Del Libro: Juan Rulfo, de Alberto Vidal
La timidez y el silencio literario de Rulfo podrían verse como símbolos de la imposibilidad, entre vastos sectores sociales, de tener acceso a los medios masivos, espacios definitorios de la vida moderna. Esos sectores, que en Rulfo podrían haber encontrado una excepcional voz viva, guardaron silencio tanto como él después de esas dos piedras de toque que conforman el corpus consagratorio de Rulfo y, en realidad, también de la narrativa mexicana. Para el escritor, una manera de soportar y sobrellevar el silencio, transfigurándolo, consistió en abocarse a la fotografía y a la música, dos artes que rondan la significación sin palabras. Estas últimas, sin embargo, lo persiguieron siempre, materializadas en las múltiples interpretaciones de su obra, formuladas ya desde muy poco después de aparecido El Llano en llamas. Y la misma riqueza de su literatura debió ser una carga dolorosa, imposible de superar cuando se inclinaba otra vez ante el cuaderno. Porque, a diferencia de escritores hechos al mundo y a la significación, el jalisciense sentía como una lápida las lecturas que iban agregándose a sus escasas y casi milagrosas páginas, pues le resultaba cada vez más evidente la extraordinaria y, al parecer, irrepetibIe síntesis alcanzada en ellas entre un inmenso poder de simbolización y una desgarrada referencia —de cada símbolo, de cada mito, de cada palabra— a una concreción perfecta, siempre recuperable cuando se escucha a ancianos de Jalisco y se recorren aquellas zonas del país donde Rulfiana flota ya para siempre como un espeso territorio de ánimas en pena.
Ánima en pena fue también el propio Rulfo
durante sus últimos años, atrapado entre la leyenda y un prematuro y honrado
silencio: su ensimismada imagen titubeaba ya entre los dos mundos que hicieron
posible Pedro Páramo. Pero la obra sigue tan viva que es un campo donde
se libran combates decisivos para la literatura en lengua española, y su
presencia o su ausencia en los cánones mayores se vuelve invariablemente muy
notoria, como ocurre con la extraña inasistencia de nuestro escritor al Canon
occidental (1994), de Harold Bloom, inasistencia tanto más incomprensible
porque Rulfo, quien ya nos espera en el siglo XXI, será visto
tarde o temprano como el Sófocles, como el Shakespeare de la literatura
latinoamericana.
Alberto Vital (ciudad de México, 1958),
obtuvo licenciatura y maestría en letras por la UNAM y se doctoró
en Philosofie por la Universidad de Hamburgo, Alemania; su tesis de
doctorado, El arriero en el camino (UNAM, 1994), analiza
exhaustivamente la recepción de la obra de Rulfo en aquel país. Asímismo es
autor de Lenguaje y poder en Pedro Páramo (CNCA, 1993) y de
Conjeturas verosímiles (UNAM, 1996), entre otros títulos.
Encontrado en: http://omega.ilce.edu.mx:3000/biblioteca/sites/3milenio/juanrul/htm/frame1.htm