BIOGRAFÍA POÉTICA
Toda
literatura es autobiográfica, finalmente.
Todo es poético en cuanto nos confiesa un
destino, en cuanto nos da una vislumbre de él
—Jorge Luis
Borges
Hacia el final de
su vida, Pizarnik declara que su ideal sería hacer poesía con cada minuto de
su diario vivir:
Ojalá pudiera
vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo,
rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al
poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada
en las ceremonias del vivir.1
La poesía era
para ella “un destino, no una carrera”. Es la misma idea de Octavio Paz y
otros surrealistas, cuando afirma en Las Peras del Olmo: “El arte no es
un espejo en el que nos contemplamos, sino un destino en el que nos
realizamos”. En este capítulo trazaremos someramente su biografía poética.
Para esto nos hemos basado en sus textos, en conversaciones que hemos sostenido
con amigos íntimos, como Olga Orozco, Sylvia Molloy, Ana Becciú y Ana M.
Barrenechea, y también en la correspondencia que nos facilitaron.
Nace en Buenos
Aires en 1936. Sabemos por documentos que sus padres fueron emigrantes rusos, de
ascendencia judía, y que vivieron en la parte sur de Buenos Aires, en un barrio
de burguesía media. El desarraigo de Pizarnik, provocado por esta falta
especial de raíces nacionales y locales, se relaciona con el sentimiento de
exilio que recorre sus poemas y que no la abandonó jamás. La infancia de
Alejandra Pizarnik podemos imaginarla como triste. Recreada en sus poemas y en
sus cuentos, surge como una época solitaria, con la imagen de una niña
introvertida, y llena ya de fantasías y terrores. Uno de sus relatos en prosa, El
viento feroz, esclarece su biografía poética:
Andrea [¿Alejandra?]
gustaba de narrarlo con la intención de exorcizar su misterio, creyendo
ingenuamente que su horror oculto se gastaría con el uso frecuente. Pero
no. Estaba intacto y virgen como cuando sucedió por vez primera. Ella tenía
cuatro años. Estaba con sus padres en el teatro esperando el momento de la
función. Cuando se apagaron las luces su cuerpecito vibró convulso como
cuando se introduce por un segundo el dedo en el toma corriente. Un bicho
monstruoso, un alacrán bebedor de sangre se había remontado a su ser e
inauguraba un proceso de devastación que jamás finalizaría.
Esta imagen la
repetirá en un poema de Las aventuras perdidas,2 donde dice:
Mi infancia sólo
comprende
al viento feroz
que me aventó al frío.
Y en el mismo
libro vuelve a referirse a su infancia en “El Despertar”3 cuando
escribe:
Recuerdo mi
niñez
Cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña.4
Este doble
concepto de niñez anciana, desencantada, y su terrible manera de enfrentarse
cada día al sol negro, serán reiterativos de su poesía y devendrán uno de
sus temas obsesivos: el de la oscuridad, la noche. Hasta el fin, Alejandra
Pizarnik jugará con la paradoja y el oxímoron.
En el año 1954
ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires,
y un año más tarde publica su primer libro de poesías, La tierra más
ajena.5 Más tarde rechazará este libro y preferirá olvidarlo.
Pero interesa el epígrafe que lleva de Rimbaud, que ya muestra la influencia de
este autor en su poesía, y también el sentimiento de melancolía y de finitud,
temas recurrentes que trabajará hasta el final de su vida:
¡Ah! El
infinito egoísmo de la adolescencia,
el optimismo estudioso: cuán lleno de flores
estaba el mundo ese verano,
los aires y las formas muriendo.6
Ese año abandona
la carrera de Letras y comienza a estudiar pintura, con Juan Battle Planas,
quien contribuyó a la evolución de sus conceptos sobre poesía,7 y
a su modo tratar la distribución del texto sobre la página en blanco, como una
forma, un dibujo.
En 1956, publica La
última inocencia8 dedicado a León Ostrov, su analista de muchos
años y de quién, según testimonios, estuvo enamorada.9 La temática
de desesperación del libro está constantemente presente. En el poema
“Noche” cita en el epígrafe a Gérard de Nerval, a quien admiraba:
Quoi, toujours?
entre moi
sans cesse et le bonheur.
Por entonces ya
está muy relacionada con poetas contemporáneos suyos como Rubén Vela, a quien
dedica el poema “Siempre” y Clara Silva, casada con Alberto zum Felde, a la
que dedica, “A la espera de la oscuridad”.
En 1958 publica Las
aventuras perdidas,10 que lleva una ilustración de Paul Klee,
quien fue con Hyeronimus Bosch su pintor favorito: Muestra a una muchacha con
una pluma de pavo real en las manos, en un paso de baile.
El poema “La
jaula” aparece dedicado nuevamente a Rubén Vela y lleva un epígrafe de Georg
Trakl, poeta alemán que será uno de sus predilectos, y a quien cita en
conversación con Martha Isabel Moia, en una entrevista publicada en La Nación
de Buenos Aires, en 1972. El epígrafe del poema dice así:
Sobre negros
peñascos se precipita,
embriagada de muerte,
la ardiente enamorada del viento.
Por esta época
inicia su amistad con Olga Orozco, que durará hasta su muerte. A ella dedica su
poema “Tiempo” del mismo libro. Otro poema, “Exilio”, está dedicado al
poeta Raúl Gustavo Aguirre. En este libro ya aparece explícitamente una temática
que desarrollará más tarde hasta la exasperación: la noche como realización
y la luz como negación de vida.
Tal vez la
noche sea la vida y el sol
la muerte.
El poema dedicado
a León Ostrov “La jaula” ya marca una época de gran depresión y dolor
personal. Sólo citamos el final:
Señor
la jaula se ha vuelto pájaro
Y ha devorado mis esperanzas
Señor
la jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo.
El mejor documento
de la vida de Alejandra Pizarnik por esos años, lo da el poema que cierra el
libro, intitulado “Mucho más allá”:
Quisiera
hablar de la vida
Pues esto es la vida
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
es que soy yo? verdad que sí?
Su mundo es
generalmente amargo. Una vida definida como un dolor vehemente, una absoluta
desesperación. Para Olga Orozco, su pesimismo de esos años tiene que ver con
sus fracasos amorosos, y la muerte del poeta colombiano Jorge Gaitán Durán,
por quien sintió un enamoramiento profundo.11
Estos tres libros
que hemos mencionado forman una verdadera trilogía de lo que podríamos llamar
su primera época, por la coincidencia de rasgos y enfoques. Son los años en
que se relaciona con las revistas de vanguardia que hemos mencionado, y con los
grupos universitarios reformistas. Cursando Filosofía y Letras conoce a
escritores de su generación, a sus coetáneos, como Susana Thénon, Eduardo
Romano, y Horacio Salas. También a otros escritores que serán luego
reconocidos como generación del sesenta. Y a escritores del grupo SUR,
como José Bianco, Alberto Girri, y H. A. Murena.
Termina así una
primera etapa de aprendizaje y se cierra el ciclo —que podríamos llamar
nacional— de Alejandra Pizarnik. Estamos así colocados al inicio de su
segunda etapa —la etapa de París— que dura cuatro años, de 1960 a 1964, y
que la lanza a un escenario internacional, a nuevas perspectivas y a una
maduración personal, que hará que pertenezcan a esta época la mayor parte de
sus poemas antológicos. Es en París donde conoce a Octavio Paz y a Julio Cortázar,
amistades que continúa hasta su muerte. Es interesante que Pizarnik repita
—dentro de su generación— la misma vivencia que tuvieron tantos poetas de
generaciones anteriores —su viaje a París como Meca, como centro de cultura,
como experiencia necesaria y fundamental a su carrera. Es el caso de Vicente
Huidobro, de Oliverio Girondo, del mismo Julio Cortázar. En París desarrolla
una actividad múltiple: es redactora de la revista Cuadernos del congreso
por la libertad de la cultura, pertenece al comité de colaboradores
extranjeros de Les Lettres Nouvelles, y conoce a escritores de la
importancia de Yves Bonnefoy, André Pieyre de Mandiargues y Henri Michaux. Su
pasión por París durará hasta su muerte. En carta a Juan Liscano12
reconoce que escribe y trabaja mejor en París:
Estoy haciendo
lo posible —es decir, lo imposible— por volver a París. Allí, a pesar
del desamparo externo, soy más feliz. Quiero decir: puedo escribir con más
libertad. (Esto es tan complejo y tan indecible).
Irse a París le
fue fácil; es más: representó una liberación de su ambiente; de su propia
patria.13 Octavio Paz escribirá por entonces el prólogo a un nuevo
libro suyo, Árbol de Diana.14 Lee ávidamente. En carta
a Ana María Barrenechea, fechada en París, a 10 de Diciembre de 1962, le
comenta los críticos importantes del momento:
No sé si
anotaste los nombres de los críticos literarios franceses que creo
importantes (!) Jean Pierre Richard (su ensayo ya famoso, sobre Mallarmé
fue su tesis de doctorado en la Sorbonne). (Editions du Seuil) Se habla
mucho también del método empleado por François Germain en L’imagination
d’Alfred de Vigny (Editions Librairie José Corti) Otro libro: el de
Weber, Gallimard, Ensayo sobre la génesis de la obra poética
(esencialmente psicoanalítico). Te recomiendo, también, el Rimbaud par
lui-même d’Yves Bonnefoy.15 Nada más por hoy.16
También allí
comenta el proyecto de Maurice Nadeau de preparar un número de Les lettres
nouvelles, dedicado a la literatura fantástica en América Latina. Es una
época también de gran pobreza económica: apenas si sobrevive con lo que gana.
En esta misma carta a Ana María Barrenechea, cuenta de su temor constante a
quedar sin empleo o sin dinero, pero siempre con humor:
Me fui del
horrible empleo. Ahora busco otro. Se ruega considerar que enviar esta carta
me privará de un almuerzo. Mentalmente me siento libre y contenta pero
digestivamente vacía y melancólica. No hablemos más del asunto: no es de
pobres tratar de la pobreza.
Se interesa por
los problemas del lenguaje en relación a la poesía y la filología. En carta
sin fecha, comenta a Ana María Barrenechea
no sé si te
dije que una de las revistas más interesantes es Critique,
exclusivamente de crítica literaria, estética, filosófica, etc [...] Es
en ella donde se toma el pulso a la crítica francesa contemporánea —casi
siempre fenomenológica, neopsicoanalítica y bastante anti-existencialista
en el sentido sartreano. (Dios me libre).
Es en este año
que conoce a Aurora y Julio Cortázar, con quien continuará una gran amistad
hasta su muerte.
Otra carta, ya del
año 63, reitera el tema de la pobreza, pero se muestra siempre entusiasta
intelectualmente. La poesía forma parte de su estilo tan íntimamente, que
aparece en todas sus cartas en frases como éstas:
Aquí se nos
viene la primavera, los paseos en el parque, por los barrios lejanos y
miserables en donde se leen como notas las persianas de las casas viejísimas,
como si la calle cantara.
La última carta
tiene un tono casi eufórico, aún cuando hace referencia a sus problemas económicos:
“Yo ando mejor que nunca. Escribo, publico en las revistas de aquí, —y—
lamentablemente, trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada
noche”.
En Árbol de
Diana (1962) aparecen poemas dedicados a Laure Bataillon, hija de Marcel y
excelente traductora, Ester Singer, y Enrique Molina. Este último poeta,
escribirá una reseña a este libro, que aparece publicada en Cuadernos de
congreso por la libertad de la cultura (No. 9, París). No sólo está en
constante contacto con la intelectualidad francesa; también publica en SUR
varios poemas durante 1963. Y colabora en otras revistas durante esta década: Nouvelle
Revue Française, Tiempo presente, Mito, Zona franca, Mundo
nuevo, Papeles de Son Armandans.
En el año 1965
regresa a Buenos Aires y aparece un nuevo libro, Los trabajos y las noches.17
Con esta obra obtiene el Primer Premio Municipal. Corresponde a su época de
plenitud, y son poemas escritos, en su mayoría, en París. Tanto en Árbol
de Diana como en Los trabajos y las noches hay poemas de esperanza,
de certeza, como el poema 27 de Árbol de Diana: “un golpe de alba en
las flores / me abandona ebria de nada y de luz lila / ebria de inmovilidad y de
certeza”. El libro está recorrido por una luminosidad que no volverá a
lograr nunca más. Encontramos palabras que crean campos semánticos que aluden
a la luz: alba, paraíso, llama, estrella, iluminada, son frecuentes, y nos
transmiten un resplandor particular.
En Los trabajos
y las noches ya hay desesperanza; son poemas de gran intensidad, y de gran
rigor. Con este libro obtiene el premio Fondo Nacional de las Artes, y el Primer
Premio de la Municipalidad de Buenos Aires. En “Cuarto solo” aparece
nuevamente el tema de las fisuras, las desgarraduras, formando rostros, manos,
clepsidras. Es el inicio de sus obsesiones y delirios, pero no se harán
evidentes hasta la última etapa de su obra. El exilio, la alienación que
comienza a sentir cada vez con mayor frecuencia, aparece en un poema de este
volumen:
Los que llegan
no me encuentran,
los que espero no existen.
Enrique Pezzoni,
en su ensayo sobre este libro,18 dice que el exiliado logra en el
poema una forma de comunión, pero que su Unión Mística es con su propia
soledad. Creemos que la soledad de Pizarnik no era con ella misma, era una
soledad frente al mundo, era una incapacidad para la comunicación real. Es
también una soledad salvadora, que le permite abrigarse con palabras, en
oposición a la soledad real, aterradora, de un mundo hostil y externo. El poema
es entonces ilusión y compañía, o, por lo menos, ilusión de ser esto para
ella. Aquí debemos subrayar que la realidad externa nunca le sirvió de apoyo.
Sus tendencias
obsesivas se agudizan hacia el final de su vida. Sobreviene una etapa de marcada
melancolía, y la sombra de la locura desquició sus últimos años. Aparecen
entonces sus libros: Extracción de la piedra de locura (1968), y El
infierno musical (1971). Ya todas, o casi todas las imágenes de estos
libros son de desgarramiento y de alienación. Es un período de intensa depresión.
En el poema “En la otra Madrugada” dice “Escucho grises, densas voces en
el antiguo lugar del corazón”. Es en el año 1970 cuando sufre su primer gran
depresión y casi no publica. En El infierno musical ya hay imágenes de
principio de locura: “Risas en el interior de las paredes”. También en este
volumen, en un poema titulado “En un ejemplar de Les Chants de Maldoror”
aparece explícita la idea del suicidio: “triste como sí misma / hermosa como
el suicidio” El suicidio está descrito en su obra con placer, como si el
suicidio —el no ser— fuese un triunfo. El tono de El infierno musical
—infierno de la palabra— es de profundo pesimismo y sumamente inquietante.
Se hace evidente la disociación de la personalidad de Pizarnik, las múltiples
personalidades y las diferentes voces que la atormentan: “Ya no puedo hablar
con mi voz, sino con mis voces”. Este volumen termina en un tono de
desesperanza, en una serie de preguntas ansiosas y desesperadas, “Cuándo
dejaremos de huir? Cuándo ocurrirá todo esto? Dónde? Cómo? Cuánto? Por qué?
Para quién?”
Cuando se publica La
condesa sangrienta (1965) en la revista Testigo su interés por el
sadismo y la fascinación que ejercía sobre ella, ya eran evidentes. Es también
de esa época su interés por la obscenidad. E. Cozarinsky, contestando a mis
preguntas sobre Alejandra Pizarnik, me escribe desde París:
En su último
tiempo Alejandra estaba muy interesada en la obscenidad. Yo no podía
seguirla en su delirio y la dejé de ver unos dos años o un año y medio
antes de su muerte. Una de las últimas veces que hablamos por teléfono fue
una de sus habituales llamadas a las tres o cuatro de la mañana, cuando
estaba haciendo una pausa en su trabajo y tomaba su té de la tarde,
digamos. Recuerdo que estaba haciendo una lista alterada del comité de
redacción de Sur. Desgraciadamente he olvidado casi todos los juegos
de palabras, salvo ‘No me gonzález el lanuza’, que repetía con su voz
grave y sus acentos más salaces.
El gusto por lo
perverso y lo grotesco es claro, como veremos en nuestro análisis. También
aflora veladamente su lesbianismo.19 Otro párrafo del libro nos
elucida su concepto de melancolía, relacionado con la locura:
Pero por un
instante, sea por una música salvaje o alguna droga o el acto sexual en su
máxima violencia, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a
acordarse con el mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura
indeciblemente dichosa; y el yo vibra animado por energías delirantes.
Sabemos por
testimonios privados que solía escuchar música de rock, puesta a todo volumen,
durante horas enteras, y que se apasionó por Janis Joplin, la cantante de rock
americana que se suicida en 1970, y a quien dedica un poema, que se publica en Zona
franca, y que luego incorpora a su libro.
Por esta época
sus cartas comienzan a ser incoherentes. Sabemos, por documentos de varios
amigos, que termina sus días viviendo en un mundo de tinieblas: Rechazaba la
luz, y vivía de noche.20 Sale del hospital, luego de una estadía de
cinco meses en Enero de 1972, y en una carta a Juan Liscano se advierte su
desequilibrio: “En Buenos Aires no aceptan que una poeta tan pura tenga
necesidades. Oh, que se vayan a la mierda”. En otra carta a Liscano fechada el
12 de Febrero de 1972 dice:
estoy mejor,
pero sigo con fiebre. No es feo pero te ruego perdonarme algunos delirios
inextricables que se me deslicen (o no). Ando algo animal de tanto yacer en
el hospital (me hacían besar la cruz), esa imposición me daba rabia; ergo,
la chupaba y la lamía curioso: a pocos pasos de la muerte, la muerte es
viva, vívida y vibrante y todos los Paul Claudel y Henri Troyat (por citar
a dos gordos) parecen un chiste.
Ya en 1962, había
escrito en su “Diario íntimo” publicado en Mito, “El misterio más
grande de mi vida: ¿Por qué no me suicido? Es en vano alegar mi pereza, mi
miedo, mi futilidad. Quizás debido a esto, todas las noches me parece haber
olvidado algo”.
Esta búsqueda del
poema como única realidad, existencia hecha real sólo por la poesía, llega,
como a Van Gogh, como a Artaud, a destruirla. Julio Cortázar resume bien el
precio de esa búsqueda en el poema que dedica a la muerte de Alejandra:
Puesto que el
Hades no existe, seguramente estás allí,
último hotel, último sueño,
pasajera obstinada de la ausencia.
Sin equipaje ni papeles,
dando por óbolo un cuaderno
o un lápiz de color.
-Acéptalos,
barquero: nadie pagó más caro
el ingreso a los Grandes Transparentes
al jardín donde Alicia la esperaba.21
La misma concepción
aparece en Olga Orozco al decir:
allí está tu
jardín
en el fondo de todo hay un jardín
Talita cumi.
“Pavana para una infanta difunta”
Cortázar y Orozco
no fueron los únicos poetas que sintieron hondamente la muerte de Pizarnik. Una
prueba más de la admiración que provocaba su obra es la serie de homenajes a
su muerte. Desde Juan Gelman y Raúl Gustavo Aguirre hasta poetas de las nuevas
promociones como Federico Moreyra y Alicia Bello dejaron testimonio de su pena
en poemas publicados en diarios y revistas. Hemos elegido los más
significativos y los hemos incorporado en nuestra sección de testimonios,
porque esclarecen diversas facetas y preocupaciones de Pizarnik.
La obsesión
central de Pizarnik fue el problema del lenguaje. “Creo que la única morada
posible para el poeta es la palabra”.22 Pero más adelante llega a
pensar que sólo puede trabajar con alusiones, con aproximaciones, pero no con
palabras. Se puede expresar sólo lo obvio, nunca lo esencial, que es, para
ella, indecible.23 Es interesante notar que Borges, en conversación
con C. Fernández Moreno, dice que Lugones, que era esencialmente “verbal”
—al igual que Pizarnik— se mató cuando comprendió —por fin— que la
realidad es incomunicable y atroz.24 En sucesivas cartas a Juan
Liscano hablando de su poesía25 Pizarnik se refiere a su lucha
“cuerpo a cuerpo” con el poema, como si uno y otro fueran una misma cosa que
debiera fundirse para alcanzar sentido y trascendencia: transformar la vida
misma en poesía. Su amada frase de Rimbaud: “la rebelión es mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos” expresa esa fusión donde ya no hay diferencias
entre contemplador y contemplado.
Quiso lograr una
poesía sin estridencias, donde cada palabra estuviera medida exactamente a lo
que trataba de expresar y se ajustara —también como un guante— a su deseo.
Su busca del lenguaje exacto y el riesgo que entrañaba esa busca la expresa
bien Olga Orozco, en el poema ya citado: “Pavana para una infanta difunta”
te probabas
lenguajes como ácidos,
como tentáculos,
como lazos en manos del estrangulador.
Al final de su
vida, la coherencia de su obra queda interrumpida y se reduce a un casi caos
sintáctico, donde se rompen las secuencias lógicas y las estructuras del
lenguaje. La pérdida de la palabra, de su paraíso particular, implica la
desfunción de Pizarnik. Es su entrada en el silencio, que refleja bien uno de
sus últimos poemas:
a H. M.
estoy con
pavura
hame sobrevenido lo que
más temía.
No estoy en dificultad:
estoy en no poder más.
No abandoné
el vacío y el
desierto.
vivo en peligro.
tu canto no me ayuda
cada vez más tenazas,
más miedos,
más sombras negras.26
Alejandra Pizarnik
se libera, en su poesía y su vida, cuando elige el suicidio como salida de
elección. Ella misma había afirmado en un ensayo sobre Antonin Artaud,27
al citar a Hölderlin, que la poesía era un juego peligroso y que contaba ya
con sus víctimas: el suicidio del mismo Artaud, el silencio de Rimbaud, el
sufrimiento de Baudelaire. Para Pizarnik poesía y vida se identificaban. Como
aseguraba de estos poetas, todos tenían en común el haber querido anular la
distancia que la sociedad obliga a establecer entre vida y poesía. Pero la fusión
de ambas —la fusión sujeto-objeto— si bien lleva a la plenitud buscada,
lleva también al silencio. Ya no hay necesidad alguna de aludir, de expresar:
todo es.
Enrique Molina,
que tanto y tan bien la conocía, escribió sobre ella que “no tenía salvación:
no había aprendido a mentirse, a resignarse, a olvidar”.28
Su vida termina en
un abandonarse inerte y regresivo. Se suicida el 25 de septiembre de 1972. En
uno de sus más bellos hallazgos, expresa su andar hacia esa muerte, mitificada
en “princesa”, uno de sus “dobles” que más amaba:
Camina silenciosa
hacia la profundidad
la hija de los
reyes.29
NOTAS
1. Marta I. Moia,
“Algunas claves”, La Nación 2 de Noviembre, 1973.
2. Alejandra
Pizarnik, Las aventuras perdidas (Buenos Aires: Altamar, 1956) 21.
3. Pizarnik, “El
despertar” 27.
4. El subrayado es
mío, para notar el uso continuo de oxímorons, característica que mantiene
hasta el final de su vida.
5. Pizarnick, La
tierra más ajena (Buenos Aires: Botella al Mar 1955).
6. Pizarnik,
“Las flores morían en mis manos”, Las aventuras perdidas (Buenos
Aires: Altamar, 1958) 27.
7. Cf. García
Martínez, Battle Planas y el surrealismo (Buenos Aires: Ed. Culturales,
1962).
8. Pizarnik, La
última inocencia (Buenos Aires: Poesía Buenos Aires, 1956).
9. Conversación
con Olga Orozco, en Buenos Aires (julio de 1975).
10. Pizarnik, Las
aventuras perdidas.
11. En mi
conversación con la madre de Alejandra Pizarnik, ésta me confirmó esa pasión,
y me dijo que, a su parecer, Alejandra nunca se recuperó de su muerte.
12. En Zona
franca 3, (primera quincena de Oct. 1964).
13. En carta a
Monique Altschul, de 1969, vuelve a referirse a París, como “su patria
secreta”.
14. Octavio Paz, Árbol
de Diana (SUR: 1962).
15. Rimbaud par
lui-même, d’Yves Bonnefoy (du Seuil).
16. Atención de
A. M. Barrenechea. Carta inédita. Ver apéndice B.
17. Alejandra
Pizarnik, Los trabajos y las noches (Buenos Aires: SUR, 1965).
18. Enrique
Pezzoni, La poesía como destino (SUR: Nov-Dic 1965) 101-104.
19. Ver lectura de
S. Molloy sobre este texto. “From Sapho to Baffo” (New York: M.L.A, Dic.
1992).
20. Conversaciones
con Olga Orozco y Edgardo Cozarinsky en Buenos Aires, julio de 1975.
21.
“Desquicio” No.4 (1972). Sabemos por distintos testimonios —su madre, Olga
Orozco, Ana Becciú, que desde su infancia se apasionó por coleccionar lápices
de colores que regalaba a sus amigos.
22. Citado por
Martha I. Moia, “Algunas claves”, La Nación 11 de Febrero, 1973.
23. Marta Moia.
24. La realidad
y los papeles (España: Aguilar, 1967) 605.
25. Zona franca
II 16 (1972).
26. Alejandra
Pizarnik, “Te hablo”, Textos de sombra y últimos poemas 86.
27. Alejandra
Pizarnik, “El verbo encarnado”, SUR 294 (1965): 35-39.
28. Citado por
David Vogelman, quien habló de su muerte en relación con su poesía, en audición
especial por Radio Nacional, en un panel que integraron Girri, Pezzoni y H. A.
Murena.
29. Alejandra
Pizarnik, “Presencia de Sombra”, Textos de sombra y últimos poemas
60.
Del libro:
Susana H. Haydu, "Alejandra
Pizarnik: Evolución de un Lenguage Poético."