Clarín, Domingo 7 de enero de 2001
EL ESTILO PUIG
Sueños de cine, historias de novelaAmó el folletín, se peleó con Borges y Cortázar y apostó por la fantasía. Aquí, el recuerdo de un amigo que rescata a un artista osado y mordaz.
GUILLERMO CABRERA INFANTE
Las biografías no son chocolates con churros para los escritores españoles ni tortillas o arepas o mate cebado para los hispanoamericanos. Hasta el más eminente de los escritores del idioma, Miguel de Cervantes, tiene sus mejores biógrafos en las letras anglosajonas. Las biografías de Cervantes han sido —¿pergeñadas?— por filósofos eminentes como Unamuno y Ortega y Gasset. Pero son disquisiciones (o inquisiciones) sobre los dos protagonistas, el Caballero de la Triste Figura y su escudero. Son de hecho versiones del hombre de la Mancha después de leer a Spengler o a Kierkegaard. En cambio, y aunque fue Oscar Wilde quien dijo que "la biografía añade un nuevo terror a la muerte", Manuel Puig y la mujer araña, de Suzanne Jill Levine trae a colación, en todos los sentidos, al autor de sus libros, el mismo Manuel. No hay en este libro terror, horror o error.
Nacido en un pequeño pueblo de la pampa en 1932, Manuel murió en Cuernavaca, México, en 1990. Su muerte súbita añadió misterio a las circunstancias extrañas en que ocurrió. Tenía 58 años cumplidos, no 57 como él quería. Aunque había nacido el día de los inocentes ese año, fue bautizado días después en 1933. Coqueto como era: Manuel decía siempre que tenía un año menos, como cualquier estrella de cine dispuesta a entrar en carácter. Al revés de muchos de sus contemporáneos Manuel escribió un considerable número de cartas que son, como fue su escritor, sexualmente descaradas, informativas y realmente cómicas: Manuel, como todo el mundo, lloraba pero prefería hacer reír.
Las primeras cartas de Manuel que leí me las dio en La Habana su íntimo amigo, que también lo fue mío, el eminente fotógrafo Néstor Almendros. Manuel firmaba esas cartas con su seudónimo para un alter ego, Sally, el nombre que tomó prestado de su ídolo, Rita Hayworth, en My Gal Sal (1942), una película menor para un mito mayor. Para Manuel no había películas menores o no ésta en todo caso. Néstor había regresado a La Habana de Italia con un criterio nuevo para un joven crítico: eran las estrellas las que hacían las películas en que aparecían. Era un ideología contraria a la de la politique des auteurs antes de que la enunciaran Truffaut y compañía dos años más tarde. Pero ya era la filosofía del cine según Manuel: Puig era un profeta y Néstor su primer apóstol. Aunque Néstor nunca fue, como lo fue Manuel, un mesiánico metódico.
Pasaron algunos años. Néstor se había ido de Cuba y yo también. Néstor vivía en París, donde se hizo el fotógrafo de la última nueva ola. Yo vivía en Madrid pero había viajado a Barcelona a entregar el manuscrito de Tres tristes tigres a Carlos Barral, el director literario de la editorial Seix-Barral y jefe del jurado que me había otorgado el primer premio dos años antes. Invité —mas bien forcé— a Carlos a venir al cine conmigo a ver Dr. Strangelove. Carlos era famoso por detestar el cine y llamar al inglés idioma de bárbaros. El filme, como todos entonces en España, estaba doblado al español, pero no al catalán —todavía. Ibamos hacia el cine ahora. Por el camino recogeríamos al poeta Gil de Biedma en su aguada favorita que también lo era de Carlos. Fue entonces, por el camino de Jaime Gil, que le pregunté a Carlos por el posible ganador del Premio Biblioteca Breve ese año. Carlos me dijo que había dos novelas favoritas, una de ellas se llamaba La traición de Rita Hayworth.
Hoy hasta Stephen King, el rey del horror, tiene una novelita que se llama Rita Hayworth y la redención de Shawshank, pero entonces el título de La traición era tan inusitado, inaudito que salté ante su mera mención y dije —vehemente— que debía ganar el premio solamente por su título. El remordimiento (o la culpa o las dos cosas juntas) hizo que Barral detestara la novela de Puig y así se ganó un puesto de honor en el diccionario de las malas decisiones el mismo editor que en quince meses había rechazado tres novelas inéditas: La traición de Rita Hayworth, en primer término, De donde son los cantantes de Severo Sarduy y Cien años de soledad, de García Márquez. (¿Es éste un récord?)
Manuel había nacido en una pequeña ciudad llamada General Villegas, que él volvió a bautizar para la literatura como Coronel Vallejos. Pero en realidad había nacido dentro de un cine, es decir en una casa de sueños. Estaba siempre tan cerca de la pantalla que hubiera querido estar dentro de ella, como muchos años después soñó Woody Allen en La rosa púrpura del Cairo, donde hasta el título parece concebido por Manuel.
Según su biógrafa, Suzanne Jill Levine, Manuel "tenía la esperanza de despertar para hallar que la vida real era la película diaria que veía, importada de Hollywood" Vivir y amar en el cine era el mismo sueño para Manuel que siempre quiso ser no un héroe del cine sino una heroína: una diva "como Norma Shearer". También se metería dentro de las revistas de cine. "Llegué inclusive", confesaba Manuel, "a cortar los anuncios de los avances de nuevas películas". Las revistas de cine y los periódicos venían de Buenos Aires, aunque Manuel y su familia inmediata "vivían a doce horas de tren" de la capital.
De sus sueños de cine y sus anhelos de la vida real brotó su primera novela, La traición de Rita Hayworth (1968). Manuel solía decir: "No escogí la literatura. La literatura me escogió a mí". Aunque fue todo un éxito, su gran novela fue primero un sueño, luego un guión y finalmente un libro. La novela salió de un guión fallido, escrito en sus "horas perdidas", cuando trabajaba en las oficinas de Air France en el viejo aeropuerto de La Guardia en Nueva York. De entre las turbas turistícas salió una de las novelas más originales escritas en español. Su originalidad está en su forma final: toda ella escrita en diálogos. Entonces, simplemente, esto no se solía hacer. Su musa fue una diosa de la cultura popular.
Años después encontraría una novela de Ivy Compton-Burnett, la afamada novelista inglesa, en la que "su argumento se desarrollaba exclusivamente a través del diálogo". Ella, como Manuel, "se dispensaba de cualquier comentario del autor". No se sorprendió de que la novelista inglesa fuera también homosexual, pero sí resentía que ella fuera considerada con gran respeto mientras a él sus colegas argentinos lo trataban con desdén que pagarían luego (en especial, Julio Cortázar que públicamente no sólo describía a Manuel como un lector femenino sino también un escritor homosexual). Con doble ironía Cortázar terminó por escribir una novela, Queremos tanto a Glenda. La amada Glenda era la actriz inglesa Glenda Jackson pero el título venía de La traición de Rita Hayworth. Sin ninguna duda: antes de Manuel ninguna novela se llamaba así.
Su libro siguiente, Boquitas pintadas, se subtitulaba Una serie. Para muchos esto no era serio ni un libro en sí mismo, sino una serie de episodios: justamente lo que Manuel exaltaba. Entre sus críticos estuvo, sorpresa, sorpresa, Jorge Luis Borges, que en una entrevista para la revista Newsweek declaró: "Imagínese, es un libro de Max Factor". Manuel lo odió para siempre y de ahí en más, siempre llamaba a Borges "esa vieja malvada". Pero Boquitas pintadas, a pesar de Borges, es una obra maestra.
El libro (cuyo título viene de El tango en Broadway, la película de uno de sus ídolos inmortales, Carlos Gardel) "traza los triángulos amorosos de Coronel Vallejos, pero, en oposición a La traición, no es una novela autobiográfica". Sigue, por supuesto, la línea erótica de las novelitas, galantes o no, pero para algunos críticos es peor que la "literatura barata", que Manuel exalta. Para algunos lectores, con mayoría entre las lectoras, en cambio, está hecha del material de que están hechos los sueños.
La narración se divide entre confesiones, cartas y decenas de aspiraciones humildes y siempre fracasadas al tratar de realizarse. Su protagonista es un mujeriego tuberculoso que muere de esa enfermedad, favorita de las novelas románticas. En Boquitas, el donjuán muere temprano. Es, sin embargo, una novela conmovedora y junto a La traición de Rita Hayworth su obra mejor escrita.
Después de muchas novelas (The Buenos Aires Affair, Maldición eterna a quien lea estas páginas, Sangre de amor correspondido, Pubis angelical, y su última obra maestra, Cae la noche tropical) muere el autor. Es la tarea de su biógrafa devolverlo a la vida. Y aquí está Manuel Puig completo: el escritor pero también su alter ego privado, Sally. Manuel solía decir que nunca sería un esqueleto salido de su armario —frase favorita de los gays cuando hacen pública su homosexualidad—, porque estuvo allí mucho antes de que el armario se construyera. Nació hombre pero todo lo que quería era ser hembra. Para él la mujer no sólo era superior al hombre sino también depositaria de la belleza y del alma: un ser humano que no quería realismo, como la Blanche Dubois de Tennessee Williams, sino fantasía. Manuel tenía mucho en común con Williams como escritor y como hombre: ambos eran en extremo sensibles y para colmo sus personajes femeninos favoritos vivían y sufrían y morían.
Todo lo que quería saber sobre Manuel Puig y Sally y el Manuel secreto está en esta, su primera biografía. Algunos gays han criticado el uso que Puig hacía del artículo "la" para anunciar a hombres famosos ("la" Hurt, "la" Babenco) sin ser infamante y sin desprecio pero con su sentido del humor de siempre, aunque el blanco de sus "las" fuera él mismo en todas sus encarnaciones. Una vez, después de volverse famoso, le aconsejé que condujera sus negocios de manera profesional contratando un agente y me desarmó diciendo: "No necesito ningún agente. Soy una mujer de carrera". Aseguraba que con sus buenos oficios su ángel guardián le ayudaba a leer la letra menuda en los contratos.
A Manuel le apasionaban las listas y hay muchas en sus libros. Pero su mejor lista, mi favorita, era toda de escritores. Aquí va su metamorfosis como meta, que me envió una vez como regalo de Navidad un 28 de diciembre:
"Metro Goldwyn Mayer Presenta
a Sus Estrellas Favoritas
1) Norma Shearer (Borges) ¡Tan refinada!
2) Joan Crawford (Carpentier) ¡Tan fiera y esquinada!
3) Greta Garbo (Asturias) ¡Todo lo que tienen en común es ese Nobel!
4) Jeanette MacDonald (Marechal) ¡Tan lírica y aburrida!
5) Luise Rainer (Onetti) ¡Tan, tan triste!
6) Hedy Lamarr (Cortázar) Bella pero fría y remota.
7) Greer Garson (Rulfo) ¡Oh qué cálida!
8) Lana Turner (Lezama) Tiene rizos por todas partes.
9) Vivien Leigh (Sábato) Temperamental y enferma, enferma.
10) Ava Gardner (Fuentes) El glamour la rodea, pero ¿puede actuar?
11) Esther Williams (Vargas Llosa) Tan disciplinada (y aburrida).
12) Deborah Kerr (Donoso) Nunca consiguió un Oscar pero espera, espera.
13) Liz Taylor (García Márquez) Bella pero con las patas cortas.
14) Kay Kendall (Cabrera Infante) Vivaz, ingeniosa y con glamour. Espero grandes cosas de ella.
15) Vanessa Redgrave (Sarduy) ¡Es divina!
16) Julie Christie (Puig) Una gran actriz pero al encontrar el hombre de sus sueños (Warren Beatty) no actúa más. Su suerte en el amor ¡es la envidia de todas las estrellas de la Metro!
17) Connie Francis (Néstor Sánchez) Los contratos de la Metro no admiten a estrellitas de menos de treinta años firmar contratos.
18) Paula Prentiss (Gustavo Sainz) ¡No más estrellitas de menos de treinta!!!"
Estas listas maliciosas pero no malvadas, con sus valoraciones y apariciones hicieron resaltar al gran crítico literario que siempre fue Manuel. Esta excelente biografía, por su parte, contraria al dictum de Wilde, hace entrar a Manuel Puig en la historia y, aún con mayor validez, en la historia de la literatura.
Copyright Guillermo Cabrera Infante y Clarín, 2001.