El que se resignó a morir

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Entre las infinitas imágenes que aluden a los terrores de este siglo hay una que es difícil de olvidar: la de Augusto Pinochet sentado en su trono de dictador, poco después del golpe militar que lo llevaría al poder, con anteojos oscuros, los brazos cruzados sobre la gorra de general y los labios apretados, fríos, indiferentes. He vuelto a encontrar esa fotografía perturbadora en la portada de un libro que compré en Barcelona hace pocas semanas: El caso de España contra las dictaduras , que reúne los documentos presentados por el juez español Baltasar Garzón a la Audiencia Nacional de Madrid para pedir la extradición de Pinochet a España.

Las trescientas treinta páginas del libro son sólo un inventarios de nombres propios y de escuetas historias. Todo parece opaco, neutral, ajeno a la tragedia. Las muertes caudalosas convierten a los seres humanos en meras cifras, como en Auschwitz o Camboya. Cuanto más vasto es el crimen, más invisibles parecen las víctimas.

Variantes de la crueldad

Al hojear el manual español, saltan a la vista ciertos casos incomprensibles: ¿qué clase de crueldad, por ejemplo, es la que condujo al asesinato de Luis Cotal Alvarez, de 15 años, que trataba de llegar corriendo a su casa después del toque de queda, el 5 de octubre de 1973, y por ese delito de impuntualidad fue llevado a una bodega vacía, torturado y ejecutado junto con un amigo dos años mayor? ¿En nombre de qué principios se dejó desangrar hasta la muerte a Mercedes del Pilar Corredera, de ocho años, que se desprendió de la mano de su madre y fue derribada a balazos mientras corría, el 12 de septiembre de 1973?

No son estos relatos los que se invocan en el juicio británico a Pinochet, que ahora está llegando a su fin, sino algunas laberínticas escaramuzas legales: si los crímenes son anteriores o posteriores a la fecha en que Londres reconoció su régimen de facto, si la inmunidad diplomática señalada en el pasaporte del ex dictador se extiende más allá del 5 de octubre de 1998, la fecha en que expiró. Siempre parece más fácil disolver la culpa de los que matan a cien personas -o a mil- que la de quienes matan a una o a dos.

Después de varios meses de idas y venidas, Pinochet ha empezado a desprenderse de los abogados y a jugar con cartas sentimentales. Las declaraciones que hizo cuando lo detuvieron aludían sólo a sus derechos políticos; más tarde, recurrió a la amenaza: "La transición pacífica de Chile a la democracia está siendo dañada por estas acciones en mi contra", le dijo a The Sunday Times a comienzos de noviembre. Ahora, cambiando de tono, prefiere acudir a la compasión.

"Ya me he resignado a morir en Gran Bretaña", declaró hace poco. La frase parece extraña en labios de Pinochet o en los de cualquier otro dictador, porque los dictadores no se resignan: imaginan que son eternos y que la muerte existe sólo para sus enemigos. Tampoco es un signo de debilidad. Parecería que el general de 83 años trata de instalar en los jueces la idea de que los viejos están más allá de la Justicia, o del bien y del mal, porque ya han completado su destino.

Pinochet, a la distancia

A mediados de 1976, cuando compartí el exilio en Venezuela con decenas de chilenos, nos parecía imposible que Pinochet llegara alguna vez a viejo. Todos los domingos nos reuníamos para hablar de esas cosas con los periodistas Mariano Aguirre y Carlos Jorquera, y con la aspirante a novelista Isabel Allende, que entonces no imaginaba toda la fama que se le vendría encima. A veces íbamos a una playa lejana llamada Oricao, otras veces nos reuníamos en los modestos departamentos de cualquiera de nosotros. Los dictadores no sólo seguían torturando y matando gente. También habían cambiado la vida a miles de personas como nosotros, y eso era ya irremediable.

Carlos Jorquera, el Negro, había salvado la vida por un pelo y cada vez que contaba su historia se juntaban muchos venezolanos a oírlo porque lo hacía con elocuencia hipnótica y una ironía distante, como si hablara de otro. Había sido uno de los más populares comentaristas de la televisión chilena en los años 60 y, cuando Salvador Allende ganó las elecciones, lo llamaron para que trabajara como adjunto del Perro Olivares, jefe de prensa del nuevo gobierno. El Negro llegaba a su oficina del Palacio de la Moneda todos los días a las siete de la mañana y, cuando conseguía marcharse temprano, se iba a las redacciones a seguir conversando con sus colegas hasta el cierre de la última edición. Lo que menos le gustaba de tanto trajín era que veía poquísimo a su madre, por la que sentía una devoción de personaje de tango.

Los minutos finales

Llevaba tres días sin dormir cuando lo sorprendió el bombardeo del Palacio de la Moneda. Sorprender tal vez no sea el verbo justo, porque el golpe militar se veía venir y todos habían decidido enfrentarlo sin rendirse. Jorquera recibió en los brazos al Perro Olivares cuando cayó herido de muerte y fue de las últimas personas en ver vivo a Salvador Allende. La futura novelista Isabel Allende no cesaba de preguntarle sobre aquellos minutos finales, porque era incapaz de imaginar muerto a ese tío -primo de su padre- con el que jugaba al dominó cuando era niña.

A la diez de la mañana del 11 de septiembre de 1973, el Negro Jorquera era uno de los cientos de empleados del gobierno que aguardaban tendidos en la acera del Palacio de la Moneda, la frente contra el piso y las manos en la nuca, esperando que se los llevaran al Estadio Nacional o que los fusilaran allí mismo. En un momento dado lo separaron junto a otras nueve personas y le anunciaron que iba a morir. Cuando miró a su verdugo de frente descubrió que se trataba de un teniente casi tan asustado como él. "¿Usted es el de la televisión? -le preguntó el teniente-. ¿Qué hace aquí? En mi casa nunca dejábamos de ver su programa." Hizo cruzar la calle a Jorquera sin dejar de apuntarle y se detuvo entre dos camiones del ejército. "Váyase -le dijo-. En esta confusión nadie se va a dar cuenta de que no ha muerto."

Tres días después, el Negro logró llegar a Lima y desde ahí voló a Venezuela. No volvió a ver a su madre, porque ella estaba demasiado enferma para viajar y él, legalmente, había muerto: figuraba en las listas de fusilados de aquella mañana aciaga. Tuvo que esperar cinco años para que lo declararan vivo.

Pinochet no conoce ninguna de esas angustias en su retiro inglés. Todos los días recibe decenas de visitas, ve a sus familiares y relee las caudalosas biografías de Napoleón que existen en español. Su anuncio de que se ha resignado a morir lejos de Chile tiene un innegable patetismo. Que ese destino le aguarde a los 83 años es, sin embargo, infinitamente menos terrible que el destino de torturas, exilios y muertes injustas -en plena juventud- que él impuso a miles de chilenos. A veces, la patria son los otros, aunque para los dictadores no hay otra patria que ellos mismos.

http://www.lanacion.com.ar/99/01/30/o04.htm

LA NACION | 30/01/1999 | Página | Opinión