El llano en llamas

Todos vinimos a Comala porque nos dijeron que allí vivía nuestro padre, un tal Pedro Páramo. Pero resulta que nuestro papá verdadero no era ni Pedro Páramo, ni tampoco aquel que estaba en casa y que nos dio su apellido, sino, en cierta forma, Juan Rulfo, un escritor que nos legó sus genes, sus herramientas, otra distinta calidad de espanto.

Mayra Montero

Mayra Montero


Creo que pocos adolescentes, muy pocos jóvenes hoy día deben de haber leído El llano en llamas, esa excelente colección de cuentos, o Pedro Páramo, intensísima novela corta. Y el problema es que, sin leer a Juan Rulfo, sin saber de qué se trata Pedro Páramo, o cómo está escrito “La noche que lo dejaron solo”, nadie puede ser ni cuentista ni novelista en idioma español. En chino tal vez, o en inglés. Pero en español ya es imposible prescindir de Rulfo. No se puede ser un narrador serio y decir: “Ah, no, no sé qué cosa es la Media Luna”, ni se puede ser un escritor de agallas y admitir que se desconoce esa frase que sobrecogió al mundo de la literatura hispanoamericana: “Baja, Susana, y dime lo que ves”.

Claro que hay gente que, de un día para otro, decide ser escritor, y se lanza al ruedo sin tener la menor idea de que Macario ha estado sentado junto a la alcantarilla “aguardando a que salgan las ranas”. Pero escribir es algo más que juntar palabras y tejer una historieta más o menos divertida, o más o menos dramática. Escribir es arrastrar fantasmas, y esos fantasmas hay que coleccionarlos desde la infancia, desde la adolescencia, y a mucho tirar desde la más temprana juventud. Se puede ser un escritor tardío, pero lo que no se puede ser, nunca, sin correr el grave riesgo de perder el sueño –y el sueño es la dimensión real de la literatura– es un lector tardío, con lagunas y con resabios.

Cabría preguntarse qué hubiera sido de mi vida, y de la vida de tantos otros escritores, si a estas alturas, enterrados en unas tinajas en el pueblo de Alima (o en el de Palo de Venado, o en Coyula), se hubiesen encontrado los manuscritos de un escritor desconocido llamado Juan Rulfo. Qué hubiera sido de nosotros si en lugar de leerlo entonces, cuando no éramos los mismos, lo hubiéramos leído ahora, a los treinta y pico o los cuarenta y tantos años. De seguro nos habríamos perdido esa mirada insensata y luminosa, nuestra propia mirada sobre Pedro Páramo, que ahora sería tan diferente, más cínica o tal vez más sosa. Es decir, si antes de los veinte años no hemos leído esa obra maestra que es “Diles que no me maten”, pobrecitos de nosotros, porque más tarde nos matará la miseria. Podremos ser bailarines, ingenieros de vuelo o profesores de yoga, pero no escritores. Porque ese trocito de cerebro que se usa para fabular y articular historias se quedará, ya para siempre, lleno de boquetes, como si lo hubieran mordido los coyotes, o como si hubiera recibido varios tiros de gracia.

La primera lectura de Pedro Páramo, que quiérase o no, es una historia de amor, otra clase de amor, me recordó, en muchos sentidos, Cumbres borrascosas. De la novela de la Bronté se me quedó en la cabeza el aullido del viento, y se me quedó también esa espesura del cielo que es un cielo terrible, sin posibilidad de mediodías ni de pajaritos: el mismo cielo que cubría Comala. En los acantilados de la Bronté había fantasmas, una sirvienta muy parecida a la Justina de Pedro Páramo, que todo lo sabía y que todo lo vivió, y que tenía como un reproche en la mirada.

Una lectura, un libro cualquiera, no es en nuestra memoria un hecho aislado, un ser autónomo, sino también un todo, la circunstancia de los demás libros que se le hermanaron por esa misma época. Junto con Pedro Páramo y El llano en llamas, seguramente leí los Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, y ese profundo relato de hormigas legionarias, la marabunta de José Eustasio Rivera, que me heló la sangre no sé hasta qué punto, y que vinculé, de un modo totalmente arbitrario, a ese episodio en que la Susana de Pedro Páramo baja a una cueva, y es obligada por su padre a rebuscar entre la tierra, hasta encontrar una asquerosa, casi incestuosa, calavera.

Creer en Rulfo, esperarlo por las noches, era como creer en los Reyes Magos. Los aparecidos, no importa su naturaleza bonachona o cruel, siempre nos dejan un obsequio perfecto. Los Reyes nos dejaban juguetes. Los fantasmas de Rulfo, que contaban sus cuitas desde el fondo de las tumbas, nos dejaban un hambre urgente de misterio. Ahora, releo a Rulfo con la cabeza fría de las cosas aprendidas. Pero es grato volverlo a leer, porque haciéndolo evoco la impresión de aquellos años; rescato un fuego que sólo puede buscarse allí, en la primera lectura incontaminada.

El llano siempre arde para los que lo transitamos con el pavor intacto

 

Encontrado en: http://www.enel.net/rumbo/2000/326/firmas/galerias.htm