Del Libro: Juan Rulfo, de Alberto Vidal
Entre 1965 y 1985, aproximadamente, el canon latinoamericano —esto es, el conjunto de autores más prestigiados a los ojos de las instituciones— se construyó conforme a la imagen que de él transmitieron los autores del boom, encarnado en México por Carlos Fuentes. Ahora bien, el boom se comportó como una vanguardia por cuatro razones: 1) porque explotó al máximo la posibilidad de historiarse e historiar la vida literaria, en cuya cúspide se situó; 2) porque muchas veces abjuró de sus maestros y sus padres literarios locales; 3) porque defendió con tal vehemencia sus puntos de vista en un gran número de disciplinas y circunstancias que acabó fracturándose, a través de rupturas violentas entre sus miembros, y 4) porque produjo sus obras más representativas durante los años en que se equilibraban la juventud y la madurez de sus miembros. En este contexto, autores supremos de la literatura mexicana, como Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán y Agustín Yáñez, ocuparon un sitio poco importante en los censos historiográfícos que durante los años sesenta y setenta se realizaron con la mira puesta en el boom como culminación de la literatura latinoamericana. Por su lado, Rulfo sobrevivió a la tabula rasa de los impetuosos jóvenes de entonces, gracias a que éstos reconocieron en él a un antecedente válido; asimismo, gracias a que Rulfo se mantuvo al margen de la alta burocracia federal, manchada por la matanza de Tlatelolco en 1968 —Yáñez y Guzmán, entrampados (como varios de sus mejores personajes) en un cambio de época y de valores ante el cual no pudieron reaccionar con presteza, legitimaron la represión gubernamental.
Aquel reconocimiento se basó en la fascinación fundamental que ejerce la "ópera" rulfiana: la síntesis de innovaciones técnicas y de la vuelta a temas esenciales, con lo que el autor jalisciense fue radical en un doble sentido: el de quien se vuelve punta de lanza de un proceso y al mismo tiempo se halla profundamente arraigado. Y por eso el boom encontró en él un modelo: por los caminos que abrió gracias a las soluciones halladas a problemas específicos, como las dificultades para unir nuevos recursos y un repertorio de temas tradicionales.
¿Por qué la obra de Rulfo es tan seductora, siendo tan breve? Porque cada superficie textual es apenas la costra de yacimientos inagotables: Rulfo resolvió brillantemente el problema de la tendencia a la prolijidad y al exceso retórico en la narrativa mexicana trasladando a las estructuras profundas una gran cantidad de mensajes implícitos que antes se hubieran enunciado de modo abierto. Y este proceso (iniciado ciertamente por Mariano Azuela en Los de abajo) es tan radical que la literatura de nuestro país no tuvo otro remedio que volver a ensancharse en obras abundantes, tumultuosas, desiguales: Terra nostra (1975), de Carlos Fuentes, y Palinuro de México (1977), de Fernando del Paso, entre otras; fue como si las generaciones siguientes no hubieran podido preservar la contención y la concisión propuestas por el jalisciense, o hubieran querido huir de la condena al silencio que se impuso él al consumar con Pedro Páramo una serie de corrientes subterráneas de la literatura latinoamericana: tal condena es por cierto la misma que se impuso José Gorostiza en Muerte sin fin (1939), lúcido poema extenso que tematiza, entre otras, justo la cuestión de la muerte de la poesía y del lenguaje.
Por todo ello, el corpus rulfiano permanece como un momento particularmente esbelto, como una fase, hasta ahora insuperada, de conciencia y realización del arte literario en un puñado de páginas. Ahora bien, sin duda al mismo tiempo la aguda brevedad del maestro estimuló un auge de la novela corta en el país, que encuentra realizaciones notables en Aura (1962), de Carlos Fuentes, y Las batallas en el desierto (1981), de José Emilio Pacheco (1939).
En el ámbito internacional, los lectores de Rulfo se multiplicaron desde los años cincuenta, y su prestigio ha sido muy sólido entre autores influyentes (como Günter Grass en Alemania, Jorge Luis Borges en Argentina, Juan Carlos Onetti en Uruguay, Joáo Guimarães Rosa en Brasil) y entre académicos valiosos (como Emir Rodríguez Monegal en Uruguay, Martín Lienhard en Suiza y Claude Fell en Francia). Pero ese prestigio no implica la petrificación: Rulfo no sufre el desmoronamiento de Pedro Páramo al final de la novela y sigue siendo un fértil campo de batalla entre las más diversas lecturas, conforme a las más disímiles concepciones de lo que debe ser la literatura a fines del milenio. Y es así como, por ejemplo, discrepan de raíz la mitologización occidentalizante de Pedro Páramo efectuada por Carlos Fuentes y la prehispánica llevada a cabo por Martín Lienhard.
Alberto Vital (ciudad de México, 1958),
obtuvo licenciatura y maestría en letras por la UNAM y se doctoró
en Philosofie por la Universidad de Hamburgo, Alemania; su tesis de
doctorado, El arriero en el camino (UNAM, 1994), analiza
exhaustivamente la recepción de la obra de Rulfo en aquel país. Asímismo es
autor de Lenguaje y poder en Pedro Páramo (CNCA, 1993) y de
Conjeturas verosímiles (UNAM, 1996), entre otros títulos.
Encontrado en: http://omega.ilce.edu.mx:3000/biblioteca/sites/3milenio/juanrul/htm/frame1.htm