de color diferente: el primero es blanco como la nieve y lleva un guerrero de túnicas flotantes, armado con un arco y coronado con una diadema, cuya misión es separar lo bueno de lo malo, como el pastor separa a las ovejas de las cabras en su rebaño; el segundo caballo es de color de fuego, de buena estampa y enjaezado, sobre el cual cabalga el jinete de la guerra, enseñando una espada más grande que un montante y dispuesto a quitar la paz de la Tierra, para que los hombres se enemisten y se degüellen entre ellos; el tercer caballo es más negro que el ébano y el que va sentado sobre él es un jinete famélico, que pesa la escasez de alimentos en una balanza que lleva en la mano; el cuarto caballo es de color amarillo-verdoso y su jinete es una calavera que representa a la muerte. Detrás de él, y siguiéndolo de cerca, cabalga el Hades salvando a los vivos y dando sepultura a los muertos. En síntesis, estos cuatro personajes del Apocalipsis son quienes nos acosan noche y día, día y noche...

Los alumnos, que parecían experimentar un trance de levitación, escuchaban el relato boquiabiertos, hasta que una tos los descendió a sus asientos.

—¿Alguna pregunta más? —dijo Anastasio Gamarra, recorriéndoles con la mirada.

—Sí, profe —dijo Clarice, de pie—. Si le digo que Dios no existe y que el mundo no es creación divina, ¿qué me va a contestar?

Anastasio Gamarra levantó las manos y, como si pegara un grito en el cielo, exclamó:

—¡Qué usted es una atea, señorita!...

Un campanazo rompió la tensión y evitó una posible discusión.

Cuando todos abandonaron la clase, Manuel Ventura, más resuelto que antes, se acercó a Clarice, quien avanzaba a paso ligero a lo largo del corredor.

—¿Me permites unas palabras? —preguntó él.

—Por supuesto —contestó ella.

Manuel Ventura, al percibir que un trueno anunciaba otra vez la llegada de la lluvia, alzó la mirada al cielo, y la dejó vagar entre las nubes.

—Dime, ¿qué opinión te merece Gamarra? —dijo Clarice.

Manuel Ventura bajó la mirada y afirmó:

—Si el hombre y la mujer fueron creados por Dios, entonces Gamarra es el aborto de la creación divina...

—Zonceras, esas son zonceras —amonestó ella—. Los homosexuales son también humanos y tienen los mismos derechos que nosotros, aunque no den hijos para la guerra ni almas para el paraíso.

—Lo que es para mí –dijo él, y en seguida explicó—: Los maricas viven contranatura y son como cobras que se muerden la cola.

 

(...)

 

—Qué lluvia más odiosa —protestó Clarice, a medio camino entre el colegio y su casa—. Ayer llovió y hoy vuelve a llover, y lo peor es que parezco la estupidez vestida de falda, porque cuando me abrigo hace calor y cuando me desabrigo hace frío.

Manuel Ventura no dijo nada, se arrimó contra el hombro de ella y la tomó de la mano. Ella se sintió por un instante entera, aunque el viento hinchaba su falda como si fuese a alejarse a toda vela. Ambos entraron en contacto a cada paso y juntaron el rumor de sus cuerpos al de la lluvia, mientras los relámpagos, proyectándose como hilos de fuego en las penumbras, caían iluminando el río de corriente veloz y cauce profundo.

Al otro lado de los campos de golf estaba la casa de Clarice, ese chalet cercado con alambres de púas, que el Rey del Estaño hizo construir para los técnicos de su Empresa. La vivienda era confortable y tenía todas las comodidades: un teléfono a manivela, una nevera Made in Germany, un lavabo importado desde París, los cubiertos con su monograma grabado y hasta un piano traído de Viena, en cuyas teclas ponían sus dedos las hijas de los técnicos para interpretar las sonatas de Beethoven con ritmo de cueca. La mesa del comedor, con tablero de alabastro, descansaba sobre dos capiteles del Partenón; las sillas y los sofás estaban tapizados en terciopelo, del techo pendían arañas de cristal veneciano y del piso se alzaban alfombras persas; los muebles del dormitorio eran de estilo barroco, y las camas, flanqueadas por veladores de metal bruñido, lucían colchas de encaje inglés y sábanas con membretes de Patiño Mines; en el jardín, asediado de abetos y plantas, habían flores que en primavera se abrían en una explosión de olores y colores, y, en el centro, una fuente marmórea que esparcía chorros de agua por los pezones de una sirena esculpida en Italia.

—Estamos cerca de mi casa —dijo ella, después de cortar una prolongada pausa.

—Amparémonos un rato de la lluvia —sugirió él, conduciéndola del brazo hacia una choza abandonada.

La lluvia quedó afuera, como lejos, y el rumor del viento se oía menos que las goteras cayendo en un rincón de la choza. Manuel Ventura se estrechó contra Clarice, en cuyo cuerpo resplandecía todo el fulgor de la belleza. La sujeto por el talle y la besó en el cuello. Cuando la llama del amor prendió en ella, dejó que el chasquido de los besos descienda a saltos hasta encontrar sus senos. Él le subió el pulover y le bajó las bragas a lo largo de las piernas, y, mientras le quemaba el pezón con el aliento de su deseo, balbuceó: "Tus pechos, Clarice... Me gustan tus pechos...". Al cesar la lluvia, Manuel Ventura la apretó contra la pared húmeda y la penetró con la lengua en la concavidad de la boca, creyendo ver en el fondo de esos ojos una lucecita verde, como la de las gatas en las noches de celo. La despojó de la falda, le separó las piernas y la levantó por la cintura a un palmo del suelo. Ella se sujetó de la nuca de Manuel Ventura, quien, abriendo su bragueta a tientas, la acuñó con su miembro de venas hinchadas como cuerdas. Clarice, abandonada ya a las caricias que le revoloteaban en la piel, sintió que la erección tenía un diámetro mayor que el de sus brazos y, presintiendo que la desgarraba milímetro a milímetro para acceder a su interior, suplicó con un tono de ascendente dolor: "¡No, Manuel!... ¡No!...". En el acto, los ojos de Clarice se agigantaron hasta reventar en lágrimas y de su garganta brotó un sonido gutural que dominó el crujido de sus huesos. El cuerpo de Clarice se retorció en el vacío y se desplomó desfalleciente y tembloroso, allí donde las hebras sanguinolentas se mezclaban con los charcos que formaban las goteras.

Manuel Ventura, presa del más agudo espanto, se arrodilló junto al cuerpo que yacía de través en la puerta. "¡Santo mío! Qué no se muera. ¡No!... ¡No!...", rogó tras escuchar el grito de Clarice en su cerebro, como si creciera en espiral haciéndose cada vez más alto. La levantó en los brazos, la sacudió y le zarandeó las mejillas iluminadas por la luz cenicienta que penetraba por la puerta. Pero ella, siguió exánime, las piernas abiertas y la mandíbula apretada.

Manuel Ventura, con un amago de saliva en la garganta, pidió sobresaltado y lloroso: "No te mueras, Clarice... ¡No!... ¡No!...¡No!...". Y, mientras la sujetaba entre los brazos, jadeante, volvió a escuchar el grito desgarrador de Clarice, que parecía haber quedado suspendido en el aire.

Él, con los ojos anegados en lágrimas, se inclinó contra los senos descubiertos y le dio calor con su aliento. Le subió las bragas y le bajó el pulover, y, en medio del sonido monótono de las goteras, ella abrió los ojos y miró en derredor, dando la sobrecogedora impresión de estar retornando del otro lado de la vida. Se atrevió a erguirse para ver mejor por toda la choza, pero un fuerte ardor entre las piernas se lo impidió. Entonces él, asaltado por un ataque de nervios, la ayudó a pararse con un esfuerzo irreductible, y ella, mirándolo a los ojos vidriosos, le dijo:

—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?

Manuel Ventura, sin salir aún de su consternación, no contestó.

—¿Por qué lloras? —insistió Clarice.

—Porque pensé que estabas muerta —dijo él, cuando volvió en sí y su corazón dejó de hacer ecos en su pecho.

—Qué zonzo eres —dijo ella, ajustándose las bragas.