El color de la dignidad

Por Tomás Eloy Martínez

(para La Nación )


HIGHLAND PARK, N. Jersey

Sucedió al caer la noche del último viernes de abril. Un ciudadano de origen bengalí, que ejerce dos profesiones difíciles de conciliar -la de banquero y la de escritor- se presentó ante el mostrador de una línea aérea norteamericana, en Ezeiza, para embarcar en el vuelo sin escalas a Nueva York.

La tez oscura del personaje y el desaliño de la corbata, algo torcida por el ajetreo de las despedidas, suscitaron sospechas en los empleados de seguridad. Examinaron una y otra vez su pasaporte, estudiaron si las computadoras revelaban alguna irregularidad en su boleto de ida y vuelta. Después, le exigieron precisiones inútiles sobre sus medios de vida en los Estados Unidos: inútiles, porque el pasajero iba a estar en Nueva York las horas imprescindibles antes de tomar un vuelo de conexión a Dhaka, en Bangladesh.

Insatisfechos con la información, los empleados de seguridad le informaron que tal vez no podría viajar. ¿Y si en vez de algunas horas, como indicaba su boleto, se quedaba en Nueva York semanas, tal vez meses, tal vez para siempre? ¿Cuánto dinero llevaba encima? ¿Podría mostrar sus tarjetas de crédito? Ni los funcionarios norteamericanos de las oficinas de inmigración, que tienen derecho a hacer esas preguntas, las formulan jamás con tanto apremio y con tanta sórdida desconfianza. El episodio no sucedía en Houston o en Miami, no en Los Angeles o en el aeropuerto Kennedy. Sucedía en Ezeiza, Buenos Aires.

Malestar ante el diferente

La empleada de la editorial en la que el pasajero había publicado su libro estaba junto a él y trataba de explicar a los representantes de la línea aérea que el visitante era un escritor ilustre, invitado especialmente por la Fundación El Libro "¿Un escritor?", dijeron los de la línea aérea, con desafiante sarcasmo. ¿Cómo se prueba que alguien es escritor? O más bien, ¿existen los escritores bengalíes?

Le retuvieron sus documentos y tarjetas durante cuarenta minutos, y al final, algo frustrados por no encontrar nada que les diera la razón, los de la línea aérea concedieron: "Puede viajar".

Los oficiales de seguridad están obligados a dudar, pero también a ser corteses, porque por lo general aciertan una vez y se equivocan cientos. Uno de esos errores sin remedio fue el que cometieron con el pasajero bengalí que el último viernes de abril volaba de Ezeiza a Nueva York. Los empleados leyeron su nombre en el pasaporte, pero no su fama. Muhammad Yunus es uno de los más admirables economistas contemporáneos y uno de los pocos cuyas teorías -y prácticas- han aliviado la pobreza y el desamparo de estos tiempos.

Hace poco más de veinte años, Yunus fundó una institución singular, el Grameen Bank, que concede créditos mínimos a indigentes, quebrando la norma que exige prestar dinero sólo a los que pueden garantizar su devolución. El proyecto parecía de una ingenuidad digna de Jean-Jacques Rousseau y, cuando se hizo público, el nombre de Yunus fue mencionado por sus colegas con un dejo de compasión, porque apostaba su dinero, con heterodoxia, a uno de los pocos bienes humanos que no tienen precio: la dignidad.

Contra todos los pronósticos, el Grameen Bank prosperó y, en menos de dos décadas, se expandió en un millar de sucursales, acumulando una clientela que en su inmensa mayoría es de mujeres orgullosas del buen nombre que llevan. El inesperado éxito de esa aventura está contado en un libro imperdible, Hacia el fin de la pobreza . Fue para lanzar la edición en castellano que Yunus viajó a Buenos Aires.

Vaya a saber de dónde nos viene a los argentinos ese malestar ante los diferentes, los exóticos o los que tienen una apariencia física que no corresponde a los estereotipos nacionales. Durante la época de hiperinflación conocí a una diplomática centroamericana que era atendida con inexplicable desdén en las boutiques entonces desiertas de Recoleta. No entendía por qué, si llevaba consigo cientos de dólares y estaba dispuesta a gastarlos sin regatear, las empleadas de las boutiques parecían súbitamente ocupadas o a punto de cerrar, y le volvían la espalda.

"Me siento como la protagonista de Pretty Woman -decía la diplomática-. Puedo gastar una cantidad obscena de dinero -o al menos lo que en la Argentina era, entonces, "una cantidad obscena"-, y nadie quiere atenderme." Era difícil explicarle que, para las prejuiciosas vendedoras, el color chillón de sus vestidos tropicales, el escándalo de sus faldas y el color subido de su piel eran la chispa de una agresión intolerable. Como los niños, las vendedoras huían o cerraban los ojos ante lo que les parecía "raro" o, peor aún, ante lo que creían "inferior".

Desaire y revancha

Hace más de un siglo, cuando Juan Bautista Alberdi estableció las bases de lo que debía ser este país en un texto clásico, Gobernar es poblar , su defensa de la inmigración europea estaba sustentada por la tradición de libertad que, según él, aportarían las poblaciones trasplantadas. Uno de los párrafos centrales de ese texto conjetura que, si Estados Unidos no se hubiera poblado con "europeos civilizados" sino con "chinos o con indios asiáticos, o con africanos, o con otomanos", no sería "el mismo país de hombres libres que es hoy día".

Décadas más tarde, Georges Clemenceau, Jules Huret y los viajeros convocados para las celebraciones del Centenario se sorprendieron al ver en las calles "tantos europeos como en París". El complejo de superioridad argentino nació de una errada interpretación de todos esos datos, como si fuéramos, todos a la vez, los despectivos empleados de la línea aérea en Ezeiza.

El proyecto de Alberdi se refería a un país despoblado, aturdido por las guerras civiles, que necesitaba organizarse cuanto antes. De ese otro país distante lo único que nos ha quedado a los argentinos es una confusión de identidad: ¿somos europeos, somos latinoamericanos o somos, tal vez, de ninguna parte, hijos pródigos abandonados por Dios? También las visiones de Clemenceau y de Huret son parciales, porque sus anfitriones argentinos los llevaron a conocer no el país real sino el que las elites imaginaban como real. El otro, el país profundo y mestizo, no mostraría su cara hasta 1945. Y todavía está allí, al alcance de cualquiera, apenas las miradas se distraen del centro y se posan sobre los márgenes.

Durante décadas (y aun ahora, en algunos círculos de gente rica y poco ilustrada) seguimos siendo europeos. Las puertas de la Argentina se abrieron hace un siglo para fertilizarnos con "sangre civilizada", y esa sangre sigue estando en pie, entre nosotros, con tanto énfasis como si no hubiera pasado un día desde que Rubén Darío la celebró en su Canto a la Argentina.

Pero en los Estados Unidos o en Europa somos tan hispanos o latinos como la diplomática centroamericana a la que desairaban las vendedoras de Recoleta. Tal vez los empleados de la línea aérea que denigraron al "escritor bengalí" en Ezeiza hayan sufrido esa discriminación en Miami o en París y la prepotencia de su trato sea una forma de revancha. Quién sabe. Los argentinos hemos dejado pasar la historia creyendo que somos no como somos, lo que quizás es muchísimo, sino como deberíamos ser, lo que tal vez es nada.

http://www.lanacion.com.ar/99/05/08/o04.htm

LA NACION | 08/05/1999 | Página | Opinión