Un hombre de casi 50 años mira su cara en el espejo y mide el paso del tiempo; sabe, porque ha tenido un largo e intenso contacto con la literatura, que sólo las palabras le permiten vislumbrar el reflejo interior. Sabe también, porque su experiencia de lector se lo indica, que el diario es un instrumento adecuado para construir una relación, consigo mismo y con los otros, que lo ayude a pensarse.
El 1 de setiembre de 1974 Ángel Rama (1926-1983) escribe en una libreta: "A esta edad, normalmente, se redactan las memorias. A falta de ellas, me decido por una anotación de diario...". Ejemplo de comienzo abrupto o in media res, pues el protagonista ya lleva 48 años dando vueltas por el mundo, cuando se decide a establecer las bases de un nuevo inicio: en lo que sigue no hay que esperar el relato de una vida; sí la impresión, la reflexión, la anotación rápida de las emociones.
"(...) ni público ni íntimo", continúa decidido a escribir. Plantea así un lector posible que no debe esperar el soliloquio o la crónica sino el tránsito por el borde entre ambos. El mismo tal vez suponga que el que escribe jugará o peleará con la imagen que tiene de sí, con la que desea que los otros tengan, con la que esos otros le devuelven. El diario de Ángel Rama, que con algunas lagunas temporales va desde 1974 a 1983* se mantiene fiel a ese espacio que en sí mismo crea. Es cauto en lo íntimo, es por momentos el testimonio de un fragmento de realidad: la de los intelectuales latinoamericanos en los casi diez años que abarca; se construye fundamentalmente en un ir y venir entre las exigencias políticas, económicas, culturales, de prestigio del mundo en que vive y la conciencia de un hombre que no puede ya no sentir el desgaste del tiempo y que se aferra a algunos afectos esenciales. Hay de todo: testimonio, expresión, opinión, ajustados por la visión personal rápida y contenida de quien no pierde el control, aun en los momentos más dolorosos. No aparecen casi recuerdos, es un diario absorbido por las urgencias del presente
Por qué se escribe un diario: las respuestas surgen en el transcurso, aunque puedan existir antes de su inicio. La soledad ante la falta de un diálogo intelectual fecundo -el diario empieza cuando Rama está fuera del país y sabe que no podrá volver mientras dure la dictadura militar-, o la inseguridad vital impuesta por encontrarse en tierra extraña que hace del registro habitual en el diario un refugio, la seguridad de hallar un lugar propio. También aparece dicha la voluntad de autoconocimiento, y la carencia sufrida por un pensamiento que necesita del diálogo con los otros para crecer. La necesidad de confrontar la ebullición interior y la imposibilidad circunstancial de hacerlo en la realidad, vuelve terapéutica la anotación en el diario.
Éste gira en torno a las peripecias ocurridas a Ángel Rama y Marta Traba, la crítica de arte y escritora que fue su segunda esposa, en Venezuela, Barcelona, Estados Unidos y París: los lugares por los que transitó su exilio. Ambos acostumbraron formar parte de la vida cultural del lugar donde se encontraban de una manera intensa y peleadora. De Ángel Rama se dijo que era el único uruguayo solar existente. Él mismo reconoce una y otra vez su sensibilidad adolescente "en un atuendo de senior" y ve en Marta a la polemista, la mujer de fuste, de vitalidad arrolladora. No se arredraron ante las dificultades del exilio, no estuvieron dispuestos a recibir menos de lo que creían que merecían, reclamaron en cada lugar la posibilidad de ejercer con libertad su criterio y su juicio. En algunos momentos, el diálogo con el mundo en que se insertaron se convirtió en lucha. Fue dura en Venezuela contra distintas formas de xenofobia, y tal vez más en Estados Unidos, al ser objeto de una persecución al viejo estilo macarthista cuando el Departamento de Inmigraciones no renovó a Rama el permiso de residencia. Esas batallas se cortaron por la vorágine de los traslados -voluntarios, forzados- de ambos. En algunas ocasiones el diario prolonga ese diálogo con los otros -convertidos en fantasmas-, a manera de duelo: como enfrentamiento y también como el tiempo en que se procesa una pérdida. En otras, aparece el escritor que Rama quiso ser, que necesita trasmitir la soledad del hombre que espera en un aeropuerto y describe lo que sucede a su alrededor.
Encuentros. El lector goza de los beneficios de la libertad de opinar que el crítico, liberado de conceptos rigurosos y amplios esquemas, se da a sí mismo en estas páginas. Como si pudiera tener una charla de amigos con un protagonista destacado de la cultura latinoamericana del medio siglo en adelante. Como si de entre casa comentara las peripecias de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes. Nunca es chismoso, pero plantea matices y contradicciones inhibidas de manifestarse públicamente por lazos de amistad, respeto y la creencia en una imagen del intelectual ligada a la idea de compromiso y modelo para la sociedad. Si bien esta última traía de la mano la ubicación del escritor en un lugar preponderante, de visibilidad y acceso a los lugares de difusión de la información, Rama puede percibir, pasado el momento de fervor por el cambio, las desventajas y peligros que esa posición acarrea. Cuando escucha a Cortázar responder sobre la realidad de su tiempo, no puede dejar de anotar, más allá del aprecio que siente por su persona y su obra, el fastidio que le provoca que alguien que sabe mucho de literatura hable de política, de la que entiende poco.
Rama se observa a sí mismo en la presentación que hace de su trabajo intelectual el crítico argentino Jaime Alazraki, a propósito de una conferencia en Harvard (11-III-1980). Ve que sus colegas lo consideran "el abanderado de una crítica socioeconómica de la literatura que en principio rechazan pero que en mi caso están dispuestos a mirar con respeto porque no se les ofrece como reduccionista ni empobrecedora del texto artístico; por la otra mi autorreconocimiento de que esa línea de trabajo que se esfuerza por percibir el arte literario dentro de la cultura y enmarcada en las coordenadas sociales y económicas, me es afín todavía, me permite entender mejor el universo y no empaña mi encuentro con la plena invención del imaginario, probablemente porque a ésta me rindo de inmediato, tengo con ella un contacto siempre fresco y excitante y a partir de él pretendo entender por qué se ha logrado, qué expresa, a qué conduce. Cada vez más trato de reconocer esa creación dentro de su proposición raigal, lo que implica aceptar la multiplicidad de vías (clases, culturas, filosofías) como igualmente válidas para la consecución del arte".
Se reconoce en las palabras de Alazraki y recupera también su pasión, su contacto directo, "orgánico" con la literatura. Es lógico que en el diario aparezcan los caminos de la sensibilidad que, en su caso, no contradicen las construcciones teóricas del crítico, sino que constituyen su basamento más sutil y secreto. Es posible comprobar cómo algunos gestos, actitudes, sentimientos concuerdan con sus pensamientos más elaborados. Por ejemplo cuando siente fastidio ante la pobreza de la prensa catalana y reclama como una necesidad vital la existencia de una crítica rigurosa y exigente, o cuando experimenta el encierro de las universidades estadounidenses y anhela el contacto dinamizador de la realidad social, o cuando se enoja con el chovinismo caraqueño. El deseo de una vida intelectual sofisticada expresado en Caracas, Barcelona, Estados Unidos, el recurrir para explicarse distintos aspectos de su relación con el mundo al juego de las coordenadas de lo universal y lo provinciano, parecen remitir a su formación cosmopolita. Para el lector uruguayo tal vez sea fácil descubrir debajo de estas insatisfacciones la añoranza de una imagen del Uruguay anterior a la dictadura, y su tal vez idealizado clima cosmopolita de rigor intelectual.
El diario permite detectar cuán arraigada estaba la preocupación por las "máscaras" que ocultan a la persona en la personalidad de quien las había estudiado erudita y exhaustivamente en el modernismo (Las máscaras democráticas del modernismo, 1985), y particularmente en algunos de sus representantes: Rubén Darío (Rubén Darío y el modernismo, 1970), Roberto de las Carreras (prólogo a Psalmo a Venus Cavalieri y otras prosas, 1967), Rufino Blanco Fombona (Rufino Blanco Fombona íntimo, 1975).
Cuba: el desafío. Imposible dar cuenta de todos los temas que aparecen en el diario. Hay una historia familiar, amorosa, que, más allá de lo personal irreductible, debería incorporarse al libro no realizado aún sobre los uruguayos en el exterior durante la dictadura. La separación de los hijos, las enfermedades, la inseguridad laboral, la lucha diaria por hacerse un lugar formaron parte de esa experiencia de alejamiento que tal vez hubiera existido para Rama aun sin la exclusión de la dictadura, pues desde los tempranos setenta se proyectaba en una carrera internacional. De todas formas, los militares uruguayos supieron embarrar lo que podría haber sido una opción libre, negándole el pasaporte y creándole todo tipo de dificultades fuera del país.
En el apretado conjunto de sucesos y vivencias que trasmiten estas anotaciones no es arbitrario destacar la importancia que tuvo para Rama su relación con la revolución cubana: ella es el termómetro más sensible para medir qué significaba para él regirse por el modelo de intelectual que había sabido construir con otros cogeneracionales.
Rama formó parte del grupo de ensayistas -Carlos Real de Azúa, Carlos Martínez Moreno, Mario Benedetti, entre otros- que pensó al Uruguay en el contexto latinoamericano e internacional con una prontitud, una erudición, un arrojo y una exigencia explicativa que hacen de ese momento un hito en el desarrollo de nuestra cultura. A partir de los cuarenta comenzaron a elaborar una actitud vital e intelectual que tuvo como norte la comprensión de nuestra realidad en el marco de las coordenadas de un conocimiento actualizado y universal. Gracias a su presencia y su obra, el articular una conciencia crítica es hoy una posibilidad de la que nuestro pasado nos provee.
Estos hombres, con otros latinoamericanos, fueron los que vivieron el proceso de transformación del intelectual puro en comprometido. Una formación eximia, construida en la disciplina de los libros y la lectura, fue ganada por una cada vez mayor atención a lo social y urgente. Partieron de la asunción de la noción sartreana de compromiso que, a pesar de insistir en la responsabilidad hacia el otro, es profundamente individualista, y sufrieron la sacudida de la revolución cubana, que hizo que la revolución latinoamericana se viviera como algo inminente. Para quienes estaban formados en la idea de que el ejercicio del criterio no debía posponerse a nada, fue problemático convivir con el mesianismo y voluntarismo de un movimiento revolucionario. Rama inicia su diario en 1974, después de haber experimentado algunas crisis importantes en la relación de Cuba con los intelectuales de izquierda. Fragmentos de su vida, afectos, proyectos personales y colectivos, estaban ligados a la Cuba revolucionaria. Si en un momento se desmarcó del proceso, porque ya no se sentía representado por la concepción del hombre y la cultura que en la isla se desarrollaba, evaluar correctamente lo vivido, entender lo que sucedió después, siguió siendo un desafío ineludible.
Cuando en 1971, a raíz de la autocrítica pública que realiza el poeta Heberto Padilla, los intelectuales se dividen en posiciones de rechazo o apoyo a la revolución, Rama da un paso al costado y se propone entender y juzgar de acuerdo con su conciencia. Lo arduo que resulta mantener esta independencia está al alcance de cualquier lector del diario: Rama una y otra vez vuelve, con escritores cubanos que encuentra en el exilio o con otros latinoamericanos que compartieron en los tempranos sesenta su apoyo a la revolución, a recabar información sobre la situación en la isla. Se establece un juego de perspectivas que en cada encuentro cambia la interpretación de los hechos. En el momento en que Heberto Padilla realiza su autocrítica -un discurso ominoso e ina-ceptable, de efectos notablemente ambiguos- Rama ve, en contraposición, en Nor-berto Fuentes al intelectual que se anima a defender su independencia crítica dentro de la revolución. El 30 de mayo de 1980 anota en su diario que almuerza con Heberto Padilla y que éste le asegura que Norberto Fuentes es informante policial. Rama no opina sobre esta información, se limita a registrarla, pero se percibe la reticencia, la cautela con que la recibe. Útil ilustración de las dificultades de abrir un juicio sobre esa realidad tan compleja y escondida es el dato que aporta Rosario Peyrou en una nota: en su libro de memorias Dulces guerreros cubanos (1999) Norberto Fuentes reconoce haber trabajado para la seguridad del Estado.
Esta edición. El lector no se encuentra solo ante el diario de Rama. Rosario Peyrou realizó un imprescindible trabajo de presentación, anotación y edición del mismo. En la introducción da el perfil intelectual de Rama, valora su peso en la cultura latinoamericana, estudia los momentos más importantes de su trayectoria. El diario no es continuo, hay largos períodos en los que Rama no escribe. Las anotaciones de Peyrou permiten entender los silencios, leer su contracara; aporta la información para saber de quién y de qué se está hablando en cada situación, y evaluar la circunstancia intelectual y vital de Rama en la misma; cuando es necesario da datos que Rama no tenía y que iluminan su comentario. Así preparado, el libro Angel Rama. Diario 1974-1983 (Trilce, 2001) es un importante rescate de su figura y su pensamiento, fundamental para nuestra cultura, en la que su obra no ha mantenido la presencia que sí tiene en otros ámbitos tal vez más generosos con el trabajo intelectual. n
* Angel
Rama. Diario 1974-1983, edición, prólogo y notas de Rosario Peyrou.Trilce,
2001.