El otro

¿Por qué decir nombres de dioses, astros,
espumas de un océano invisible,
polen de los jardines más remotos?
Sí nos duele la vida, si cada día llega
desgarrando la entraña, sí cada noche cae
convulsa, asesinada.
Si nos duele el dolor en alguien, en un hombre
al que no conocemos, pero está
presente a todas horas y es la víctima
y el enemigo y el amor y todo
lo que nos falta para ser enteros.
Nunca digas que es tuya la tiniebla,
no te bebas de un sorbo la alegría.
Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.
Lo que él respira es lo que a ti te asfixia,
lo que come es tu hambre.
Muere con la mitad más pura de tu muerte.

 

El ungido

No querían morir y que sus huesos
rodaran confundidos
ni comer tierra amarga como único sustento.
Así uno entre todos fue preservado, ungido,
y en él siguen viviendo.

Encima de los otros su destino
resplandeció una hora
y se precipitó como un astro caído.
Pero su rostro no ha sido borrado
porque uno entre todos fue testigo.

Se han ido ya. Miramos la espalda de su ausencia
y no es igual que el humo su memoria
y sus hechos no son lo mismo que la niebla.
Habló uno entre todos
y sus palabras quedan.

 

Elegía

Nunca, como a tu lado, fui de piedra.

Y yo que me soñaba nube, agua,
aire sobre la hoja,
fuego de mil cambiantes llamaradas,
sólo supe yacer,
pesar, que es lo que sabe hacer la piedra
alrededor del cuello del ahogado.

 

Elegía

La cordillera, el aire de la altura
que bate poderoso como el ala de un águila,
la atmósfera difícil de una estrella caída,
de una piedra celeste ya enfriada.

Esta, ésta es mi patria.

Rota, yace a mis pies la estera que tejieron
entrelazando hilos de paciencia y de magia.
O voy pisando templos destruidos
o estelas en el polvo sepultadas.

He aquí el terraplén para la danza.

¿Quién dirá los silencios de mis muertos?
¿Quién llorará la ruina de mi casa?
Entre la soledad una flauta de hueso
derramando una música triste y aguda y áspera.

No hay otra palabra.

 

Elegía

Cuerpo, criatura, sí, tú y yo nos conocimos.

Tal vez corrí a tu encuentro
como corre la nube cargada de relámpagos.

Ay, esa luz tan breve, esa fulminación,
ese vasto silencio que sigue a la catástrofe.

Quienes ahora nos miran (piedras oscuras, trozos
de materia ya usada)
no sabrán que un instante nuestro nombre fue amor
y que en la eternidad nos llamamos destino.