El virus norteamericano

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. J.- Durante los cinco primeros días de noviembre, una extraña plaga de virus letales afectó las computadoras de la costa nordeste de los Estados Unidos. Imágenes de escarabajos amenazantes que movían sus patas y soltaban, cada tanto, chorros de veneno amarillo, aparecieron en las pantallas designados con un arco iris de nombres seductores que prefiero traducir al castellano: "Te quiero", "Ábreme", "Querido George W", "Lo mejor de la noche". Mi computadora sucumbió a dos de los cuatro y tuve que llamar a un servicio técnico para que los limpiara.

El experto que me enviaron se llama Steve Lewis, tiene 23 años y estudia Química en la universidad de Rutgers. Es alto y delgado como un fósforo, y tanto la barba como el pelo refulgen en estado de perpetua incandescencia. Aunque terminó la desinfección en menos de media hora, se quedó por lo menos otras dos explicándome la razón de ser de los virus y el letargo que está padeciendo la imaginación humana ante los avances de la tecnología. Una de sus frases resultó profética:

"Imagínese lo que ocurriría si alguien empata una elección en los Estados Unidos. Ustedes, en América Latina, llegarían a un acuerdo rápido para repartir el poder. Aquí, la sorpresa nos ataría las manos, quién sabe por cuanto tiempo".

Cuando lo imprevisto sucede, los Estados Unidos se paralizan: los aeropuertos, los trenes, los hospitales, tal vez el Pentágono. Los virus se fabrican, me explicó Steve, no sólo porque algunos fanáticos de la computación quieren divertirse o porque malignas compañías tecnológicas inventan la enfermedad para vender más tarde el remedio sino, ante todo, porque son armas de una guerra posible. Un virus puede infiltrarse en la memoria de un país y reducirlo a la inmovilidad.

Triunfo por aturdimiento

Parecía ilusorio e inconcebible que una elección decidida por cien millones de personas pudiera terminar en un empate. Eso es, sin embargo, lo que de veras ha pasado no una, sino muchas veces en los comicios del 7 de noviembre. Como aquejado por un virus súbito, el país entero se dividió en dos mitades exactas y también en dos se dividieron algunas de sus partes. El azar de unos votos equivocados en el condado de Palm Beach, Florida, es lo que tal vez permita a George W. Bush ocupar la presidencia de los Estados Unidos. Si la tendencia se confirma, Bush no sería el único vencedor aventajado por su rival en los votos populares: lo precedieron Rutheford Hayes en 1876 y Benjamin Harrison en 1888, ninguno de los cuales fue reelegido. Pero será el primero que llega a la Casa Blanca por el aturdimiento de unos viejitos que se desorientaron en las casillas de votación.

Cientos de artículos de prensa han delatado ya las fragilidades de un sistema electoral que acaso se modificará en los años que vienen; otros cientos han denunciado la malicia con que las autoridades de Florida acomodaron las boletas para que el nombre del abanderado demócrata apareciera desviado un par de milímetros arriba o abajo de su lugar lógico. A mí me parecen más interesantes los estudios sobre la condición humana del gongorino Al Gore y del malcriado Bush.

Gore es capaz de enredar el discurso más simple: en vez de decir "no sé" dice, por ejemplo, "no tengo los elementos suficientes para determinar que...". Bush, incapaz de complejidades, es un niñito rico que siempre dependió de la opinión de su papá y que tal vez dependa, para gobernar, de lo que le dicte ese otro padre intelectual que es el sombrío Dick Cheyney, su compañero de fórmula.

La falta de simplicidad perdió a Gore: eso es algo que ya todos saben. Un primo hermano de Bush llamado John Ellis, que dirigió los programas de noticias del canal Fox durante las elecciones, dijo que la derrota del vicepresidente parecía imposible hace dos meses. "Durante los debates me mordí las uñas esperando el momento en que Gore se volviera hacia Bush y le preguntara, con toda sencillez: Dígame, gobernador, ¿qué es lo que no le gusta exactamente de estos años de paz y prosperidad?

Esa pregunta lo habría destrozado. Si a Gore le apareciera un virus en la computadora, no sabría qué hacer. No tiene instintos, imaginación. No sabe cómo sobrevivir. Si el virus estuviera, en cambio, en la computadora de Bush, haría lo más fácil: la rompería.

Dos semanas increíbles

El gobernador de Texas, llano y vacío como una página en blanco, se refugió todo el tiempo tras la sombra de su papá. Cuando los votos de Florida lo pusieron en un aprieto, tuvo que recurrir a un antiguo consejero de George I, el ex jefe de gabinete James Baker, para que lo sacara del pantano. Durante las inverosímiles dos semanas que siguieron al 7 de diciembre, encender la televisión era como un viaje por el túnel del tiempo. Daba la impresión de que se estaba discutiendo la reelección de George I, no el triunfo o la derrota del hijo.

Si el triunfo se confirma, lo mejor que le podría pasar a los Estados Unidos sería que gobierne el equipo de George el Viejo. El Joven parece cualquier cosa menos "el líder del mundo libre" a que alude la propaganda republicana. Los profetas políticos suponen que el nuevo presidente estará condenado a conciliar con sus adversarios en casi todo y que las más extremas promesas electorales no se podrán cumplir. Pero la realidad nunca da tantas vueltas. Si gana Bush, tal vez los demócratas hagan prevalecer su derecho a la mitad del poder durante los primeros seis meses del año 2001. Luego, la vigorosa astucia republicana los apartará del camino, como siempre ha ocurrido.

Los virus, por su parte, han empezado ya su obra demoledora. Steve me dejó la computadora limpia, pero no sé si alegrarme por tanto esmero. Desde hace tres días, mi correo electrónico empezó a llenarse de mensajes que reproducen los profundos pensamientos expresados por George el Joven entre junio de 1997 y octubre pasado. Todas ellas dan una idea cabal de su coeficiente intelectual y presagian años de espanto. Quizá el lector ya las conoce, pero no puedo resistir a la tentación de copiar algunas:

"El futuro será mejor mañana." "Los maestros son los únicos profesionales que pueden enseñar en las escuelas." "Los que no tienen éxito corren el riesgo de fracasar." "Creo que hay una tendencia irreversible hacia un mundo con más libertad y más democracia. Pero eso podría cambiar." "Ya es tiempo de que la raza humana entre en el sistema solar."

 

Los mensajes con las frases de George el Joven llevan un título común: "Que Dios se apiade de América". Dios es capaz de todo, pero me parece que eso es ya pedirle demasiado.

http://www.lanacion.com.ar/00/11/25/o04.htm

LA NACION | 25/11/2000 | Página | Opinión

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