El dictador que nos faltaba

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Casi todo lo que están publicando los diarios sobre Venezuela es inverosímil. Y no hay señales de que la infinita imaginación con que la realidad teje sus hilos esté por agotarse. Basta caminar por Caracas o por los pueblitos de los llanos para darse cuenta de que todos los relatos de la realidad se quedan cortos. Desde que el teniente coronel Hugo Chávez Frías asumió la presidencia de la República, en febrero, su nombre se ha convertido en una súbita religión nacional. La gente casi no habla de otra cosa.

Tampoco el presidente ayuda a cambiar de tema. Tiene un caudaloso programa semanal de radio, con público en el auditorio, y habla varias veces por día por televisión, con frecuencia durante horas. Los partidarios venden boinas, fotografías y recuerdos con su efigie, y en algunos lugares estratégicos de la capital hay buzones para que la gente le cuente sus tristezas, pida regalos o se queje de los enemigos.

Dos tercios de los venezolanos, que siguen comiendo (mal) una vez por día y que no saben si podrán comer mañana, alzan el nombre de Chávez como una plegaria redentora. El tercio restante se alarma, en cambio, ante la ligereza con que el presidente está desmantelando las instituciones de la democracia para sustituirlas por otras todavía desconocidas, que él llama revolucionarias. Nadie niega que en las últimas dos décadas, por lo menos, hubo corrupción flagrante, impunidad, degradación de los partidos políticos tradicionales y una descarada desigualdad social, de la cual ha nacido casi todo el agrio resentimiento de estos meses. Pero los remedios drásticos de Chávez pueden ser peores que todas esas enfermedades.

Los hechos desnudos advierten que las decisiones del gobierno venezolano son dictatoriales, pero, ¿se podría llamar dictadura a un proceso que avanza a fuerza de frecuentes elecciones limpias, cada una de las cuales concede al presidente más poder? Comparar a Chávez con Perón, con Fujimori o con otros caudillos bonapartistas parece tan obvio que se ha convertido ya en un lugar común. Sin embargo, el fenómeno Chávez no es tan simple. En Venezuela hay, por ejemplo, una libertad de prensa y de expresión que por ahora es incuestionable, junto con el persistente miedo a que esa libertad termine, acabe, apenas Chávez se sienta menos seguro de lo que está.

Incógnitas y temores

Todo adversario del presidente está aquejado de paranoia, quién sabe si con razón. Algunos hombres de negocios apagaron sus celulares mientras conversaban conmigo, porque temen que, a través de las batería de los teléfonos, los espías del gobierno graben lo que se está hablando. En compensación, muchos devotos de Chávez amenazan con apropiarse de los bienes ajenos y lo pregonan con una saña que ha puesto en fuga a los grandes capitales y ha llenado de terror a la clase media.

No son rumores. En una estación de nafta del centro de Caracas, uno de los empleados empezó a interrogar a la dueña de una camioneta Kia que esperaba turno para llenar el tanque. Le preguntó si estaba casada, cuántos hijos tenía y cuál era la marca del auto de su marido. La mujer, intimidada, se negó a responder. El empleado le advirtió entonces en voz alta, para que todos lo pudieran oír: "Yo sé que tienes dos carros en tu casa. Yo no tengo ninguno, así que voy a quedarme con el tuyo. Tú sabes, las cosas están cambiando rápido con Chávez".

He oído al menos diez episodios por el estilo en los tres días que pasé en Venezuela, en todos los cuales se invocaba el nombre del presidente para advertir a los que tienen más que deberán repartir sus bienes con los que tienen menos. Chávez jamás ha prometido abolir la propiedad privada, pero ha hecho alusiones temerarias, lo que induce a la gente a tomar sus promesas de igualdad en un sentido demasiado literal. Hay una caja de Pandora abierta en Venezuela, y tal vez ni el propio presidente sabe lo lejos que pueden llevarlo las pasiones que ha desatado.

Chávez me recibió a solas durante más de dos horas el último domingo de agosto en su despacho del Palacio de Miraflores. A la izquierda del sillón que ocupaba había un gigantesco globo terráqueo. A su derecha, una réplica de la espada que el Perú entregó a Simón Bolívar en señal de gratitud, y un retrato imponente del propio libertador, cuyos discursos y proyectos políticos el presidente conoce de memoria. Hay otros retratos de guerreros gloriosos en el salón, pero la memoria de Bolívar lo impregna todo. Es el inspirador, la guía y el modelo infalible de todo lo que Chávez se propone hacer.

El presidente vestía un informal pantalón gris y una camisa caqui de domingo. La conversación fue interrumpida sólo un par de veces: por su esposa, que acababa de llegar de los Estados Unidos y lo llamó por teléfono para saber si debía esperarlo a cenar, y por el edecán, que anunció la llegada de un ministro. Durante casi todo el tiempo Chávez expuso incansablemente sus planes, algunos de los cuales parecen razonables, en tanto que otros rozan la megalomanía e ignoran las reglas de juego internacionales.

Los planes políticos de Chávez están en marcha desde que se instaló la Asamblea Constituyente, en la que el presidente tiene una mayoría abrumadora. La Asamblea no ha sancionado todavía un solo artículo de la nueva Constitución, pero ha puesto ya contra las cuerdas a los jueces y al Congreso. Ninguno de los tres poderes de la democracia volverá a ser el mismo cuando los constituyentes se vayan a sus casas dentro de cinco o seis meses, si acaso aceptan irse.

Los planes económicos, en cambio, son una incógnita que el presidente sólo puede revelar a medias. Algunas de sus ideas consisten en estimular la pequeña y mediana empresa, crear un banco que conceda préstamos a la gente sin recursos, fortalecer el turismo e impulsar industrias alternativas del petróleo. Pero sus extravagantes gestos internacionales han acentuado la desconfianza de los inversores, que por ahora no quieren devolver a Venezuela los miles de millones de dólares retirados en los últimos dos años.

Uno de los primeros gestos inexplicables de Chávez fue escribirle una carta de solidaridad a Illich Ramírez Sánchez, el célebre terrorista venezolano conocido como "el Chacal". La carta alude a una fe común "en la causa y en la misión, ¡y por ahora y para siempre!". Cuando le pregunté al presidente por qué lo había hecho, me dijo que sus razones habían sido humanitarias: "Yo también sufrí cárcel, y sé lo que significa recibir la carta de un compatriota". "Pero usted es un jefe de Estado -le recordé- y el Chacal puso bombas irresponsables que mataron en Europa a decenas de inocentes." "Fueron razones de compasión", insistió, y ya no salió de allí.

Sueños de Bolívar

El otro movimiento audaz consistió en invitar a los presidentes de los países afiliados a la Organización de Países Exportadores de Petróleo a visitar Caracas durante la reunión cumbre anunciada para febrero del 2000. Dos de esos presidentes son nombres malditos en la comunidad internacional -Saddam Hussein y Muammar Khadafy-, pero a Chávez eso no lo inquieta. "Aquí mismo firmé las invitaciones -alardea, señalando el escritorio contiguo-. Venezuela no tiene ningún problema en garantizar la seguridad de esos visitantes ilustres."

Nadie mira con tanto recelo a Chávez, sin embargo, como el gobierno de Bogotá, alarmado por sus frecuentes contactos con la guerrilla y temeroso de que intente resucitar, con el auxilio de esos irregulares, el sueño de la Gran Colombia que alentó Bolívar. Cuando le pregunté a Chávez cuáles de las ideas de Bolívar pensaba llevar a la práctica, contestó sin vacilar: "Todas". "¿El poder moral?", le dije, recordándole los modelos de gobierno que el libertador diseñó en el discurso de Angostura y en su mensaje, desde Lima, al Congreso de Bolivia. "Eso ya está en marcha", anunció. "¿El Senado hereditario?" "Bueno, eso es de otro tiempo", dijo. "¿La presidencia vitalicia?" Sonrió en silencio.

Ninguna de esas preguntas, sin embargo, importa tanto como saber si Chávez es el último representante de una estirpe de dictadores elegidos en América Latina por el clamor popular o el primero de una especie nueva, desconocida, y tal vez más temible que las anteriores. Sólo en el siglo que viene se sabrá la respuesta.

http://www.lanacion.com.ar/99/09/18/o04.htm

LA NACION | 18/09/1999 | Página | Opinión