El futuro ya no es lo que era
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Fay Klein, mi vecina de setenta y tres años, subió con una reconfortante sensación de beatitud al tren que salía de Penn Station el domingo 21 de octubre a las 0.42. En cincuenta minutos bajaría en New Brunswick, retiraría su Buick 1997 del estacionamiento y llegaría a Highland Park a la 1.40. Era una hora delirante para su rutina de jubilada, pero la señora Klein tenía más de un motivo para sentirse feliz. Había pasado momentos maravillosos en el Concierto para Nueva York escuchando a músicos como Mick Jagger, Paul McCartney, Elton John y Eric Clapton en el Madison Square Garden, había vencido los argumentos disuasivos de las temerosas amigas con las que juega al bridge y, lo más importante de todo, había contribuido con 250 dólares a la reconstrucción del devastado sur de Manhattan, que era la razón del concierto.
Al salir del Madison, compró un ramillete de cintas azules, blancas y rojas, y se las prendió en la solapa del abrigo. Desde hacía semanas tenía ganas de exhibir sus sentimientos patrióticos, y el encendido discurso del alcalde Rudy Giuliani durante el concierto, abogando por el regreso de los neoyorquinos a una vida normal, terminó de convencerla. La semana siguiente iría a la ciudad todo lo que pudiera y visitaría allí algunas de las bellezas que el pánico del 11 de septiembre la había hecho perder: la exposición de Brueghel el Viejo en el Metropolitan, las cartas y retratos de Oscar Wilde en la Morgan Library, el ciclo de películas extranjeras que daban en el Film Forum.
Sin embargo, el hombre que se instaló junto a ella en el tren repleto encendió en sus instintos una inesperada luz de alarma. Era alto, moreno, de pelo enrulado: sin duda, un árabe. Llevaba dos latas de Lysol, el mismo desodorante de ambiente que usa la señora Klein, pero estas latas tenían una forma sospechosa, distinta. Al cabo de un rato, el hombre las dejó entre los pies, en el piso, y luego, cuando la mayoría de los pasajeros bajó en la estación de Newark, dijo que necesitaba ir al baño y le pidió a su involuntaria acompañante que las cuidara. Hablaba un inglés rústico, defectuoso. La señora Klein lo vio encerrarse en el compartimiento al final del vagón y pensó en todo el daño que se podría hacer con aquellas latas,si el árabe (para ella era definitivamente un árabe) las usaba como armas. Podían ser un explosivo que se dispararía por control remoto o, lo que tal vez fuera peor, un variante sofisticada de gas sarín, el mismo con el que la secta Verdad Suprema había sembrado la muerte seis años antes en los subterráneos de Tokio.
Convencida de que hacía lo correcto, la señora Klein le confió sus dudas al guarda que pasaba controlando los boletos. La voz de alerta tuvo un efecto inmediato. A una señal del guarda, dos agentes de seguridad se apostaron ante la puerta del baño y detuvieron al árabe (llamémoslo así) apenas salió. Una mujer con guantes de plástico y delantal azul emergió nadie sabe de dónde y envolvió las latas de Lysol en una bolsa protectora. A las siete de la mañana del domingo supe, por el llamado de un estudiante, que el sospechoso era uno de mis colegas en la Universidad de Rutgers, oriundo de Río de Janeiro, profesor de literatura brasileña contemporánea y -eso sí es verdad- oliváceo como un árabe.
Al mediodía siguiente encontré a la señora Klein en el supermercado. Orgullosa, me contó los detalles de su hazaña. No quise desilusionarla enrostrándole las consecuencias de su terror. Examinaba las frutas y verduras como si fueran enfermos infecciosos, y finalmente decidió llevar sólo las que estaban selladas en paquetes de celofán. "Nadie sabe lo que nos puede suceder en esta época -me dijo-. Cualquier talibán escondido pasa por acá y espolvorea veneno o ántrax."
En América Latina, la paranoia ante la violencia es desde hace tiempo una historia de todos los días, pero en los Estados Unidos es un fenómeno tan inesperado y abismal que la vida tal vez nunca vuelva a ser lo que era hasta hace dos meses. En los vuelos domésticos ya no se sirve azúcar ni leche en polvo con el café, las restricciones para entrar en el país o salir de él aumentan todos los días y se ha entablado una tácita competencia parlamentaria por inventar nuevas prohibiciones para los extranjeros.
Hace por lo menos quince años que en las grandes ciudades como San Pablo, Medellín, Caracas, Río de Janeiro, Bogotá y México se mira a todo desconocido que se acerca por la calle como a un enemigo en potencia. En Nueva York, que hasta septiembre se preciaba de haberse convertido en la ciudad más segura del mundo, la incertidumbre de la violencia se ha instalado con la fuerza de una conversión colectiva. La terrible advertencia de George W. Bush poco después del atentado a las Torres Gemelas ("o se está con nosotros o se está con el terrorismo") se ha encarnado en la población con la fuerza de un dogma.
Kafka en Texas
La paranoia es una pendiente resbaladiza en la que cualquiera, como escribió Freud, podría ser un traidor encubierto. En las ciudades de América Latina, el sentimiento de inseguridad es comprensible porque la inseguridad es una certeza, un dato verificable. De acuerdo con las estadísticas de 1999, 140.000 personas mueren por año en actos violentos que se acrecientan mes tras mes, al ritmo de la pobreza desesperada, el desempleo, la corrupción impune y la pérdida de fe en la inteligencia de los gobernantes, en la sensatez de los partidos políticos y en la equidad de los tribunales.
En los Estados Unidos, en cambio, el miedo y la incertidumbre son algo tan novedoso como constante. Nadie sabe de dónde puede venir el próximo ataque de un enemigo que, por otra parte, es desconocido, ni qué forma asumirá ese ataque. Mientras al sur del continente hay una geografía del miedo, un mapa urbano de los lugares peligrosos, en los Estados Unidos se está formando una comunidad en la que todo es miedo: lo que se come, lo que se recibe por correo, lo que se mueve -autos, aviones, trenes- y lo que pertenece a otra cultura: lo diferente. Nada peor podría sucederle a un país cuya grandeza está basada sobre el principio de que la diversidad es un don, no una amenaza.
Una historia kafkiana ilustra mejor que cualquier otra la intensidad del daño decisivo inferido a la cultura norteamericana. Le sucedió Al Bader al-Hazmi, un médico gastroenterólogo saudita, de treinta y un años, a la mañana siguiente del ataque a las torres. Hace algunos meses, el doctor al-Hazmi se afincó en San Antonio, Texas, para obtener un certificado de radiología y regresar después a Riyad, la capital de su país. A eso de las dos de la mañana del 12 de septiembre lo despertó una imprevista llamada de los agentes del FBI a la puerta de su casa. Mientras lo retenían en la sala, todas las habitaciones eran revisadas escrupulosamente, alarmando a la esposa y a los dos hijos. Uno de los agentes le preguntó con insistencia sobre sus vínculos con Mohamed Atta, el egipcio cuya participación en el atentado no era todavía pública. El doctor al-Hazmi jamás había oído hablar de él, y lo repitió infinitas veces. "¿Dónde está su hermano Salem Alhazmi?", le preguntaron. "¿Y Nawaf Alhazmi, su otro hermano?", aludiendo a dos de los pasajeros árabes que acompañaban a Mohamed Atta. "Alhazmi es el más común de los apellidos en Arabia Saudita -explicó-. Algo así como Smith o Jones en los Estados Unidos."
Le quitaron su pasaporte, le revocaron su visa y durante trece días lo mantuvieron encerrado en una celda de hielo, mientras investigaban cada detalle de su vida. Lo único que le importaba al doctor al-Hazmi era salir de allí con un nombre limpio, para poder terminar los estudios de radiología. En la vigilia de cada noche, reverberaba en su memoria la primera línea de El proceso , la novela de Franz Kafka que había leído una semana antes: "Alguien quizá lo había calumniado porque, sin haber hecho nada malo, Josef K. fue detenido una mañana".
El doctor al-Hazmi tuvo la suerte de contar su historia en los diarios. Cientos de inocentes como él están todavía apresados en la telaraña de una paranoia que se ahonda a medida que pasan y pasan los días de la guerra. "Ya nunca más seremos como éramos", dice la última, memorable línea de Las alas de la paloma , una de las grandes novelas de Henry James. Tampoco el futuro volverá a ser, en los Estados Unidos, lo que había sido hasta ahora.
http://www.lanacion.com.ar/01/10/27/do_346277.asp
LA NACION | 27/10/2001 | Página 19 | Opinión
Encontrado en: http://buscador.lanacion.com.ar/show.asp?nota_id=346277&high=tomás%20Eloy%20Martínez