MILLENIUM / LAS 100 MEJORES NOVELAS / Nº 84 / «EL ASTILLERO» / JUAN CARLOS ONETTI

El mar muerto

MARCELO BIRMAJER


El resplandor más compacto de la derrota nos ilumina en El astillero, la gran novela de Juan Carlos Onetti que mañana ofrece EL MUNDO a todos sus lectores con un suplemento de 275 pesetas. En esta narración, según reveló el propio escritor uruguayo y Premio Cervantes en la entrevista reproducida en la siguiente página, nos adentramos en una geografía, en el territorio mítico de Santa María, que no existe más allá de los libros, que es una especie de refugio donde se mueven los personajes. El protagonista del libro, Larsen, apodado Juntacadáveres, es, a juicio del escritor Marcelo Birmajer, prologuista de la obra, un fugaz antihéroe que alcanza la madurez.

La primera tentación al terminar de leer esta novela brutal es creerla el anuncio de un eterno destino latinoamericano: un hombre acabado es puesto al frente de un astillero que, desde hace años y para siempre, no es más que un esqueleto yermo. Lo acompañan dos gerentes igual de inútiles.

Pero cuando comprendemos que habiendo sido publicada en 1961 revela con igual precisión una ciudad suramericana de su época así como de las dictaduras de mediados de los 70 y del presente proceso democrático, con su inalterable cuota de ausencia de futuro y fábricas en ruinas, nos toca reconocer que para una trama acertada el lugar y la época son una referencia y en ningún sentido el fin.

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo, Uruguay, en 1909 y murió en Madrid en 1994. Practicó una modalidad de la fama que es eficaz cuando la respalda una obra poderosa: la de buscar el anonimato personal y el protagonismo de sus ficciones. Se sabe que eligió ininterrumpidamente la cama, por pura voluntad o falta de ella, sin prescripción médica, para pasar una decena de los últimos años de su vida. Y que incluso optó por la cama para ejercer su ausencia a la presidencia del Primer Congreso Internacional de Escritores en Lengua Española en Las Palmas. Pero ninguno de estos datos tendría algún sentido de no ser por El pozo, Tierra de Nadie, Juntacadáveres -por nombrar algunas de sus novelas- , o sus mejores cuentos, Bienvenido Bob, Esbjerg en la costa, o El infierno tan temido.

En El astillero alcanzan su madurez, el replandor más compacto de la derrota, dos invenciones notables de Onetti: el fugaz antihéroe Larsen y la imperecedera, pero nunca nueva, ciudad de Santa María; esa ciudad portuaria que lo mismo podría ser el fantasma de Montevideo o de Buenos Aires, que está cerca de la ciudad argentina de Rosario pero no pertenece a país alguno. Otra vez, frente a este proxeneta con rasgos místicos -Larsen-, canalla con tanto de hundido como de salvado; frente a esta ciudad inexistente en la realidad pero verdadera, de ficción pero no de juguete, podemos caer en la tentación de felicitar a Onetti por presentar un pedazo descarnado de Latinoamérica, sin exotismo ni prodigios, sin utilizar la impotencia y la erosión para exportar como un folclore alegre y vendible. Pero cualquier habitante de Europa del Este, de los años 30 o de los posteriores a la Segunda Guerra, podría encontrar en esta ciudad catastrófica tantos factores en común como un latinoamericano o un norteamericano de una desolada ciudad del sur. La ambición de Larsen por conquistar a una débil mental -o loca- recuerda la novela serial de Isaac B. Singer, Shosha, ambientada a fines de los 30 en Polonia, y en Juntacadáveres Larsen tiene más de un punto de contacto con el proxeneta polaco Max que protagoniza la novela de Singer Escoria. No son los continentes ni las épocas, ni las ideas políticas, las que unen los libros o forman generaciones literarias, sino un efluvio inmaterial constituido de reflejos deformados del alma humana, que inquieta a los lectores de cualquier tiempo y lugar.

Se ha hablado de la influencia de Faulkner en el lenguaje de Onetti, pero no seríamos arbitrarios si encontráramos en sus tramas fronteras con Kafka (¿qué es, si no kafkiano, el trabajo riguroso, burocrático, con horario, en un astillero inexistente?) y el escritor argentino Roberto Arlt. Del primero vemos en Onetti el hiperrealismo, la capacidad de convertir las tareas más mansas, aparentemente inocuas, en situaciones salvajes por exageración; y de Arlt tiene Onetti la habilidad para trabajar con la sordidez. Pero las tramas de Onetti son perfectamente posibles, estrictamente realistas además de verosímiles, mientras que tanto Arlt como Kafka construyen fábulas o alegorías, sucesos creíbles pero imposibles.

Notará el lector que el apodo de Juntacadáveres para Larsen aparece en esta novela, El astillero, publicada en 1961; mientras que su inauguración ocurre en una novela posterior, precisamente Juntacadáveres, aparecida recién en 1964. El mismo Onetti explica esta afortunada anacronía en un reportaje concedido a Emir Rodríguez Monegal: «Yo estaba escribiendo Juntacadáveres y la llevaba más que mediada, cuando de pronto, por una de esas, hice una visita a un astillero que existía en Buenos Aires. En realidad eran dos: uno está en el Dock Sur, y el otro en la ciudad de Rosario...» «Misteriosamente, Du Petrie (el dueño del astillero de Rosario) mantenía todo como si el astillero siguiera funcionando. Todo estaba sellado por el juez, inmunizado por la Justicia. No se podía sacar ni poner nada. Pero él había conseguido una llave y entraba. Tenía su oficina, una oficina fabulosa, en plena calle Florida». Habitualmente, cuando un autor interrumpe una novela para sumergirse en otra que lo reclama, es porque la intrusa será especialmente acertada, superior a la interrumpida. No creo que esta sea una excepción. A El astillero no concurren los sentimientos ni el humor. La falta de sentimientos es un hallazgo: Onetti los trueca por una extraña energía, inventada o descubierta por él, sin nombre, presente en los sucesivos romances de Larsen: con una loca, con una embarazada a punto de parir y con una Celestina miserable.

Pero el humor, creo, debemos aportarlo como lectores. No encuentro modo más saludable de disfrutar esta novela que permitiéndonos espacios de risa, permitiéndonos considerar también ridículos, además de trágicos, los sitios de llegada de buena parte de las ambiciones humanas. Reírnos, también, de la desesperación; al menos es mi opinión al respecto.


Marcelo Birmajer es escritor argentino y ha publicado en España Tres mosqueteros (Debate).


Encontrado en: http://195.53.249.30/papel/2001/08/10/cultura/1034628.html