Aves sin nido
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- TODOS los días, miles de seres humanos dejan el infierno en el cual creen estar viviendo para ir en busca de un paraíso en el que todas las felicidades son posibles. Y con frecuencia, lo que encuentran, si llegan, es otro infierno peor. Les sucedió a los sesenta inmigrantes chinos que pagaron los ahorros de toda su vida para someterse a una odisea de cuatro meses, que empezó en la provincia de Fujián y terminó el 18 de junio en la bodega sellada de un barco holandés. Frente a los acantilados de Dover, todos menos dos murieron de asfixia, en el día más cálido del verano inglés.
Algo parecido, pero más afortunado, le pasó al joven iraquí Tara Muhammad. Caminó descalzo desde su casa en Kirkuk hasta la frontera con Turquía, escondiéndose de día en alcantarillas y graneros y avanzando de noche. Al cabo de una semana, con los pies en carne viva, llegó a Estambul, donde encontró un camionero al que le pagó los 4000 dólares que llevaba cosidos en la camisa para que lo dejara "en cualquier lugar de Europa". Escondido en la caja cerrada del camión, entre verduras que iban madurándose con el calor, llegó deshidratado a Dover el mismo día en que se descubrió el suplicio de los sesenta chinos, con tanta buena suerte que los conmovidos oficiales de inmigración le permitieron quedarse en el paraíso de Londres por tres meses.
El mundo siempre ha sido injusto, pero tal vez nunca tan injusto como ahora. De los 6000 millones de habitantes que hay en el planeta, el quinto más rico se queda con el 86 por ciento de todos los bienes que se producen, mientras que el quinto más pobre recibe sólo el uno por ciento. Las diferencias extremas han creado también las más extremas fantasías. Para los más pobres, la felicidad estará siempre en otra parte, "no importa dónde, no importa dónde, mientras sea fuera de este mundo", como escribió Baudelaire en Le spleen de Paris .
A fines del siglo XIX eran familias enteras las que emigraban desde Europa, que era entonces un continente sin esperanzas, hacia la Argentina, Brasil y los Estados Unidos: italianos, alemanes, irlandeses, españoles, portugueses. La marea se mueve ahora en todas direcciones, sobre todo desde los países periféricos hacia los industriales, a razón de un solo miembro de la familia cada vez, porque el dinero no alcanza para todos.
Campos fértiles
Pero la felicidad, y hasta la pobreza, son valores relativos. Lo que es intolerable para algunos puede ser envidiable para otros. En Mar del Plata, donde la desocupación ha llegado al 19 por ciento, un décimo de la población ha emigrado en los últimos dos años, y hay miles de jóvenes esperando el pasaporte español o italiano para marcharse a la patria de sus abuelos con alguna utopía de trabajo. Sin embargo, para el agricultor boliviano Fidencio Choque, que llegó de Tarija a Escobar hace dos décadas, no hay mejor lugar en el mundo que los campos fértiles de las afueras de Mar del Plata. La educación gratuita que siempre quiso para sus hijos y nietos es todavía la mejor de América -en lo que tiene toda la razón- y el pan, aunque sea escaso, nunca falta en la mesa.
Nunca le fueron fáciles las cosas a Fidencio Choque. Tenía treinta y un años y un corazón tatuado en el pecho cuando se estableció en Escobar como peón en una de las quintas de verduras. Tras muchos años de trabajo duro consiguió alquilar tres hectáreas por 300 pesos mensuales, en las que cosecha las verduras que vende en los mercados, y compartir con las doce personas de su familia una casita sin vidrios ni baños ni luz eléctrica.
Esas nadas fueron suficientes, sin embargo, para estimular la codicia de otros. En la madrugada del 23 de junio, diez hombres armados y encapuchados irrumpieron en la casa, golpearon a Fidencio durante dos horas y le destruyeron el tatuaje de corazón con una plancha candente. Enterados de que los Choque no depositan en los bancos lo que ganan, porque es tan poco que no vale la pena, los ladrones (hay quienes dicen que son policías) decidieron quitarles lo que hubiera en la casa. Se llevaron 3000 dólares, que eran los ahorros de toda la vida. Lastimado, con heridas internas, muerto de miedo, ahora Fidencio quiere sólo dejar atrás la pesadilla y marchar hacia las fértiles praderas de Mar del Plata, de las que tantos jóvenes están huyendo.
Las fronteras son porosas en todas partes y los seres humanos se infiltran en ellas como pueden, a través de canales de aguas negras como los que hay en El Bordo -una de las salidas de Tijuana, en México-, de tuberías en desuso, de botes sin motor como los que salen de la Isla de la Tortuga, en Haití, y atraviesan el Caribe en los meses de tempestad, o escondidos en trenes de carga y mortales bodegas selladas como la de los chinos que perecieron en Dover.
El largo camino
A los Choque no les costó casi nada entrar en la Argentina. Los chinos que quieren ir a Europa son, en cambio, infinitamente menos afortunados. El viaje promedio de un chino ilegal a cualquier punto de la Comunidad Europea, con pasaporte falso incluido, cuesta unos 25.000 dólares. Esa suma no evita esperas de dos a tres meses en un hotelucho de Bélgica o de Moscú, alimentándose sólo de pan y agua, y es apenas la mitad de lo que los mercaderes cobran por el viaje a los Estados Unidos. Eso explica que las familias no ahorren más que para enviar a sólo uno de los varones jóvenes de la comunidad, con la esperanza de que afuera gane el dinero suficiente para la emigración de otro. Los chinos calculan que si el joven trabaja un promedio de quince a dieciséis horas, seis días a la semana, puede recibir por mes lo mismo que ganaría en China a lo largo de un año, y con el mismo esfuerzo.
Todos pagan. A un centroamericano le cuesta 2000 dólares pasar de Tijuana a Los Angeles, 20 por ciento más de lo que le cuesta a un mexicano, y más del 90 por ciento sufre, antes del cruce, toda clase de vejámenes. El tráfico de seres humanos se ha convertido ya en uno de los negocios más lucrativos del mundo. Sólo en las travesías a los países de la Comunidad Europea se mueven más de 3000 millones de dólares al año y, si las cosas siguen así, pronto será más caudaloso todavía que el tráfico de drogas.
Los países ricos son a menudo intolerantes con los extranjeros que llegan a ganarse el pan, sin advertir que ya la mera decisión de aventurarse en una tierra desconocida sin conocer las costumbres y a veces hasta sin hablar la lengua está indicando una audacia y una voluntad de sobrevivir dignas de admiración y respeto. Los éxodos son casi siempre hijos de la desesperación, pero a menudo tienen que ver también con la ambición, con la solidaridad familiar, con el sueño de ser alguien en la vida.
Abrir las fronteras a todos los seres de buena voluntad era una utopía legítima en el siglo XIX, pero ya no lo es en estos tiempos de desigualdad suprema. Sin embargo, una política migratoria humanitaria y sensata no puede ya demorar más tiempo, porque lo que ahora es una marea dentro de diez años puede ser una inundación. Cuando el iraquí Tara Muhammad llegó a Dover, dijo, con toda candidez, que su única aspiración era "vivir como los ingleses". No hay que pensar dos veces para darse cuenta de que el derecho a vivir "como los demás" es uno de los más legítimos de la especie humana. Pero, al mismo tiempo, tal vez sea el más inalcanzable. © La Nación
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LA NACION | 08/07/2000 | Página | Opinión