Pan y libertad
Por Mario Vargas Llosa
LONDRES.- A primera vista, comer o morirse de hambre y gozar de libertad
o
ser privado de ella parecen cosas bien diferenciadas que sólo entreveran
en
sus discursos y proclamas los políticos gárrulos, y que no
deberían confundirse
en el análisis de la realidad social. En verdad, quienes piensan
esto cometen
un error garrafal. En un libro recién publicado, Development as
Freedom
("Desarrollo como libertad"), el profesor Amartya Sen, Premio Nobel de
Economía de 1998, sostiene que, así como existe una estrecha
simbiosis
entre la democracia y la paz, los regímenes que garantizan la libertad
y la
legalidad son también los que mejor defienden a sus ciudadanos contra
la
penuria alimenticia. "En la historia del mundo -afirma-, jamás ha
habido
hambrunas en una democracia funcional, sea ésta económicamente
rica,
como la Europa occidental contemporánea y los Estados Unidos, o
relativamente pobre, como India, Botswana y Zimbabwe luego de la
independencia."
Con argumentos apoyados en cifras y evaluaciones que somete a rigurosa
criba científica, el libro es una severísima abjuración
de la idea,
universalmente inculcada por los economistas, de que el desarrollo o la
modernidad de un país debe medirse por sus niveles de ingreso, su
producto
bruto, el número y la variedad de sus industrias o, en otros términos,
por
todo aquello directa y exclusivamente relacionado con la creación
y
distribución de la riqueza.
Razón primordial del desarrollo
Que un eminente economista se insurja de manera tan radical contra esta
visión economicista del desarrollo y sostenga que el objetivo de
éste, su
"razón primordial", no es el bienestar material, sino aumentar la
libertad de
los individuos para vivir como mejor les parezca no puede ser más
oportuno.
Ni más adecuado para entender lo que está ocurriendo en muchas
regiones
del mundo, como Asia y América Latina, que, pese a haber aplicado
obedientemente las buenas recetas económicas de los cerebros tecnocráticos
del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial no sólo no
avanzan,
han comenzado a retroceder y se enfrentan, a veces, a crisis que amenazan
con ahogarlos.
No es el progreso económico el que abre las puertas de una sociedad
a la
libertad, dice el profesor Sen; es ésta la que echa los cimientos
durables de la
prosperidad, sobre una base de justicia, para el conjunto de los ciudadanos.
De nada sirve, por ejemplo, una excelente política económica
modernizadora
si en dicha sociedad no existe una información libre que permita
una
vigilancia permanente del funcionamiento de los mercados y la denuncia
de
los abusos, y un sistema judicial independiente al que puedan acudir en
pos
de reparación y desagravio quienes se consideren víctimas,
y que dirima
imparcialmente las rencillas y diferencias inevitables que genera la
competencia.
El profesor Sen es un genuino liberal, y lo es no sólo porque cree
en el
mercado libre y la empresa privada, sino porque, al igual que todos los
pensadores clásicos del liberalismo, subordina metódicamente
la libertad
económica a la idea de democracia, sin la cual, como demuestra a
cada paso
en sus investigaciones, aquélla resulta siempre transitoria, condenada
a
deteriorarse y corromperse. Aunque saca sus ejemplos, sobre todo, de Asia
y
çfrica, y cita pocos casos latinoamericanos, no creo que haya más
luminosa
asesoría que las ideas y tesis de este libro para entender lo que
hoy está
ocurriendo en muchos países de América Latina.
Hace apenas diez años, el llamado Nuevo Continente (en realidad,
viejísimo),
parecía haber optado por los instrumentos del desarrollo: democracia
y
mercado. Gobiernos civiles reemplazaban a las dictaduras militares, se
abandonaba la autodestructora política cepalista de sustitución
de
importaciones y nacionalismo económico por la apertura, las privatizaciones
y
la inserción de las economías locales en la economía
internacional. Luego de
unos años prometedores, de pronto, todo empezó a detenerse
o a retroceder.
Y, en la actualidad, con pocas excepciones, la recesión golpea de
manera
inmisericorde, aumentan los índices de desempleo, crece la inflación,
los
capitales extranjeros que habían acudido comienzan a partir y la
pobreza
aumenta velozmente por doquier. ¿Qué ocurrió?
Simulación de democracia
No fue la política económica la que falló, sino la
democracia, y, sin ésta,
aquélla no puede ser nunca exitosa, aunque, por algún tiempo,
las
estadísticas económicas de aumento del producto y la instalación
de nuevas
industrias finjan demostrarlo. La democracia fue una mera fachada política.
Había elecciones cada cierto tiempo, pero no justicia, y las reformas
económicas, en la mayoría de los casos, se hicieron para
favorecer intereses
particulares (los miembros o asociados del propio gobierno), transfiriendo
monopolios públicos al sector privado, o para llenar las arcas estatales
y
permitir el enriquecimiento ilícito.
En dos campos muy concretos, esenciales para el verdadero desarrollo según
el profesor Sen, los jueces y la propiedad, no hubo avance alguno y, en
algunos casos, más bien retrocesos. Los tribunales siguieron siendo
manipulados por el poder político o comprados, y las posibilidades
de los
pobres de acceder a la propiedad se abrieron, a cuentagotas, en poquísimos
casos -Chile, por ejemplo-, en tanto que, en la mayor parte de los países
siguieron cerradas para la inmensa mayoría. El momentáneo
aumento de la
riqueza sólo sirvió para que creciera con ella la corrupción,
surgieran
fantásticas fortunas mal habidas, y, con la pobreza de los más,
aumentara el
desencanto y el resentimiento de vastos sectores contra una "democracia"
que aparecía tan inepta e inmoral como las dictaduras de antaño
para
satisfacer las expectativas de las mayorías.
No es extraño que en un clima como éste sobrevenga el desplome
del orden
constitucional. El golpe de Estado fraguado por el Ejército con
la complicidad
del presidente Fujimori, en el Perú, en abril de 1992, instituyó
un modelo que
ha tenido continuadores, aunque no llegaran a los extremos chuscos y
militares del golpe peruano. Sin el mal ejemplo de Fujimori, es improbable
que primero Menem en la Argentina, luego Cardoso en Brasil y por último
el
comandante Chávez en Venezuela hubieran urdido reformas constitucionales
con el ánimo de hacerse reelegir, infligiendo de este modo un rudo
maltrato a
la legalidad democrática.
Voces de frustración
Corrupción, maltrato de la legalidad, jueces sometidos al poder
o al dinero,
nulo acceso a la propiedad para las inmensas mayorías y el enriquecimiento
enloquecido de ínfimos grupúsculos de privilegiados, una
información a
menudo mediatizada por el miedo o el soborno: ¿qué de raro
tiene que, de
pronto, con ayuda de la demagogia, millones de seres frustrados e
indignados por esa supuesta "democracia" se pongan a acusar a los partidos
políticos o a los congresos del fracaso, y vuelvan los ojos hacia
un hombre
providencial?
La lección del profesor Amartya Sen es muy sencilla: el verdadero
desarrollo
no es económico, éste es una de las consecuencias, en ningún
caso la
herramienta, del desarrollo político, cultural e institucional de
un país. Si un
gobierno puede darse el lujo, como hizo el del Perú, de arrebatarle
la
nacionalidad a un empresario, el señor Baruch Ivcher, con grotescas
triquiñuelas legales, para poder apoderarse de su empresa, un canal
de
televisión cuyas críticas le molestaban, ¿cómo
puede aspirar a atraer capitales
extranjeros? Estos acuden sólo a aquellos países donde existe
una
estabilidad legal, que no puede ser impunemente transgredida en razón
de la
fuerza bruta, y donde el Poder Judicial existe para corregir, no amparar
y
legitimar, los atropellos del poder.
Ojalá que, ilustrados por Amartya Sen, los funcionarios del Fondo
Monetario
Internacional y del Banco Mundial incorporen a las exigencias de ortodoxia
económica que presentan a los países del Tercer Mundo otras,
anteriores e
indispensables para lograr el bienestar material: respeto a los derechos
humanos, a la libertad de información, jueces independientes, elecciones
pulquérrimas fiscalizadas por organismos internacionales, medidas
efectivas
para extender la educación, el acceso a la propiedad y a la salud,
y -el
profesor Sen pone mucho énfasis en esto último- reducir drásticamente
los
presupuestos para adquisición de material bélico.
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