En defensa de los diferentes

Por Tomás Eloy Martínez

Para La Nación


HIGHLAND PARK, N. Jersey.- No hubo peor invierno en los Estados Unidos que el de 1995-1996. A mediados de diciembre, en el pueblo suburbano donde vivo, la comuna decidió abrir zanjas para unas nuevas tuberías de agua. Los trabajos, que empezaron un lunes, se interrumpieron el jueves porque la nieve seguía cayendo y la helada dureza del suelo parecía invencible. Los obreros municipales desertaron y ya creíamos estar condenados hasta la primavera a caminar entre la selva de caños, alambres y removedores de cemento abandonados en las calles, cuando la comuna decidió contratar a gente de otro pueblo vecino, que resolvió el problema en menos de una semana. Uno de los recién llegados era un mexicano llamado Francisco. Trabajaba de 7 de la mañana a 7 de la noche en la peor de las intemperies, con media hora de intervalo para almorzar, por un salario de 180 dólares a la semana. Muchas veces conversé con él, porque venía a pedirme una taza de café caliente y a cambiarse de ropa cuando la tempestad arreciaba.

Volví a pensar en Francisco durante las primeras semanas de 1999, cuando la Argentina, Venezuela y la República Dominicana empezaron a quejarse de los inmigrantes ilegales que "les quitan el pan de la boca a los trabajadores nativos". Mi amigo mexicano no sólo era ilegal: le daba lo mismo seguir siéndolo. Su única ambición en la vida era ahorrar dinero para volver a Tlacolula, el pueblo de Oaxaca donde estaba toda su familia, y comprar allí una casita en la que cupieran sus tres hijos, su esposa, su madre y sus tres hermanos menores. Para Francisco, Nueva Jersey era sólo un purgatorio de trabajo esclavo. El paraíso estaba en Tlacolula, donde, como él decía, "soy para todos hombre de respeto".

Dormía sobre unas frazadas viejas en un sótano prestado: sin calefacción, sin agua caliente, con sólo un hornillo de gas en el que se preparaba el café del amanecer y la sopa de la noche. De sus siete compañeros, otros cuatro vivían en las mismas condiciones, pero no aguantaban demasiado tiempo. O se enfermaban o volvían sus pueblos.

El viaje increíble

La víspera de Navidad, Francisco me mostró los regalos que había comprado para su familia, y se despidió porque iba a pasar diez días en Tlacolula. Ya me parecía heroico que se fuera y volviera en ómnibus desde Nueva York hasta San Diego, en la otra costa de la Unión. Lo que no entendía era cómo iba a entrar otra vez. Me lo explicó. Llegaba hasta la costa de Tijuana y al caer la noche cruzaba, con el mar a la cintura, hasta las cercanías de Imperial Beach, en el extremo sudoeste de California, cuidándose de que la marea no lo ahogara por sorpresa, como había sucedido con tantos otros. Empapado, caminaba seis o siete kilómetros hasta un camino vecinal donde lo esperaban camiones clandestinos que lo dejaban en el aeropuerto de Los Angeles o de Orange County. Llevaba seis navidades repitiendo la travesía sin ningún incidente.

Francisco y los cientos de miles de ilegales que viven en los Estados Unidos tienen conciencia de que son explotados en trabajos por los que un inmigrante con papeles recibiría el doble o el triple de salario. Esa explotación no los hace felices. Tampoco los salva del hambre. Es sólo el puente, temporario puente, hacia una vida con mejores oportunidades.

A pesar de lo que se ve en las películas, los Estados Unidos han sido más considerados de lo que se dice con los inmigrantes ilegales. Miles de ellos se les cuelan todos los días por las fronteras y, aunque la policía y los guardacostas logran expulsar a muchos, los que quedan terminan integrándose al país, a tal punto que la nacionalidad está llena de guiones: afro-americanos, chino-americanos, cubano-americanos, ítalo-americanos, chicanos, latinos.

Casi el cincuenta por ciento de los que emigran terminan nacionalizándose y, si bien la discriminación racial es un veneno extendido, la xenofobia casi no existe, ni siquiera en las regiones conservadoras del Medio Oeste. Los norteamericanos saben que la grandeza del país fue construida por los recién llegados y que la prosperidad de la última década es, sobre todo, obra de los negros, de los chinos y de los hispanos. Unos pocos sectores de blancos extremistas sienten que el país les pertenece en exclusividad, pero están aislados y su número decrece.

La paradoja argentina

No se puede decir lo mismo de la Argentina, donde el índice de extranjeros nacionalizados fue siempre bajo, y donde tanto la Constitución de 1853 como la reformada de 1994 incurren en una incomprensible paradoja: mientras por un lado el Preámbulo asegura los beneficios de la libertad "para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino" y el artículo 20 concede a los extranjeros "todos los derechos civiles del ciudadano" nativo, por el otro lado impone al gobierno federal, en el artículo 25, la obligación de "fomentar la inmigración europea", lo que significa que la inmigración es deseable, pero sólo si es europea. Esta última cláusula tal vez tendría explicación a mediados del siglo XIX, cuando la Argentina fue proyectada por las elites letradas como una nación blanca, pero no se entiende cuál es la razón que la justifique en estos tiempos de globalización y de acuerdos multinacionales.

Si bien es imperativo que los inmigrantes cumplan con la ley y se legalicen, como cualquier ciudadano corriente, es también verdad que la burocracia en la Argentina parece más dispuesta a disuadirlos que a ser generosa con ellos. Conozco el tema por experiencia personal. Dos veces tuve que hacer trámites como inmigrante legal en los Estados Unidos, y en ambos casos envié casi todos los formularios por correo y gasté dos horas en la entrevista final y la consiguiente espera. El mismo trámite, en Venezuela, me costó diez días de sufrimiento.

Todas las tradiciones

En 1986, cuando regresé a la Argentina después de once años de ausencia, la pesadilla fue infinitamente peor. El director de Aduanas de aquella época me exigió devolver todos mis muebles y libros en el barco que los había traído, porque el año anterior me había quedado en Buenos Aires, inadvertidamente, veinticuatro horas más de las que autorizaba la ley.

Meses más tarde, acompañé a mi esposa y a mi hija en las infinitas colas del viejo Hotel de Inmigrantes para que obtuvieran la residencia argentina. Como me negué a usar gestores, el trámite duró semanas de maltratos e idas y vueltas en busca de nuevos sellos para papeles que ya habían sido presentados varias veces. Advertí entonces la enorme distancia que hay entre la generosa letra del Preámbulo de la Constitución y la xenofóbica realidad. Y me compadecí de los cientos de extranjeros no europeos que formaron fila conmigo sin saber hablar el castellano y empleando a sus hijos de siete u ocho años como traductores precarios. Con ese infierno por delante, ¿qué inmigrante clandestino querría legalizarse, a sabiendas de que cada nuevo requisito de la burocracia (y los que se exigen son interminables) le consumirá las horas que necesita para ganarse el pan?

En la contratapa de sus Obras completas , Borges escribió hace un cuarto de siglo: "Felizmente, no nos debemos a una sola tradición; podemos aspirar a todas". Es así: la historia demuestra que la riqueza viene siempre de los otros, de los diferentes, por pobres que nos parezcan.

http://www.lanacion.com.ar/99/02/27/o05.htm

LA NACION | 27/02/1999 | Página | Opinión