Antología del cuento latinoamericano en Suecia
Pesadilla II
Víctor Montoya
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí
Augusto Monterroso
Cuando el cielo estalló en relámpagos, Edmundo reclinó el cuerpo sobre la cama y se levantó de golpe, contemplando a Violeta, en cuya frente intuyó los misterios de la vida y la muerte. Se restregó los ojos y avanzó en dirección al baño.
El chasquido de un relámpago sacudió el edificio de exterior taciturno, casi amarillento como resplandor de ocaso. Las nubes se vaciaban en torrente, mientras Edmundo se aseaba frente al espejo de media luna. Se enfundó sus ropas, peinó el mechón que le barría la frente y descorrió el visillo para observar el lejano bramido de la tormenta. Volvió al dormitorio, donde Violeta tenía ya la mirada arrastrándose por los sitios más recónditos que la lumbrera de sus ojos hacía clarividentes. No se miraron ni se hablaron, ni siquiera cuando sus cuerpos se juntaron en un beso. Al despedirse, agarrados de las manos, ella dijo: "Adiós", como refiriéndose al vacío. Edmundo no contestó. Dejó que las palabras desfallecieran en el ámbito. Alzó el maletín y cerró la puerta a sus espaldas. Afuera, sobre los edificios recortados contra el cielo, las nubes volaban en bandadas.
Caminó hacia la parada del autobús y ocupó su puesto en la fila. Metió la mano en el bolsillo, sacó la tarjeta de tráfico y avanzó a paso lento, hasta que, de súbito, su mirada tropezó con una muchacha de pelo rubio y nalgas prodigiosamente bellas. Cuando entraron en el autobús, ella le dedicó una sonrisa y él no supo dónde esconder la mirada. Aunque no se conocían, ambos recorrerían el mismo trayecto y compartirían el mismo hotel, cuyo nombre ella llevaba escrito en la frente.
El autobús había partido, y en el exterior, como lejana, quedó la caída vertical de la lluvia. Las ruedas se deslizaban rompiendo la neblina y zarandeando a los pasajeros. Edmundo se sentó cerca de la ventanilla, desde la cual podía oír los siseos del paisaje, contemplar a la muchacha rubia y divisar las quebradas que iban quedando lejos de los bosques, donde los pájaros salían de las malezas y caían pétreos en la maraña de frondas verdes. Fueron pasando los minutos y las horas, hasta que la tarde cayó rendida en el horizonte.
La noche se aplastó contra el suelo. Edmundo pensaba en Violeta y en la muchacha de color vainilla y pelo rubio. No podía conciliar el sueño, cruzó las manos sobre el pecho y reclinó la cabeza contra el respaldo.
Al despuntar el alba, el cielo estaba endurecido en las alturas y el sol se alzaba entre los cerros. El autobús arribó a su destino y los pasajeros entraron en el hotel. Distribuyeron las llaves de las habitaciones y todos desaparecieron en los corredores, excepto él que se quedó en el bar, junto a quienes bebían a la luz de las candelas.
Pasada la medianoche, el barman, tras recoger los ceniceros, despertó a Edmundo, quien estaba solo en medio de una hilera de botellas vacías. Aligeró el último sorbo del vaso, salió del bar y se enfrentó a un laberinto de corredores por donde vagó a tientas, hasta desplomarse delante de una puerta. Se incorporó apoyándose en las manos y empujó la puerta con la cabeza. En la espesa oscuridad del cuarto, detectó un penetrante aroma que le recordó a la muchacha rubia. En efecto, ella estaba tendida allí. Edmundo avanzó hasta tropezar con la cama, donde se derrumbó pesadamente. Ella, apretando los labios, sintió un soplo de fuego en la concavidad del cuerpo. Y él, la voz enturbiada por los efectos del alcohol, se asomó como penumbra a la piel clara de la muchacha, quien, desnuda y enmudecida, se volteó rompiendo la oscuridad. Edmundo alargó el brazo y en el cuenco de su mano se llenó un seno.
Al clarear el día despertaron con las piernas y los brazos anudados, hablándose más con los ojos que con la boca. Se ducharon abrazados, besándose y acariciándose bajo los chorros de agua. Salieron de la ducha y se secaron con la misma toalla. Ella se enfundó una bata y se recostó en la cama, el pelo aún alborotado y la mirada profunda. Y él, luego de vestirse y despedirse, ganó los corredores.
El día que Edmundo retornó a su casa, la tarde viajó en sus ojos y la imagen de la muchacha pasó al pozo de sus recuerdos. El barrio era un bloque de hormigón armado, donde las ráfagas de viento chasqueaban contra los vidrios. Edmundo sacó las llaves del bolsillo, abrió la puerta sin hacerla chirriar, humedeció los labios y aseguró el cerrojo. En el zaguán, que parecía conservar los últimos vestigios de la lluvia, escuchó la voz angustiosa de una mujer que exhalaba pequeños gritos. Primero se detuvo indignado y luego avanzó de puntillas hacia el dormitorio. No quiso meter la puerta de un puntapié, y menos enseñarles su rostro encendido por la furia. Se limitó a contemplarlos desde el orificio de la cerradura: a dos metros de sus ojos, Violeta se retorcía debajo del hombre que la mantenía con las piernas suspendidas en el vacío.
Edmundo quitó la mirada. Estaba confundido y sentía ganas de llorar a gritos, pero se contuvo a pesar de haber perdido la razón. Entró violentamente en la cocina, empuñó el cuchillo que estaba sobre la mesa y se dirigió al dormitorio, donde Violeta permanecía crispada como una araña en los brazos de su amante. Edmundo abrió la puerta de golpe y asestó el cuchillo en los cuerpos que se desvanecieron en estertores de agonía.
Dejó escapar sollozos semiestrangulados, miró los cadáveres y cayó vencido de rodillas. Golpeó el piso con los puños y gimoteó mordiéndose los labios.
Después recobró la razón, se levantó y salió del dormitorio, los ojos humedecidos y las manos salpicadas de sangre. Titubeó un instante en el umbral de la puerta y corrió contra el viento en dirección al mar, al otro lado de la ciudad.
La tormenta no tardó en volver, pero él siguió corriendo sin voltear la cabeza y sin que una sola voz lo detuviera en el camino.
Cuando llegó a la orilla, donde las olas se rompían contra las rocas, se sumergió a paso lento en las aguas, justo cuando la tarde se hundía en un abismo.
Al despertar, sobresaltado, los truenos aún se desataban en las alturas.