¿Conoce usted Marulandia?
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- No hay país más difícil de entender que Colombia. Desde comienzos de siglo, la obsesión nacional es vivir en paz. Tal vez por eso, casi no hubo un solo día sin guerras desesperadas, empezando por la que duró mil días y cobró 100.000 muertos entre 1899 y 1903. Luego vinieron las peleas de liberales y conservadores, que duraron hasta 1962 y en las que perecieron 200.000 inocentes. Esta última década, sin embargo, es la peor, porque se ha desatado una guerra de todos contra todos: parapoliciales, narcotraficantes, guerrilleros y tropas del ejército regular. Al compás de esas rencillas fatales, más de un millón de colombianos viven ahora en éxodo perpetuo, huyendo de un bando o de otro con su cortejo de mutilados, huérfanos y viudas.
Si no se toma en cuenta ese pasado atroz, es difícil explicar por qué el presidente Andrés Pastrana decidió ceder 40.000 kilómetros cuadrados del territorio nacional a los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas, las FARC, y por qué una inmensa mayoría de los colombianos está de acuerdo con esa mutilación geográfica, incluyendo a los generales y a los políticos más sensatos. Lo que parece una rendición incondicional del Estado ante los guerrilleros es tal vez un acto de fuerza: la paz es un horizonte derecho al que se llega por senderos torcidos.
Por selvas y montes
Los últimos días de mayo estuve en Washington con algunos funcionarios colombianos de alto rango -dos de los cuales, por lo menos, son colaboradores próximos al presidente Pastrana-, tratando de descifrar estas paradojas que, vistas desde fuera, no parecen tener pies ni cabeza.
Mientras hablaba con uno de ellos, al caer la tarde del domingo 30, nos avisaron que un comando del Ejército de Liberación Nacional, la segunda guerrilla del país, había secuestrado a un centenar de personas en una de las iglesias más custodiadas de Cali, y que al menos cuatro de los cincuenta rehenes habían muerto durante una escaramuza entre guerrilleros y tropas del Ejército, mientras huían hacia los montes.
Mi interlocutor tiene muchos años de entrenamiento en el arte de ocultar lo que piensa, pero en aquel momento lo vi palidecer de contrariedad. Es que las desgracias de Colombia parecen cuentos de nunca acabar: mientras el fuego se apaga por un lado, después de mucho trabajo, un volcán revienta por otro.
Cualquier estratega convencional diría que las guerrillas se acabarían con un esfuerzo de exterminio masivo, pero eso no es tan fácil. La geografía del sur de Colombia, en la que hay un laberinto de selvas húmedas y de montes inabordables, permitiría a las bandas sobrevivientes refugiarse durante años, armar pequeños focos de resistencia y volver a empezar. Las FARC nacieron así, por el descontento de doce o quince familias que no estuvieron de acuerdo, en 1980, con un reparto oficial de tierras. Además, un esfuerzo de guerra como ése costaría por lo menos 200.000 vidas de campesinos inocentes, más de 5000 millones de dólares a una economía ya desangrada y, lo que es peor de todo, la destrucción de la democracia.
Zona de despeje
A los colombianos no se les olvida lo que pasó en la Argentina a partir de octubre de 1975, cuando el gobierno civil ordenó a los militares que "aniquilaran la acción de los grupos subversivos", lo que derivó en una interpretación demasiado literal del verbo aniquilar , extendió el terror a otros grupos de la población y terminó en una dictadura peor que la enfermedad. "El presidente Pastrana quiere la paz y ha recibido un mandato contundente para alcanzarla -me dijeron en Washington-, pero jamás pagaría ese precio."
Lo que en Colombia se llama "zona de despeje" o "zona de distensión" es un rectángulo irregular de tierras selváticas, al pie de la Cordillera Central, con una superficie equivalente a las de Tucumán y Tierra del Fuego sumadas.
La mayor ciudad de la zona es San Vicente del Caguán, que tiene un aeropuerto y entre 12 y 15 mil habitantes: allí se reunieron por primera vez, en junio del 98, el presidente electo Andrés Pastrana y el jefe de las FARC, Manuel Marulanda, que prefiere llamarse a sí mismo Tirofijo, tiene setenta y dos años y no conoce otra vida que la de los nómadas.
Tal vez ya entonces acordaron que las únicas fuerzas militares que custodiaban la región -un batallón de cazadores de 600 a 800 efectivos- se retirarían del área y la dejarían bajo el control guerrillero. Es lo que ha sucedido. Lo que nadie sabe por ahora es si la mutilación del país será perpetua (como lo fue la pérdida de Panamá, en 1903) o si es un globo de ensayo para que las FARC conozcan las felicidades de la paz y se domestiquen.
Apocalipsis sin Cristo
Según mis informantes en Washington, Tirofijo y sus huestes están aprendiendo rápidamente la lección. Durante toda la vida se abastecieron de los diezmos que les pagaban los traficantes de coca, a cambio de protección para los cultivos y los embarques, moviéndose de un lado a otro hacia refugios o carpas improvisadas, alimentándose una vez al día del ganado que robaban y sufriendo de tifus, fiebres palúdicas e incontables epidemias tropicales. El acuerdo con el gobierno les permite, en cambio, tener hogares estables, aprovisionarse en los mercados y acudir a los hospitales. La vida nómada instaló en ellos una desconfianza hacia el poder político que parecía insalvable. "Ahora empiezan a creer en el gobierno -me dijeron-. Si la paz dura, volverán a ser lo que siempre querrían haber sido: campesinos de buen pasar, que pueden mandar sus hijos a la escuela."
En las tierras que los periodistas han empezado a llamar Farclandia y que en Washington fueron bautizadas como Marulandia -una ligera variante en el apellido del jefe guerrillero-, no todos aceptan las órdenes de Tirofijo. Hay en las FARC una línea combativa, que acepta la paz a regañadientes y cuyo jefe, llamado El Mono Jojoy, ha impuesto una disciplina de terror en sus escuadras. Eso induce a temer que la situación quede fuera de control y que la frágil calma de la "zona de despeje" se la lleven los vientos del infierno.
Por ahora, la población de Marulandia es de unas 90.000 personas. Los cinco municipios de la región siguen gobernados por los alcaldes elegidos en democracia (aunque ninguno de ellos ha osado cuestionar la autoridad de los guerrilleros) y en los últimos meses los índices de criminalidad han bajado notablemente. De las 100.000 hectáreas de coca que se cultivan en Colombia, un cuarto está en Marulandia. Mis fuentes en Washington aseguraron que esa proporción se ha reducido ahora a la mitad y que, antes de la retirada del Ejército, se destruyeron los últimos laboratorios productores de cocaína.
Tanto en Washington como en Bogotá todos hablan de fe. La única que no tiene fe es la Iglesia Católica. El obispo de la región ha dicho que las FARC están obligando a los habitantes a un entrenamiento militar e ideológico forzoso a partir de los trece años y que, si alguien quiere marcharse a otra parte, los guerrilleros le quitan todo lo que tiene. "Esto es como el apocalipsis -ha dicho el obispo-, pero un apocalipsis sin Cristo."
Pocas tragedias de este fin de siglo dan tanto vértigo como la de Colombia, porque las apuestas son ahora a todo o nada. El presidente Pastrana está jugándose el puesto y su lugar en la historia. Pero la nación arriesga el futuro, que es también el lugar de la vida.
http://www.lanacion.com.ar/99/06/05/o04.htm
LA NACION | 05/06/1999 | Página | Opinión