El último acto
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Los largos meses de juicio a William Jefferson Clinton han servido no sólo para someterlo a un escarnio público tan interminable como impiadoso: también han permitido que en los Estados Unidos fluyan con ímpetu las aguas sucias de la imaginación puritana.
Las revistas de escándalo compitieron para alimentar esa imaginación con noticias tan imaginarias que mucha gente creyó en ellas. A mediados de enero, en una de las librerías de paso que hay en los aeropuertos norteamericanos, vi en tres de esas revistas una gran foto de Monica Lewinsky, más gorda que de costumbre, al pie del mismo título rotundo: "Está embarazada. Lo afirman sus amigos". Una de las revistas insinuaba que el embarazo era un castigo de Dios. Nadie se ocupó en desmentir la noticia, porque nadie, tampoco, tiene tiempo para barrer toda la basura que anda suelta. Fue el liso y llano cuerpo de Monica el que la desmintió por sí solo cuando se presentó a declarar ante el Congreso, porque era obvio, al verlo, que no pasaba nada.
Un mes más tarde, cuando ya el juicio estaba por terminar, algunos emisarios de la Casa Blanca suplicaron a los editores de la revista People -que tiene reputación de frívola pero no de mentirosa- que postergaran la publicación de una nota de tapa sobre los sufrimientos de Chelsea, hija única de la pareja presidencial. Les respondieron que no se podía.
La industria sexual
Casi al mismo tiempo, un reportero de Star Magazine , publicación de prestigio dudoso, demostró que el "escándalo Clinton" había servido para estimular la industria sexual de Washington valiéndose de un argumento bizantino: "Quien se tome la molestia de consultar las páginas amarillas de la guía telefónica de la capital -escribió-, advertirá que hay diecinueve páginas dedicadas a servicios de acompañantes sexuales, contra sólo once páginas de anuncios de iglesias". Al reportero no parecía interesarle que la proporción hubiera sido la misma en 1997, antes del escándalo.
Si bien los fanáticos distan de ser mayoría en los Estados Unidos, nadie podría negar que tienen, como todos los obsesivos, armas poderosas. Las encuestas de opinión de comienzos de febrero revelaron que dos tercios de la población norteamericana estaban hartos del juicio y querían que se dejara al presidente en paz. Pero en el Congreso, que en teoría debió haber reflejado ese tedio colectivo, las pasiones siguieron al rojo vivo. Una de las declaraciones más escalofriantes fue la del senador Robert Byrd, de ochenta y un años, que pertenece al mismo partido de Clinton pero también a otra época. "Quiero para ese hombre -dijo Byrd- una condena que jamás pueda ser borrada y que, como la marca de Caín, lo siga más allá de la tumba."
En toda esta patética historia hay tanta hipocresía moral y tanto horror a las debilidades del sexo que -al menos en las esferas del poder- los Esados Unidos de fines del siglo XX han terminado pareciéndose a la Inglaterra victoriana del siglo XIX. Nadie sabe muy bien si el odio de los puritanos a Clinton es más por lo que han descubierto de su intimidad que por lo que hizo con su intimidad. Si el presidente hubiera sido más disimulado o menos omnipotente, tal vez se habría evitado tantos trances amargos.
Ya es un lugar común de los analistas políticos decir que Clinton está pagando ahora por todas sus transgresiones del pasado y por su falta de respeto hacia las convenciones de la política. Usa un apellido que no es el suyo (el de su padre era Blythe), durante la adolescencia fumó marihuana más de una vez, y su único hermano (medio hermano, en verdad) fue a la cárcel por consumir drogas. Logró esquivar el servicio militar durante la Guerra de Vietnam y organizó frecuentes manifestaciones contra esa guerra mientras vivió en Oxford. Esos antecedentes han bastado para ganarle el odio implacable de los puritanos y de los conservadores extremos.
El horror, como una plaga
Lo peor, sin embargo, es lo que le pasa con el sexo. Clinton nunca consiguió ser discreto, y el estrépito de sus conquistas extraconyugales han encendido la imaginación (y las iras) de puritanos como el fiscal Kenneth Starr, al que lo enferma la idea de que el presidente siga en su cargo como si tal cosa. El fin del largo proceso no significa que el horror ante el sexo se haya aplacado. Al contrario: en el Congreso de Washington -donde pocos podrían tirar la primera piedra-, el horror está extendiéndose como una plaga.
Una historia evoca otras, y no sé por qué desde que empezó la tragedia de Clinton no consigo quitarme de la cabeza lo que me sucedió en la Argentina hace cuatro décadas, cuando era un crítico de cine alzado en armas contra la censura. Estaba a punto de estrenarse Los amantes , la osada película de Louis Malle sobre una pareja adúltera, cuando un fiscal del gobierno decidió prohibirla. A mí me pareció un acto de injusticia atroz y moví las escasas influencias de que disponía para impedirlo. Recuerdo que organicé una proyección privada para escritores y periodistas y les rogué que protestaran, pero sólo victoria Ocampo me hizo caso. No le había gustado mucho la película, pero le gustaban menos los autoritarismos.
Torquemada moderno
Una semana más tarde, cuando supe que la batalla estaba perdida, pedí una entrevista con el fiscal. Quería entender sus puntos de vista.
Era un hombre calvo, adusto, cordial. Al comienzo de la conversación me impresionó con buenos argumentos y citas de Jacques Maritain y de San Agustín, pero cuando insistí en que los Los amantes no podía hacerles ningún daño a los mayores de dieciocho años, el fiscal se salió de su quicio. Abrió los armarios y los cajones del escritorio, mientras me explicaba, histérico, que el país estaba enfermo de pornografía. Ante mis ojos desplegó decenas de revistas obscenas, volantes que invitaban a espectáculos de strip-tease y latas de películas que en aquella época eran pornográficas y que tal vez ahora sean ingenuas. "Llevo muchos años secuestrando y prohibiendo estas porquerías", me dijo.
Le pregunté si la continua familiaridad con esos materiales sucios no lo afectaba también a él, aunque fuera un hombre de convicciones sólidas. "¿No tiene miedo de convertirse en un coleccionista?", insinué. El fiscal me observó con inocultable compasión. "El demonio me tienta a veces -dijo-. Pero llevo toda una vida ahuyentándolo. Hay poca gente en este mundo con tanta experiencia en eso como yo."
En aquel momento se dibujó en la cara del fiscal una sonrisa beatífica, increíblemente parecida a la que, según las crónicas de la época, iluminaba las caras de Pierre Cauchon y Tomás de Torquemada al mandar a sus víctimas a la hoguera, e idéntica a la que el fiscal Kenneth Starr exhibió la mañana de enero en que la Cámara de Representantes votó el juicio al presidente.
Dios guarde a Clinton y a todos los impuros de este mundo de las sonrisas que pasan tanto tiempo luchando con los demonios.