El cristal marcado de la Alianza

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Lo que sucedió en la Argentina el viernes de la semana pasada es algo más que una crisis institucional provocada por la renuncia del vicepresidente de la República. Es una clara partición de aguas entre la manera tradicional de hacer política, basada en negociaciones, corrientes subterráneas de influencia y pactos de poder, y una política de principios, para la cual el ejercicio del poder es inseparable de las convicciones que permitieron alcanzar ese poder. Detrás de la armonía verbal con que el Presidente y el vicepresidente siguen tratando de resolver la crisis de gobernabilidad que amenaza al país hay una ya insoluble desarmonía de fondo, la irreparable herida en el cristal a la que aludía una metáfora simbolista de hace cien años.

En su mensaje del esa noche, el Presidente dijo dos frases que aclaran en parte la situación: "El pueblo nos eligió y hay que cumplir hasta el fin los mandatos. Represento las instituciones, pero sobre todo las esperanzas del pueblo que eligió este gobierno". Más de una vez también, en las entrevistas del día siguiente, el Presidente insistió en que no había crisis mientras él no abandonara el barco y garantizara el funcionamiento de las instituciones. Tiene razón. El Presidente carece de la libertad que tuvo el vicepresidente para seguir sus impulsos éticos, porque su responsabilidad en los asuntos de gobierno es plena e intransferible. El vicepresidente, en cambio, si advierte, como sucedió, que es un comodín con las manos atadas, incapaz de representar "las esperanzas del pueblo" que lo eligió, debe de sufrir un conflicto ético intolerable para cualquier hombre de bien. Si desobedecer una orden militar injusta es admirable, no menos admirable es apartarse de un camino con el que no se está de acuerdo y que no se tiene posibilidad de cambiar.

Según las últimas encuestas de opinión, una sólida mayoría piensa que Carlos çlvarez no debió renunciar. Nadie niega que su actitud fue extrema, terminal, y por lo tanto riesgosa para el Gobierno, pero a un político con un proyecto como el de çlvarez, que no admite pactos de conveniencia, no le quedaba otro camino. Puede renunciar porque el Presidente sigue en su puesto representando las instituciones, en tanto que él queda libre para representar otra cosa: las esperanzas de transparencia y de transformación social.

çlvarez precipitó su renuncia cuando advirtió que los cambios de gabinete decididos por Fernando de la Rúa suspendían toda posibilidad de depurar el Senado, eliminando los eventuales focos de corrupción. El Presidente señaló que lo había notificado de esos cambios sin que el vicepresidente hubiera reaccionado, y el mismo çlvarez concedió que así fue. Pero, ¿hasta qué punto era posible reaccionar si lo que el Presidente estaba haciendo era no sólo poblar el gabinete con hombres leales a su autoridad, lo que es comprensible, sino también con dos miembros del Frepaso a los que el vicepresidente veía como desleales? Si lo que çlvarez intuyó fue una bofetada en la cara, debió de sentirla con nitidez cuando, en el acto de jura del nuevo gabinete, el coro de desafiantes aclamaciones a uno de esos ministros acentuó su sensación de aislamiento y de inutilidad. A nadie se le puede pedir, y menos a un alto funcionario elegido por el voto de las mayorías, que se resigne a esas provocaciones.

La fórmula De la Rúa-çlvarez llegó al gobierno impulsada por una coalición de fuerzas que, como definió The New York Times en su edición del día 9, había prometido sacar la economía de su marasmo depresivo y limpiar un sistema político erosionado por la corrupción y por la desconfianza. "El gobierno está en crisis por no haber logrado ni una cosa ni la otra", afirma ese diario. La coalición de gobierno también está en crisis, a pesar de las declaraciones negativas de sus máximos dirigentes, porque De la Rúa, que había cuidado tanto las formas en el trato con sus aliados durante los primeros meses de gobierno, se alarmó tal vez ante el protagonismo que su compañero de fórmula adquiría en la lucha contra la corrupción y prefirió hacer una demostración de autoridad constitucional.

Un residuo de fe

Los que siguen los acontecimientos a la distancia tuvieron la impresión de que algunos de sus asesores más impulsivos e inexpertos influyeron más de lo que debían en el ánimo del Presidente y que De la Rúa, como Otelo, prestó oídos más a las intrigas de esos Yago que a su formidable instinto político. Entendió que la actitud de çlvarez amenazaba su poder. No parece que eso fuera así antes del día 6, pero es difícil predecir qué pasará de ahora en adelante.

No sólo algunos de los más respetables observadores argentinos de la crisis suponen que la inercia de los hechos provocará una ruptura de la coalición gobernante. También algunos sagaces corresponsales extranjeros tienen la misma impresión, como puede verificarlo cualquiera que haya leído estos días diarios de Boston y de Chicago, de Barcelona y de Londres. Un obvio desencadenamiento de esa ruptura sería la alianza entre los partidarios del Presidente con el menemismo. A De la Rúa parece incomodarlo esa perspectiva, pero algunos hombres de su entorno la ven como necesaria y tal vez inevitable.

Si eso sucediera, la figura de De la Rúa empezaría a contaminarse con algunos de los atributos de su antiguo rival, más allá de lo que diga su discurso público. Dejaría la sensación de que entre ambos, Menem y De la Rúa, hay una coincidencia de objetivos que por ahora es invisible. Haría suponer que De la Rúa prefiere, como antes lo prefería Carlos Menem, que el paso del tiempo y no una enérgica cruzada moral resuelva los actos de corrupción que ya han sido sancionados por la opinión pública. En esa comparación, De la Rúa saldría perdiendo, porque en su primer año de gobierno el menemismo logró resolver los problemas económicos y encaró una transformación que dio a la Argentina una explosiva aunque transitoria prosperidad. De la Rúa, en cambio, perjudicado además por hechos que están fuera de su control -la epidemia de aftosa y la parálisis de algunos precios agrícolas-, está en medio de una desocupación agravada y de un crecimiento inferior a todas las expectativas.

Menem tampoco tenía oposición sindical. De la Rúa, sí, y tal vez sea más fuerte de ahora en adelante. Menem daba la impresión de que decía una cosa y hacía otra. De la Rúa habla con un lenguaje a medias, más sofisticado, menos abierto. Da la impresión de que dice una cosa, y la dice bien, pero que podría no hacer ninguna. Con esta actitud, es posible que la mayoría de los senadores cuestionados (once, dijo çlvarez, aunque el número ya ha empezado a reducirse) siga en sus cargos. Hasta Emilio Cantarero puede regresar cuando se termine su licencia. Sería inútil pedir, como se ha hecho, gestos honorables a funcionarios que se han mostrado sordos a todo descrédito. Menem ponía las manos en el fuego por personajes cuestionados -su jefa de audiencias y ex cuñada Amira Yoma, su secretario privado Miguel çngel Vicco-, y al cabo de algún tiempo se desprendía de ellos sin estrépito. De la Rúa no pone las manos en el fuego por nadie, pero pierde la oportunidad de desprenderse de los funcionarios cuestionados cuando puede hacerlo. Así, acentúa el descontento general y acrecienta las sospechas, tal vez falsas, de que no quiere cambiar nada porque le teme al conflicto. Y como ya lo sabían los presocráticos, cada vez que se trata de negar un conflicto ya desatado, lo único que se consigue es aumentar la fuerza de ese conflicto.

A los argentinos no les queda ahora mejor camino que apoyar la estabilidad de las instituciones encarnadas por el Presidente y estimularlo a salir de los pantanos en que está metido. A su vez, lo mejor que puede hacer el Presidente es regresar a las promesas por las que fue votado hace un año. Todavía hay en la gente un último residuo de fe que él no debería dilapidar.

http://www.lanacion.com.ar/00/10/14/o04.htm

LA NACION | 14/10/2000 | Página | Opinión