Juan Rulfo destruyó el manuscrito de una novela porque era demasiado triste
El epistolario, además de mostrar un aspecto de la intimidad de Rulfo, tiene el doble valor de aportar material sobre su formación como escritor y de documentar la evolución de su lenguaje literario, según afirmó el presidente de la Fundación Rulfo, Víctor Jiménez.
En la presentación estuvieron también presentes la viuda de Rulfo, Clara Aparicio, y Alberto Vital, estudioso del escritor y autor de la selección de las cartas y del prólogo del volumen.
El libro despeja algunos malentendidos que se han vertido sobre la obra de Rulfo, como que hiciera Pedro Páramo en dos años. Al contrario, las cartas muestran que la idea inicial de su novela la tuvo antes de los 30 años. «Había una fuerza que él necesitaba para que lo impulsara. Esa fuerza me la pidió él a mí. Yo le decía: "tú puedes". Eran dos fuerzas: el amor y su propia lucha por seguir escribiendo el libro que quería. Se sintió tan feliz al lograrlo que me gustaría verlo aquí y ver con qué alegría recibiría este acto», dijo su viuda.
Clara Aparicio, que en algunos momentos fue tan parca como cabía esperar en la compañera de Juan Rulfo, en otros no ocultó un recuerdo emocionado de su marido. «Yo era muy chamaca cuando le conocí [tenía 13 años]. Una muchachita que va a la escuela no distingue bien. Le gusta que esa persona le trate con tanta dulzura, y le admira. Ahora se me salen las lágrimas de ver cómo me decía. El modo de expresarse me transportaba a otro mundo que no conocía; entonces, las pláticas de mis amigos inconscientemente ya no me gustaban. Yo le vi grande al principio, luego no se me hizo grande», siguió diciendo Clara Aparicio, «se me hizo el hombre ideal para entender a una chiquilla, me gustó su modo de tratarme. Habrá hombres así, pero como él nunca los vi».
Clara Aparicio contó también que Rulfo acabó una novela titulada El hijo del desaliento, que rompió sin llegar a publicar por lo triste que era: «trataba de un chico que siempre estaba solo».
Alguien puso sobre la mesa el lado oscuro del escritor, del que se dice que en algunas épocas llegaba a casa tarde y no demasiado sobrio. «No hay ser humano que no tenga un defecto», respondió su viuda. «No somos perfectos. Hubo épocas en que veía cómo le atacaban en ese ambiente intelectual tan difícil; ahora cierro los ojos y no quiero recordar esos momentos».
Por su parte, Víctor Jiménez afirmó a ese respecto que Rulfo recibió copiosas dosis de esa peculiar forma de la admiración que, según Javier Marías, es la envidia. «Fue sometido a una presión continua para destruirlo; pero fracasaron quienes le empujaron a la autodestrucción, que eran escritores de una talla mucho menor que la suya».
El Mundo, 25 de mayo de 2000
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