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Nelson
Pacheco Gutiérrez
Soledad,
Colombia
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Nací
el 7 de noviembre de 1976, y este será el
único dato exacto que les daré.
Soy
un joven terco y anónimo, pesimista y
maníaco. Acudo a la escritura y a la
creación para que el asombro, la
indignación, el humor, la desfascinación,
la alegría, que conjuntamente tengo del
mundo, no terminen de envenenarme las
tripas.
Confío
en el amor como el arma eficaz para
contrarrestar la esquizofrenia de una
sociedad que cree en todas las profecías
catastróficas. Pero a la vez me molestan
los que hacen del optimismo una
categórica manera de vivir.
Confieso
algo: aún me cuesta trabajo entender los
géneros periodísticos, jamás sé en
cuál estoy cuando escribo. Lo que sí
tengo claro -con el perdón de los
manuales- es que el periodismo debe ser
enteramente subjetivo, parcial, como los
seres humanos.
Ya
les dije mucho, así que insisto en que
mis antecedentes sean los textos mismos.
..........................
En
la génesis de mi vanidad pública me
consideraba un artista, pero la insensatez
demoró poco tiempo, así que decidí
titularme escritor, lo que, por las
verdades del fuego, acabó en no ser más
que una pretensión sin sentido. Luego,
siguiendo esos afanes de rótulos, opté
por proclamarme creador, broma que casi
termino por creer. Cuando ya no lo fui,
estuve convencido, por eso de mis
prácticas, de ser un imaginador, aunque
me seduce la palabra y le guardo mis
respetos sé que no la merezco. Por eso,
en este trozo de segundo, ahora que mi
vanidad es íntima, creo que yo lo que soy
es un inconsciente.
EL
ACTO DE COMERSE UN MANGO
EL
ACTO DE COMERSE UN MANGO
Es,
casi, una acción inconsciente. Comerse
-devorarse- un mango es una experiencia
salvaje. Ninguna fruta despierta las
animalidades que ésta. Para disfrutar un
mango es necesario dejar las manos, la
boca, la cara, con las suficientes
evidencias para hacer notar que estuvimos
una experiencia épica, en una batalla
contra nuestros eufemismos y nuestras
fartedades. Hay quienes lo hacen
torrejitas para comerlo como quien deshoja
margaritas, pero cuando ven la plenitud de
su corazón desnudo no pueden resistirse a
acabarlo con euforia, mientras viajan por
sus pasiones primitivas. Comer una
mandarina es similar a hacer el amor con
una doncella, la despojamos de sus
vestiduras mientras nos aguamos la boca
hasta ponerle el diente. Comer fresas
despierta poses aristocráticas, se
agarran máximo con tres dedos, la boca
hace muecas inusuales, su olor evoca
sitios que no nos corresponden. Si se le
estudia bien, el mango podría convertirse
en un arma contra el protocolo, en un
entrenamiento de la espontaneidad, digo
yo.
AGUA,
INTIMIDAD Y CIGARRILO
Siempre
he querido saber lo que piensan y sienten
esas mujeres que fuman con la lumbre
dentro de la boca, mientras ocupan sus
manos en lavar. Se guardan el pequeño
infierno para protegerlo del agua. Se
saborean el calor y revolotean el
ensalivado cigarrillo con una destreza
sobrehumana. Qué oración mística rezarán,
qué artilugios invocarán para
sincronizar la lengua y las manos, ¿esa
insistencia con la que el manduco golpea
la ropa será una acción de catarsis?
Lavar la ropa a mano es un contacto
directo con los líquidos humanos, con las
suciezas que se recogen en los inventos
diarios. Estarán las ropas de acuerdo con
que sean las máquinas las encargadas de
ahuyentarles la mugre? Qué recorridos
generacionales harán las lavanderas
mientras aspiran y restriegan, yo imagino
que tienen algunas respuestas a la
humanidad que sólo la intimidad y los años
ofrecen. A lo mejor ellas han podido
dialogar con las ropas, qué historias
asombrosas tendrán que contar.
DE
LAS COSAS QUE SE PIENSAN CUANDO SE COCINA
CON LEÑA
Primero,
la conversación con la naturaleza: hay
que pedirle permiso y darle las gracias al
momento de presentar al árbol con el
machete o el hacha. Luego, con la
conciencia tranquila, nos ayudamos de unas
piedras fuertes y procedemos a arreglar el
fogón y convocar la candela. Deben usarse
unos fósforos que tienen dibujado un
diablito en la caja, sino un encendedor
que tenga una mujer semidesnuda pegada en
un costado. Con la aparición del rabito
del fuego, hacemos uso de una tapa de olla
con la superficie suficiente para pelear
con el viento. Al agitarse la tapa empieza
el viaje, a medida que crecen las llamas
nuestros pensamientos son ambivalentes, la
rusticidad nos hace sentir dignos, el
fuego logra su función purificadora. Pero
también la candela nos incita a tomar
justicia por nuestra cuenta, y nos llegan
unas ganas de acabar con el mundo. Por eso
es que esta labor nos provoca llanto y le
trasladamos la culpa al humo, al que
inconscientemente le entregamos nuestras
malparideces para que las riegue al
infinito. Con el fuego robusto instalamos
la olla o el caldero, los alimentos
burbujean y van adquiriendo un sabor al
que se le suele llamar campestre. Uno
espera y de vez en cuando echa un ojo,
también se sienta a escuchar la leña,
cuando crepita es que está despotricando
en nuestro lugar, así se nos espantan las
rabias que tengamos y nuestro espíritu
queda tranquilo para sentarnos a comer. Si
los corotos quedan muy negros se limpian
con la ceniza, ella se encarga de dejarlos
como un espejo, así podremos mirar lo que
de salvaje y civilizado revela nuestro
rostro.
AFEITARSE
ES UNA EXPERIENCIA PSICOLÓGICA
El
acto de afeitarse ha de ser propuesto como
una terapia de intimidad. Cuando alguno
decide quitarse de encima los pelos de su
cara tiene que hacer los preparativos para
un viaje por sí mismo. Hay quienes se
afeitan porque quieren verse limpios,
civilizados, desean arrancar la evidencia
de un atraso biológico. Otros luchan
entre sus deseos y sus conveniencias;
mientras pasan la cuchilla por sus rostros
reflexionan y pesan sus dudas, llegan a la
introspección para definir hasta dónde
le permitirán a los pelos anunciarse.
Para otros, dejarlos crecer significa
apariencia de prestigio, de
respetabilidad, de madurez, el espejo es
el umbral para acomodarse en el ego. Hay
quienes en realidad disfrutan honestamente
la barba, la merecen, son seres que han
ganado un buen estatus de serenidad; para
ellos, arreglársela es una acto místico,
de depuración. En los pelos de la cara
existe todo un código de manifestación
de la personalidad. Yo trato de descifrar
ese código, escribiré más sobre él y
anunciaré, casi proféticamente, :
"Por sus barbas los conoceréis".
AHORA
LOS TROMPOS SON DE PLÁSTICO
Le
doy vueltas a la evidencia, pero no la
acepto: a los niños que juegan en las
calles, esos que no se han dejado sustraer
por el nintendo y el play station, ahora
se les ve envolviendo con una cuerda a
unos objetos raros, de colores ácidos, a
los que insisten en llamarles trompos.
Parece ser que lo sintético quiere
extender sus dominios. Hay comida sintética,
árboles sintéticos, actitudes sintéticas
y, para colmos, ya no quieren permitir que
un torno descubra en la madera su dignidad
lúdica. Un buen trompo de madera era
motivo de orgullo y, si tenía media
cabeza y cuarenta huecos, daba evidencia
de mil batallas y adquiría prestigio en
el barrio. Eso, hasta que algún buen
guerrero lo volviera dos pedazos en un
ritual grupal que los niños abandonábamos
cuando ya era obligado regresar a casa,
con pies y manos sucios, olorosos a sol,
habiendo demostrado ante los amigos
nuestra manera de hacernos hombres.
Insisto en que el plástico no es para los
trompos, mucho menos con esos colores
repelentes; ya no le veo a ese juego la
misma gracia. Es posible que sea un
paranoico, pero sospecho que es una
estrategia para vender, desde temprana
edad, la idea de que todo proviene de un
molde y se fabrica en serie. Así no nos
duele convertirnos en personas plásticas
cuando dejemos la infancia.
EN
BUSCA DE PROBLEMAS
Trato,
insistentemente, de conocer la naturaleza
de los problemas, sus partículas
internas, sus modus operandis. Ellos son
la única real característica común en
la especie humana. Son seriamente
omnipotentes, están instalados
campantemente en el hogar, en las calles,
en el café de leche, en los sueños, en
los saludos, en la pluma del baño, en los
favores de los amigos, en cualquier
compromiso. Son, sin duda alguna, los
verdaderos dioses, los que celebran, a
risa suelta, sus travesuras en un reino
sin tiempo. Espero que se instaure una
disciplina que se ocupe del asunto: la
Problematología, pero no al estilo de las
chácharas psicosociológicas de los dueños
del saber, se trata de establecer el
desarrollo de una raza de científicos
apragmáticos que se dedique al estudio de
esos reverendos microbios, debe ser
posible aislarlos, hacerlos visibles, no
para controlarlos, ni exterminarlos, sino
para sintetizarlos en un elixir que pueda
suministrarse a nuestro antojo. Bacana la
idea, me imagino la sustancia en
botellitas o en picaduras para pipa,
prometo que será mi nuevo vicio.
APOSTÁNDOLE
A LA VIDA
El
azar, siempre el azar. A él, y a otras
tantas cosas inmateriales como Dios y el
amor, terminamos dándole el peso de eso
que llaman esperanzas. Lo que no
solucionan nuestras facultades racionales,
lógicas, prácticas, esperamos que se
solucione desde territorios como el cielo,
el corazón o la suerte. Desde esa mirada
podemos contemplar el comportamiento, casi
compulsivo, de los apostadores de lotería,
chance, o cualquier otro sorteo que
signifique números, fe monetaria y
soluciones económicas. Ese mercado ya es
todo un monstruo, la apuesta se ha
incorporado a la canasta familiar, es el
anhelo por una salida mágica, el vicio de
la ilusión por el dinero inmediato.
Algunos,
casi, viven en función de eso; siempre
creen que hoy es el día, por eso
emprenden, desde temprano, la búsqueda
del portal: los números. Así que, con mística
incorporada, acuden a personalizar el
asunto. Buscan en los sueños, en la
numeración de la casa, en la placa del
bus, en las fechas importantes, en la
deuda de los servicios, en el último número
del vale de la tienda, en el guarrú del
café, sin olvidarnos de los que revisan
morrocoyos, lagartijas y los colmillos del
perro. Ya encontrados los números,
proceden a sacrificar el dinero de la
comida o la merienda del hijo, para, con
todas las fuerzas de las tripas, llegar
donde la viejita de la esquina, el señor
parapléjico que se gana la vida en eso, o
la morena de grandes piernas con un bonito
uniforme y una gran sonrisa. Hecha la
apuesta (algunos persignándose, otros con
un gesto de desapego) esperan el resultado
que los hará saltar porque coincide con
lo que quiso apuntar o con la fecha del
cumpleaños de la suegra que no se atrevió
a usar.
Después
de la invocación a catorce santos
(apuntaré este número), de los ruegos al
cielo o al infierno, de la terquedad, y
luego de haber gastado, paulatina y
nimiamente, toda una fortuna, llega,
cuando menos se espera, el bendito -o
maldito- resultado favorable: coinciden
los tres números, cayeron los cuatro o,
en el mejor de los casos, se acierta hasta
la serie; por supuesto, la parranda
respectiva, apostador que se respete hace
su debida bulla para que los otros se
enteren que el azar lo escogió entre
miles. Para algunos el suceso llega a ser
cómico; para otros, trágico. Un
parroquiano, hace varios años, por
conservar la costumbre de pegar el
papelito de la apuesta en la puerta del
escaparate, le tocó partir el mueble y
trasladarlo a la empresa de apuestas para
que la evidencia se mantuviera intacta.
Otro, con más y menos suerte, se sacó
los números del gordo, invitó cuanto
vecino pudo y mantuvo un jolgorio de
veinticuatro horas; al momento de cobrar,
el billetico resultó falso. Resultado:
una deuda astronómica por licor, un
guayabo millonario y un ridículo
nacional.
De
todos modos, el negocio de las apuestas es
mercadológicamente bueno y entretenido,
genera empleo, pone a circular nuestra
devaluada moneda, otorga impuestos al
deporte y la salud y, de vez en cuando,
genera algún escándalo del que nos
enteramos por los misceláneos y
desastrosos noticieros de nuestra televisión.
DE
LAS COSAS QUE SE PIENSAN CUANDO SE COCINA
CON MICROONDAS
La
modernidad es alcahueta de la pereza.
Bacano andar así, con un microwafe todo
se hace fácil. El bendito aparatito nos
evita molestias y disminuye la espera para
llenar el estómago. Puyar un botón es
suficiente para evitar que la cocción se
agilice. También nos brinda el
espectáculo de observar a la comida dando
vueltas, iluminada por un foquito, en una
ceremonia sideral, quizá por eso tiene un
sabor casi extraterrestre. Aunque, si
prefiere, la espera se hace dialogando
sobre lo rápida que es la vida actual o
lo corto que es el día para cumplir las
responsabilidades. Y, si es posible, hay
que tener sintonizado el televisor en un
noticiero en sus momentos finales, y
escuchar las últimas recetas para
prevenir el estrés o la osteoporosis. Lo
malo es que el fuego no se deja ver, por
mucho que lo buscamos. Debe ser que no
existe, le quieren buscar reemplazo, como
si el asunto fuera tan fácil; primero él
encuentra reemplazo para nosotros.
EN
EL CENTRO COMERCIAL
Aquí
todo es bonito, la gente está tan bien
vestida, tan afanada en comprar y
divertirse, parece que en el mundo no
estuviera pasando lo que pasa. Los niños,
siempre los niños, ellos no saben qué
pasa, o quizá sí, no, no lo saben, ellos
sólo quieren divertirse, hay que
permitírselos. Desconozco la vida de la
muchacha que sirve el capuchino y el café
caliente, no sé cómo un café salido de
esas máquinas raras pueda gustarme,
quizá me gusta la muchacha, creo que ella
espera que algún industrial de paso la
seduzca, su flirteo cambia con la
apariencia del cliente. Aquí el aire es
tan excelentemente artificial que
convence. En las vitrinas se exhiben las
cosas y la indumentaria para ser gente,
para ser seres aceptados, te envuelven la
compra en una bolsas mágicas que muchos
lucen para darse estatus, hasta que algún
individuo consciente decide meter la
basura en ella, ese acto es maravilloso.
Me llaman la atención los espejos, no son
espejos normales, están diseñados para
reaccionar de acuerdo al inconsciente de
quien los mire: para verse robusto, flaco,
bien arreglado, de buen semblante, como
cada cual quiere verse. Me gusta ver
pasear traseros, a veces agudizo mi nariz
para detectarles el perfume, esos
líquidos, junto con la ropa, han
contribuido, con efectividad, en la
evolución de las funciones del culo.
Todo
está fabricado para encontrar la
felicidad fuera de casa, fuera de uno
mismo. Los vigilantes merodean, su
función es evitar que se filtre alguno
que grite “afuera pasa algo”. También
hay paradojas, hay unas salitas a las que
llaman cines, los borregos entran sin
saber que la película empezó cuando
entraron al centro comercial. Yo, por mi
lado, quisiera saber por qué algunos no
usan las escaleras eléctricas. Aquí no
se puede andar descalzo, es un pecado, el
peor de todos.
LA
IMAGINACIÓN ES EL ARMA
Le
tengo un secreto que ya usted conoce, pero
insisto en llamarlo secreto porque además
de nosotros son pocos los que lo saben,
usted sabe, los perseguidos, los
peligrosos, los que no cabemos y tenemos
la misión de alborotar. Se trata de hacer
de ella, de la imaginación, el eje
central de la sopa cósmica. Mi sugerencia
es esta: comience licuando a seres como
Hannibal Lecter o Goya, tómese esa mezcla
digiriéndola con todas las células,
permita que se integre a su sangre hasta
que el calor le adolorice la lógica,
hasta que se sienta enfermo del hígado
cuando la bendita glándula trate de
eliminar el veneno. Con el elixir
instalado siéntese a fumar o a pensar en
un vicio, desinfórmese del mundo
práctico, olvídese de su madre y de los
dioses, acuérdese de la infancia y
quédese en ella. Ya instalado en la
infancia, haga de su mente un humo eterno
que volará por territorios sin límites
que hacen del placer y la angustia un
mismo diablo, deje que el humo lo guíe,
que se meta en la hendija más minúscula,
recorra sin miedos un mapa sin lenguajes
que usted tendrá que hacer lenguaje,
agarre las cosas que le llamen la
atención, las que se parezcan a sus
sueños y las que el instinto le sugiera,
guarde lo que pueda y pídale permiso a
nadie, regrese por el camino que se le
antoje, vuelva a la tierra de la
hipocresía y atrévase a usar, con el
disfraz debido, todo lo que encontró. Si
los resultados causan escozor o
desconfianza en los demás, no se
preocupe; si se parecen a un virus, no hay
problema; si los confunden con buenas
intenciones, mucho mejor; en todo caso,
cualquier tragedia, una parcela de gente o
la humanidad entera lo agradecerá sin
enterarse. Por último, no ponga mucha
atención a lo aquí dicho y haga lo suyo.
LA
NECESIDAD DE DARSE TROMPADAS
Cuán
necesario es, para los hombres, llegar, de
vez en cuando, a la instancia de los
golpes directos, físicos, esos en los que
los puños son los que se encargan de
expulsar las molestias acumuladas;
conversar, con otros códigos, con otro
espécimen que también requiere de un
cuerpo que le ayude a desahogar sus
rabias. Muy constructivas eran esas peleas
callejeras que de niños formábamos con
algún amigo para medir nuestros reflejos
y reforzar lazos de vecindad. A los
ciudadanos nos hace falta pelear con
sinceridad, cuando es debido, como una
manera natural y benigna de ejercer la
violencia, que también es humana. Sugiero
compartir sudores, destrezas y cansancios
a puño limpio, ritualmente. Esto es
preferible a llenarnos de descontentos y
odios que se acumulan, formando una masa
ácida que invade el organismo y pasa a
hacer parte de ese invento citadino al que
llaman estrés. Los buenos amigos debemos
prestarnos para esas terapias. Quizá esto
sea mejor que comprar un revólver, un
cuchillo Rambo, contratar un sicario,
dañar la vida ajena, gritar a la esposa o
a los hijos; tal vez sea más efectivo que
tragarnos esa idea peligrosa del diálogo
como solución de todo.
LOGROS
DE AIRE
Hay
una experiencia lúdica que nos permite
satisfacer esos deseos de levitación que
guardamos muy adentro, me refiero a volar
cometa. Cuando lo hacemos, sentimos que
una parte de nosotros logra desafiar la
lógica del arriba y el abajo con la que
Newton y el resto nos hemos dejado
impresionar.
Pero
allí, en el flote que flote, logramos la
ilusión –o la certeza- de ver las cosas
como las ven las aves. No contemplamos la
cometa por los aires, observamos, desde
arriba, esa parte de uno que se queda
terrenal, feliz de saber que su
complemento está en las alturas. A veces
añadimos parapetos para que el vehículo
de la levedad sea sonoro con el viento,
para que haga su merecida bulla cuando
logre la conquista. Se dice que esa parte
que le dejamos colgando a la criatura en
un extremo es un instrumento para
controlar el equilibrio, eso creen muchos,
pero lo cierto es que cumple funciones
estéticas y comunicativas; a eso se le
llama rabo, como en el perro, y le da la
elegancia con la que quiere distinguirse;
es horrible y trágico una cometa sin
rabo, es, por coincidencias de la
naturaleza, una situación como la de los
perros sin rabo, quienes llegan a perder
la dignidad. Este guindarejo también se
encarga de comunicar el estado de ánimo
de la cometa al vérselas con el viento,
así posa feliz si está concentrada o se
enloquece cuando siente incomprensiones
con él. Yo, ahora mismo, pretendo
programar una de esas sesiones de levedad,
en lo posible procuraré construir mi
propia cometa, para que el ritual sea
completo. Creo que la idea sea mejor que
caer en la tentación de consultar al
psiquiatra, una paseada por el viento
será más efectiva que la clozapina,
propondré el tratamiento.
ME
GUSTA PRESENTAR AMIGOS
Suelo
disfrutar, con malicia y expectativa,
cuando propicio el primer encuentro de dos
seres que no se conocen. He sido el
culpable del inicio de relaciones catastróficas.
Muchos caminos se han cruzado por
insinuaciones mías. Vidas, rumbos,
perversidades, son puestos en el mismo
espacio para que se alquimien, compartan,
reboten, parasiten. La salida del cine, un
parque, un bus, un baño, cualquier sitio
es apropiado para mis malévolas
intenciones de hacer que la gente se
amargue la vida conociendo gente. Entre más
amigos tenemos más preguntas sobre el
mundo nos invaden. Aunque, cualquier
precio es pagable a fin de gozar de esos
instantes de felicidad al salir cualquier
día a la puerta y ver acercarse a una
persona, en busca de uno, con ganas de
hablar, de tomar agua, de inventar sueños,
de suicidarse.
MONÓLOGO
DE UNA BOTELLA VIENDO BEBER A UN ALCOHÓLICO
El
mundo perecerá por la bebida, estoy
seguro.
El alcohol es de esas sustancias
comunes a los dioses y a los humanos, es a
la vez tan exquisita y tan peligrosa que
puede ir del goce a la tragedia.
Por ella las divinidades se
parrandearon el cielo hasta perder el
control, hasta hacerlo un cielo de nadie
que cualquiera prostituye y promete en una
esquina.
Con el alcohol podemos bacanizar
muchas molestias, y convertir en molesto
un buen rato.
El equilibrio y la prudencia se
entrenan y ponen a prueba si sometemos
nuestro cuerpo y nuestra mente a las
delicias y malicias de una botella.
Los criterios estéticos y los
argumentos de la razón suelen perder sus
fronteras cuando algunos tragos nos
transportan a otro nivel de comprensión.
De la extroversión al estéril
desafío al mundo sólo hay unos centímetros
cúbicos.
El alcohol necesitará otro tipo de
seres para desarrollarse: yo probé con
los perros, pero son incompatibles.
En todo caso, quiero entonar mi
imperfección, quiero acordarme de los
dioses y ponerme a prueba.
Serán unos cuantos, lo prometo.
NO
SE MIRE EN EL ESPEJO
Le
propongo un ejercicio para abofetear su
normalidad.
A usted, que siempre busca nuevas
aguas.
Decida, de antemano y si es
posible, un nuevo nombre para usted.
Durante tres días se llamará así
y no responderá al propio.
En esos días no deberá mirarse en
el espejo, en el baño ni en ningún otro
lugar.
Evadirá esos artefactos y
cualquier superficie que refleje su
rostro, como todo un hombre vampiro que
teme descubrir que no existe.
En cambio mirará, con detenimiento
y ganas de entrar, al rostro de los demás,
al de todo el que le hable, al vagabundo
que tropiece, al que le cobre una deuda,
al vecino que más odia, al que insiste en
darle consejo.
Observará los rasgos de las
personas, fisgoneará los adentros creyéndose
un brujo que puede saber las miserablesas
y las debilidades de los otros.
Observar el rostro de los demás
sin mirar el suyo lo hará apartarse de
ese odio personal que tiene contra sí
mismo, tampoco será el iluso que
considera que esa cara es de alguien que
sirve para algo, no se encontrará ante un
espejo para recordar que su existencia
tiene imagen.
Si representa algún peligro, no se
lave la cara y no se peine, mejor tome la
peinilla para algo inusual y divertido
como reventar vejigas, puyar la comida o
separar las páginas de un libro.
Al terminar el ejercicio, escriba,
cante, dibuje, invente un cuento, haga el
amor, verá que usted es un poco distinto,
reconocerá los lugares íntimos que t enía
llenos de telaraña.
Su próxima mirada al espejo
revelará una nueva malparidez o construirá
una reciente vanidad.
POESÍA
CON EL BALÓN
El
juego y la poesía pueden estar en el
mismo sitio, no hay duda. El fútbol lo ha
demostrado. Con ambos se prepara una sopa
que un verdadero maestro de la pelota, en
un suburbio garoto o en un engramado
londinense, puede suministrar a un
adversario, mientras la diversión hace de
la lógica un burladero. En esta dinámica
lúdica el resultado es lo de menos. Los números
no cuentan para los valerosos jugadores,
ya en vía de extinción, que desafían
los compromisos empresariales y las
exigencias técnicas para arrojarse al
arresto de jugar y satisfacer el prurito
de la diversión, para moverle el asombro
a los espectadores de esos movimientos
embrujadores, de esa subversión con la
esfera, de ese juego de locos. Sin
embargo, el fútbol se ha convertido en
una máquina, en una contadora de dólares
y partidos ganados; el arte de jugar
sabroso se desarrolla en proporción
inversa a los objetivos del capitalismo y
en proporción directa a las apetencias
del espíritu. Aunque, la poesía sabe
encontrar sus resquicios de sobrevivencia,
sabe mutarse para estar vigente. Por eso aún
se le encuentra en campos de juego
caseros, en solares de barrio, con pocos
espectadores y modestas pretensiones,
despojada de grandes maquillajes, en un
cuasianonimato:
como las cantadoras de río y los
bailadores
de cumbia en las plazas de pueblos
escondidos.
PROPUESTA
PARA ACUDIR A LA INFANCIA
Jamás
crea que la adultez es la mejor manera de
enfrenarse a la vida. Es necesario, muy de
vez en cuando, asomarse a ese mundo en el
que una lógica simplista y una capacidad
imaginativa dictaminan los antojos, las
actitudes. Ante todo, manifieste su
descontento cuando cualquier compromiso lo
aparte del jugueteo con cada segundo. Hágase
el distraído mientras sus sentidos se
apropian
de todos los rincones, use su
inmadurez e indefensión para manipular
a los más listos y colmar sus
apetencias (las suyas). Coma tierra,
quiebre el vidrio del vecino, ensúciese
el cuerpo y gózese el mugre, pregunte por
todo, sáquele la piedra a quien pueda. Si
se comporta así, ninguno le exigirá
que arregle el mundo, tampoco le
pedirán consejos, apoyo moral o actos de
contricción. Creerán que no está
conectado con la realidad; mientras usted,
por debajo se aprende las mejores maneras
de tomarse la vida en juego, para aplazar
la muerte.
RECETA
PARA DAR UN PÉSAME
Acomódese
la máscara antes de salir de su hogar.
Deje las muecas de alegría en el espejo.
Al llegar a casa de los familiares mire
por un momento el piso, mientras piensa en
las fotografías de algún personaje
famoso, eso le dará un enigma a su
mirada. El color de la ropa no importa,
después que no sea tan llamativo, aunque
debe cuidarse de no estar demasiado
impecable, mucho menos puede sacar brillo
a sus zapatos, eso delatará los instantes
de tranquilidad que le brindó la muerte
de alguien que no es usted. Observe a los
seres cercanos al difunto, fíjese en el
menos escandaloso, el más controlado, ese
que pudo ocupar su mente en mandar a
comprar el pan tajado para el sanduche, acérquese
a él, al sanduche, le ayudará a decidir
el siguiente paso azar; si son de aire, sólo
con mantequilla, se acercará a dar el
bendito pésame cuando la persona escogida
esté sola; si tienen cualquier
mortadelita, esperará a que se acerquen
varios hipócritas y usted se sumará a la
fila. Si no hay sanduches, espere a que
suene el próximo llanto y llegue. En todo
caso, no diga más de dos palabras, o
terminará entusiasmándose, apriete la
mano o toque el hombro sin delicadeza y
sin ser brusco, piense en la última película
que no entendió, mire a la frente y
vuelva a mirar el piso. Si no está lo
suficientemente preparado para contener la
carcajada, no se asome a esas ventanitas
estúpidas que traen algunos ataúdes. Tómese
el café lo más lejano al féretro.
SI
LE TOCA HACER UN PRÓLOGO
Si
le toca hacer un prólogo, no prolongue, o
mejor, no prologue. Siempre sea hipócrita,
jamás se le ocurra decir la verdad sobre
los textos de alguien, mucho menos si es
amigo suyo. Lea con compasión, pereza y
divertimento, revueltos en un mismo café
que tomará a cortos sorbos, en
chancletas, alternando con lecturas
aparejadas como Meira del Mar y Ciorán,
Paulo Coelho y Cortázar, Florence Thomas
y 1 de Corintios-capítulo 7. Decídase a
escribir con descaro y decoro, invoque
eufemismos. Si escribe a mano, raye una
hoja aparte diciendo la verdad, perdonando
la mala intención de todo aquel que se
atreve a escribir sus ideas, agradeciendo
la oportunidad de exhibir el ego mientras
escribe un prólogo. Si escribe en
computador, suspenda de vez en cuando para
desahogarse con un juego de exterminio; de
todos modos no prescinda de la hoja
aparte. Después de hecho, gózese la
relectura y tómese otro café paladeando
la maldad propia.
UNO
NO QUIERE FIESTA CON LA MADRE
Colombia,
tierra amable, furiosa, grotesca, hermosa,
paradójica.
Me pariste y me conservas, aunque
sea un mal hijo.
Por eso no te niego, por eso te soy
fiel.
Porque
tienes dioses raros y santos curiosos.
Porque
casi todos los animales del mundo te
escogieron como casa.
Porque
aquí el diablo es un ser bacán que toma
ron con los hombres, canta versos y ayuda
en la crianza de los hijos del campo.
Porque
los indios, aunque pocos, siguen tercos y
sabios, y algunos guardan para sí la
dignidad de la coca.
Porque
has parido genios hasta del delito.
Porque
Pambe, ese negro puñetero, aún se da
golpes con la vida en un round
interminable, pero vital.
Porque
un tipo con pelo de pita, el Pibe, le ha
roto el asombro a gentes de otros mundos.
Porque
tus mujeres sin nalgas, las del páramo,
también saben amar.
Porque
nos permites ver los Simpson y escuchar música
de gaitas.
Porque
saboreamos café mientras nos cuentan
muertos por t.v.
Porque
también hay guerrilleros de la palabra,
del canto, del arte.
Porque
a los pesimistas, como yo, nos dejan
hablar.
Colombia,
aún te quiero, aún te acepto, aún te
desprecio, aún me das orgullo.
Con
tus campesinos francos, con tus reinas sin
cerebro, con tus cordilleras pretenciosas
y tus océanos generosos, con periodistas
imbéciles, con hijos insurrectos.
Tocó
quererte Colombia. ¡Qué vaina!.
UN
SUPERMÁN SIN PROTOCOLO
Hasta
la selva es racista.
Es lo único que nos resta decir al
enfrentarnos con la historia que nos supo
vender RICE BURROUGHS : no es un
aborigen, ni siquiera un caníbal, quien
sobrevive recién nacido a la naturaleza
en su estado más salvaje y luego crece
para ser dueño de la misma.
Es un niño de piel clara, ajeno a
la selva, hijo de norteamericanos -no de
ingleses- quien a punta de gritos y de la
fuerza de sus músculos domina a cuantas
especies los dioses crearon.
Tarzán
lo puede todo.
Nada contra la corriente mientras
combate con un par de cocodrilos que se
atrevieron a desobedecerle; puede viajar
muchos kilómetros sin tocar el suelo y
sin tropezarse con los árboles; entiende
hasta el lenguaje de las piedras y conoce
los secretos de la tierra.
Es, en últimas, un supermán.
Sólo que su Metrópolis es la zona
más peligrosa del África, y no pide
permiso ni favores para hacer lo que su
soberano instinto le dicte. Eso sí,
cuando está en apuros emite su invasor y
omnipotente grito para que algún espécimen,
de su súbdita fauna, devore al negro más
atrevido de alguna tribu rara.
Se
dice que es ambientalista, pero mata
humanos.
Protege a los animales, pero para
hacer lo que hace necesita proteínas,
requiere ser carnívoro.
Mientras Clark Kent es un
prestigioso periodista, y Supermán es un
playboy seductor que camina y vuela con
elegancia, Tarzán el hombre-mono, se
comporta como la jungla le enseñó a
comportarse.
La
reina Taanor le tiene envidia, sin
embargo, le parece atractivo y en el fondo
lo desea más vivo que ella.
En
los tiempos recientes, Tarzán ha
aprendido a defenderse con lo que la
civilización de sus ascendientes le manda
desde lejanas distancias : es común,
ahora, verlo disparar una ametralladora
automática con la destreza de los
marines.
No es que se haya modernizado, sólo
es pragmático en ocasiones porque aún
usa guayucos.
Los
animales defienden su territorio.
Tarzán, por ser su alumno, hace lo
mismo.
Su lucha contra los mercaderes de
esclavos, los traficantes de marfil, los
buscadores de tesoros y los cazadores de
fieras, no traduce sino la defensa de unas
propiedades consideradas por un
semisalvaje como suyas.
Tal
vez propicie menos interés que antes,
pero aún existen quienes se apasionan por
él.
Sin duda las miradas vanguardistas
son para los superhéroes espaciales.
Está pensando en cambiar de
estrategia, la competencia es en otro
plano y ya las zonas verdes y las selvas
no hacen parte de la modernidad.
CONVERSACIONES
PARA IMAGINAR
El asombro en la calle persistía, lo
ocurrido el día anterior había hecho de
la habladuría una manera de aplacar el
temor a lo desconocido, intentaban unir
los pedazos de vidrio de la lógica que
quedaron de aquel suceso.
El
reguero de explicaciones daba peso a la
atmósfera. Las gentes que compartían el
pavimento se percataron de que estaban
dialogando, bendición que no ocurría
desde hacía varios meses. Ninguno se los
prohibió, pero decidieron no contarse sus
rumores íntimos por una prudencia casi
miedosa que mantuvo sus lenguas en reposo,
ahora la ocasión daba para soltar los
amarres.
La
música regresó, igual que el día
anterior trajo consigo una sensación que
bien podría ser un anuncio de
calamidad cósmica o el
cumplimiento de una profecía sin catástrofes.
En todo caso les producía una armónica y
seductora vibración en sus pieles y en
sus alegrías. Al igual que la primera
vez, el origen no podía ubicarse; se
escuchaba en todos los lugares, como si
hubieran reemplazado el aire por música.
Dejaron de hablar para agudizar sus oídos
mientras la seducción de esas notas
omnipresentes acudía nuevamente a la
calle, para abofetearles la normalidad.
Casi
media hora después desapareció
esa melodía invasora que les licuaba
sensaciones y sentimientos indeterminados.
La perplejidad no tuvo tiempo de aplacarse
por la
aparición de un hombre que, por
razones inexplicables, se les parecía a
la música que acababa de pasar.
Era un sujeto alto, con una
vestimenta ancha, larga, oscura, que no
dejaba apreciar su contextura física; sus
manos y lo que dejaba ver de su rostro tenían
la pigmentación de los africanos más
negros; su cabello, que llegaba a media
espalda, era muy oscuro y lacio; caminaba
con una parsimonia segura, como si
conociera el lugar mejor que ellos mismos
y como si fuera a cumplir una labor en la
que era infalible. Caminó sin dejar de
mirar el piso hasta que no pudieron
divisarlo, dejándoles las tripas de la
razón revueltas.
Así
ocurrió por cinco días seguidos, la
extraña música anunciaba la llegada de
ese sujeto que siempre vestía igual y que
les daba motivos suficientes para seguir
reuniéndose. Volvieron a pronunciarse sus
nombres, construyeron, nuevamente, la
vecindad perdida. Pero el sexto día él
ni la música hicieron presencia ante sus
sentidos. Era posible que el hombre de
ropas anchas acogiera la reciente
recomendación del Gobierno de evitar
transitar por las calles. Por eso ellos se
encerraron en sus casas, paladeando los
recuerdos. Con el correr de los días no
sabían qué extrañaban más, si la música,
las conversaciones con los vecinos o la
aparición del pelilargo al que jamás se
atrevieron a preguntarle algo.
Él
regresó la semana siguiente, con su misma
ropa y su larga cabellera. Todos lo
supieron porque sintieron el
estremecimiento sonoro que los electrizó
y arrastró hasta sus puertas; lo
esperaron y observaron, por primera vez,
una pausa en su andar. Se detuvo sobre la
tapa metálica y vieja de una
alcantarilla, en el centro de la calle. Se
sentó sobre ella, alargando las piernas,
esperó pocos segundos y se incorporó.
Hizo lo mismo en la próxima tapa
y en todas las de la calle, hasta
que lo perdieron de vista. Repitió ese
acto ceremonioso por cinco días más,
luego no volvió a vérsele, tampoco a los
grupos de vecinos que habían retornado a
las conversaciones.
Se mantuvieron en sus casas,
miraban desde sus ventanas a los militares
transitando por sus calles por órdenes
del señor Urabá. En el encierro de sus
hogares sintieron que extrañaban las
charlas callejeras, el frenesí musical,
la aparición de él, su reposo en las
tapas de alcantarilla.
Otra
vez salieron a la calle, esperaban la
aparición mientras sus células seguían
el ritmo. Lo vieron caminar hasta la
primera tapa de alcantarilla, una vez más
alargó sus pies, pero esta vez sacó algo
de algún bolsillo oculto en su ropaje,
dejó el objeto en el metal y lo perdieron
de vista mientras repetía, sin dejar de
mirar el suelo, la misma operación. Pocos
días después los militares regresaron,
él no fue visto más, tampoco retornó la
música, que extrañaron con ansiedad,
igual que a las conversaciones, a él, a
su ritual de descanso, a los objetos que
dejaba; algunos
lograron procurárselos y llevarlos
a sus casas, para contemplarlos en
silencio, en familia. Entre ellos había
un reloj de arena, una pelota de béisbol
blanca, unos zapatos tenis viejos, una
cajetilla de cigarrillos incompleta. Sin
embargo, desde sus ventanas observaron que
todas las mañanas los militares recogían
objetos que aparecían en el
centro de la calle sin poder
determinar cómo llegaban allí.
Esa
mañana la alegría colectiva invadió
la vecindad, se abrazaban, sabían
que a los altaneros de fusil se les había
acabado el reinado, ya no tenían el
permiso gubernamental para patear puertas
y traseros, el ambiente en el país era
otro, mucho menos angustioso. Pero
descubrieron algo que les alteró el
festejo: en una de las tapas de
alcantarilla encontraron una caja de cartón,
dentro se hallaba una larga y sedosa
cabellera negra.
Sentado
en su sillón de lectura, el adolescente
terminó de leer las hojas viejas,
manuscritas, que había encontrado entre
las páginas del último libro comprado al
librero de siempre. Al final del texto se
hallaba una frase a manera de firma: Testigo
de los hechos, partícipe de las
conversaciones. El muchacho se levantó
a buscar algo que comer y mostrarle a su
padre el mechón de cabellos negros que
halló en el libro junto con las hojas
amarillas .
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