Economía doméstica (En la tierra de en medio, 1972)

He aquí la regla de oro, el secreto del orden:

Tener un sitio para cada cosa

Y tener

Cada cosa en su sitio. Así arreglé mi casa.

Impecable anaquel el de los libros: 
Un apartado para las novelas,

Otro para el ensayo

Y la poesía en todo lo demás.

 

Si abres una alacena huele a espliego
Y no confundirás los manteles de lino
Con los que se usan cotidianamente.

Y hay también la vajilla de la gran ocasión
Y la otra que se usa, se rompe, se repone

Y nunca está completa.

La ropa en su cajón correspondiente

 

Y los muebles guardando las distancias
Y la composición que los hace armoniosos.

Naturalmente que la superficie

(de lo que sea) está pulida y limpia.

 

Y es también natural

Que el polvo no se esconda en los rincones. 
Pero hay algunas cosas

Que provisionalmente coloqué aquí y allá

O que eché en el lugar de los trebejos.                     
Algunas cosas. Por ejemplo, un llanto                
Que no se lloró nunca;

Una nostalgia de que me distraje,

Un dolor, un dolor del que se borró el nombre, 
Un juramento no cumplido, un ansia

Que se desvaneció como el perfume 
De un frasco mal cerrado 
Y retazos de tiempo perdido en cualquier parte. 
Esto me desazona. Siempre digo: mañana…

Y luego olvido. Y muestro a las visitas,

Orgullosa, una sala en la que resplandece

La regla de oro que me dio mi madre.

 

 

El ausente

Estaba en mi memoria
—como en arca cerrada
una piedra preciosa.
Resplandecía en lo interior, oculto,
iluminando el rostro opaco de las cosas.

Desde donde venimos lo traía,
en las entrañas de mi corazón
como adentro del fruto la semilla.
Allí, como promesa,
la eternidad, la vida.

Pero, ay, los caminos
¿adónde van si no es a la traición,
si no es al olvido?
He aquí mi mejilla sin tatuaje,
lisa como el guijarro del fondo de los ríos.

 

El despojo

Me arrebataron la razón del mundo
y me dijeron: gasta tus años componiendo
este rompecabezas sin sentido.

No hay más. Un acto es una estatua rota.
Una palabra es sólo
la imagen deformada en un espejo.

¿Qué vas a amar? ¿Un cuerpo que se pudre
—ese pantano lento en que te ahogas—
o un alma que no existe?

¿Qué puedes esperar? El tiempo es lo continuo
y si dices “mañana” mientes, pues dices “hoy”.

Ni siquiera se muere. Algo muy leve cambia
y sigues, dura, en piedra; creciendo en vegetal
y otra vez despertando en lo que eras.

Otra vez. Otra vez.

Me dijeron: no busques. Nada se te ha perdido.

Y los vi desde lejos
ocultar lo que roban y reír.