PERFIL
Una exactitud turbadora y sabia
JUAN MADRID
EL MUNDO | 28/02/2001
Manuel Puig perteneció a la generación de escritores americanos fascinados por el cine. Al igual que Julio García Espinosa, Gabriel García Márquez, Tomás Gutiérrez Alea, René Palacios More y tantos otros que acudieron becados al Centro de Experimentación Cinematográfico de Roma en los años inmediatamente anteriores o posteriores a la revolución cubana. El cine, el folletín, la literatura llamada popular les interesó a todos como material de construcción novelística: eso fue lo que me dijo alrededor de 1985, cuando él tenía la edad que yo tengo ahora y yo era un periodista con dos o tres novelas publicadas, en las que había utilizado materiales de derribo de la novela llamada negra.
«Hay que dejar que el lector saque sus propias conclusiones», me decía, «no escribas nunca que fulanito o fulanita está confuso, solo, enamorado... haz lo que hace el cine, muestra a los personajes actuando, hablando... y que el lector se dé cuenta de que tal o cual personaje está solo, confundido, enamorado...». En todas sus novelas, sobre todo a partir de El beso de la mujer araña (1976), la transparencia y expresividad de su prosa llegó a ser de una exactitud turbadora y sabia. Le bastaba un diálogo, un silencio para definir a un personaje, a una situación anímica compleja. Lo que a otro escritor le costaba 10 páginas de flujo de conciencia o de monólogo interior, a él le bastaba medio folio de diálogo, entrecortado de silencios.
Hablamos toda una noche sobre lo que había significado la narración cinematográfica en la novela contemporánea, algo que aún hoy se suele marginar. «Los escritores que no visualizan están perdidos», me decía. Nunca me dio vergüenza literaria la utilización para mi obra de determinados elementos de géneros reputados como «populares», pero él me los reforzó, me empujó para que utilizara, además, el reportaje, la crónica periodística... y que continuara con la novela policial.
Aquella noche, nada tropical, caminamos hacia la sala Boccacio, en Madrid, donde iba a presentar su última obra que era, si no me falla la memoria, Cae la noche tropical. El trayecto era largo y él ya estaba enfermo y caminaba despacio, debía de haber caminado más despacio todavía porque lo que me transmitió sobre el arte de contar historias fue hermoso y exacto: «No les va a gustar a los escritores españoles», me dijo de su novela, «ni a los críticos». «¿Por qué, Manolo?» le pregunté yo.
«Porque se entiende todo. Eso es lo malo de mis novelas, son fáciles de entender, son demasiado claras».
Y eso fue lo que me respondió.Encontrado en: http://elmundolibro.elmundo.es/elmundolibro/noticia.html?sid=610d25b854b4a8211d4f0d4e79de5716|
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