El fin de la inocencia
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Las ciudades cambian, a veces, de un año para el otro, pero los pequeños pueblos son como las personas: tardan mucho tiempo en volverse distintos. Vivo en un pueblo de ésos, donde nada pasa. Está unos cuarenta kilómetros al sur de Manhattan -lo que significa, por tren, menos de una hora-, tiene unos diez mil habitantes, ocho sinagogas y siete iglesias cristianas, entre episcopales, bautistas y católicas. Casi todos los vecinos se conocen. Los viernes por la tarde o los domingos por la mañana las calles se pueblan de familias que emprenden el largo y ritual paseo hacia los templos. La oración y las fiestas de la escuela son los únicos lugares de encuentro. Conozco a irlandeses y judíos cuyos abuelos y bisabuelos han vivido también en Highland Park, Nueva Jersey, y que no se mudarían a ninguna otra parte. Para casi todos ellos, Manhattan es un lugar de perdición: ruidoso, violento, despiadado.
Después de Littleton
Pocos pueblos son tan seguros como el mío: mucha gente se olvida de echar llave por la noche a la puerta de su casa y deja los automóviles calentándose por la mañana durante largo tiempo, desatendidos y abiertos. No hay registros oficiales de robo, y el único linyera visible está quizás a sueldo de la Municipalidad, para dar un toque de color a la tediosa calle principal -en la que abundan los salones de peinado y las tiendas de manicuras- y facilitar temas de conversación en las escasas reuniones de vecinos.
Los policías son muchos y, como no tienen nada que hacer, acechan en las curvas del camino las infracciones de los automovilistas. A mí me multaron dos veces por exceso de velocidad, lo que es una falta gravísima: la primera vez iba a 43 kilómetros por hora cuando el máximo permitido es 40; la segunda, aceleré al cruzar una luz amarilla y, cuando llegué al otro lado de la calle, el radar indicó que iba a 45. De esos infortunios está hecha la vida.
Sin embargo, durante los mismos días en que sucedió la matanza en la escuela Columbine, de Littleton, Colorado, empezaron a pasar cosas raras también en la escuela pública de Highland Park, a la que va mi hija de trece años. Un chico de su edad amenazó a dos condiscípulos con una navaja; otro empezó a cobrar peaje a las compañeritas en los pasillos, y -lo más impensable- manos desconocidas anunciaron que el viernes siguiente, a las dos y media de la tarde, estallarían bombas de alto poder destructivo en la escuela y en la biblioteca.
Una vez que se oyó el primer rumor, se oyeron cientos: en una escuela de South Jersey había otras amenazas de bombas y varios chicos de Flemington, en el centro del estado, habían sido expulsados de la escuela por ir vestidos con impermeables negros y armas de juguete que esgrimían como si fueran verdaderas.
Todos los días, la radio y la televisión difunden discusiones de expertos que tratan de entender lo que pasa. Nadie tiene una respuesta clara. ¿Por qué esos súbitos brotes de odio ciego en jóvenes que viven en lugares apacibles, sin ejemplos domésticos de violencia, y cuyos cuerpos ni siquiera han empezado a cambiar? ¿Qué ha modificado la atmósfera de bienestar propia de la era Clinton instalando en su lugar una atmósfera de odio?
Cuando sucedió la matanza de Littleton yo estaba en Buenos Aires, lejos de esas preguntas. Al volver, descubrí que Highland Park había cambiado por completo, tal vez para siempre. Nadie deja ya los autos encendidos por la mañana. Un número cada vez más alto de vecinos cierra a todas horas las puertas de sus casas, no por temor a los ladrones, que no hay, sino a los adolescentes de trece a dieciséis años. La pesadilla mayor de la clase media norteamericana no es ya el terrorista fantasmal que amenaza con volar los puentes y túneles urbanos a las horas de mayor tránsito, ni los fanáticos de las computadoras que destruyen con virus incurables la memoria del mundo, sino los adolescentes solitarios que viven en la casa de al lado o en la propia. El mal ya no está fuera sino dentro: el mal es, como escribió Spinoza en su Ética , el veneno que cada uno de nosotros tiene en el cuerpo.
Le he preguntado varias veces a mi hija por qué está pasando lo que pasa, o al menos, por qué ella cree que pasa. Aunque en el pueblo casi no hay Goths -o "góticos", como se llama a los chicos con anillos que les cuelgan de la nariz y de los labios, peinados con altas crestas de gallo verdes y vestidos con impermeables y pantalones negros de plástico-, ninguno de sus amigos desconfía de ellos. En general, la tolerancia con los diferentes es infinita y, además, digna de alabanza: nadie acepta que se discrimine a los negros ni a los hispanos ni a los pobres ni a los homosexuales ni a los Goths . Todos tienen derecho a un pedazo de cielo en este mundo.
¿La venta libre de armas, entonces? Ésa bien podría ser una de las razones de la catástrofe. Pero, como apuntó con inteligencia una de las maestras de mi hija, en los Estados Unidos las armas estuvieron siempre al alcance de todo el mundo, porque la segunda enmienda de la Constitución, que rige desde 1791, consagra ese derecho.
¿Tal vez la televisión? Por supuesto que la televisión y el cine tienen algo que ver. Desde que El padrino y las películas de Brian de Palma establecieron, hace veinte años, que la línea divisoria entre el bien y el mal es ambigua, la crueldad se ha vuelto cada vez más refinada y ya no tiene, como en el pasado, ninguna cualidad moral: es crueldad porque sí, para excitar los sentidos. La ambigüedad ha engendrado obras de arte más maduras, pero también entretenimientos más perniciosos.
Los límites del bien y del mal
Ese brutal cambio de valores está ahondando las brechas de entendimiento entre padres e hijos. Todas las generaciones se han sentido, siempre, incomprendidas por la generación anterior, pero la desinteligencia en estos tiempos es verdadera: son dos mundos que no saben cómo aprender el lenguaje del otro. Y la tecnología sigue creando abismos cada vez más difíciles de saltar.
Uno de los enigmas todavía indescifrables es el de Internet. ¿Cómo se hace con eso? Por un lado, Internet permite un acceso veloz y barato a formas de conocimiento que antes estaban vedadas. Por el otro, estimula la fluencia de las fantasías más perversas y se ampara en la impunidad más absoluta. En Internet se puede ser, imaginar o sentir cualquier cosa, y no padecer ninguna consecuencia.
Son todas estas culturas concertadas las que están hiriendo a fondo el alma de los adolescentes y llevándolos hacia infiernos artificiales en los que no saben qué hacer. "Si Dios no existe, todo está permitido", decía el Stavrogin de Dostoievski. Si en la imaginación todo es posible, ¿por qué no habría de ser posible en la realidad?
Más de una vez ha surgido, en el debate de estas semanas, la tentación de la censura. Pero la historia demuestra que ese remedio ha sido siempre peor que la enfermedad. Lo que se reprime por un lado, aflora por el otro. Y lo otro, lo que no se conoce, siempre puede ser peor.
¿Qué hacer, entonces? La respuesta tal vez sea simplísima: dejar que las aguas encuentren por sí solas su propio cauce, como ha sucedido en el pasado. Pero, a la vez, las aguas van a seguir turbias si no se reflexiona a fondo sobre dónde están los límites entre el bien y el mal para cada individuo y para cada comunidad. La historia se mueve de lugar más rápido que antes, las matanzas como las de Littleton desplazan todo hacia otra parte y, como decía Henry James, ya nunca más seremos lo que éramos. Littleton ha marcado el fin de la inocencia, y el principio de nadie sabe qué.