El agua de la desgracia
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK.- Al principio es el asombro. El viajero ha leído en algunos de los diarios más responsables de Occidente que la Argentina se precipita en el abismo y, sin embargo, por atentos que sean sus reflejos, nada ve en la superficie que sea diferente de lo que ya vio hace tres o cuatro meses. Pero, cuando se adentra en esa rutina que no parece haberse movido de quicio, cuando oye las voces de la gente, entiende la razón de tanta calma: el país ha llegado al ojo de la tempestad, al centro de la desesperanza, al punto donde lo ha intentado todo y ya no sabe hacia dónde desplazarse.
"Quieta es el agua de la desgracia", dice la primera línea de un memorable poema de Guillermo Saavedra que leí en el avión, mientras regresaba a los Estados Unidos. Esas siete palabras me parecen el mejor retrato de esta Argentina de luces apagadas. Quieta es el agua de la desgracia.
Llegué a Buenos Aires a fines de julio para escribir la historia de algunos lugares emblemáticos de la ciudad. Junto a Gabriela Esquivada, que me guió en la búsqueda, fui un sábado al Sunderland Club, de Villa Urquiza, donde las parejas del barrio, vestidas y peinadas con un esmero de otro tiempo, arriesgaban pasos de tango que tal vez no se vean en ninguna parte, tan imaginativos y perfectos que parecían obras del sueño. En nadie vi señales de desdichas. Si las tenían, aquella noche las habían olvidado.
Unas doce cuadras al oeste, en la calle Miller, vive la viuda de un cantor cuyo nombre no estoy autorizado a repetir. En un pasado que ya se le ha vuelto mítico, la viuda recibía en su casa a poetas y músicos y, al caer la noche, todos cenaban con una abundancia que parecía interminable. En pocos meses, sin embargo, el presente se ha ido evaporando de la casa con tanta fuerza, que la viuda, su único hijo y la nuera no saben ya cómo alcanzar el porvenir. Ni siquiera saben si hay alguna luz al otro lado, en las orillas del día siguiente.
Hasta mediados de febrero, el hijo del cantor trabajaba de doce a catorce horas en un remise que le dejaba una ganancia neta de 1200 ó 1300 pesos por mes. Un aumento en el precio de la patente y la súbita exigencia de liquidar una vieja deuda de familia lo obligaron a vender el auto por la mitad de lo que valía. Desde entonces pasa horas y horas fuera de la casa, en busca de un trabajo cada vez más improbable y distante. La nuera saltó de una empresa a otra en los últimos dos años, siempre con infortunio. Fue recepcionista, promotora de negocios diversos, telefonista que atendía reclamos o promovía las ventajas de una de las dos empresas que controlan los servicios eléctricos de Buenos Aires. En los mejores meses, trabajaba dieciocho horas por día y recibía un salario de 300 pesos. La llamaban a las 3 de la mañana, y hasta la noche siguiente se echaba sobre la conciencia las quejas, las angustias y el malhumor de los usuarios. Ella trabajaba en un turno, y el marido, el hijo del cantor, en otro, siempre sometidos a un contrato de tres meses. Al cumplirse el plazo, volvían a la nada.
Ahora, para sobrevivir, la viuda del cantor y la nuera amasan ravioles y tallarines que venden a los vecinos del barrio. Han perdido memoria de la última vez que fueron al cine o subieron a un taxi. "Son lujos asiáticos -dice la viuda-, lujos que tal vez se conozcan en la luna pero no acá. Acá ya todos hemos bajado los brazos."
No todos, sin embargo, no todos. Una mañana de lunes, al frente de una manifestación de piqueteros cuya vanguardia eran siete maestros del tambor, vi avanzar por la calle Corrientes, cerca del Obelisco de la Plaza de la República, a una viejita encorvada y temblorosa, que sostenía en alto una bandera dos veces más pesada que ella y cantaba. Consignas, candombes de protesta, y la bandera en alto. Debía de tener más de ochenta años y cantaba.
Con la patria puesta
Debajo, en los pasillos subterráneos que se abren bajo la avenida 9 de Julio, decenas de adolescentes dormían, desparramados en las orillas más disimuladas de la penumbra. En todas las grandes ciudades del mundo hay gente que duerme en la calle, y la última encuesta que se publicó en Nueva York, el 31 de julio, afirma que nunca se verá allí tanta gente desamparada como en el invierno de 2001-2002. La globalización está cobrando vorazmente sus presas.
Lo que más atormenta a la gente en la Argentina es que nadie sabe qué hay más allá del feroz ajuste de fines de julio, para qué sirve la inmensidad del sacrificio. Ya ni siquiera la desvelan las injusticias flagrantes de esta historia: las jubilaciones de privilegio, que benefician con sumas casi todas de más de 3000 pesos a funcionarios que a veces trabajaron menos de treinta días, según reza un informe oficial de la Procuración del Tesoro, o el inmenso desequilibrio que hay entre los gravámenes a los sectores productivos y los gravámenes a los sectores financieros, o la indiferencia de una parte de la clase política que, como me dijo uno de los más inteligentes empresarios argentinos, es, en definitiva, la representación o el reflejo de una sociedad también desesperada por salvarse como pueda. Lo que desvela a los argentinos es la sensación de inmovilidad, la sospecha de que mañana será igual o peor que ayer: la falta de un proyecto de crecimiento capaz de poner de pie a la sociedad entera.
La misma expresión "déficit cero" parece un horizonte vacío. ¿Qué hay después del cero? ¿Otro déficit? ¿Más préstamos y, en consecuencia, otros pagos de otros intereses, una infinita cadena de ajustes kafkianos? Si la sociedad está inmóvil, en el ojo de la tempestad, es también porque no sabe hacia dónde ir. Nadie se lo dice, o lo dice de una manera que la sociedad no entiende.
En estos desconcertados días de Buenos Aires oí hablar de conspiraciones malévolas, tejidas por las grandes corporaciones internacionales para apoderarse de la Argentina o para "acostarla", como quien dice, para aplastar todo lo que le queda de identidad y de orgullo. No hay tal conspiración o, si la hay, se trata de una conspiración perpetua, cuya víctima sería no solo la Argentina sino cualquier otro país o región del mundo que ofrezca su cuello indefenso a la voracidad de unos dientes que jamás se sacian. Los grandes capitales internacionales carecen de ideología y de compasiones, como bien reza el lugar común. Y, hasta ahora, los argentinos se han defendido de esa amenaza mejor de lo que parece.
Se han defendido mejor, pero el país está peor de lo que se cree, todavía haciendo equilibrios sobre el abismo. Si se apacigua el pánico, si los depósitos bancarios se arriesgan a seguir navegando en esta tempestad que los gobernantes de todas partes querrían detener, si las multitudes que forman filas desde antes del amanecer en los consulados de España e Italia -donde también el índice de desocupación es alto- recuperan la fe que la realidad les quitó, entonces la Argentina quizá recupere su paso. Solo hace falta saber hacia dónde y para qué. El país se ha desplazado tantas veces hacia la nada, que otra nada sería ya difícil de tolerar.
"Los dos tuvimos una patria -escribió Borges en días que para él eran aciagos- y los dos la perdimos." Las patrias no se pierden, sin embargo, porque todos, o casi todos, llevamos la patria puesta, adondequiera que vayamos. El infortunio de la Argentina es, se quiera o no, el infortunio de cada uno de los argentinos. Esa es una verdad tan elemental, tan simple, tan evidente, que por eso mismo el país tarda en entenderla.
http://www.lanacion.com.ar/01/08/04/do_324937.asp
LA NACION | 04/08/2001 | Página 19 | Opinión
Encontrado en: http://buscador.lanacion.com.ar/show.asp?nota_id=324937&high=tomás%20Eloy%20Martínez