Juan Carlos Onetti
El mejor amigo de Onetti
Echado en una cama, este maravilloso narrador uruguayo fue, penosamente, concibiendo los personajes más profundos del relato
"Y hay o había o hubo allí... una tumba en cuya lápida se grabó el apellido de mi familia. Luego, en algún día repugnante del mes de agosto, lluvia frío y viento, iré a ocuparlo con no sé que vecinos". La premonición de Cuando ya nada importe, la última novela del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, no se cumplió. Un ataque cardiaco, en una clínica de Madrid, el 30 de mayo de 1994, no le permitió llegar a agosto, y sus restos fueron incinerados en el crematorio del cementerio madrileño de la Almudena.
El escritor taciturno con los periodistas, pero feliz con sus amigos, nació en julio de 1909 en Montevideo, para escribirle a su mejor amigo, a él, a Onetti. Y la primera vez lo hizo cansado de deambular por la calle Corrientes, en Buenos Aires, en busca de conocidos que le prestaran dinero.
Angustiado por no tener siquiera para los tabacos, se sentó frente a su Remington y escribió de un tirón el primer borrador de El Pozo, donde configura sus obsesiones: la incomunicación, el sin sentido de la vida y la existencia de un margen de pureza en la juventud.
La obra fue publicada en 1939 pero, a pesar de que Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes la consideraron como inauguradora de la novela latinoamericana contemporánea, Onetti no creyó que era importante. Solo destacó de su producción literaria La vida breve, por ser la más rica; El Astillero, la más perfecta, y Los Adioses, la más querida.
En medio de sus aventuras narrativas Onetti tuvo tiempo para emborracharse y enamorar mujeres, sobre todo cuando fue a Buenos Aires como secretario de la redacción de la Reuter. Esa fue su vida, hasta que, instaurada la dictadura militar, fue encarcelado en 1974 por haber premiado, en un concurso literario, a un cuento antimilitarista.
Luego de ser liberado en 1975, fijó su residencia en Madrid, y su vida se redujo, en sus últimos diez años de vida, a su cama y a su cuarto -lleno de libros y de un olor a whisky y tabaco-, en un octavo piso de la Avenida de América de Madrid, ciudad a la que dijo haberse acostumbrado por indiferencia. Siempre estuvo acompañado de Dolly, su cuarta esposa.
Hablaba poco. Trataba mal a la gente. Era hosco. Pero cuando murió, todos manifestaron su angustia. El mismo Vargas Llosa sostuvo que "América Latina no le dio nunca el reconocimiento que merecía".
"Más que dolor, lo que siento es irrealidad -dijo Antonio Muñoz Molina-, irrealidad y gratitud". Mientras que Ernesto Sábato consideraba "inútil hacer literatura del fin de Onetti".
Manuel Vicent especuló que Onetti "tenía tanto respeto por la muerte que la estaba ensayando desde hacía tiempo". Ese fue el escritor, que en su cama repensó a sus perezosos personajes que inventan historias de otros personajes, para poder ver la fugaz felicidad a través de sus sueños. (JT).
Encontrado en: http://www.hoy.com.ec/sigloxx/1116.htm