México visto por la lente de Juan Rulfo

Textos: María Paulina Ortíz. – Fotografías: Del libro 'Juan Rulfo, Fotógrafo'.

Es como si el mundo de Pedro Páramo, con todos sus fantasmas, volviera a la vida. Es como si los personajes de la novela de Juan Rulfo resucitaran por un instante, apenas un corto instante, el necesario para que la cámara fotográfica haga click. La cámara de Rulfo.

Una obra literaria de no más de cuatrocientas páginas lo hizo inmortal. Pedro Páramo y los relatos de El llano en llamas fueron suficientes para que se convirtiera en un hito de la literatura contemporánea. El mexicano Juan Rulfo nació en el estado de Jalisco en 1917 y sus años de infancia los pasó en medio de un ambiente de revueltas campesinas y protestas sociales. Una realidad que lo marcó para el resto de su vida. Antes de publicar sus primeros relatos, Rulfo recorrió su país, casi provincia por provincia, primero como inspector del servicio de inmigración y después por su labor de comerciante. Desde mediados de la década de los cuarenta hasta mediados de los cincuenta, caminó su tierra con un trabajo que cumplir. Pero también con una cámara fotográfica al hombro y con un alma llena de arte.

Nunca quiso darse a conocer como fotógrafo, por eso guardaba con recelo los negativos de las fotos que tomaba. En 1953 publicó los primeros relatos de El llano en llamas y dos años después salió a la luz su obra maestra: Pedro Páramo. Esto quiere decir que al mismo tiempo que retrataba su México particular, y archivaba en cajas los rollos revelados, escribía su particular literatura. Por eso no es difícil encontrar coincidencias entre sus imágenes y sus letras.

Seis años antes de su muerte, en 1980, Juan Rulfo terminó por aceptar (casi a regañadientes) la propuesta de realizar una exposición de sus fotografías. De más de seis mil negativos seleccionó cien para mostrar al público. Desde entonces, y como si fuera poca su gloria de escritor universal, se consolidó además como uno de los más grandes fotógrafos mexicanos. Sus fotos no cuentan, muestran. Muestran la cara del México indígena, del México campesino, el que sufre la vida diaria, dramático y alegre. La ciudad y los avances de la vida moderna no están ante su cámara. El mundo que Rulfo busca en sus fotografías es el mismo del que habla en su literatura. Tiene su misma temperatura, sus sombras, sus silencios, su tranquilidad. Tiene su magia y su melancolía.

Y aunque no quiso darles esa trascendencia, las fotografías de Juan Rulfo (siempre tomadas en estricto blanco y negro) se han paseado por el mundo. Desde el pasado mes de abril hasta la fecha, las fotos del mexicano han estado expuestas en el Palacio de la Virreina, en Barcelona, España. Un libro publicado con motivo de esta muestra reúne textos de diversas plumas, entre ellas la del también escritor mexicano Carlos Fuentes.

Algunas figuras reconocidas pasaron por su lente. Como la gran María Félix. Sin embargo, los personajes de sus fotos son generalmente seres anónimos, gente simple que posa ante su cámara con naturalidad y otras tantas personas registradas prácticamente sin que se dieran cuenta. Porque su interés no era hablar de alguien con nombre y apellido, era mostrar una realidad más amplia.

Juan Rulfo se fue de este mundo en 1986. Pero, ya qué, ya había hecho lo justo para ser inmortal. Para conocerlo basta leer sus libros, basta Pedro Páramo, o también basta ver sus fotos. Son dos artes distintos y un solo artista verdadero.

El Espectador, Miércoles 10 de octubre de 2001   

Encontrado en: http://www.elespectador.com/2001/20011010/la_revista/nota4.htm