Cuentos de la mina
Prólogo
Por Alberto Guerra Gutiérrez
Este libro es el fiel reflejo del pensamiento, los sentimientos, usos y costumbres que caracterizan a las poblaciones mineras bolivianas y su entorno físico andino, ya que los hechos en él relatados, se desarrollan en los centros mineros de Siglo XX, Potosí y Oruro, en cuanto a las manifestaciones mitológicas y legendarias que dan origen a acontecimientos culturales de extraordinaria magnitud, como el Carnaval de Oruro y los ritos litúrgicos propios de una religión ecléctica que rige en América desde el desenlace de la dominación española.
En efecto, la implantación del cristianismo por acción conquistadora, ha servido para el nacimiento y vigencia en América en general, y en Bolivia en particular, de una nueva manifestación cultural, resultado de la unión y mezcla de sus características, con otros valores espirituales y rituales regionales nativos, dando paso a lo que muy bien se puede identificar como folklore religioso, por su esencia ecléctica que admite la participación compartida de deidades propias del cristianismo con milenarios dioses locales en aras comunes y ritos combinados, logrando un equilibrio emocional de profunda fe religiosa, al margen de cualquier sospecha de manifestación pagana.
Estos cuentos, patéticos en su descripción y esencia mágico-realista, se eslabonan por una constante motivadora que significa la presencia de un personaje mitológico transfigurado, como es el Tío de la mina.
En el marco de la aculturación señalada, tres personajes legendarios, pertenecientes a diferentes culturas, son confundidos también en la explicación de la presencia del Tío en ámbitos mineros bolivianos: Huari, el milenario dios de los urus, primeros habitantes de la región meridional del altiplano andino; Supaya, deidad terrígena del universo kolla de habla aymara, adoptado más tarde por los quechuas con el nombre de Supay, a raíz de la conquista protagonizada por el Imperio Incaico en parte del territorio del Kollasuyo; y el Diablo, que llega al Nuevo Continente en las carabelas de los conquistadores españoles, formando parte de la doctrina del cristianismo.Es indudable que el régimen colonial no sólo sometió a las poblaciones nativas por la fuerza de las armas, sino que utilizó al cristianismo, más propiamente al catolicismo, como método de sometimiento sobre la base del miedo al castigo de un verdadero dios, imprimiendo así en la mente de los nativos, la vigencia del infierno y el diablo como enemigos del bien y fuentes de todo mal y degradación humana; esquema desde luego desconocido en el medio y fuera de toda lógica religiosa andina, pero que obligaba al sometimiento a sus determinaciones, estableciendo de hecho la confusión, y entronando definitivamente al diablo en el pensamiento y sentimiento populares nativos.
A partir de esta circunstancia, el Carnaval de Oruro y otras manifestaciones tradicionales del acerbo folklórico, se caracterizan por la mezcla y confusión de los hechos mismos, de sus características primordiales, de sus personajes y detalles más significativos como son los ritos y las ceremonias. Así, el Carnaval, por ejemplo, como fenómeno trasplantado de Europa a nuestro continente, pasa de lo original pagano a lo ecléctico religioso.
Al margen de todo decoro bíblico, el diablo entra en el templo católico y rinde homenaje a la Virgen de la Candelaria o del Socavón.
Venimos desde el infierno
a pedir tu protección
todos tus hijos los diablos
¡Mamita del Socavón!Las cuentas de tu rosario
son balas de artillería
defiéndenos pues con ellas
ya de noche, ya de día.El Tío de la mina, que es la representación de Huari, milenario dios y bondadoso protector de los urus, es identificado con el diablo de los conquistadores, y, dotado de cuernos y vestido con el lujoso atuendo de fantasía, tipifica a Satanás de la danza de los diablos, o de la diablada del Carnaval orureño; arbitrariamente se traduce el término diablo con el sustantivo propio Supaya o Supay, que es el nombre de la deidad kolla equiparada a Huari.
Cuentos de la mina, frente a este panorama de confusión y nuevas concepciones sobre el diablo y el infierno, recrea una serie de relatos que, al calor de la intensidad existencial desarrollada en los señalados centros de explotación minera, se revelan como creencias y supersticiones generadas por la prédica moralizadora de la Iglesia y la natural fantasía popular, determinante de ese realismo mágico y mítico al que se refiere su autor, destacando otros fenómenos y personajes que enriquecen el acerbo folklórico, como es el caso de los encantamientos y los aparecidos, como fuentes que generan nuevos mitos y leyendas, que Víctor Montoya nos transmite en forma de cuentos: La K'achachola, La Palliri, La chola uncieña, El hijo del Tío, El Juku y la Viuda, La Chinasupay, El monstruo de la mina y El último pijcheo, sin omitir ningún detalle de lo misterioso e impresionante de las referencias recogidas de viva voz entre la gente de las poblaciones mineras.
En síntesis, Cuentos de la mina es un libro en el sentido estricto del término, porque se rige por un espíritu central, que constituye la presencia del Tío, como columna vertebral de su estructura, complementada por temas míticos y otros propios del laboreo minero, más un panorama costumbrista y festivo relativo al famoso Carnaval de Oruro. Un conjunto de muy bien logradas narraciones sobre temática minera y un nutrido glosario de términos regionales, derivados de la lengua aymara, quechua y del característico habla popular de los trabajadores del subsuelo boliviano.
Encontrado en: http://www.expansion.nu/tinku/victor/cuentoprologo.htm