La Nación
                     Sección Opinión
                     Fecha de publicación 17.11.1999
 

                    Pan y libertad
                     Por Mario Vargas Llosa

                     LONDRES.- A primera vista, comer o morirse de hambre y gozar de libertad o
                     ser privado de ella parecen cosas bien diferenciadas que sólo entreveran en
                     sus discursos y proclamas los políticos gárrulos, y que no deberían confundirse
                     en el análisis de la realidad social. En verdad, quienes piensan esto cometen
                     un error garrafal. En un libro recién publicado, Development as Freedom
                     ("Desarrollo como libertad"), el profesor Amartya Sen, Premio Nobel de
                     Economía de 1998, sostiene que, así como existe una estrecha simbiosis
                     entre la democracia y la paz, los regímenes que garantizan la libertad y la
                     legalidad son también los que mejor defienden a sus ciudadanos contra la
                     penuria alimenticia. "En la historia del mundo -afirma-, jamás ha habido
                     hambrunas en una democracia funcional, sea ésta económicamente rica,
                     como la Europa occidental contemporánea y los Estados Unidos, o
                     relativamente pobre, como India, Botswana y Zimbabwe luego de la
                     independencia."

                     Con argumentos apoyados en cifras y evaluaciones que somete a rigurosa
                     criba científica, el libro es una severísima abjuración de la idea,
                     universalmente inculcada por los economistas, de que el desarrollo o la
                     modernidad de un país debe medirse por sus niveles de ingreso, su producto
                     bruto, el número y la variedad de sus industrias o, en otros términos, por
                     todo aquello directa y exclusivamente relacionado con la creación y
                     distribución de la riqueza.

                     Razón primordial del desarrollo

                     Que un eminente economista se insurja de manera tan radical contra esta
                     visión economicista del desarrollo y sostenga que el objetivo de éste, su
                     "razón primordial", no es el bienestar material, sino aumentar la libertad de
                     los individuos para vivir como mejor les parezca no puede ser más oportuno.
                     Ni más adecuado para entender lo que está ocurriendo en muchas regiones
                     del mundo, como Asia y América Latina, que, pese a haber aplicado
                     obedientemente las buenas recetas económicas de los cerebros tecnocráticos
                     del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial no sólo no avanzan,
                     han comenzado a retroceder y se enfrentan, a veces, a crisis que amenazan
                     con ahogarlos.

                     No es el progreso económico el que abre las puertas de una sociedad a la
                     libertad, dice el profesor Sen; es ésta la que echa los cimientos durables de la
                     prosperidad, sobre una base de justicia, para el conjunto de los ciudadanos.
                     De nada sirve, por ejemplo, una excelente política económica modernizadora
                     si en dicha sociedad no existe una información libre que permita una
                     vigilancia permanente del funcionamiento de los mercados y la denuncia de
                     los abusos, y un sistema judicial independiente al que puedan acudir en pos
                     de reparación y desagravio quienes se consideren víctimas, y que dirima
                     imparcialmente las rencillas y diferencias inevitables que genera la
                     competencia.

                     El profesor Sen es un genuino liberal, y lo es no sólo porque cree en el
                     mercado libre y la empresa privada, sino porque, al igual que todos los
                     pensadores clásicos del liberalismo, subordina metódicamente la libertad
                     económica a la idea de democracia, sin la cual, como demuestra a cada paso
                     en sus investigaciones, aquélla resulta siempre transitoria, condenada a
                     deteriorarse y corromperse. Aunque saca sus ejemplos, sobre todo, de Asia y
                     çfrica, y cita pocos casos latinoamericanos, no creo que haya más luminosa
                     asesoría que las ideas y tesis de este libro para entender lo que hoy está
                     ocurriendo en muchos países de América Latina.

                     Hace apenas diez años, el llamado Nuevo Continente (en realidad, viejísimo),
                     parecía haber optado por los instrumentos del desarrollo: democracia y
                     mercado. Gobiernos civiles reemplazaban a las dictaduras militares, se
                     abandonaba la autodestructora política cepalista de sustitución de
                     importaciones y nacionalismo económico por la apertura, las privatizaciones y
                     la inserción de las economías locales en la economía internacional. Luego de
                     unos años prometedores, de pronto, todo empezó a detenerse o a retroceder.
                     Y, en la actualidad, con pocas excepciones, la recesión golpea de manera
                     inmisericorde, aumentan los índices de desempleo, crece la inflación, los
                     capitales extranjeros que habían acudido comienzan a partir y la pobreza
                     aumenta velozmente por doquier. ¿Qué ocurrió?

                     Simulación de democracia

                     No fue la política económica la que falló, sino la democracia, y, sin ésta,
                     aquélla no puede ser nunca exitosa, aunque, por algún tiempo, las
                     estadísticas económicas de aumento del producto y la instalación de nuevas
                     industrias finjan demostrarlo. La democracia fue una mera fachada política.
                     Había elecciones cada cierto tiempo, pero no justicia, y las reformas
                     económicas, en la mayoría de los casos, se hicieron para favorecer intereses
                     particulares (los miembros o asociados del propio gobierno), transfiriendo
                     monopolios públicos al sector privado, o para llenar las arcas estatales y
                     permitir el enriquecimiento ilícito.

                     En dos campos muy concretos, esenciales para el verdadero desarrollo según
                     el profesor Sen, los jueces y la propiedad, no hubo avance alguno y, en
                     algunos casos, más bien retrocesos. Los tribunales siguieron siendo
                     manipulados por el poder político o comprados, y las posibilidades de los
                     pobres de acceder a la propiedad se abrieron, a cuentagotas, en poquísimos
                     casos -Chile, por ejemplo-, en tanto que, en la mayor parte de los países
                     siguieron cerradas para la inmensa mayoría. El momentáneo aumento de la
                     riqueza sólo sirvió para que creciera con ella la corrupción, surgieran
                     fantásticas fortunas mal habidas, y, con la pobreza de los más, aumentara el
                     desencanto y el resentimiento de vastos sectores contra una "democracia"
                     que aparecía tan inepta e inmoral como las dictaduras de antaño para
                     satisfacer las expectativas de las mayorías.

                     No es extraño que en un clima como éste sobrevenga el desplome del orden
                     constitucional. El golpe de Estado fraguado por el Ejército con la complicidad
                     del presidente Fujimori, en el Perú, en abril de 1992, instituyó un modelo que
                     ha tenido continuadores, aunque no llegaran a los extremos chuscos y
                     militares del golpe peruano. Sin el mal ejemplo de Fujimori, es improbable
                     que primero Menem en la Argentina, luego Cardoso en Brasil y por último el
                     comandante Chávez en Venezuela hubieran urdido reformas constitucionales
                     con el ánimo de hacerse reelegir, infligiendo de este modo un rudo maltrato a
                     la legalidad democrática.

                     Voces de frustración

                     Corrupción, maltrato de la legalidad, jueces sometidos al poder o al dinero,
                     nulo acceso a la propiedad para las inmensas mayorías y el enriquecimiento
                     enloquecido de ínfimos grupúsculos de privilegiados, una información a
                     menudo mediatizada por el miedo o el soborno: ¿qué de raro tiene que, de
                     pronto, con ayuda de la demagogia, millones de seres frustrados e
                     indignados por esa supuesta "democracia" se pongan a acusar a los partidos
                     políticos o a los congresos del fracaso, y vuelvan los ojos hacia un hombre
                     providencial?

                     La lección del profesor Amartya Sen es muy sencilla: el verdadero desarrollo
                     no es económico, éste es una de las consecuencias, en ningún caso la
                     herramienta, del desarrollo político, cultural e institucional de un país. Si un
                     gobierno puede darse el lujo, como hizo el del Perú, de arrebatarle la
                     nacionalidad a un empresario, el señor Baruch Ivcher, con grotescas
                     triquiñuelas legales, para poder apoderarse de su empresa, un canal de
                     televisión cuyas críticas le molestaban, ¿cómo puede aspirar a atraer capitales
                     extranjeros? Estos acuden sólo a aquellos países donde existe una
                     estabilidad legal, que no puede ser impunemente transgredida en razón de la
                     fuerza bruta, y donde el Poder Judicial existe para corregir, no amparar y
                     legitimar, los atropellos del poder.

                     Ojalá que, ilustrados por Amartya Sen, los funcionarios del Fondo Monetario
                     Internacional y del Banco Mundial incorporen a las exigencias de ortodoxia
                     económica que presentan a los países del Tercer Mundo otras, anteriores e
                     indispensables para lograr el bienestar material: respeto a los derechos
                     humanos, a la libertad de información, jueces independientes, elecciones
                     pulquérrimas fiscalizadas por organismos internacionales, medidas efectivas
                     para extender la educación, el acceso a la propiedad y a la salud, y -el
                     profesor Sen pone mucho énfasis en esto último- reducir drásticamente los
                     presupuestos para adquisición de material bélico.
 

                    Copyright 2000 S.A. LA NACION | Todos los derechos reservados