Hojas al viento
Por Tomás Eloy Martínez
Para La Nación
HIGHLAND PARK, N. Jersey
A mediados de mayo de 1997 conocí a Clemente Mosquera en un barrio precario de Cartagena de Indias, donde se había refugiado después que una patrulla militar mutiló y asesinó a toda su familia en la calle mayor de Apartadó, cerca de la frontera con Panamá. Recuerdo muy bien a Clemente: era frágil y menudo como un pájaro, el pelo oscuro y salvaje, la mirada huidiza, y una cicatriz enorme en la mejilla, abierta por el mismo machete que había segado la vida de sus padres. Estaba a punto de cumplir trece años, pero parecía de seis. Durante la media hora que duró nuestro encuentro en el dispensario del barrio donde vivía, al lado de un basural, Clemente se mostró siempre apurado por marcharse. No tenía nada que hacer ni adónde ir, pero los largos meses de continua fuga lo habían acostumbrado a no quedarse quieto. "Todos tenemos que morir tarde o temprano -me dijo aquel día-. Morir temprano es mejor. Se sufre menos."
Hace un par de semanas recibí, casi al mismo tiempo, la noticia de la muerte de Clemente Mosquera y un ejemplar de Las guerras en Colombia , el extraordinario libro en el que la periodista Alma Guillermoprieto reúne los tres artículos que escribió para The New York Review of Books entre abril y mayo del 2000. El libro me permitió entender mejor la interminable violencia que azota a Colombia desde hace medio siglo, y de paso descubrir una razón para el precoz final de Clemente, que murió en las montañas próximas a Bucaramanga, al nordeste del país. Al parecer, cayó con el fusil en la mano durante una de las cotidianas escaramuzas entre el ejército regular y un pelotón de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que lo habían reclutado dos años antes.
Una carta del matrimonio Mendoza, en cuya casa de Cartagena se refugió Clemente al huir de Apartadó, resume la odisea de los incontables niños colombianos que andan a la deriva por el país incierto. Isabel de Mendoza escribe que, entre febrero y marzo de 1998, cuando le pareció que la situación se había calmado y que ya nadie tenía memoria de los estropicios causados en su pueblo natal, Clemente Mosquera intentó regresar en busca de un tío que había sobrevivido a la matanza y que estaba escondido en la ciudad de Montería. Quería que lo ayudara a reconstruir la casa de dos plantas levantada por su padre en la calle mayor, cerca del coliseo deportivo, y a recuperar el hato donde la familia había criado cerdos y vacas durante dos o tres generaciones. A los trece años, Clemente creía que la vida es una sucesión de fatalidades interrumpidas solo por la voluntad de perdurar. "Las personas somos tan solo hojas al viento, que Dios mueve según su santa voluntad -escribió Isabel de Mendoza-. Clemente suponía que las hojas pueden moverse solas cuando no hay viento. Dios le mostró que no es así."
Clemente intentó salir de Cartagena de Indias por el mismo camino que lo había llevado. Se unió a una caravana de lanchones y descendió hacia Montería por los lodos del río Sinú, en un viaje de tres jornadas interminables. Comió dos bananas y tomó dos dedos de agua. Al amanecer del cuarto día, cuando los viajeros avistaron a lo lejos las torres de la catedral, los atacó una avanzada de la guerrilla. Las cartas que Clemente envió a la familia Mendoza un año después del asalto nunca explicaron cuál fue el destino de los que iban con él. Con un lenguaje escueto, laborioso, difícil de descifrar, Clemente sólo contó que los oficiales atacantes le ofrecieron adiestrarlo en el uso de las armas y pagarle un salario quincenal si se les unía. "Les dije que sí. Ya estoy en edad de ganar algún dinero", escribió.
Aunque la costumbre de reclutar adolescentes y niños es casi tan antigua como la guerra de medio siglo que lleva Colombia, solo en el año 2000 se convirtió en un hecho público. Alma Guillermoprieto refiere en su libro que Manuel Marulanda o Tirofijo, el jefe de las FARC, se negó siempre a reducir la edad de la leva de guerrilleros: "Nosotros tenemos una norma que nos exige reclutar solo de quince años en adelante", dijo. Pero nunca fue así. También el ejército y los paramilitares levantan niños de los campos cada vez más despoblados: en las tropas de avanzada, la edad promedio de los combatientes es de catorce años.
Fugitivos de la guerrilla
Clemente Mosquera dijo que se había incorporado como voluntario. Quién sabe si esa es la verdad. Según Alma Guillermoprieto, casi todos los niños fugitivos de la guerrilla cuentan que ingresaron en ella como parte de pago por los impuestos que su familia no había podido pagar (los pesadísimos gravámenes a los cultivos de coca o a las cosechas de maíz), o bajo la amenaza de que sus padres serían castigados. "Parece lógico reclutar a los más jóvenes -se lee en el libro de Alma Guillermoprieto-. Son maleables y lo bastante fuertes como para sobrevivir a las incontables exigencias físicas de la campaña."
En agosto de 2000, fecha de su última carta a los Mendoza, Clemente Mosquera era un experto tirador de ametralladoras AK 47 (tardaba menos de tres minutos en desmontarlas y limpiarlas) y de rifles de asalto Galil. Vivía "en sociedad" con Nora, una chica de trece años, y su única infelicidad era no tener hijos, porque el reglamento de las FARC, que no reprime ni vigila las relaciones sexuales entre los combatientes, es en cambio intolerante con las parejas demasiado estables y con los lazos de familia demasiado sólidos. En la primera revisión médica, se les coloca a las adolescentes un dispositivo intrauterino obligatorio. "Tal vez algún día, cuando termine tanta injusticia como la que hay en Colombia - escribió Clemente-, Nora y yo podamos regresar a Apartadó y tener allá la familia que nunca tuvimos." Tal vez , algún día , son expresiones que en la Colombia de estos tiempos equivalen a nunca .
A través de la versión de un guerrillero desertor que volvió al barrio Nelson Mandela, la familia Mendoza pudo reconstruir en parte los pasos de Clemente durante los últimos dos años, desde la leva forzosa cerca de Montería hasta su muerte en combate. Fue entrenado en las selvas de la zona de despeje durante más de seis meses. Enfermó de malaria y sobrevivió gracias a los cuidados de Nora, en uno de esos dispensarios de fin del mundo que están junto a las destilerías de cocaína. Combatió contra los paramilitares de Carlos Castaño en los infiernos de Putumayo y contra el ejército regular en los bañados de Caquetá. Mató a diez hombres, fue herido en una pierna. Nunca recibió la paga que le habían prometido.
A fines de noviembre, lo incorporaron a un batallón de elite que comenzó a hostigar al ejército cerca de las montañas de Bucaramanga. Clemente dirigía un pelotón de doce guerrilleros, todos menores que él, niños de entre doce y trece años. Las versiones sobre su final son confusas: Isabel de Mendoza dice que su patrulla cayó en una emboscada tendida por el grupo Autodefensas de Castaño, la víspera de Navidad. Otros vecinos del barrio Nelson Mandela suponen que Clemente sucumbió en una de las más cruentas batallas de las FARC contra el ejército, al oeste de Bucaramanga.
Nadie sabe cómo hacer para que cese en Colombia una violencia que lleva más de medio siglo. Hay cinco o seis facciones en pugna, y la entrada de los norteamericanos en la pelea, con el pretexto de la lucha contra los traficantes de cocaína, agregará una leña más a tanto fuego.Como escribe con sensatez Alma Guillermoprieto, el principal escollo para la paz es que nunca hay dos bandos, y cada vez que uno de ellos busca negociar una tregua, los otros se oponen o exigen soluciones imposibles. Tampoco nadie sabe ya por qué o contra quién pelea. Clemente Mosquera fue una hoja al viento llena de preguntas y se acaba de morir sin ninguna respuesta. © La Nación
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LA NACION | 06/01/2001 | Página | Opinión
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