ROSARIO CASTELLANOS
El sentido sacro del mundoPor Óscar Wong
La poesía refleja, necesariamente, la visión del mundo de cada autor, de otra forma se queda en la simple intención, en una serie de líneas de ninguna manera reveladoras del verdadero sentimiento. Y hablo, precisamente, de la poesía considerada como experiencia vital, partiendo de una emoción profunda, auténtica, de modo que llegue a destacarse como revelación poética, no como simple ejercicio escritural. La reflexión surge luego de observar con detenimiento la conciencia sensible, interior, de Rosario Castellanos 1, metamorfoseada en cantos elegíacos, trágicas transparencia intimistas, que se enhebran en versículos contundentes, con suaves hemistiquios.
En su primera etapa, Rosario Castellanos se expresa con un tono primordial, revelador. Aspectos genésicos, cosmogónicos, caracterizan a sus poemas. Hay una visión dramática, sagrada, de la existencia. La voz primera, mítica, frente a la creación del mundo, sin olvidar la significativa insignificancia del hombre, del individuo, frente a la naturaleza. Por algo el matrimonio anómalo del Cielo y la Tierra Produjo al Hombre, un ser inocente, imantado a la terrenalidad, a la circunstancia del tiempo, pero con amplios, profundos deseos de inmortalidad. Este Sentimiento trágico de la vida2, como reflexionaba Unamuno, se encuentra presente en los primeros textos líricos de la escritora chiapaneca.
Rosario Castellanos paulatinamente va dando cauce a la reflexión, a su sentido de pertenencia social, a su máximo valor como ser humano. Por eso el tono irónico, acervo, ácido a veces. Y es que como ente imbuido en un proceso social, muchas veces denigrante, hostil, para su condición de mujer, la poetisa responde a su naturaleza, y convicción social; por consiguiente, hay transformación en sus contenidos:
Sobre el cadáver de una mujer estoy creciendo,
en sus huesos se enroscan mis raíces
y de su corazón desfigurado
emerge un tallo vertical y duro 3.
De la precisión metafórica, de sus altos y amplios recursos estilísticos, que descansan en los aspectos polisémicos, parte hasta desembocar en un verso claro, directo, donde el ritmo y la entonación provocan ese aliento poético, esa respiración característica del verso. Y aquí vale resaltar lo que señala Eduardo Nicol: la emoción determina al ritmo, a la musicalidad versicular. Se apoya, indiscutiblemente, en el golpeteo silábico, en los encabalgamientos, en los silencios connaturales para provocar la musicalidad, pese a la utilización de los enunciados que ahora define el contenido de su expresión. Rosario Castellanos da más ser al mundo con su obra. Pero un ser sagrado, luminoso, inmenso en la realidad contradictoria:
Estoy aquí, sentada, con todas mis palabras
como una cesta de fruta verde, intactas. 4
Fatalmente materialista en su segunda y última etapa, y quizá por lo mismo, sin el anterior destello de religiosidad, su obra lírica refleja, desde luego, su concepción estética del mundo, su particular sentido de la vida, apoyada en la meditación, en los factores del pensar, en la dimensión social, sin olvidar el hálito poético. Su propuesta estética es ahora más directa, diversificada. No le interesan, por razones comunicativas, los aspectos metonímicos del verso, sino el modelo expresivo directo, caracterizado por la imagen enunciativa. En este sentido, la obra poética de Rosario Castellanos constituye un magnifico testimonio de la expresividad rotunda de una mujer enredada en la llamas solitarias de la creación –“¡oh, inteligencia, soledad en llamas!”, como cantaba Gorostiza-, en un universo, en una sociedad patriarcal, varonil. Por eso, en voz de Rosario:
El mundo gime estéril como un hongo 5.
Si convenimos en que la poesía es el espejo donde los seres humanos desnudan su sentimiento (el pathós que indicaban los griegos), el recorrido realizado por los distintos estratos álmicos de la escritora, sirve para captar, de manera casi integral, las variantes de su pensamiento y sentimiento. Si hay modificación en sus contenidos, el cambio se advierte también en el aspecto técnico, puesto que la forma expresa el fondo, en una única unidad estructural. Por eso su deseo de prescindir de los innumerables aspectos retóricos.En su primera etapa, insisto, como todo poeta auténtico, como todo vate que sabe captar los planos superiores, la Castellanos toca los niveles de la profecía, e incluso prefigura su muerte:
Ya no tengo más fuego que el de esta ciega lámpara
que camina tanteando, pegada a la pared
y tiembla a la amenaza del aire más ligero.
Si muriera esta noche
seria sólo como abrir la mano,
como cuando los niños la abren ante su madre
para mostrarla limpia, limpia de tan vacía 6.
Desde Apuntes para una declaración de fe (1948) hasta sus últimos textos (1972), la escritora mexicana –acaso la más completa que ha dado el mundo de nuestra letras-, consigna su particular manera de pensar: la concepción intelectual mexicana estriba en aceptar sólo el conocimiento libresco, derivado de su menosprecio en tanto individuo, soslayando su papel en tanto mujer y, por ende, representante del denominado “sexo débil”, Rosario, no obstante, evoca:
Hablábamos la lengua
de los dioses, pero era también nuestro silencio
igual al de las piedras.
Eramos el abrazo de amor en que se unían
el cielo con la tierra 7.
El plano de la cultura occidental es –todos lo sabemos- masculino. En esta concepción social no cabe, de ningún modo, la representación, y representatividad, del otro sexo, de ahí la respuesta contundente, reveladora, develadora, de la Castellanos a la interrogante: ¿por qué escribe?:“Escribo porque yo, un día adolescente, me incliné ante el espejo y no había nadie. ¿Se da cuenta? El vacío. Y junto a mí los otros chorreaban importancia” 8.
Por supuesto que esta autoflagelación se revela, también, en sus textos periodísticos, recopilados en Mujer que sabe latín 9. Esta degradación, este autorreconocimiento o anagnórisis asumido plenamente, se encuentra determinado en su novela Balún Canán 10 donde el personaje padece lo indecible porque su hermano menor, un varón, fallece. La exclamación de la madre es sintomática: “Ojalá y tú hubieras muerto y no tu hermano”: Es decir, aquí también está presente la visión machista, patriarcal, del mundo. En la obra lírica de esta autora sentimos, y compartimos, la honestidad y la valentía con que asume su condición de mujer.
En esta busca de huellas y de tiempos, la fortaleza espiritual de Rosario alcanza una estatura de primer orden. Su riqueza interior, frente a la adversidad del mundo materialista y varonil, se vigoriza y forja poesía. Después de todo: Sólo el silencio es sabio, como expresa de manera definitoria. Como novelista, desde los años 50 pretende exteriorizar el mundo indígena de Los Altos de Chiapas, Lleno de vejaciones, como consecuencia de la estructura clasista de la entidad federativa, cuyo tejido social continúa en plena descomposición, agravada por el conflicto étnico-campesino del 1° de enero de 1994, y que tan bien prefigurara la autora. Como poetisa, supo visualizar la intimidad de la mujer, otorgándole su dimensión exacta, justa; como ensayista reflexionó sobre los claroscuros de una sociedad que relega la condición femenina, por el solo hecho de la diferenciación sexista.En cambio su narrativa adquiere una vertiente más de denuncia social. Su infancia en Comitán (la mítica Balún Canán), tierra, de sus mayores, su trabajo en Los Altos de Chiapas, precisamente en las comunidades indígenas; su constante preocupación por la injusticia y la violenta realidad de su congéneres, la llevaron a crear un universo narrativo de primer orden. Su visión crítica aún pervive y cobra mayor vigencia ante la situación que prevalece en la entidad, en las postrimerías del siglo XX.
Sus obras Balún Canán 11, Ciudad Real12 y Oficio de tinieblas13 , están más allá de la simple ficción y del marco de la sociología. Sus personajes son reales, tienen relieve, volumen, y exteriorizan angustia y sufrimiento en un medio hostil, arrollados por las circunstancias físicas y sociales en que pretenden sobrevivir. Aquí, más que nunca, se advierte esa concepción de la literatura como refiguración de la realidad, partiendo de una lectura correcta del entorno. Como poetisa habría que citar su poema dramático “Salomé”, cuya acción transcurre justamente en San Cristóbal de las Casas, en ocasión de un movimiento rebelde escenificado por chamulas, y que a finales de este milenio resulta harto familiar.
Rosario Castellanos, a pesar de su desaparición física, se yergue todavía como una inteligencia insuperable en el ámbito de las letras mexicanas. Tuvo clara conciencia de su mestizaje, de la raigambre cultural de una raza vencida, otorgando madurez y profundidad a sus poemas. Lo trágico, el tono elegíaco, a veces genésico, potencializan a sus textos líricos, dándoles un aspecto de gravedad y solemnidad. Por ello, Lamentación de Dido constituye un rango oracular; a través de heptasílabos y alejandrinos, persiste la fuerza dramática, la liturgia, el sentido sacro del mundo.
Su voz es un flagelo reflexivo que adquiere visos de ritual:
Guardiana de las tumbas, botín para mi hermano, el de la corva
[garra de gavilán;nave de airosas velas, nave graciosa, sacrificada al rayo
[ de las tempestades;mujer que asienta por primera vez la planta del pie en tierras desoladas
y es más tarde nodriza de naciones, nodriza que amamanta[con leche de sabiduría y de consejo;mujer siempre, y hasta el fin, que con el mismo pie de la sagrada
[peregrinaciónsube –arrastrando la oscura cauda de su memoria- hasta la pira alzada
[ del suicidio 14.El amor también es observado con cierta resignación y benevolencia, en un ámbito donde la afectividad y las relaciones sexuales languidecen. El beso de los amantes tiene, indiscutiblemente, el sabor de las lágrimas (y pasión, según la idea cortesana generada por los poetas provenzales del siglo XI, significa sufrimiento). El amor siempre es invocado por Rosario como recuerdo, como orfandad y muerte. Por lo mismo, la poetisa externa con numinosa contundencia:
Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca 15.
La sabiduría del Eclesiastés, la dureza y conminación de los Proverbios, la determinación y experiencia existencial de Jueces, prevalece en esta visión despiadada, más que la exaltación y la sensualidad con que el israelita canta sus intimidades a la Zulamita. Independientemente de su condición social, el amor, en Rosario Castellanos, es padecimiento, más que gozo devastador.
Comitán de Domínguez, Chiapas, agosto 7 de 1999
Encontrado en: http://www.chiapas.com.mx/Cultura/Literatura/rosario.html