Balún Canán

Lo dijeron los sabios. Muchas señales hubo, hasta que al fin el término del tiempo hubo llegado.
R. Castellanos: “La profecía”

Por Abel


…Y entonces, coléricos, nos desposeyeron, nos arrebataron lo que habíamos atesorado: la palabra que es el arca de la memoria…

Con estas palabras en boca de una Nana india, Rosario Castellanos inicia su novela Balún Canán.

Son los tiempos postrevolucionarios en México. Lázaro Cárdenas asume la presidencia del país y promueve –en contra de los antiguos hacendados; grupos del poder político y acaudaladas familias aristocráticas poseedoras de la riqueza del país– la Reforma Agraria como uno de los principales logros alcanzados tras la violenta revolución de 1910. El relato tiene como escenario el pueblo de Comitán situado, al igual que ayer, en el convulso estado de Chiapas. A través de un penetrante conocimiento de la realidad chiapaneca de esos años, (la escritora nacida en México, D.F. en mayo de 1925, vivió su infancia y adolescencia en Comitán. Estudio la licenciatura y la maestría en filosofía en la Universidad Autónoma de México, donde además fue directora de información y prensa (1960-1966) y profesora de la facultad de filosofía y letras (1962-1974) Falleció en Tel-Aviv siendo embajadora de México en Israel), Rosario Castellanos pone de manifiesto el drama existencial –blanco e indígena– y revela las causas anteriores que originaron el actual levantamiento armado de los indígenas en los altos de Chiapas.

Balún Canán (nueve estrellas) es una novela imprescindible para quien pretenda conocer más de cerca los antecedentes del actual conflicto en Chiapas y, más todavía para asomarse al abismo en que viven en nuestros días la mayoría de los pueblos de América, y quizá del mundo.

Testigo presencial de la historia que narra y conocedora de la profunda sabiduría ancestral de los pueblos mayas que habitaron las tierras altas de Chiapas, –en donde hace unos años sus descendientes, después de siglos de miseria y olvido, resolvieron la madrugada del 1 de Enero del 94 romper su silencio para dar la bienvenida, con una lluvia de balas, al Tratado de Libre Comercio firmado entre México, EE.UU y Canadá, que esa misma madrugada entraba en vigor: “Bienvenidos al primer mundo”, fue el grito de guerra, salido de la selva, del levantamiento indígena que se escuchó en casi todo el mundo–, la escritora nos cuenta los días decadentes de la familia Arguello y con ellos el derrumbe de la hacienda. Las páginas del libro nos llevan al encuentro con un pasado indígena, oficialmente declarado muerto y enterrado vivo. Sus palabras nos conducen a Balún Canán: las aceras son de lajas, pulidas, resbaladizas. Y lo demás de piedra. […] Los balcones están siempre asomados a la calle, mirándola subir y bajar y dar vueltas en las esquinas. Mirando pasar a los señores con bastón de caoba; a los rancheros que arrastran sus espuelas al caminar; a los indios que corren bajo el peso de su carga. Y a todas horas el trotecillo diligente de los burros que acarrean agua en barriles de madera. […] ahora empezamos a bajar la cuesta del mercado. Adentro suena el hacha de los carniceros y las moscas zumban torpes y extasiadas. Tropezamos con las indias que tejen pichulej, sentadas en el suelo. Conversan entre ellas, en su curioso idioma, acezante como ciervo perseguido. Y de pronto echan a volar sollozos altos y sin lágrimas que todavía me espantan, a pesar de que los he escuchado tantas veces. […] se oyen los granos de arroz deslizándose contra el metal de la balanza. Alguien tritura un puñado de cacao.

En Balún Canán –nos dice la Nana india– antes de santo Domingo de Guzmán; san Caralampio y la virgen del perpetuo socorro, eran cuatro únicamente los señores del cielo. Cada uno estaba sentado en su silla, descansando. Porque ya habían hecho la tierra, tal como ahora la contemplamos, colmándole el regazo de dones. Ya habían hecho el mar frente al que tiembla el que lo mira. Ya habían hecho el viento para que fuera el guerdián de cada cosa, pero aún les faltaba hacer el hombre […] Y ordenaron que el pobre respondería por el rico ante la cara de la verdad. Por eso dice nuestra ley que ningún rico puede entrar al cielo si un pobre no lo lleva de la mano.

En Balún Canán la memoria ancestral nos cuenta: “Habíamos dicho: será la obra de todos. He aquí nuestra obra, levantada con el don de cada uno. Aquí las mujeres vinieron a mostrar la forma de su amor que es soterrado como los cimientos. Aquí los hombres trajeron la medida de su fuerza que es como el pilar que sostiene como el dintel de piedra y como el muro ante el que retrocede la embestida del viento. Aquí los ancianos se descargaron de su ciencia, invisible como el espacio consagrado por la bóveda, verdadero como la bóveda misma”.

“Esta es nuestra casa. Aquí la memoria que perdimos vendrá a ser como la doncella rescatada a la turbulencia de los ríos. Y se sentará entre nosotros para adoctrinarnos. Y la escucharemos con reverencia. Y nuestros rostros resplandecerán como cuando da en ellos la luz del alba”.

Encontrado en: http://www.agrnews.org/issues/91/noticias.html