El país cartonero

Por Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION


HIGHLAND PARK, N. Jersey

Hace un año parecía que la Argentina iba a caer en un abismo irremediable y, sin embargo, aunque postrada, todavía no ha sucumbido. Los motivos de la cólera desatada a fines del 2002 siguen intactos -las mismas figuras políticas, los mismos jueces dudosos, la corrupción sin fisuras, la miseria creciente-, pero la voluntad de sobrevivir ha sido más fuerte que la adversidad y que las decepciones. La víspera del año nuevo oí, a la entrada de una librería de la avenida Santa Fe, en Buenos Aires, una observación que me parece el mejor resumen de este largo limbo. "Si se acabaron los golpes de cacerola y las marchas para que se vayan todos, no es porque la gente se haya cansando de pelear, sino porque ha perdido las esperanzas de que algo cambie -le decía una mujer a otra-. Donde no hay ilusión, no puede haber desilusiones."

Buenos Aires se ha convertido, desde hace ya algún tiempo, en una ciudad extraña. Los edificios mantienen su belleza a partir de las segundas y terceras plantas, pero a la altura del suelo son una ruina, como si el esplendor del pasado hubiera quedado suspendido en lo alto y se negara a bajar o a desaparecer. Cuando se la deja de ver por tres o cuatro meses, la decadencia se torna tan visible que da tristeza.

Herida en la conciencia

Muchos de los viejos vicios están todavía allí, invencibles. Como en los tiempos remotos, una burocracia estimulada por la educación autoritaria de los argentinos convierte cualquier trámite en una pesadilla que dura horas o días. El 2 de enero, por ejemplo, miles de servidores públicos declararon una huelga sorpresiva de veinticuatro horas para protestar por sus salarios de hambre. La queja es legítima pero, como era de prever, creó algunos trastornos. Hacia las dos de la tarde de ese día abrasador acudió al Registro Civil de la calle Uruguay una mujer de edad mediana, con su hijo de tres días en brazos. Había caminado desde el confín oeste del barrio de Almagro con la pretensión de inscribir el nacimiento. La despidieron en la puerta y de nada valieron las súplicas de la mujer. "Hay cuarenta días de plazo para anotar a un hijo -le informó el empleado-. ¿Usted la está pasando mal? Nosotros también."

La miseria estalla a cada paso y es una incesante herida en la conciencia. Los transeúntes parecen habituados a ese coro de quejas y de manos tendidas que están en todas partes, a la puerta de los cafés y en las esquinas de las avenidas, aun en barrios tan distantes del Centro como Saavedra o Liniers, pero quien ha estado ausente por sólo tres meses ve seis mendigos donde antes había dos.

Una estadística oficial de comienzos de enero suponía que el desempleo había descendido a 17,8 por ciento, muy por debajo del 21,5 alcanzado seis meses antes. Pero esos índices son engañosos, porque atribuyen empleos a los jefes de hogar que reciben bonos mensuales por valor de 150 pesos (un tercio de la suma imprescindible para que una familia tipo no pase hambre) y porque incluye también entre los ocupados a los millares de cartoneros que deambulan por las ciudades y a otros miles que consiguieron ocupaciones ocasionales durante los últimos seis meses. En lo que se llama el segundo cordón del Gran Buenos Aires, que comprende ciudades como Adrogué, Moreno, San Fernando y Tigre, centros de prosperidad hace medio siglo, tres de cada cuatro habitantes son pobres y casi 40 por ciento de esos pobres viven en la indigencia. Algunos de los grandes relatos argentinos discurren en esos parajes, pero si vivieran sus autores -Arlt, Borges, Cortázar, Bioy-, ya no podrían reconocerlos.

Los últimos días de diciembre padecieron en Buenos Aires una lluvia implacable, con ráfagas violentas e inundaciones inesperadas en las zonas bajas de la ciudad. Una de las imágenes más desoladoras que vi entonces fue la de dos niños, de entre ocho y diez años, que clasificaban la basura y separaban los cartones en unas carretillas de aluminio. Arrastraban su carga de un montículo de residuos a otro, en la calle Venezuela, sobre la frontera entre San Telmo y Monserrat.

Los chicos afrontaban la tempestad protegidos por unos bolsones negros de plástico, los mismos que sirven para acumular los desperdicios de las casas de departamentos. Ambos llevaban la carretilla hacia una concentración de otros cartoneros, en una de las entradas de la calle Venezuela, donde venderían su colecta diaria a diez centavos el kilo.

Aunque la palabra cartonero es de uso ahora frecuente en Buenos Aires, la actividad de clasificar y vender cartones y papeles desechados se intensificó hace sólo dos o tres años, al acentuarse el desamparo. Ahora se ven cartoneros casi por todas partes, sobre todo a partir del anochecer, en las calles del Centro, donde tienen sus depósitos a cielo abierto.

En 1973, cuando los precursores de los cartoneros actuales vivían a la vera de los muladares y eran llamados cirujas, Osvaldo Lamborghini publicó, dentro de su relato Sebregondi retrocede , un capítulo que describía las desventuras del "niño proletario", al que "la sociedad burguesa se complacía en torturar". Lamborghini contaba allí que en su escuela había un niño proletario de nombre Stroppani, al que la maestra llamaba "Estropeado". Los abusos y, al final, el crimen acababan con él.

Hace tres décadas, antes de que la economía del país fuera arrasada por la especulación y las bicicletas financieras, aún había muchas fábricas activas. Si bien un niño proletario era alguien que desgarraba su infancia en el trabajo, al menos formaba parte de un sistema de producción que generaba riquezas. Era vejado en la escuela, pero la escuela no estaba fuera de su alcance. En cambio, los niños cartoneros como los que vi en la calle Venezuela bajo la tormenta andan uncidos a sus carretillas desde que cae la noche hasta la mañana siguiente y la escuela se les ha vuelto una utopía. Recogen los desechos de la comunidad, lo que sobra. En vez de producir, reciclan o, como ellos dicen, recuperan.

Los malos tiempos han dignificado esa actividad y han creado dentro de ella redes solidarias como la que logró reunir, el 10 de este mes, tonelada y media de alimentos y ropas para distribuir en una desamparado jardín de infantes de Tucumán. "Los cartoneros no tenemos nada -dijo una de las mujeres que organizaron la gigantesca y casi imposible colecta-. Pero queremos demostrar que, cuando se quiere ayudar, se puede."

Realidad inmóvil

Las diferencias entre el niño proletario de Lamborghini y los niños cartoneros de comienzos de 2003 señala la distancia que va de una época en que los tiempos distaban de ser los mejores, y estos años de ahora, que son también violentos, y son peores.

La mayoría de los economistas supone que este año estará signado por una reactivación de la economía argentina y, acaso, por el principio de una etapa de crecimiento. Sin embargo, mientras las esperanza y las predicciones van por un lado, la realidad persiste, inmóvil, en otro. Los dirigentes políticos de todo signo anteponen sus rencillas a la salud de las instituciones; la campaña electoral para elegir nuevo presidente se basa en nombres propios y no en proyectos. A la vez, la definición de objetivos nacionales capaces de encender el ánimo de la Argentina es algo en lo que ya nadie piensa. En un país sin ilusiones, el futuro parece de cartón. Mantiene su forma y su consistencia mientras nada pasa, pero la primera lluvia podría desmoronarlo.


http://www.lanacion.com.ar/03/01/25/do_468756.asp 
LA NACION | 25/01/2003 | Página 19 | Opinión