El juicio interminable

Por Tomás Eloy Martínez

(para La Nación )


HIGHLAND PARK, N. Jersey

CASI todos los disturbios últimos de la política chilena han sucedido en la plaza Italia de Santiago. La plaza interrumpe el espacioso fluir de la Alameda, está cruzada por cuatro avenidas y en sus extremos se abren dos bocas de acceso al metro, que propocionan rápidas vías de escape a los revoltosos. El miércoles 24 de marzo, desde las 10 de la mañana hasta las 11 de la noche, todos los extremos de la plaza estaban custodiados por tanques de carabineros y soldados de a pie, con cascos de acero, viseras transparentes y un arsenal de granadas lacrimógenas en la cintura.

Esa mañana me habían invitado a una visita de homenaje a la casa de Pablo Neruda, en Isla Negra, donde todavía siguen en sus anaqueles las colecciones de caracolas y los mascarones de proa que con tanta paciencia acumuló el poeta. Me pareció, sin embargo, que ningún homenaje a Neruda sería tan adecuado como quedarme a ver lo que pasaba en Santiago cuando se conociera desde Londres el veredicto de la Cámara de los Lores por el juicio de extradición contra el senador vitalicio Augusto Pinochet Ugarte. Neruda había muerto de cáncer y de pena veinte días después del ascenso de Pinochet al poder absoluto, y el veredicto prometía ser un acto de justicia histórica.

"Mi general Pinochet"

Pero en Chile nada es como parece y nada, tampoco, sucede por completo. Los chilenos llaman "democracia de transición" a lo que, con toda evidencia, es una democracia tutelada. La palabra transición indica un término, el paso de una situación a otra. La Constitución de Pinochet imagina, en cambio, un poder político indefinidamente custodiado por las fuerzas armadas, que a su vez son tan autónomas como para decidir sus mandos y sus gastos sin consultar a nadie. La ley del Banco Central -que protege la economía de mercado-, la presencia de senadores no elegidos sino impuestos por diversos grupos de poder y la asfixia de la prensa opositora dibujan el retrato de un Chile condenado a vivir por mucho tiempo entre los almidones del autoritarismo y el alivio de la libertad. Cuando me quedé viendo la televisión por más de tres horas durante aquel mediodía de marzo, asistí al desfile de incontables personajes nostálgicos que llamaban al ex dictador "mi general Pinochet" o "Tata", como si el pasado fuera un presente perpetuo.

El fallo británico estaba anunciado para las 11 de la mañana y se preveía que las manifestaciones iban a empezar media hora después. Un par de amigos que debían tomar sus aviones a las 3 de la tarde salieron rumbo al aeropuerto con cinco horas de anticipación, temiendo que las rutas fueran cerradas. Desde las ventanas de mi cuarto de hotel se dominaban todos los rincones de la plaza Italia, por lo que decidí apostarme allí, con la televisión encendida y conectada con Londres en directo. En la aventura me acompañó el poeta y académico chileno Federico Schopf, que tuvo la generosidad de indicarme la filiación y las hazañas de algunos de los personajes que aparecían en la pantalla.

Se esperaba un cataclismo y lo que sucedió fue un puro desconcierto. Cuando el último de los siete lores jueces leyó su fallo -que dictaminó por 6 a 1 el derecho a seguir con el proceso de extradición de Pinochet, pero aceptando sólo los delitos cometidos después de 1988-, hubo lágrimas de alborozo en las ralas concentraciones de partidarios y adversarios que se habían apostado frente a la Universidad y la embajada de Gran Bretaña. Unos festejaban una absolución inexistente; los otros, la continuación de un juicio con pocas esperanzas.

El único que pareció entender a la perfección lo que sucedía fue el ex dictador, que se declaró deprimido e insatisfecho. Su hijo Marco Antonio dijo, desde la mansión de Virginia Water -donde Pinochet está preso, pero también a medias-, que el fallo no era jurídico sino político, e insinuó, con un tono de vaga amenaza, que a los militares se les estaba acabando la paciencia. "A mi padre le pesa demasiado el exilio", suspiró.

La imagen del senador vitalicio convertido en mártir es la favorita de los pinochetistas. Pero es difícil discernir si quienes lo defienden creen en la Justicia o están más bien protegiendo sus privilegios. Un 70 por ciento de los chilenos no siente la menor compasión por el ex dictador, el 10 por ciento es indiferente a todo y un 20 por ciento quiere que regrese impune de Londres. La noche antes del fallo, el novelista Carlos Franz me explicó que algunos pensadores inconformistas, como Alfredo Jocelyn-Holt, suponen que el principal valor de Pinochet es servir de abanderado de una elite codiciosa, desesperada por retener las ventajas adquiridas durante la dictadura. Si muere en Londres, llorarán menos al personaje que a sus privilegios en peligro. Tal vez el ejército siga viendo en Pinochet un símbolo de su trasnochada supremacía, pero para el resto de la sociedad chilena el senador vitalicio es sólo un fantasma que ha estado en pie demasiado tiempo.

Casi nadie se llama a engaño sobre lo que puede pasar el próximo jueves, cuando el ministro Jack Straw anuncie si acepta o no la extradición de Pinochet a España. Lo más probable es que mantenga su fallo anterior e indique que el dictador merece ir a juicio. Si es así, la sentencia final se enredará en un laberinto de apelaciones y contraapelaciones infinitas, como las que refiere Charles Dickens en Casa desolada .

El ilusorio consenso chileno

La familia Pinochet, que desde el principio ha entendido lo que está pasando, ya se prepara para mudarse a una mansión más grande que la de Virginia Water, en Wenworth. El contrato de alquiler vence a fines de mayo y donde están no hay lugar para recibir a los visitantes, que no cesan.

En el curso de este larguísimo siglo, el destino de muchas naciones dependió del destino de un hombre: Italia, de Mussolini; Alemania, de Hitler; la Unión Soviética, de Stalin; Paraguay, de Stroessner; la República Dominicana, de Trujillo. Quedan pocos sobrevivientes de esa odiosa raza de dictadores providenciales, y Pinochet no es el único de la sufrida América Latina.

En 1973, cuando se creyó un elegido de Dios -y lo dijo-, su modelo era el agonizante Francisco Franco, de España. A tal punto lo admiraba, que fue el único jefe de Estado dispuesto a ir a su funeral. Como Franco, Pinochet diseñó un país a la medida de su paternalismo y se aseguró por la fuerza de las armas el consenso que no habría conseguido de otro modo.

Los españoles tuvieron más suerte. Cuando Franco murió, en noviembre de 1975, sus herederos y adversarios dejaron que también el franquismo se extinguiera solo. El rey Juan Carlos ni siquiera se molestó en pedir a la viuda del Caudillo que se marchara de la residencia oficial, en El Pardo. Carmen Polo tardó más de dos meses en mudarse. El consenso chileno, en cambio, es una fantasía que nadie sabe si terminará cuando termine Pinochet.

La imagen más cabal del Chile de fin de siglo apareció por sorpresa ante mis ojos la tarde misma del veredicto de los lores. Al advertir que Santiago estaba en completa calma, me aventuré por las calles del centro. Los pocos carabineros que andaban sueltos parecían desencantados. Los diarios vespertinos acaban de salir y proclamaban, en grandes titulares: "Pinochet ganó y perdió". En la calle Huérfanos, cerca del Palacio de la Moneda, tropecé con un voceador de doce o trece años que, luego de medir con perspicacia la ideología de los transeúntes, gritaba: "¡Extra, extra! ¡Se acabó el Pinocho!" Diez minutos más tarde lo vi, con el mismo paquete de diarios, ante la entrada de un club militar. Su anuncio era distinto: "¡Extra! ¡El Tata vuelve el domingo!" Chile es así: todos ven lo que quieren ver, oyen lo que quieren oír, y nadie sabe dónde poner el futuro.

http://www.lanacion.com.ar/99/04/10/o04.htm

LA NACION | 10/04/1999 | Página | Opinión