De un mal a otro peor
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
MADRID
EN febrero de 1999, cuando asumió la presidencia constitucional de Venezuela, el teniente coronel Hugo Chávez Frías no tenía la menor idea de cuán complejos y astutos pueden ser los intereses internacionales, tanto de las grandes corporaciones como de los países desarrollados. Le parecía que Venezuela y él formaban una conjunción indestructible, amparada por la noble sombra de Simón Bolívar, y que, desde ese cielo de la historia, podía hacer lo que se le diera la gana.
En agosto de aquel año, cuando lo vi en el Palacio de Miraflores, su ingenuidad no se había alterado. En esos días estaba sustituyendo a los eficaces directores de Petróleos de Venezuela, la empresa de la cual depende casi toda la economía del país, por burócratas que le eran ciegamente adictos, uno de los cuales había sido expulsado cuatro años antes de la industria. Lo obsesionaba llevar adelante su proyecto político, que incluía la reducción de los altísimos niveles de pobreza, liquidar la corrupción, debilitar a los partidos políticos tradicionales y resucitar la Gran Colombia, el sueño no cumplido de Bolívar, a través de una federación de naciones que debía incluir a Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia, además de Colombia y Venezuela.
Ya Chávez había dado pasos rápidos en todas esas direcciones, al convocar a una asamblea que reformaría la Constitución, y al desafiar a los Estados Unidos anudando lazos con el Irak de Saddam Hussein y la Libia de Muammar Khadafy, además de enviar una carta de solidaridad al terrorista Illich Ramírez Sánchez, célebre por su apodo de guerra, El Chacal. Meses más tarde, vendió petróleo a Cuba en condiciones de privilegio, con lo cual acentuó hasta lo intolerable la desconfianza norteamericana.
También en el frente interno Chávez actuó con irresponsabilidad y omnipotencia. Nadie sabe con certeza dónde fueron a parar las torrenciales ganancias que se derramaron sobre Venezuela cuando el petróleo triplicó su precio. Las cifras sólo señalan que la economía del país casi no ha crecido en los últimos cuatro años. Desde 1998, el producto bruto interno ha subido sólo 6,3 por ciento, lo que, cotejado con el aumento de la población, indica que los venezolanos están peor que antes. La inflación prevista para este año supera el 35 por ciento y a la fuga desesperada de capitales hacia el exterior se suma un descomunal incremento de los intereses de la deuda pública. Setenta y cinco por ciento de los venezolanos siguen siendo pobres, y la tasa de desempleo era, hace un año, del 21,4 por ciento, sin que parezca haber disminuido. También la educación pasa por un mal momento: el analfabetismo supera el 9 por ciento, uno de los índices más altos del continente. Chávez admira, o al menos era así hasta hace un mes, a Fidel Castro, pero sólo se le parece en los ademanes, no en los éxitos.
El muchachote ingenuo que conocí en Miraflores hace tres años reveló que, además de imprudente, era torpe, y no tenía conciencia clara de que conducir un país con reservas petroleras caudalosas y una producción que es la cuarta del mundo exige una habilidad estratégica endemoniada para sortear las maniobras con que las naciones desarrolladas tratarán de imponerle siempre su arbitrio, por necesidad o por codicia.
Un hombre distinto
El Chávez que ha emergido el 15 de su segunda prisión quizá sea un hombre distinto. Los infortunios que comenzaron para él pocos días antes, con las incontenibles revueltas populares que exigían su renuncia, y que culminaron el 12 con la toma del poder por el empresario Pedro Carmona Estanga, parecen haber desarrollado en él los instintos defensivos de los que carecía. Su lenguaje omnipotente ha cambiado de tono. Ahora se ha tornado conciliador. También la relación fraternal con Fidel Castro se ha enfriado, al menos en apariencia: durante los días en que Chávez estuvo en desgracia, Castro trató de procurarle un refugio en España u otro país europeo, pero no lo quiso en Cuba.
La lección que mejor ha aprendido Chávez no es, sin embargo, la de la traición o la del aislamiento. Lo que ahora sabe es que hay poderes más fuertes, más veloces y más inescrupulosos que el suyo. Suponía que las fuerzas armadas le respondían ciegamente. Ya tiene claro, en cambio, que sólo un tercio le es leal, otro tercio le sigue siendo adverso y el resto se mantiene a la espera. Confiaba en que, como su gobierno goza de legitimidad constitucional y hay un pacto interamericano para defender las instituciones, el repudio de los demás países contra los insurrectos sería unánime. Descubrió en cambio, con cierto pasmo, que Estados Unidos y España manifestaban simpatía por el fugaz gobierno de Pedro Carmona. Creía que sus eficaces servicios de inteligencia lo ponían a salvo de todo asalto a su poder, pero no contó con que el auxilio a sus opositores podía ser alentado desde los Estados Unidos. No hay tantas pruebas de que fue así como sí las hay sobre la intervención de la CIA en Guatemala hace medio siglo o en el Chile de Salvador Allende, pero ya es público que el empresario Carmona y algunos jefes militares estaban en contacto, antes del golpe, con funcionarios del Departamento de Estado. La declaración de Ari Fleischer, vocero de la Casa Blanca, al afirmar que el propio Chávez había provocado la crisis que lo derrocó, puede ser leída casi como una confesión de parte.
Devuelto a su despacho del Palacio de Miraflores, el extravagante presidente de Venezuela sabe ahora lo que no debe hacer para seguir haciendo lo que sí quiere hacer. Sus mansos llamados a la concordia del día 15 y su aceptación de un consejo de expertos independientes para establecer la verdad sobre el asesinato de quince personas durante las manifestaciones de cuatro días antes son el lamento de un tigre indigestado por el exceso de poder. Falta por ver aún si su naturaleza autoritaria es menos persistente que las advertencias de la realidad.
Uno de los modelos declarados de Hugo Chávez Frías era, y quizá todavía sea, Juan Perón, que padeció como él un golpe militar en junio de 1955, abrió las radios a los opositores y llamó a la concordia nacional en las semanas siguientes, pero repitió casi de inmediato sus gestos de intolerancia y sucumbió a un segundo golpe, tres meses más tarde.
Si Chávez recuerda las lecciones de la historia, no repetirá los errores de Perón. En tal caso, es posible que se mantenga en la presidencia hasta el final de su mandato, evitando los errores del pasado pero cometiendo (¿cómo saberlo?) otros nuevos.
Si algo peor que Chávez podía sucederle a Venezuela es la insolencia y la torpeza del golpe que intentó derrocarlo. El presidente es un hombre de izquierda, demagogo e ineficaz, pero quienes lo sucedieron pertenecen a una elite arrogante y despótica, cuyos primeros actos se parecían demasiado a los del fascismo. Chávez tiene la ventaja de una irreprochable legitimidad. Sus adversarios se comportaron con un sospechoso desprecio por las instituciones y por los derechos civiles. La comparación entre un régimen y otro era claramente desfavorable a los rebeldes, y ahora Venezuela ha perdido la oportunidad de una transición ordenada desde el poder omnímodo y arbitrario de su presidente constitucional hasta otro poder más racional, más previsible y ordenado, a la vez que respetuoso de las instituciones.
El golpe del 12 tuvo un efecto contrario al que buscaba: ha confirmado a Chávez en el poder y ha reforzado su caudillaje. Millones de venezolanos seguirán quejándose del presidente, tal vez con razón, pero ahora saben que todo mal, por atroz que parezca, siempre puede ser reemplazado por otro mal peor.http://www.lanacion.com.ar/02/04/27/do_391856.asp
LA NACION | 27/04/2002 | Página 17 | Opinión