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Los
cuadernos
de don Rigoberto
Mario Vargas Llosa
Ed. Alfaguara
Los cuadernos de don Rigoberto,
la
nueva novela de Mario Vargas Llosa, es una especie de caja de Pandora de
la imaginación sensual. Los cuadernos que este maduro empleado de
una compañía de seguros llena con anotaciones e historias
terminan por formar un refinado compendio de la imaginación erótica.
Los cuadernos son como un baúl del que se van extrayendo inesperados
relatos, atesorados por el personaje con mayor celo que si fueran reales.
"Don Rigoberto es un cincuentón que tiene un oficio muy anodino",
explica el autor. "Esta existencia tan banal contrasta con una vida mental
muy rica con la que se defiende de la banalidad. En su mundo secreto él
es todo lo contrario al personaje real, en él viven audacias y aventuras.
Estructura sus fantasías con tanta intensidad que desaparecen las
fronteras entre la verdad y la ficción".
La
vida ideal de este personaje no se detiene ante nada ni nadie. Es una búsqueda
cada vez más desprejuiciada del placer. "Una vida mental rica y
propia exige curiosidad, malicia, fantasía y deseos insatisfechos,
es decir, una mente sucia,
malos pensamientos, floración de imágenes
prohibidas, apetitos que induzcan a explorar lo desconocido, desacatos
sistemáticos a las ideas heredadas, los conocimientos manoseados
y los valores en boga", escribe don Rigoberto.
La particularidad de estas fantasías es que parten de pinturas,
obras literarias y piezas musicales. "La ficción es un mundo mucho
más vasto, del que la literatura es sólo una rama. Todos
nosotros creamos mundos ficticios a partir de deseos y los introducimos
en la vida real. Incorporamos a nuestros sueños la pintura, las
artes, el cine, la televisión... Ése es el tema de Los
cuadernos de don Rigoberto", explica Vargas Llosa. Según él,
se trata de una ficción que se alimenta de ficciones. No sólo
asimila y "metaboliza" obras plásticas, sino también literarias.
La lista de obras citadas es larga y sugerente. Es un verdadero y exquisito
índice de la pintura y la literatura eróticas.
La nueva novela de Mario Vargas Llosa se desenvuelve en un universo semejante
al recreado en Elogio de la madrastra. Parte de los mismos personajes
y la continúa en el lugar y en el tiempo. Ambientada en la ciudad
de Lima, esta nueva novela va mucho más allá que la primera.
"Don Rigoberto tenía el alto mérito de exaltar hasta extremos
deicidas el derecho del ser humano de insurgir contra lo establecido en
razón de sus deseos , de cambiar el mundo valiéndose de la
fantasía, aunque fuera por el efímero período de una
lectura o un sueño", escribe el autor en la novela. Dueño
de una moral forjada en las cámaras más recónditas
del deseo, el protagonista hace amplias exposiciones de sus ideas. Defiende,
por ejemplo, que "en el dominio privado", que es el de estos fantasmas,
todo debe estar permitido entre adultos que consientan en el juego y en
las reglas del juego para su mutua diversión. Y sin embargo, como
manifestó ya, tras la publicación de Elogio de la madrastra,
no es partidario de que se "municipalice" el erotismo. "La permisividad,
la liberación de las costumbres, la desaparición de los tabúes,
son buenas cosas para la sociedad, pero malas para el erotismo", afirmó
en 1988 y lo sigue manteniendo hoy en esta novela. "La legalización
y reconocimiento público del erotismo lo municipaliza, cancela y
encanalla, volviéndolo pornografía, triste quehacer al que
defino como erotismo para pobres de bolsillo y de espíritu. La pornografía
es pasiva y colectivista, el erotismo creador e individual, aun cuando
se ejercite de a dos o de a tres".
Como contrapunto al florido universo de don Rigoberto, está el inquietante
y perturbador ambiente que se forja alrededor de su pequeño hijo,
Fonchito.
Obsesionado con la vida y la obra del pintor austríaco Egon Schiele,
el muchacho se sueña como la encarnación del pintor maldito
y su misterioso mundo de niñas perversas y autorretratos angustiosos.
Entre ellos, la madrastra. Una mujer que es para ambos la figura principal
de ese doble mundo de deseos y realidades. Una mujer a la medida de sus
más exigentes fantasías.
La nueva novela de Vargas Llosa es quizá su obra definitiva sobre
el erotismo. En ella se despliegan ante el lector las claves que la cultura
de todos los tiempos ha dado, a través del arte, sobre los misterios
del placer sensual.
El
arte en Los cuadernos de don Rigoberto
Pocas veces, si alguna, se ha dedicado la literatura a reunir en una sola
obra un museo imaginario
tan completo y sugerente como el que Mario
Vargas Llosa ha conseguido en Los cuadernos de don Rigoberto. "Es
una novela que tiene que ver con la pintura y con el erotismo", ha afirmado
el autor de Pantaleón y las visitadoras, otra de sus incursiones
literarias en el universo de la sensualidad y el humor.
"Hace mucho que me tentaba la idea de un relato utilizando como punto de
partida algunos cuadros que por una razón que para mí no
estaba del todo clara -esas cosas no están nunca del todo claras,
y en realidad eso es lo hechicero que tienen- llevaba siempre presentes
en la memoria", dijo en ese momento el escritor. "Un día un pintor
peruano, Fernando de Szyszlo, me propuso un experimento, una historia que
haríamos a cuatro manos, yo escribiéndola y el pintándola,
una historia en la que las palabras y las imágenes se irían
inseminando recíprocamente. El experimento no resultó, pero
fue el impulso que puso en movimiento el proceso del que resultó
este relato", afirmó Vargas Llosa tras la publicación de
Elogio de la madrastra. Al hablar de la nueva obra, Vargas Llosa
ha aludido a esta idea germinal y a la necesidad que sintió de completar
mucho más las perspectivas de la primera.
La novela desarrolla principalmente dos mundos imaginarios, el de don Rigoberto
y el de su hijo, Fonchito. Ambos, y cada uno con criterios dispares, pueblan
sus irreprimibles fantasías eróticas con las imágenes
de cuadros de todas las épocas. La novela puede leerse como un paseo
excitante por la gran pinacoteca del universo sensual.
Entra en esta colección, con lugar preferente, la obra del austríaco
Egon Schiele. Sus desnudos de niñas y sus retorcidos autorretratos
se convierten en escenarios de acción amatoria. Imágenes
como las de Desnudo reclinado con medias verdes, Dos jovencitas yaciendo
entreveradas, Muchacha desnuda de cabellos negros, Schiele pintando una
modelo desnuda delante del espejo
o Madre e hijo crean en el
artista adolescente el deseo de emular a su admirado pintor. ¿Cómo
apropiarse de ese universo deseado, cómo recrearlo sin limitarse
a copiar? Sólo la fértil imaginación infantil es capaz
de encontrar la manera de convertirlo en vivencias propias.
Mientras tanto, don Rigoberto visita otras salas de este ideal museo. En
ellas aparecen obras como Desnudo con gato, de Balthus; El origen
del mundo y Pereza y lujuria,
de Courbet; Diana y sus compañeras,
de Johannes Vermeer;
La Priére y La espalda de Kiki
de Montparnasse, de Man Ray; las criaturas de Jonas Drentwett, en el
salón de los grotescos del Museo de Arte Barroco Austríaco;
los grabados eróticos de Utamaro o El baño turco, de
Ingres.
Para don Rigoberto, su ansiada mujer, Lucrecia, se convierte en Mesalina
y en Leda; fantasea a su antojo con Magdalena y Salomé; pueblan
sus sueños Diana con su arco y sus fechas, la Maja desnuda, la casta
Susana, la Odalisca de Ingres, una marquesita de Watteau, una ninfa de
Tiziano, una Virgen de Murillo, una Madonna de Piero della Francesca, una
geisha de Fujita, una prostituta de Tolouse-Lautrec y una burguesa de Vermeer.
Con todas ellas juega a su antojo, extrayéndolas de su marco para
hacer de esas ficciones de otros artistas las suyas propias. Los cuadernos
de don Rigoberto propone un exquisito recorrido por la historia de
la pintura en sus facetas más incitantes. Una novela para amantes
del arte. O, simplemente, una novela para los que saben reconocer en el
amor la más perfecta de las bellas artes. |