Nelson Pacheco Gutiérrez

Soledad, Colombia

 


    

Nací el 7 de noviembre de 1976, y este será el único dato exacto que les daré.

Soy un joven terco y anónimo, pesimista y maníaco. Acudo a la escritura y a la creación para que el asombro, la indignación, el humor, la desfascinación, la alegría, que conjuntamente tengo del mundo, no terminen de envenenarme las tripas.

Confío en el amor como el arma eficaz para contrarrestar la esquizofrenia de una sociedad que cree en todas las profecías catastróficas. Pero a la vez me molestan los que hacen del optimismo una categórica manera de vivir.

Confieso algo: aún me cuesta trabajo entender los géneros periodísticos, jamás sé en cuál estoy cuando escribo. Lo que sí tengo claro -con el perdón de los manuales- es que el periodismo debe ser enteramente subjetivo, parcial, como los seres humanos.

Ya les dije mucho, así que insisto en que mis antecedentes sean los textos mismos.

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En la génesis de mi vanidad pública me consideraba un artista, pero la insensatez demoró poco tiempo, así que decidí titularme escritor, lo que, por las verdades del fuego, acabó en no ser más que una pretensión sin sentido. Luego, siguiendo esos afanes de rótulos, opté por proclamarme creador, broma que casi termino por creer. Cuando ya no lo fui, estuve convencido, por eso de mis prácticas, de ser un imaginador, aunque me seduce la palabra y le guardo mis respetos sé que no la merezco. Por eso, en este trozo de segundo, ahora que mi vanidad es íntima, creo que yo lo que soy es un inconsciente.

 

EL ACTO DE COMERSE UN MANGO

 

EL ACTO DE COMERSE UN MANGO

Es, casi, una acción inconsciente. Comerse -devorarse- un mango es una experiencia salvaje. Ninguna fruta despierta las animalidades que ésta. Para disfrutar un mango es necesario dejar las manos, la boca, la cara, con las suficientes evidencias para hacer notar que estuvimos una experiencia épica, en una batalla contra nuestros eufemismos y nuestras fartedades. Hay quienes lo hacen torrejitas para comerlo como quien deshoja margaritas, pero cuando ven la plenitud de su corazón desnudo no pueden resistirse a acabarlo con euforia, mientras viajan por sus pasiones primitivas. Comer una mandarina es similar a hacer el amor con una doncella, la despojamos de sus vestiduras mientras nos aguamos la boca hasta ponerle el diente. Comer fresas despierta poses aristocráticas, se agarran máximo con tres dedos, la boca hace muecas inusuales, su olor evoca sitios que no nos corresponden. Si se le estudia bien, el mango podría convertirse en un arma contra el protocolo, en un entrenamiento de la espontaneidad, digo yo.

 

AGUA, INTIMIDAD Y CIGARRILO

Siempre he querido saber lo que piensan y sienten esas mujeres que fuman con la lumbre dentro de la boca, mientras ocupan sus manos en lavar. Se guardan el pequeño infierno para protegerlo del agua. Se saborean el calor y revolotean el ensalivado cigarrillo con una destreza sobrehumana. Qué oración mística rezarán, qué artilugios invocarán para sincronizar la lengua y las manos, ¿esa insistencia con la que el manduco golpea la ropa será una acción de catarsis? Lavar la ropa a mano es un contacto directo con los líquidos humanos, con las suciezas que se recogen en los inventos diarios. Estarán las ropas de acuerdo con que sean las máquinas las encargadas de ahuyentarles la mugre? Qué recorridos generacionales harán las lavanderas mientras aspiran y restriegan, yo imagino que tienen algunas respuestas a la humanidad que sólo la intimidad y los años ofrecen. A lo mejor ellas han podido dialogar con las ropas, qué historias asombrosas tendrán que contar.

 

DE LAS COSAS QUE SE PIENSAN CUANDO SE COCINA CON LEÑA

Primero, la conversación con la naturaleza: hay que pedirle permiso y darle las gracias al momento de presentar al árbol con el machete o el hacha. Luego, con la conciencia tranquila, nos ayudamos de unas piedras fuertes y procedemos a arreglar el fogón y convocar la candela. Deben usarse unos fósforos que tienen dibujado un diablito en la caja, sino un encendedor que tenga una mujer semidesnuda pegada en un costado. Con la aparición del rabito del fuego, hacemos uso de una tapa de olla con la superficie suficiente para pelear con el viento. Al agitarse la tapa empieza el viaje, a medida que crecen las llamas nuestros pensamientos son ambivalentes, la rusticidad nos hace sentir dignos, el fuego logra su función purificadora. Pero también la candela nos incita a tomar justicia por nuestra cuenta, y nos llegan unas ganas de acabar con el mundo. Por eso es que esta labor nos provoca llanto y le trasladamos la culpa al humo, al que inconscientemente le entregamos nuestras malparideces para que las riegue al infinito. Con el fuego robusto instalamos la olla o el caldero, los alimentos burbujean y van adquiriendo un sabor al que se le suele llamar campestre. Uno espera y de vez en cuando echa un ojo, también se sienta a escuchar la leña, cuando crepita es que está despotricando en nuestro lugar, así se nos espantan las rabias que tengamos y nuestro espíritu queda tranquilo para sentarnos a comer. Si los corotos quedan muy negros se limpian con la ceniza, ella se encarga de dejarlos como un espejo, así podremos mirar lo que de salvaje y civilizado revela nuestro rostro.

 

AFEITARSE ES UNA EXPERIENCIA PSICOLÓGICA

El acto de afeitarse ha de ser propuesto como una terapia de intimidad. Cuando alguno decide quitarse de encima los pelos de su cara tiene que hacer los preparativos para un viaje por sí mismo. Hay quienes se afeitan porque quieren verse limpios, civilizados, desean arrancar la evidencia de un atraso biológico. Otros luchan entre sus deseos y sus conveniencias; mientras pasan la cuchilla por sus rostros reflexionan y pesan sus dudas, llegan a la introspección para definir hasta dónde le permitirán a los pelos anunciarse. Para otros, dejarlos crecer significa apariencia de prestigio, de respetabilidad, de madurez, el espejo es el umbral para acomodarse en el ego. Hay quienes en realidad disfrutan honestamente la barba, la merecen, son seres que han ganado un buen estatus de serenidad; para ellos, arreglársela es una acto místico, de depuración. En los pelos de la cara existe todo un código de manifestación de la personalidad. Yo trato de descifrar ese código, escribiré más sobre él y anunciaré, casi proféticamente, : "Por sus barbas los conoceréis".

 

AHORA LOS TROMPOS SON DE PLÁSTICO

Le doy vueltas a la evidencia, pero no la acepto: a los niños que juegan en las calles, esos que no se han dejado sustraer por el nintendo y el play station, ahora se les ve envolviendo con una cuerda a unos objetos raros, de colores ácidos, a los que insisten en llamarles trompos. Parece ser que lo sintético quiere extender sus dominios. Hay comida sintética, árboles sintéticos, actitudes sintéticas y, para colmos, ya no quieren permitir que un torno descubra en la madera su dignidad lúdica. Un buen trompo de madera era motivo de orgullo y, si tenía media cabeza y cuarenta huecos, daba evidencia de mil batallas y adquiría prestigio en el barrio. Eso, hasta que algún buen guerrero lo volviera dos pedazos en un ritual grupal que los niños abandonábamos cuando ya era obligado regresar a casa, con pies y manos sucios, olorosos a sol, habiendo demostrado ante los amigos nuestra manera de hacernos hombres. Insisto en que el plástico no es para los trompos, mucho menos con esos colores repelentes; ya no le veo a ese juego la misma gracia. Es posible que sea un paranoico, pero sospecho que es una estrategia para vender, desde temprana edad, la idea de que todo proviene de un molde y se fabrica en serie. Así no nos duele convertirnos en personas plásticas cuando dejemos la infancia.

 

EN BUSCA DE PROBLEMAS

Trato, insistentemente, de conocer la naturaleza de los problemas, sus partículas internas, sus modus operandis. Ellos son la única real característica común en la especie humana. Son seriamente omnipotentes, están instalados campantemente en el hogar, en las calles, en el café de leche, en los sueños, en los saludos, en la pluma del baño, en los favores de los amigos, en cualquier compromiso. Son, sin duda alguna, los verdaderos dioses, los que celebran, a risa suelta, sus travesuras en un reino sin tiempo. Espero que se instaure una disciplina que se ocupe del asunto: la Problematología, pero no al estilo de las chácharas psicosociológicas de los dueños del saber, se trata de establecer el desarrollo de una raza de científicos apragmáticos que se dedique al estudio de esos reverendos microbios, debe ser posible aislarlos, hacerlos visibles, no para controlarlos, ni exterminarlos, sino para sintetizarlos en un elixir que pueda suministrarse a nuestro antojo. Bacana la idea, me imagino la sustancia en botellitas o en picaduras para pipa, prometo que será mi nuevo vicio.

 

APOSTÁNDOLE A LA VIDA

El azar, siempre el azar. A él, y a otras tantas cosas inmateriales como Dios y el amor, terminamos dándole el peso de eso que llaman esperanzas. Lo que no solucionan nuestras facultades racionales, lógicas, prácticas, esperamos que se solucione desde territorios como el cielo, el corazón o la suerte. Desde esa mirada podemos contemplar el comportamiento, casi compulsivo, de los apostadores de lotería, chance, o cualquier otro sorteo que signifique números, fe monetaria y soluciones económicas. Ese mercado ya es todo un monstruo, la apuesta se ha incorporado a la canasta familiar, es el anhelo por una salida mágica, el vicio de la ilusión por el dinero inmediato.

Algunos, casi, viven en función de eso; siempre creen que hoy es el día, por eso emprenden, desde temprano, la búsqueda del portal: los números. Así que, con mística incorporada, acuden a personalizar el asunto. Buscan en los sueños, en la numeración de la casa, en la placa del bus, en las fechas importantes, en la deuda de los servicios, en el último número del vale de la tienda, en el guarrú del café, sin olvidarnos de los que revisan morrocoyos, lagartijas y los colmillos del perro. Ya encontrados los números, proceden a sacrificar el dinero de la comida o la merienda del hijo, para, con todas las fuerzas de las tripas, llegar donde la viejita de la esquina, el señor parapléjico que se gana la vida en eso, o la morena de grandes piernas con un bonito uniforme y una gran sonrisa. Hecha la apuesta (algunos persignándose, otros con un gesto de desapego) esperan el resultado que los hará saltar porque coincide con lo que quiso apuntar o con la fecha del cumpleaños de la suegra que no se atrevió a usar.

Después de la invocación a catorce santos (apuntaré este número), de los ruegos al cielo o al infierno, de la terquedad, y luego de haber gastado, paulatina y nimiamente, toda una fortuna, llega, cuando menos se espera, el bendito -o maldito- resultado favorable: coinciden los tres números, cayeron los cuatro o, en el mejor de los casos, se acierta hasta la serie; por supuesto, la parranda respectiva, apostador que se respete hace su debida bulla para que los otros se enteren que el azar lo escogió entre miles. Para algunos el suceso llega a ser cómico; para otros, trágico. Un parroquiano, hace varios años, por conservar la costumbre de pegar el papelito de la apuesta en la puerta del escaparate, le tocó partir el mueble y trasladarlo a la empresa de apuestas para que la evidencia se mantuviera intacta. Otro, con más y menos suerte, se sacó los números del gordo, invitó cuanto vecino pudo y mantuvo un jolgorio de veinticuatro horas; al momento de cobrar, el billetico resultó falso. Resultado: una deuda astronómica por licor, un guayabo millonario y un ridículo nacional.

De todos modos, el negocio de las apuestas es mercadológicamente bueno y entretenido, genera empleo, pone a circular nuestra devaluada moneda, otorga impuestos al deporte y la salud y, de vez en cuando, genera algún escándalo del que nos enteramos por los misceláneos y desastrosos noticieros de nuestra televisión.

 

DE LAS COSAS QUE SE PIENSAN CUANDO SE COCINA CON MICROONDAS

La modernidad es alcahueta de la pereza. Bacano andar así, con un microwafe todo se hace fácil. El bendito aparatito nos evita molestias y disminuye la espera para llenar el estómago. Puyar un botón es suficiente para evitar que la cocción se agilice. También nos brinda el espectáculo de observar a la comida dando vueltas, iluminada por un foquito, en una ceremonia sideral, quizá por eso tiene un sabor casi extraterrestre. Aunque, si prefiere, la espera se hace dialogando sobre lo rápida que es la vida actual o lo corto que es el día para cumplir las responsabilidades. Y, si es posible, hay que tener sintonizado el televisor en un noticiero en sus momentos finales, y escuchar las últimas recetas para prevenir el estrés o la osteoporosis. Lo malo es que el fuego no se deja ver, por mucho que lo buscamos. Debe ser que no existe, le quieren buscar reemplazo, como si el asunto fuera tan fácil; primero él encuentra reemplazo para nosotros.

 

EN EL CENTRO COMERCIAL

Aquí todo es bonito, la gente está tan bien vestida, tan afanada en comprar y divertirse, parece que en el mundo no estuviera pasando lo que pasa. Los niños, siempre los niños, ellos no saben qué pasa, o quizá sí, no, no lo saben, ellos sólo quieren divertirse, hay que permitírselos. Desconozco la vida de la muchacha que sirve el capuchino y el café caliente, no sé cómo un café salido de esas máquinas raras pueda gustarme, quizá me gusta la muchacha, creo que ella espera que algún industrial de paso la seduzca, su flirteo cambia con la apariencia del cliente. Aquí el aire es tan excelentemente artificial que convence. En las vitrinas se exhiben las cosas y la indumentaria para ser gente, para ser seres aceptados, te envuelven la compra en una bolsas mágicas que muchos lucen para darse estatus, hasta que algún individuo consciente decide meter la basura en ella, ese acto es maravilloso. Me llaman la atención los espejos, no son espejos normales, están diseñados para reaccionar de acuerdo al inconsciente de quien los mire: para verse robusto, flaco, bien arreglado, de buen semblante, como cada cual quiere verse. Me gusta ver pasear traseros, a veces agudizo mi nariz para detectarles el perfume, esos líquidos, junto con la ropa, han contribuido, con efectividad, en la evolución de las funciones del culo.

Todo está fabricado para encontrar la felicidad fuera de casa, fuera de uno mismo. Los vigilantes merodean, su función es evitar que se filtre alguno que grite “afuera pasa algo”. También hay paradojas, hay unas salitas a las que llaman cines, los borregos entran sin saber que la película empezó cuando entraron al centro comercial. Yo, por mi lado, quisiera saber por qué algunos no usan las escaleras eléctricas. Aquí no se puede andar descalzo, es un pecado, el peor de todos.

 

LA IMAGINACIÓN ES EL ARMA

Le tengo un secreto que ya usted conoce, pero insisto en llamarlo secreto porque además de nosotros son pocos los que lo saben, usted sabe, los perseguidos, los peligrosos, los que no cabemos y tenemos la misión de alborotar. Se trata de hacer de ella, de la imaginación, el eje central de la sopa cósmica. Mi sugerencia es esta: comience licuando a seres como Hannibal Lecter o Goya, tómese esa mezcla digiriéndola con todas las células, permita que se integre a su sangre hasta que el calor le adolorice la lógica, hasta que se sienta enfermo del hígado cuando la bendita glándula trate de eliminar el veneno. Con el elixir instalado siéntese a fumar o a pensar en un vicio, desinfórmese del mundo práctico, olvídese de su madre y de los dioses, acuérdese de la infancia y quédese en ella. Ya instalado en la infancia, haga de su mente un humo eterno que volará por territorios sin límites que hacen del placer y la angustia un mismo diablo, deje que el humo lo guíe, que se meta en la hendija más minúscula, recorra sin miedos un mapa sin lenguajes que usted tendrá que hacer lenguaje, agarre las cosas que le llamen la atención, las que se parezcan a sus sueños y las que el instinto le sugiera, guarde lo que pueda y pídale permiso a nadie, regrese por el camino que se le antoje, vuelva a la tierra de la hipocresía y atrévase a usar, con el disfraz debido, todo lo que encontró. Si los resultados causan escozor o desconfianza en los demás, no se preocupe; si se parecen a un virus, no hay problema; si los confunden con buenas intenciones, mucho mejor; en todo caso, cualquier tragedia, una parcela de gente o la humanidad entera lo agradecerá sin enterarse. Por último, no ponga mucha atención a lo aquí dicho y haga lo suyo.

 

LA NECESIDAD DE DARSE TROMPADAS

Cuán necesario es, para los hombres, llegar, de vez en cuando, a la instancia de los golpes directos, físicos, esos en los que los puños son los que se encargan de expulsar las molestias acumuladas; conversar, con otros códigos, con otro espécimen que también requiere de un cuerpo que le ayude a desahogar sus rabias. Muy constructivas eran esas peleas callejeras que de niños formábamos con algún amigo para medir nuestros reflejos y reforzar lazos de vecindad. A los ciudadanos nos hace falta pelear con sinceridad, cuando es debido, como una manera natural y benigna de ejercer la violencia, que también es humana. Sugiero compartir sudores, destrezas y cansancios a puño limpio, ritualmente. Esto es preferible a llenarnos de descontentos y odios que se acumulan, formando una masa ácida que invade el organismo y pasa a hacer parte de ese invento citadino al que llaman estrés. Los buenos amigos debemos prestarnos para esas terapias. Quizá esto sea mejor que comprar un revólver, un cuchillo Rambo, contratar un sicario, dañar la vida ajena, gritar a la esposa o a los hijos; tal vez sea más efectivo que tragarnos esa idea peligrosa del diálogo como solución de todo.

 

LOGROS DE AIRE

Hay una experiencia lúdica que nos permite satisfacer esos deseos de levitación que guardamos muy adentro, me refiero a volar cometa. Cuando lo hacemos, sentimos que una parte de nosotros logra desafiar la lógica del arriba y el abajo con la que Newton y el resto nos hemos dejado impresionar.

Pero allí, en el flote que flote, logramos la ilusión –o la certeza- de ver las cosas como las ven las aves. No contemplamos la cometa por los aires, observamos, desde arriba, esa parte de uno que se queda terrenal, feliz de saber que su complemento está en las alturas. A veces añadimos parapetos para que el vehículo de la levedad sea sonoro con el viento, para que haga su merecida bulla cuando logre la conquista. Se dice que esa parte que le dejamos colgando a la criatura en un extremo es un instrumento para controlar el equilibrio, eso creen muchos, pero lo cierto es que cumple funciones estéticas y comunicativas; a eso se le llama rabo, como en el perro, y le da la elegancia con la que quiere distinguirse; es horrible y trágico una cometa sin rabo, es, por coincidencias de la naturaleza, una situación como la de los perros sin rabo, quienes llegan a perder la dignidad. Este guindarejo también se encarga de comunicar el estado de ánimo de la cometa al vérselas con el viento, así posa feliz si está concentrada o se enloquece cuando siente incomprensiones con él. Yo, ahora mismo, pretendo programar una de esas sesiones de levedad, en lo posible procuraré construir mi propia cometa, para que el ritual sea completo. Creo que la idea sea mejor que caer en la tentación de consultar al psiquiatra, una paseada por el viento será más efectiva que la clozapina, propondré el tratamiento.

 

 

ME GUSTA PRESENTAR AMIGOS

 

Suelo disfrutar, con malicia y expectativa, cuando propicio el primer encuentro de dos seres que no se conocen. He sido el culpable del inicio de relaciones catastróficas. Muchos caminos se han cruzado por insinuaciones mías. Vidas, rumbos, perversidades, son puestos en el mismo espacio para que se alquimien, compartan, reboten, parasiten. La salida del cine, un parque, un bus, un baño, cualquier sitio es apropiado para mis malévolas intenciones de hacer que la gente se amargue la vida conociendo gente. Entre más amigos tenemos más preguntas sobre el mundo nos invaden. Aunque, cualquier precio es pagable a fin de gozar de esos instantes de felicidad al salir cualquier día a la puerta y ver acercarse a una persona, en busca de uno, con ganas de hablar, de tomar agua, de inventar sueños, de suicidarse.

 

 

 

MONÓLOGO DE UNA BOTELLA VIENDO BEBER A UN ALCOHÓLICO

 

El mundo perecerá por la bebida, estoy seguro.  El alcohol es de esas sustancias comunes a los dioses y a los humanos, es a la vez tan exquisita y tan peligrosa que puede ir del goce a la tragedia.  Por ella las divinidades se parrandearon el cielo hasta perder el control, hasta hacerlo un cielo de nadie que cualquiera prostituye y promete en una esquina.  Con el alcohol podemos bacanizar muchas molestias, y convertir en molesto un buen rato.  El equilibrio y la prudencia se entrenan y ponen a prueba si sometemos nuestro cuerpo y nuestra mente a las delicias y malicias de una botella.  Los criterios estéticos y los argumentos de la razón suelen perder sus fronteras cuando algunos tragos nos transportan a otro nivel de comprensión.  De la extroversión al estéril desafío al mundo sólo hay unos centímetros cúbicos.  El alcohol necesitará otro tipo de seres para desarrollarse: yo probé con los perros, pero son incompatibles.  En todo caso, quiero entonar mi imperfección, quiero acordarme de los dioses y ponerme a prueba.  Serán unos cuantos, lo prometo.

 

 

NO SE MIRE EN EL ESPEJO

 

Le propongo un ejercicio para abofetear su normalidad.  A usted, que siempre busca nuevas aguas.  Decida, de antemano y si es posible, un nuevo nombre para usted.  Durante tres días se llamará así y no responderá al propio.  En esos días no deberá mirarse en el espejo, en el baño ni en ningún otro lugar.  Evadirá esos artefactos y cualquier superficie que refleje su rostro, como todo un hombre vampiro que teme descubrir que no existe.  En cambio mirará, con detenimiento y ganas de entrar, al rostro de los demás, al de todo el que le hable, al vagabundo que tropiece, al que le cobre una deuda, al vecino que más odia, al que insiste en darle consejo.  Observará los rasgos de las personas, fisgoneará los adentros creyéndose un brujo que puede saber las miserablesas y las debilidades de los otros.  Observar el rostro de los demás sin mirar el suyo lo hará apartarse de ese odio personal que tiene contra sí mismo, tampoco será el iluso que considera que esa cara es de alguien que sirve para algo, no se encontrará ante un espejo para recordar que su existencia tiene imagen.  Si representa algún peligro, no se lave la cara y no se peine, mejor tome la peinilla para algo inusual y divertido como reventar vejigas, puyar la comida o separar las páginas de un libro.  Al terminar el ejercicio, escriba, cante, dibuje, invente un cuento, haga el amor, verá que usted es un poco distinto, reconocerá los lugares íntimos que t enía llenos de telaraña.  Su próxima mirada al espejo revelará una nueva malparidez o construirá una reciente vanidad.

 

 

 

POESÍA CON EL BALÓN

 

El juego y la poesía pueden estar en el mismo sitio, no hay duda. El fútbol lo ha demostrado. Con ambos se prepara una sopa que un verdadero maestro de la pelota, en un suburbio garoto o en un engramado londinense, puede suministrar a un adversario, mientras la diversión hace de la lógica un burladero. En esta dinámica lúdica el resultado es lo de menos. Los números no cuentan para los valerosos jugadores, ya en vía de extinción, que desafían los compromisos empresariales y las exigencias técnicas para arrojarse al arresto de jugar y satisfacer el prurito de la diversión, para moverle el asombro a los espectadores de esos movimientos embrujadores, de esa subversión con la esfera, de ese juego de locos. Sin embargo, el fútbol se ha convertido en una máquina, en una contadora de dólares y partidos ganados; el arte de jugar sabroso se desarrolla en proporción inversa a los objetivos del capitalismo y en proporción directa a las apetencias del espíritu. Aunque, la poesía sabe encontrar sus resquicios de sobrevivencia, sabe mutarse para estar vigente. Por eso aún se le encuentra en campos de juego caseros, en solares de barrio, con pocos espectadores y modestas pretensiones, despojada de grandes maquillajes, en un cuasianonimato:  como las cantadoras de río y los bailadores  de cumbia en las plazas de pueblos escondidos.

 

 

PROPUESTA PARA ACUDIR A LA INFANCIA

 

Jamás crea que la adultez es la mejor manera de enfrenarse a la vida. Es necesario, muy de vez en cuando, asomarse a ese mundo en el que una lógica simplista y una capacidad imaginativa dictaminan los antojos, las actitudes. Ante todo, manifieste su descontento cuando cualquier compromiso lo aparte del jugueteo con cada segundo. Hágase el distraído mientras sus sentidos se apropian  de todos los rincones, use su inmadurez e indefensión para manipular  a los más listos y colmar sus apetencias (las suyas). Coma tierra, quiebre el vidrio del vecino, ensúciese el cuerpo y gózese el mugre, pregunte por todo, sáquele la piedra a quien pueda. Si se comporta así, ninguno le exigirá  que arregle el mundo, tampoco le pedirán consejos, apoyo moral o actos de contricción. Creerán que no está conectado con la realidad; mientras usted, por debajo se aprende las mejores maneras de tomarse la vida en juego, para aplazar la muerte.

 

 

 

RECETA PARA DAR UN PÉSAME

 

Acomódese la máscara antes de salir de su hogar. Deje las muecas de alegría en el espejo. Al llegar a casa de los familiares mire por un momento el piso, mientras piensa en las fotografías de algún personaje famoso, eso le dará un enigma a su mirada. El color de la ropa no importa, después que no sea tan llamativo, aunque debe cuidarse de no estar demasiado impecable, mucho menos puede sacar brillo a sus zapatos, eso delatará los instantes de tranquilidad que le brindó la muerte de alguien que no es usted. Observe a los seres cercanos al difunto, fíjese en el menos escandaloso, el más controlado, ese que pudo ocupar su mente en mandar a comprar el pan tajado para el sanduche, acérquese a él, al sanduche, le ayudará a decidir el siguiente paso azar; si son de aire, sólo con mantequilla, se acercará a dar el bendito pésame cuando la persona escogida esté sola; si tienen cualquier mortadelita, esperará a que se acerquen varios hipócritas y usted se sumará a la fila. Si no hay sanduches, espere a que suene el próximo llanto y llegue. En todo caso, no diga más de dos palabras, o terminará entusiasmándose, apriete la mano o toque el hombro sin delicadeza y sin ser brusco, piense en la última película que no entendió, mire a la frente y vuelva a mirar el piso. Si no está lo suficientemente preparado para contener la carcajada, no se asome a esas ventanitas estúpidas que traen algunos ataúdes. Tómese el café lo más lejano al féretro.  

 

 

SI LE TOCA HACER UN PRÓLOGO

 

Si le toca hacer un prólogo, no prolongue, o mejor, no prologue. Siempre sea hipócrita, jamás se le ocurra decir la verdad sobre los textos de alguien, mucho menos si es amigo suyo. Lea con compasión, pereza y divertimento, revueltos en un mismo café que tomará a cortos sorbos, en chancletas, alternando con lecturas aparejadas como Meira del Mar y Ciorán, Paulo Coelho y Cortázar, Florence Thomas y 1 de Corintios-capítulo 7. Decídase a escribir con descaro y decoro, invoque eufemismos. Si escribe a mano, raye una hoja aparte diciendo la verdad, perdonando la mala intención de todo aquel que se atreve a escribir sus ideas, agradeciendo la oportunidad de exhibir el ego mientras escribe un prólogo. Si escribe en computador, suspenda de vez en cuando para desahogarse con un juego de exterminio; de todos modos no prescinda de la hoja aparte. Después de hecho, gózese la relectura y tómese otro café paladeando la maldad propia.

 

 

UNO NO QUIERE FIESTA CON LA MADRE

   

Colombia, tierra amable, furiosa, grotesca, hermosa, paradójica.  Me pariste y me conservas, aunque sea un mal hijo.  Por eso no te niego, por eso te soy fiel.

 

Porque tienes dioses raros y santos curiosos.

 

Porque casi todos los animales del mundo te escogieron como casa.

 

Porque aquí el diablo es un ser bacán que toma ron con los hombres, canta versos y ayuda en la crianza de los hijos del campo.

 

Porque los indios, aunque pocos, siguen tercos y sabios, y algunos guardan para sí la dignidad de la coca.

 

Porque has parido genios hasta del delito.

 

Porque Pambe, ese negro puñetero, aún se da golpes con la vida en un round interminable, pero vital.

 

Porque un tipo con pelo de pita, el Pibe, le ha roto el asombro a gentes de otros mundos.

 

Porque tus mujeres sin nalgas, las del páramo, también saben amar.

 

Porque nos permites ver los Simpson y escuchar música de gaitas.

 

Porque saboreamos café mientras nos cuentan muertos por t.v.

 

Porque también hay guerrilleros de la palabra, del canto, del arte.

 

Porque a los pesimistas, como yo, nos dejan hablar.

 

Colombia, aún te quiero, aún te acepto, aún te desprecio, aún me das orgullo.

 

Con tus campesinos francos, con tus reinas sin cerebro, con tus cordilleras pretenciosas y tus océanos generosos, con periodistas imbéciles, con hijos insurrectos.

 

Tocó quererte Colombia. ¡Qué vaina!.

 

 

 

UN SUPERMÁN SIN PROTOCOLO

 

 

Hasta la selva es racista.  Es lo único que nos resta decir al enfrentarnos con la historia que nos supo vender RICE BURROUGHS : no es un aborigen, ni siquiera un caníbal, quien sobrevive recién nacido a la naturaleza en su estado más salvaje y luego crece para ser dueño de la misma.  Es un niño de piel clara, ajeno a la selva, hijo de norteamericanos -no de ingleses- quien a punta de gritos y de la fuerza de sus músculos domina a cuantas especies los dioses crearon.

 

Tarzán lo puede todo.  Nada contra la corriente mientras combate con un par de cocodrilos que se atrevieron a desobedecerle; puede viajar muchos kilómetros sin tocar el suelo y sin tropezarse con los árboles; entiende hasta el lenguaje de las piedras y conoce los secretos de la tierra.  Es, en últimas, un supermán.  Sólo que su Metrópolis es la zona más peligrosa del África, y no pide permiso ni favores para hacer lo que su soberano instinto le dicte. Eso sí, cuando está en apuros emite su invasor y omnipotente grito para que algún espécimen, de su súbdita fauna, devore al negro más atrevido de alguna tribu rara.

 

Se dice que es ambientalista, pero mata humanos.  Protege a los animales, pero para hacer lo que hace necesita proteínas, requiere ser carnívoro.  Mientras Clark Kent es un prestigioso periodista, y Supermán es un playboy seductor que camina y vuela con elegancia, Tarzán el hombre-mono, se comporta como la jungla le enseñó a comportarse.

 

La reina Taanor le tiene envidia, sin embargo, le parece atractivo y en el fondo lo desea más vivo que ella.

 

En los tiempos recientes, Tarzán ha aprendido a defenderse con lo que la civilización de sus ascendientes le manda desde lejanas distancias : es común, ahora, verlo disparar una ametralladora automática con la destreza de los marines.  No es que se haya modernizado, sólo es pragmático en ocasiones porque aún usa guayucos.

 

Los animales defienden su territorio. Tarzán, por ser su alumno, hace lo mismo.  Su lucha contra los mercaderes de esclavos, los traficantes de marfil, los buscadores de tesoros y los cazadores de fieras, no traduce sino la defensa de unas propiedades consideradas por un semisalvaje como suyas.

 

Tal vez propicie menos interés que antes, pero aún existen quienes se apasionan por él.  Sin duda las miradas vanguardistas son para los superhéroes espaciales.  Está pensando en cambiar de estrategia, la competencia es en otro plano y ya las zonas verdes y las selvas no hacen parte de la modernidad.  

 

CONVERSACIONES PARA IMAGINAR

 

El asombro en la calle persistía, lo ocurrido el día anterior había hecho de la habladuría una manera de aplacar el temor a lo desconocido, intentaban unir los pedazos de vidrio de la lógica que quedaron de aquel suceso.

 

El reguero de explicaciones daba peso a la atmósfera. Las gentes que compartían el pavimento se percataron de que estaban dialogando, bendición que no ocurría desde hacía varios meses. Ninguno se los prohibió, pero decidieron no contarse sus rumores íntimos por una prudencia casi miedosa que mantuvo sus lenguas en reposo, ahora la ocasión daba para soltar los amarres.

 

La música regresó, igual que el día anterior trajo consigo una sensación que bien podría ser un anuncio de  calamidad cósmica o el cumplimiento de una profecía sin catástrofes. En todo caso les producía una armónica y seductora vibración en sus pieles y en sus alegrías. Al igual que la primera vez, el origen no podía ubicarse; se escuchaba en todos los lugares, como si hubieran reemplazado el aire por música. Dejaron de hablar para agudizar sus oídos mientras la seducción de esas notas omnipresentes acudía nuevamente a la calle, para abofetearles la normalidad.

 

Casi  media hora después desapareció esa melodía invasora que les licuaba sensaciones y sentimientos indeterminados. La perplejidad no tuvo tiempo de aplacarse por la  aparición de un hombre que, por razones inexplicables, se les parecía a la música que acababa de pasar.  Era un sujeto alto, con una vestimenta ancha, larga, oscura, que no dejaba apreciar su contextura física; sus manos y lo que dejaba ver de su rostro tenían la pigmentación de los africanos más negros; su cabello, que llegaba a media espalda, era muy oscuro y lacio; caminaba con una parsimonia segura, como si conociera el lugar mejor que ellos mismos y como si fuera a cumplir una labor en la que era infalible. Caminó sin dejar de mirar el piso hasta que no pudieron divisarlo, dejándoles las tripas de la razón revueltas.

 

Así ocurrió por cinco días seguidos, la extraña música anunciaba la llegada de ese sujeto que siempre vestía igual y que les daba motivos suficientes para seguir reuniéndose. Volvieron a pronunciarse sus nombres, construyeron, nuevamente, la vecindad perdida. Pero el sexto día él ni la música hicieron presencia ante sus sentidos. Era posible que el hombre de ropas anchas acogiera la reciente recomendación del Gobierno de evitar transitar por las calles. Por eso ellos se encerraron en sus casas, paladeando los recuerdos. Con el correr de los días no sabían qué extrañaban más, si la música, las conversaciones con los vecinos o la aparición del pelilargo al que jamás se atrevieron a preguntarle algo.

 

Él regresó la semana siguiente, con su misma ropa y su larga cabellera. Todos lo supieron porque sintieron el estremecimiento sonoro que los electrizó y arrastró hasta sus puertas; lo esperaron y observaron, por primera vez, una pausa en su andar. Se detuvo sobre la tapa metálica y vieja de una alcantarilla, en el centro de la calle. Se sentó sobre ella, alargando las piernas, esperó pocos segundos y se incorporó. Hizo lo mismo en la próxima tapa  y en todas las de la calle, hasta que lo perdieron de vista. Repitió ese acto ceremonioso por cinco días más, luego no volvió a vérsele, tampoco a los grupos de vecinos que habían retornado a las conversaciones.  Se mantuvieron en sus casas, miraban desde sus ventanas a los militares transitando por sus calles por órdenes del señor Urabá. En el encierro de sus hogares sintieron que extrañaban las charlas callejeras, el frenesí musical, la aparición de él, su reposo en las tapas de alcantarilla.

 

Otra vez salieron a la calle, esperaban la aparición mientras sus células seguían el ritmo. Lo vieron caminar hasta la primera tapa de alcantarilla, una vez más alargó sus pies, pero esta vez sacó algo de algún bolsillo oculto en su ropaje, dejó el objeto en el metal y lo perdieron de vista mientras repetía, sin dejar de mirar el suelo, la misma operación. Pocos días después los militares regresaron, él no fue visto más, tampoco retornó la música, que extrañaron con ansiedad, igual que a las conversaciones, a él, a su ritual de descanso, a los objetos que dejaba; algunos  lograron procurárselos y llevarlos a sus casas, para contemplarlos en silencio, en familia. Entre ellos había un reloj de arena, una pelota de béisbol blanca, unos zapatos tenis viejos, una cajetilla de cigarrillos incompleta. Sin embargo, desde sus ventanas observaron que todas las mañanas los militares recogían objetos que aparecían en el  centro de la calle sin poder determinar cómo llegaban allí.

 

Esa mañana la alegría colectiva invadió  la vecindad, se abrazaban, sabían que a los altaneros de fusil se les había acabado el reinado, ya no tenían el permiso gubernamental para patear puertas y traseros, el ambiente en el país era otro, mucho menos angustioso. Pero descubrieron algo que les alteró el festejo: en una de las tapas de alcantarilla encontraron una caja de cartón, dentro se hallaba una larga y sedosa cabellera negra.

 

Sentado en su sillón de lectura, el adolescente  terminó de leer las hojas viejas, manuscritas, que había encontrado entre las páginas del último libro comprado al librero de siempre. Al final del texto se hallaba una frase a manera de firma: Testigo de los hechos, partícipe de las conversaciones. El muchacho se levantó a buscar algo que comer y mostrarle a su padre el mechón de cabellos negros que halló en el libro junto con las hojas amarillas .