El otro lado de la realidad
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
CADA vez que la historia sucede lejos de donde estoy y el vértigo de la televisión devora los hechos uno tras otro, sin dejar rastros sobre ninguna conciencia, siento la tentación de referirme a cosas que tal vez no le importen a nadie pero que más de una vez han despertado al mundo de sus rutinas y sus tedios.
En los últimos días, los tres países situados en el cuerno del nordeste africano estaban amenazados por una de las peores ráfagas de hambre de su larga historia de privaciones. Los diarios reproducen las fotos de chicos esqueléticos que mueren por millares en las planicies desérticas de Etiopía y Eritrea sin llamar la atención de casi nadie. Los centros de poder se han conmovido más por el derrumbe de las acciones de Microsoft que por el apagón callado y caudaloso de esas vidas sin voz.
Tanto en Miami como en Teherán los fundamentalismos vivieron otra semana de frenesí. El ayatollah Alí Khamenei ordenó clausurar catorce diarios y revistas favorables a la apertura social y religiosa en Irán con el pretexto perpetuo de que traicionaban los mandamientos islámicos. Y en la península de Florida, la comunidad cubana no se resignaba a que el náufrago Elián González hubiera sido devuelto a su padre castrista. Convertido en símbolo mesiánico, Elián ha puesto al descubierto lo difícil que podría ser la transición de Cuba hacia la democracia. La mayor isla del Caribe sufre desde hace cuarenta años una tiranía a prueba de todo, y la mayor esperanza de los demócratas del continente es que cuando muera Fidel Castro, si acaso muere alguna vez, la transición sea conducida por los grupos opositores que han resistido desde adentro. Pero a los cubanos de Miami les parecen sospechosos y repudiables todos los que prefirieron quedarse en la isla. Los signos de intolerancia de Hermanos al Rescate y del Movimiento Democracia, que con tanta facilidad han resbalado hacia la histeria, son un botón de muestra de lo que puede venir.
Formas del destino
Todas estas historias sucedieron en el ínfimo espacio de unos pocos días, y la semana próxima serán reemplazadas por otras más apremiantes. Preferiría no volver a hablar de ellas en esta columna. Por una vez, quisiera detenerme más bien en ciertas formas que el destino asumió en unos pocos individuos silenciosos. Quisiera contar cómo hicieron algunos hombres para escribir su obra en medio de la adversidad. Es en esos destinos ínfimos donde la especie humana se reconoce a veces con mayor claridad que en las catástrofes de la naturaleza o en los abismos de las intolerancias.
Pienso, por ejemplo, en William Faulkner, que entre octubre y diciembre de 1929, en un lapso de sólo cuarenta y siete días, escribió su novela Mientras agonizo sobre la misma carretilla en la que transportaba carbón hacia los hornos de una central termoeléctrica en Oxford, Mississippi. Escribía desde las once de la noche hasta las cuatro de la madrugada, mientras la dínamo "soltaba -como él dijo mucho después- un ronroneo continuo e intenso".
O también pienso en Samuel Beckett, que trabajaba contemplando una pared blanca, lisa, sin grietas ni sombras: una pared ascética como su escritura. En 1981, ocho años antes de que muriera, un periodista de The Paris Review le preguntó por qué lo hacía. "No sé por qué -contestó Beckett en una carta escueta, de tres líneas-. Algo me pasa. Miro la pared y comienzo a escribir."
Cada narrador tiene su modo privado de imaginar y crear, y la mayoría sólo puede hacerlo respetando ese ritual propio, por incómodo que sea. Balzac, por ejemplo, sólo podía escribir de pie, en un atril, sin vestir otra cosa que un camisón. Neruda compuso todos sus poemas con tinta verde. Podía trabajar en taxis, en lanchas, en aviones, en las playas, y mientras no se le agotara la provisión todo iba bien. Un día, cuando era cónsul chileno en Madrid y a su alrededor bramaba la Guerra Civil, se le acabó la tinta en mitad de un poema y tardó una semana en conseguir que alguien lo abasteciera. Jamás terminó el poema ni conoció en toda su vida otra semana de tanta sequía creadora.
Ya es casi un mito lo que le sucedía a Borges: memorizaba sus textos mientras caminaba, y no conocía paz hasta que no encontraba a quien dictárselos. Más de la mitad de su obra fue escrita así: a través de amanuenses corteses que debían hacer votos de paciencia para soportar la tenacidad con que Borges vigilaba la exactitud de cada palabra, y la cambiaba decenas de veces hasta encontrar la que por fin lo tranquilizaba.
Estilo y sustancia
Hemingway escribía también de pie, como Balzac, todas las mañanas, "comenzando -decía- apenas puedo, después de la salida del sol". Pero no es ésa la lección más importante que ha dejado a la posteridad. Lo que centenares de escritores siguen copiando de él es su costumbre de interrumpir los relatos sólo cuando se sabe cuál frase vendrá después: "Hay que dejar el trabajo cuando a uno todavía le queda sustancia -dijo- y seguir viviendo hasta el día siguiente, para poner de nuevo manos a la obra".
Vladimir Nabokov escribía a cualquier hora, a veces después de un sueño breve, en medio de la noche, a veces entre el amanecer y las diez de la mañana, pero necesitaba fichas rayadas de cartulina y media docena de lápices muy afilados, con una goma de borrar en el extremo. Componía las novelas por fragmentos, "como si fueran partes de un crucigrama incompleto", y en algún momento sentía que todo estaba listo y pegaba los pedazos.
El ritmo de los poetas es aún más extravagante. T. S. Eliot compuso todos sus textos en una máquina Underwood, por la mañana, de diez a una. El horario podía moverse diez o veinte minutos hacia atrás o hacia adelante, pero se mantenía fijo en las tres horas. Unas pocas veces hizo la prueba de ampliar ese ritmo, pero todo lo que escribía a partir del minuto 181 le parecía insulso e inútil, y lo tiraba al canasto sin permitir que nadie lo leyera. Hay algunos poemas de Eliot que sobreviven en versión manuscrita, con tinta negra o azul, tachaduras y anotaciones en los bordes, pero son meras copias de los originales, reescritas para ser vendidas a la biblioteca de alguna universidad. Lo mismo hacía el argentino Alberto Girri, que por las tardes repasaba con tinta los poemas que había compuesto a máquina por la mañana.
La rosa de García Márquez
Carlos Fuentes mecanografía sus textos con un solo dedo, el índice de la mano derecha, y cuando por error usa dos, borra la palabra intrusa. García Márquez ha contado en infinidad de reportajes que no puede trabajar si no hay una rosa amarilla fresca sobre su escritorio, en Cartagena de Indias o en el barrio San çngel de México. Doctorow, el autor de Ragtime , no puede sentarse ante la computadora sin antes mirar una fotografía o escuchar un fragmento de música (por lo general, Mozart), que luego tratará de convertir en imágenes y palabras. Aunque no tengan nada que ver con lo que está escribiendo, esa foto y esa melodía capturadas al azar le sirven como un disparador interno, como el la que tocan los primeros violines de las orquestas para que los demás afinen sus instrumentos.
Estos rituales no han cambiado jamás el curso de la historia y ni siquiera han merecido, creo, una sola página de los diarios. Pero de esos hábitos han nacido obras, líneas de poemas y frases que han movido de lugar los sentimientos de mucha gente. Quizás el mundo seguiría siendo tal como es si esas páginas no existieran, pero la vida de los hombres no sería la misma. Le faltaría la pasión, la imaginación y el riesgo que la realidad ha copiado siempre de la literatura. © La Nación
http://www.lanacion.com.ar/00/04/29/o04.htm
LA NACION | 29/04/2000 | Página | Opinión