Años perdidos

Por Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION


HIGHLAND PARK, N. Jersey

LA noche del 6 de noviembre, siete u ocho de los más prestigiosos empresarios e intelectuales de México y España fueron invitados por el presidente Fernando de la Rúa a una comida informal en Olivos. Casi todos ellos estaban impresionados por la creciente pobreza que habían visto en las calles de Buenos Aires -"una ciudad espléndida, de todos modos", decían- y por el laberinto sin salida al que la Argentina parecía condenada. The New York Times acababa de publicar un artículo de su corresponsal en el que vaticinaba, con inocultable pesimismo, que la cesación de pagos de la Argentina podía ser una de las peores catástrofes vividas por un país después de la Segunda Guerra Mundial y que, sin embargo, esa catástrofe tendría un efecto nulo sobre el ánimo del mundo. Lo que le sucediera a la Argentina, según The New York Times , ya sólo les importaba a los argentinos.

Al regresar de la comida del 6 de noviembre, algunos de los comensales ponderaron la serenidad y el buen ánimo del Presidente. "Cualquiera en su lugar estaría aterrado, pero él no duda ni por un instante de que todo saldrá bien. Confía en que los capitales fugitivos regresarán. Cree que el programa para reestructurar la deuda permitirá alcanzar el déficit cero y, en el largo plazo, iniciar un proceso de crecimiento." Los argentinos que oyeron esas impresiones les preguntaron si De la Rúa había esbozado un plan para despegar al país de su larguísimo marasmo, mitigar la pobreza y revertir el índice de desocupación, cuyas cifras reales eran ya del veinte por ciento. "Si tiene que pensar en pagar la deuda de mañana no puede también imaginar de dónde va a sacar el pan de pasado mañana", respondieron. "Es un buen hombre, de serenidad asombrosa."

En las dos semanas que siguieron, el Presidente viajó a los Estados Unidos, Alemania y Portugal, donde expresó su satisfacción por el respaldo que le dieron los mismos acreedores que habían imaginado y dictado casi todos los pasos estratégicos de la desfalleciente economía nacional: el Fondo Monetario, el secretario del Tesoro norteamericano, el jefe de la Reserva Federal. En una misa solemne, consagró la Argentina a la devoción de la Virgen, algo que ya Juan Carlos Onganía había hecho en Luján más de tres décadas antes. Después, en Lisboa, afirmó que la recesión se explicaba por "el espíritu de ahorro" de sus compatriotas, una virtud de la que el país no tenía noticias y que el Presidente matizó con aclaraciones confusas al regresar a Buenos Aires, el domingo 18. Un informe entregado por el Indec dos días antes tornaba patética -o cruel- la palabra "ahorro", al señalar que más de la mitad de los que tienen trabajo ganan menos de 400 pesos mensuales, y que la brecha entre ricos y pobres es ahora dos veces mayor que en 1991, cuando empezó la convertibilidad.

Los empresarios e intelectuales que comieron en Olivos el martes 6 de noviembre viven en otras latitudes y tienen un deseo fervoroso de que al país le vaya bien. Comparten ambos atributos con el Presidente, quien también parece vivir en otra parte y tiene una voluntad de éxito tan extrema que a veces no entiende por qué lo desmiente la realidad.

El ritmo de Penélope

¿De la Rúa es en verdad sereno? Más de una vez se ha dicho que su extrema calma es más bien abulia. Eso no es verosímil: nadie podría haber llegado tan lejos en una carrera política sin una ambición activa, algo que está en las antípodas de la indiferencia. Se ha señalado también que no hay serenidad en un gobernante cuyas decisiones se mueven en zigzag, o al ritmo de Penélope, deshaciendo por las noches las telas que teje durante el día. Eso sólo se explicaría si fuera verdad que De la Rúa presta demasiada atención a los consejos de su entorno doméstico -poco experimentados, rara vez perspicaces-, y debe desandarlos luego cuando los fragores de la realidad le advierten que son impracticables. También se ha dicho que el Presidente se equivoca por ceguera, por cinismo o por soberbia, pero ni siquiera esos tres atributos reunidos justifican que los errores hayan sido tantos y los aciertos tan escasos. La Argentina lleva por lo menos tres años hundiéndose en un pozo sin respiraderos, y durante los últimos dos ninguna de las promesas que sedujeron a los votantes se ha cumplido: la desocupación crece, el país está huérfano de proyectos -y, por lo tanto, no puede saber cuál es su porvenir-, la deuda está devorando todo asomo de crecimiento, la corrupción sigue estancada en el mismo punto donde la dejó el gobierno anterior, y la evidente, caudalosa miseria, lastima los sentimientos más sordos. Se eligió un programa de crecimiento y de progreso, y se descubre que el Gobierno es cada día más opaco y conservador.

Un artículo publicado por LA NACION el domingo 18 comparaba al presidente De la Rúa con Luis XVI. Definía al rey abatido por la Revolución Francesa como un hombre bondadoso e irresoluto, pero omitía los atributos negativos que subrayaron tanto Michelet como Simon Schama y el admirable Stefan Zweig: Luis XVI quería entender los hechos de su tiempo leyendo las historias del pasado, sin advertir que la circunstancia histórica que le tocó vivir no se parecía a ninguna otra; era también una víctima de la lejanía entre el palacio que habitaba, en Versalles, y la extrema penuria que sufría su pueblo, agobiado por incesantes impuestos; y, a la vez, estaba tan sometido a la voluntad de su mujer, María Antonieta, que no podía negarse a nada que ella le pidiera. También era sordo a la realidad, es cierto. Su diario de 1789 -el año en el que comienza la caída- describe con extremo detalle cazas de ciervo y piezas de relojería. Es mucho más parco cuando debe aludir a las desgracias políticas. El 11 de julio escribe: "Hoy no pasa nada. Sólo la partida del señor Necker". El ginebrino Jacques Necker era su ministro de Finanzas, de quien dependía la estabilidad económica del reino. Y la noche del 14 de julio, después de la toma de la Bastilla, escribe otra vez: "Nada".

Grandeza y desdicha

¿Bondad, irresolución o más bien ciega confianza de que el poder que le ha caído en las manos resolverá las cosas por sí solo, que para gobernar sólo es preciso tener el poder en vez de merecerlo?

No es razonable decir que el destino es injusto con las naciones, porque toda nación crea su destino, lo define en su Constitución y sus leyes y lo corrige a través de los instrumentos de la democracia. Pero en la Argentina las cosas no parecen haber sucedido así. Desde hace más de setenta años, el país ha sufrido casi invariablemente la desdicha de que sus gobernantes sean inferiores al promedio de los habitantes: de legitimidad dudosa algunos de los mejores, como Ortiz, Frondizi e Illia; o autoritarios, o temerosos, o corruptos, o dictatoriales. La grandeza que a todos les parecía inevitable entre 1910 y 1920 -aun a los más escépticos como Ortega y Gasset-, se ha desbarrancado hasta llegar a las desdichas de 2001.

El 8 de noviembre, otra vez en Olivos, De la Rúa oyó una lección ejemplar sobre cómo sacar al país del atasco y ofrecer un porvenir digno de todos los sacrificios. El presidente partía esa noche hacia Nueva York, donde debía pronunciar un discurso ante la Asamblea de las Naciones Unidas y lo esperaban reuniones importantes con George W. Bush y el secretario del Tesoro norteamericano, a los que pediría apoyo para las nuevas medidas económicas.

Antes del viaje, ofreció una comida a los miembros del Foro Iberoamérica, que se reunía por primera vez en Buenos Aires. Uno de los oradores de fondo era el ex jefe del gobierno español, Felipe González, que es un experto en desasosiegos políticos y calamidades presupuestarias. "No vaya a los Estados Unidos a pedir, señor presidente", dijo González. "Vaya a exigir. La Argentina tiene ahora algo de lo que carece su poderoso vecino del Norte. Tiene un territorio seguro, tiene paz, tiene reservas energéticas. Estados Unidos necesita a la Argentina mucho más que ustedes a ellos." De la Rúa meneó la cabeza, dubitativo, aludió a compromisos difíciles de manejar y se marchó, rumbo a lo de siempre.

Tuvimos un destino de grandeza que los fundadores de este país entendieron y ejecutaron con fe de iluminados. Por eso la Argentina llegó a ser, en 1928, la sexta o séptima potencia del mundo. No hacen falta hombres providenciales para recuperar todos estos años perdidos, sino -apenas- hombres de imaginación, que sepan poner los intereses del país por encima de sus propios, fugaces intereses.

http://www.lanacion.com.ar/01/11/24/do_353780.asp

LA NACION | 24/11/2001 | Página 19 | Opinión