Rocío Silva Santisteban:
Construyendo con chatarra

* Helena Ramos *

 

Sinceramente hablando, escribir desde Nicaragua sobre una autora peruana es una temeridad. En general, estamos bastante desentendidas de los procesos culturales del Perú -tal vez haya excepciones pero no soy una de ellas- y eso hace inevitable que a la hora de intentar un acercamiento se omitan vínculos vitales y correlaciones oportunas. No obstante, escribir desde la otredad un tanto ignorante también tiene sus ventajas. La obra llega íngrima, libre de linajes y raigambres y de simpatías o recelos personales.

He aquí, pues, Me perturbas, libro de cuentos de Rocío Silva Santisteban. En efecto, estas narraciones perturban: desconciertan, trastornan, aturden, alborotan, enturbian, conmueven, amenazan, inquietan, incomodan, inmutan, subvierten. Pero no revolucionan, aunque esta palabra también se encuentra entre los numerosos sinónimos del verbo "perturbar".

La razón de tanta perturbación es obvia desde la línea inicial del primer cuento, Aura -que nos remite, de manera inmediata y fantasmal, al homónimo libro de Carlos Fuentes-: "Para matarlo tienes que emborracharlo primero". Nunca sabremos a quién ni por qué. Sólo nos daremos cuenta de que a una de las personajes "no le interesa la bondad". Nada ocurre, nada se consuma y el final se disuelve en un paisaje marino de las tres de la tarde. Sin embargo, esa plática letal -intencionalmente lenta- es apenas un preludio de atmósferas más turbulentas.
En Dulce amor mío la pareja protagonista vive un juego erótico digno del mismísimo Marqués de Sade, aunque éste -dieciochesco al fin y al cabo- podría considerar que no merece la pena llevar el acatamiento lúdico a tales extremos. Pero el Sucio -un alias elemental, sin atenuantes- piensa que "lo único que lo salvaría de la mediocridad y de la nada es la violencia de esta pasión". Entonces, resuelve "jugar el juego como es debido"y se lanza por la ventana.
En El Limpiador se nos presenta un hacinamiento de sordideces y marginaciones: alcoholismo, asesinatos -unos por placer o simple diversión, otros como modus vivendi- y, para culminar, el canibalismo. No obstante, este acto extremo no se practica por venganza o como demostración nec plus ultra de la sangre fría. Todo lo contrario: el Limpiador, un posmoderno ángel de la muerte, hastiado de todo y de todos, pretende recuperar la sensibilidad: "...dicen que hay que comerse el corazón de un hombre para volver a sentir".

Aragato Bar -casi costumbrista- también nos lleva a los márgenes: desolación, borrachera y suicidio (a aquel que se mata le dicen Poeta. Por algo será).

En otras historias no hay tantas manifestaciones de la violencia física, pero aparecen otras vivencias inquietantes. En el cuento que da el nombre al libro, la narradora-protagonista habla de su atracción -fatal en potencia- de una mujer "de edad" -¿habemos algunas sin ella?- hacia un joven. La vivencia en sí podría dar lugar a cualquier lectura -desde lírica hasta picaresca- pero la autora la ubica en el límite de lo perturbador sin adjetivos meridianos. ¿Se atreverá la hablante a vivir el hecho de "dejar de ser una dama" como una liberación? Nada permite suponerlo. Otros cuentos que juegan con el erotismo -Del mismo lado y Vete de mí- sugieren más bien una intrincada urdimbre de adicciones afectivas.

En La Sustituta, Dèjá vu y Rara avis los miedos que asechan a las protagonistas son más sutiles y hasta fabulosos, pero igual de perturbadores. Únicamente Esas cosas que piensan las mujeres concluye en una nota menos sombría. Se trata "apenitas" de la rutina y el desamor.
Comencé por las líneas agrumentales de los cuentos porque éstas son determinantes. El lenguaje -a ratos innegablemente eficaz- no es inolvidable. La narración es fluida y la sintaxis, sencilla. El aura estética se sustenta en manifestaciones que la propia autora describe como características de lo que ella denomina una novela joven: "La forma cómo estos escritores enganchan con lectores poco acostumbrados a la lectura es a partir de las referencias massmediáticas y de la cultura popular (la música rock, el cine, la televisión, los restaurantes de comida basura, los comics)". Aunque Rocío Silva Santisteban hasta la fecha no ha escrito novelas, esta caracterización también le calza. Ella trabaja con chatarra, con el cliché, con el lugar común. Quiere decirse y ser comprendida. Antes este afán de comunicarse podía ser conceptuado como democrático -literatura para el pueblo, ¿se acuerdan?- pero ahora, a falta de demos, ¿estará tratando de hablar con la plebe y el lumpen?

¿Qué lecturas pueden tener estos cuentos desconsoladores en Nicaragua? Primero, sólo para constar el hecho: ninguna narradora nica ha incursionado a ámbitos tan posmodermamente asolados, aunque Patricia Belli ya irrumpió con los erotismos lúdicos, divergentes y aviesos, mientras María del Carmen Pérez Cuadra encaró nuestras propias marginalidades (exceptuando al hampa). A mi juicio, esto no obedece a la falta de audacia sino al hecho que nuestro país es menos violento y postremo que Perú. Todavía.

Segundo: presentando a sus personajes, la autora recurre a una mirada técnica y emocionalmente distante que -en apariencia- sólo ve, sin opiniones. Podría ser objeto de un debate si ésta es la manera más eficaz de integrar el mal a la vida. De todas maneras, con sólo enfocar a los outsiders, convirtiéndolos en un fenómeno literario -por ende, estético- se otorga un reconocimiento a su humanidad. Además, en su ensayística Rocío Silva Santisteban es más analítica y más propositiva, lo cual nos autoriza creer que ella no está al margen de la compasión o la ira.

Tercero: el libro es una prueba de que ser estudiosa de género o feminista no tiene por qué imponer a una los límites picí (políticamente correcto), puesto que la obra de Rocío Silva Santisteban no sabe a moralina.

Cuarto: las escritoras latinoamericanas -las de Nicaragua incluidas- definitivamente vamos dejando atrás los cánones de temas y enfoques "adecuados para mujeres" y nos estamos apropiando de la totalidad (qué vamos a hacer con ella, es otro asunto).

Encontrado en: http://www.decenio.com.ni/patio_libros/pl4.html

 

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