Para
defenderse de los escorpiones
Fernando Sorrentino
La gente se
muestra sorprendida, temerosa y hasta indignada ante la
considerable proliferación de escorpiones que se ha
cernido sobre Buenos Aires, ciudad que hasta fecha
bastante reciente desconocía tal género de arácnidos.
Personas
sin imaginación recurren a un método demasiado
tradicional para defenderse de los escorpiones: el empleo
de venenos. Personas menos rutinarias llenan sus casas de
culebras, ranas, sapos y lagartijas, con la esperanza de
que devoren a los escorpiones. Unas y otras fracasan
lamentablemente: los escorpiones se rehúsan con firmeza a
ingerir venenos, y los reptiles y batracios, a ingerir
escorpiones. Unas y otras, en su ineptitud y precipitación,
sólo logran una cosa: exacerbar —más aún, si cabe—
el odio que hacia la humanidad entera profesan los
escorpiones.
Yo tengo otro método. He
procurado, infructuosamente, difundirlo: como todo
precursor, soy un incomprendido. Lo creo, sin vanidad, no
sólo el mejor: también el único método posible para
defenderse de los escorpiones.
Su
principio básico consiste en rehuir la batalla frontal,
en sostener breves escaramuzas azarosas, en no
demostrarles a los escorpiones que estamos enemistados con
ellos. (Ya sé que hay que andar con sumo cuidado, ya sé
que el aguijonazo de un escorpión resulta fatal. Es
cierto que, si yo me embutiera en una escafandra de buzo,
estaría por completo a salvo de los escorpiones; no lo es
menos que, en ese caso, los escorpiones sabrían, ahora
con total certeza, que les temo. Porque yo les tengo muchísimo
miedo a los escorpiones. Pero no hay que perder la sangre
fría.)
Una
elemental medida —eficaz y libre de tremendismo y de
nefasta espectacularidad— consta de dos sencillos pasos.
El primero es ceñirme las bocamangas con unos elásticos
bien tensos: para que los escorpiones no puedan trepar por
mis piernas. El segundo, fingir que soy en extremo
friolento y calzar todo el tiempo un par de guantes de
cuero: para que no me envenenen las manos. (Más de un espíritu
destructivo ha señalado exclusivamente las desventajas
que, en el verano, acarrea este método, sin tener en
cuenta sus innegables méritos generales.) En cuanto a la
cabeza, conviene que quede descubierta: es la mejor manera
de presentar a los escorpiones una imagen valiente y
optimista de nosotros mismos, y además los escorpiones no
acostumbran, normalmente, arrojarse desde el cielo raso
sobre el rostro humano, aunque a veces sí lo hacen. (Así,
al menos, le ocurrió a mi difunta vecina, madre de cuatro
encantadores chiquillos, ahora huérfanos. Para peor de
males, estos hechos fortuitos engendran teorías erróneas,
que sólo sirven para hacer más ardua y dificultosa la
lucha contra los escorpiones. En efecto, el viudo, sin
base científica adecuada, afirma que los seis escorpiones
se sintieron atraídos por el color intensamente azul de
los ojos de la occisa y aduce, como débil prueba de
aserción tan temeraria, el hecho, del todo casual, de que
los aguijonazos se repartieron, tres a tres, en cada una
de las azules pupilas. Yo sostengo que ésta es una mera
superstición, forjada por el medroso cerebro de este
individuo pusilánime.)
Al
igual que en la defensa, también en el ataque hay que
jugar a ignorar la existencia de los escorpiones. Como
quien no quiere la cosa, yo —así como me ven— logro
matar diariamente entre ochenta y cien escorpiones.
Procedo
de la siguiente manera, que, en bien de la supervivencia
del género humano, espero sea imitada y, de ser posible,
perfeccionada.
Con
aire distraído, me siento en un banco de la cocina y me
pongo a leer el diario. Cada tanto miro el reloj y
mascullo, en voz lo suficientemente alta para ser oída
por los escorpiones: «¡Caramba! ¡Este Pérez del diablo
que no llama!» La informalidad de Pérez me irrita, y
aprovecho para dar unas patadas de rabia en el suelo: así
masacro no menos de diez escorpiones, de los incontables
que cubren el piso. A intervalos irregulares repito mi
expresión de impaciencia y, de este modo, voy matando una
buena cantidad. No por ello descuido los también
innumerables escorpiones que cubren por completo el cielo
raso y las paredes (que son cinco temblorosos,
palpitantes, movedizos mares de alquitrán): de vez en
cuando, finjo un ataque de histeria y arrojo algún objeto
contundente contra la pared, siempre maldiciendo a aquel Pérez
del diablo que se demora en llamar. Lástima que he roto
ya varios juegos de tazas y platos, y que vivo entre
sartenes y cacerolas abolladas: pero es alto el precio que
se debe pagar para defenderse de los escorpiones. Por fin,
inevitablemente alguien llama por teléfono. «¡Es Pérez!»,
grito, y corro con precipitación hacia el aparato. Desde
luego, es tanta mi prisa, es tanta mi ansiedad, que no
advierto los millares y millares de escorpiones que
alfombran blandamente el piso y que revientan bajo mis
pies con un gelatinoso y áspero ruido de huevo cascado. A
veces —pero sólo a veces: no conviene abusar de este
recurso—, tropiezo y caigo largo a largo, con lo que
aumento sensiblemente el área de mi impacto y, en
consecuencia, el número de escorpiones muertos. Cuando
vuelvo a ponerme de pie, me encuentro con toda la ropa
condecorada con los pegajosos cadáveres de muchos
escorpiones: despegarlos uno por uno es tarea delicada,
pero que me hace saborear mi triunfo.
Ahora
quiero permitirme una breve digresión para relatar una anécdota,
de por sí ilustrativa, que me ocurrió hace unos días y
en la cual, sin proponérmelo, cumplí un papel que me
atrevo a calificar de heroico.
Era
la hora de almorzar. Encontré, como siempre, la mesa
cubierta de escorpiones; la vajilla, cubierta de
escorpiones; la cocina, cubierta de escorpiones... Con
paciencia, con resignación, con mirada ausente, fui haciéndolos
caer al suelo. Como la lucha contra los escorpiones insume
la mayor parte de mi tiempo, decidí prepararme una comida
instantánea: cuatro huevos fritos. Estaba, pues, comiéndolos,
mientras apartaba cada tanto a algún escorpión más
osado que había subido a la mesa o que me caminaba por
las rodillas, cuando, desde el cielo raso, un escorpión
especialmente vigoroso o robusto cayó —o se arrojó—
en mi plato.
Petrificado,
solté los cubiertos. ¿Cómo debía interpretarse esa
actitud? ¿Era una casualidad? ¿Una agresión personal?
¿Una prueba de fuego? Quedé perplejo unos instantes...
¿Qué pretendían de mí los escorpiones? Estoy muy
avezado a la lucha contra ellos: en seguida lo intuí.
Querían obligarme a modificar mi método de defensa,
hacerme pasar decididamente al ataque. Pero yo estaba muy
seguro de la eficacia de mi estrategia: no lograrían engañarme.
Vi,
con cólera reprimida, cómo las patas gruesas y peludas
del escorpión chapoteaban en el huevo, vi cómo su cuerpo
se iba impregnando de amarillo, vi cómo la cola ponzoñosa
se agitaba en el aire, al modo de un náufrago que pidiera
auxilio... Objetivamente considerada, la agonía del
escorpión constituía un bello espectáculo. Pero a mí
me dio un poco de asco. Casi claudiqué: pensé en arrojar
el contenido del plato al incinerador. Tengo fuerza de
voluntad y supe contenerme a tiempo: si hubiera hecho tal
cosa, habría ganado el aborrecimiento y la reprobación
de los millares y millares de escorpiones que, con
renovada suspicacia, me contemplaban desde el cielo raso,
las paredes, el piso, la cocina, las lámparas... Ahora
tendrían un pretexto para considerarse agredidos y,
entonces, quién sabe qué podría ocurrir.
Me
armé de valor, fingí no advertir el escorpión que aún
se debatía en mi plato, lo comí distraídamente junto
con el huevo y hasta pasé la corteza de un pan para no
dejar ni una pizca de huevo y escorpión. No resultó tan
repugnante como temía. Un poquito ácido tal vez, pero
esta sensación puede deberse a que aún yo no tenía el
paladar acostumbrado a la ingestión de escorpiones. Con
el último bocado, sonreí, satisfecho. Después pensé
que la quitina del escorpión, más dura de lo que yo
hubiera deseado, podría caerme indigesta, y con
delicadeza, para no ofender al resto de los escorpiones,
bebí un vaso de sal de frutas.
Hay
otras variantes dentro de este método, pero, eso sí, es
necesario recordar que lo esencial es proceder como si se
ignorara la presencia —más aún, la existencia— de
los escorpiones. Con todo, ahora me asaltan algunas dudas.
Me parece que los escorpiones han empezado a darse cuenta
de que mis ataques no son involuntarios. Ayer, cuando dejé
caer una olla de agua hirviente en el piso, advertí que,
desde la puerta de la heladera, unos trescientos o
cuatrocientos escorpiones me observaban con rencor, con
desconfianza, con reproche.
Quizá,
también mi método está destinado al fracaso. Pero, por
ahora, no se me ocurre otro mejor para defenderme de los
escorpiones.
Encontrado en: http://www.badosa.com/main.pl?l=en&m=050100&a=sorrentino