El gran partido de Abasto Juniors
Por Tomás Eloy Martínez
(para La Nación )
HIGHLAND PARK, N. Jersey
LA realidad latinoamericana tiende a parodiar, cada vez con más frecuencia, algunas parodias de la literatura. En 1967, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges publicaron un cuento desopilante, Esse est percipi , título tomado de una frase del filósofo George Berkeley que significa "existir es ser percibido". Aunque el texto ha cumplido ya tres décadas, su fábula explica con más lucidez que cualquier meditación reciente los desatinos que están sucediendo en la Argentina.
El sencillo argumento merece ser narrado con cierto detalle. Sorprendido de que el monumental estadio de River Plate haya desaparecido de su lugar de siempre, Bustos Domecq se entrevista con don Tulio Savastano, el gordo presidente del club Abasto Juniors. El visitante llega a la cita impresionado por el importante lugar que el gordo ocupa en la sociedad y, sobre todo, por el gol que, en el partido del último domingo, convirtió Renovales, uno de los ases del Abasto, tras un "pase histórico de Musante".
Actos de una comedia
El gordo inaugura el diálogo con una revelación sin par. "Y pensar -dice- que yo inventé esos nombres": el de Musante y hasta el de Limardo, ídolo de las multitudes. Todos ellos son apellidos sin cuerpo, no personas reales. Bustos Domecq queda paralizado por la sorpresa. Antes de que pueda reponerse, llega al despacho del presidente Savastano el célebre Ferrabás, locutor de moda que transmite los partidos con "voz pastosa" y anima "la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profundo". Amedrentado por la gloriosa presencia, Bustos Domecq amaga con marcharse, pero el gordo lo detiene: quiere demostrar que Ferrabás es sólo una pieza dentro de un juego mucho mayor.
Con apropiada voz autoritaria, Savastano decreta que, el domingo siguiente, Abasto tiene que perder por dos a uno. "Hay juego recio -le explica al locutor-, pero no vaya a a caer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales, que la gente lo sabe de memoria." Luego, volviéndose hacia Bustos Domecq, le explica que el fútbol es ahora una representación. No hay partidos, ni equipos ni resultado. Los viejos estadios se caen a pedazos. Los partidos sólo suceden en la televisión y en radio, jugados por actores o imaginados por un locutor en una cabina. En verdad -insiste Savastano-, los deportes y hasta la conquista del espacio son sólo eso: actos de una vasta comedia representada para un género humano que no se mueve de su casa, hipnotizado ante una pantalla.
Antes de marcharse, Bustos Domecq promete guardar el extraordinario secreto, pero el gordo, desdeñoso, lo tranquiliza: "Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer".
La ilusión se prolonga
Trasladar esa fábula a la política argentina de los últimos meses es un recurso simple. Más complejo es identificar a los personajes. Hace un año, el presidente de la República instaló en la televisión, en la radio y en los diarios un hecho que es imposible en la realidad: su segunda reelección. Ese partido de fútbol dejó de jugarse, como diría el gordo Savastano, cuando se sancionó la nueva Constitución, el 23 de agosto de 1994. Sin embargo, asistido por una corte de locutores tan eficaces como Ferrabás, el presidente de la República ha conseguido que la afición siga creyendo en los partidos que transmite.
Desde el remoto lugar donde vivo, en los Estados Unidos, la ilusión se ve con tanta claridad que nadie entiende por qué se está prolongando tanto. El diputado demócrata de un condado cercano me preguntó: "¿Por qué hay tanto alboroto en la Argentina? ¿Por qué a nadie se le ocurre que hay que hacer cumplir la Constitución, y punto? Si Clinton se presentara ahora como candidato para un tercer mandato, la gente pensaría que está loco. A nadie se le ocurriría decir que si no se presenta es porque lo han proscripto".
El presidente de la República dista de estar loco, por supuesto. Por lo contario: es de una astucia muy superior a la del gordo Savastano. Desde el principio supo que un tercer mandato era imposible, pero se tiró el lance. Quien revuelve las aguas logra siempre alguna ventaja. Y la que Menem consiguió con el fantasma de la reelección es un maremoto tan caudaloso que durante mucho tiempo van a seguir contándose las víctimas.
Existir es ser percibido
Una de las tácticas que suscitó mayor admiración en el diputado demócrata de Nueva Jersey fue la misión que Alberto Kohan cumplió ante el gobernador Eduardo Duhalde, a mediados de mes, para ofrecerle que el presidente renunciaría a la reelección a cambio de asegurarse el mando del Partido Justicialista. "Ésa fue una obra maestra -me dijo el diputado-, porque la ofrenda que llevaba Kohan era puro aire, y lo que pidió a cambio era casi todo. No me atrevería a jugar al póquer contra un hombre tan diestro para los bluffs como su presidente."
Le hice notar que Kohan había sido desautorizado y avergonzado en público por Menem, que dijo que desconocía la maniobra. "¿Y usted también se tragó esa píldora? -me reconvino el diputado-. Se ve que el cuento de Bioy y Borges no le ha enseñado nada. Desautorizar a Kohan era parte de la representación. ¿Desde cuándo hay un pase de Musante a Renovales que no esté ordenado por el gordo Savastano?" La Argentina lleva meses en vilo asistiendo a un partido de fútbol que, como se sabe desde el principio, el inexistente equipo de Abasto Juniors va a perder por dos a uno. Aunque el juego está terminado, ha quedado un tendal de heridos en el campo de juego. Dirigentes políticos de fuste han discutido, insomnes, sobre la conveniencia de consultar o no a los argentinos si la Constitución en la que todos estuvieron de acuerdo puede ahora ser violada; jueces de los más altos tribunales han perdido horas en dictámenes que examinan si hay palabras en el artículo tal o cual de la ley suprema que no significan lo que el sentido común indica que significan. Los diarios han prodigado kilómetros de información sobre el preciso instante en que Renovales le hacía un pase histórico a Musante y convertía un gol de humo. El país serio se transformó, de pronto, en un país de opereta. "Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer": la fatal sentencia del gordo Savastano podría aplicarse a la Argentina entera. Esse est percipi. Ser es ser percibido, ser visto. Pero llevamos meses viendo sólo fantasmas.
Y en este punto y aparte tengo que terminar, para no correr el riesgo de aumentar la ficción del locutor Ferrabás, que sigue transmitiendo un partido ilusorio desde estadios que ya no existen, con reglas que se inventan en las oficinas de Abasto Juniors.
http://www.lanacion.com.ar/99/03/27/o04.htm
LA NACION | 27/03/1999 | Página | Opinión