¿Hacia dónde va el terror?

Por Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION


EL ataque del 11 de setiembre a las Torres Gemelas fue tan abominable por las matanzas de ese día y de los que siguieron (mucha gente sucumbió a los efectos de los gases tóxicos y a la caída de escombros) como por la confusión moral que ha suscitado en todas partes. Hace apenas unos días vi en lo alto del último edificio de departamentos de Seaside, una playa de Nueva Jersey, dos enormes banderas norteamericanas con una leyenda atroz: "O amas este país o te vas al infierno".

Aunque la traducción del último vocablo modera el brutal insulto en inglés, la frase refleja con nitidez el nacionalismo ramplón, la xenofobia y la intolerancia que se han apoderado de los ciudadanos menos reflexivos de los Estados Unidos a partir de la célebre declaración de guerra al terrorismo del presidente George W. Bush, que incluyó esta sentencia inolvidable: "Los que no están con nosotros están contra nosotros".

Como no se trata de una guerra convencional entre naciones, sino de un enemigo inasible, que podría estar en cualquier parte, con determinación suicida y con un poder militar que no es fácil calcular, sería importante que Bush y sus huestes definieran qué entienden por terrorismo y quién es en verdad el adversario. Miles de personas inocentes están muriendo porque nadie sabe cuál es el verdadero blanco de esta contienda en la que casi todo se hace a ciegas.

Estados Unidos ha librado tres guerras después de 1945. Ha perdido una, la de Vietnam, y ha conseguido un empate doloroso en las otras dos, la de Corea y la del Golfo. La última es todavía una herida abierta en el corazón de los Bush, padre e hijo, y bastaría un pretexto mínimo para que se reanudasen los ataques a Irak invocando una democracia que no se exige, en cambio, a otros aliados como Arabia Saudita, Jordania y Egipto.

La guerra al terrorismo empezó hace poco menos de un año con la promesa formal de liquidar en seguida a los dos presuntos autores intelectuales del ataque a las Torres: el millonario saudita Osama ben Laden y el mullah Omar, jefe de los talibanes. Según parece, ambos todavía están vivos, a pesar de que rastrearlos ha dejado una estela de sangre. El 1° de julio pasado, sin ir más lejos, unas cien personas celebraban una boda en la aldea de Kakrak, en el centro de Afganistán. Algunos de los invitados tuvieron la mala idea de disparar rifles al aire en el momento en que pasaba un bombardero AC-130. Los tripulantes del avión imaginaron que los disparos eran hostiles y replicaron con fuego pesado. Cincuenta y cuatro personas murieron, casi todas mujeres y niños, y unos ciento veinte fueron heridos. ¿Eso es también terrorismo o tan sólo fatalidad, estupidez, prejuicio como el que revelaba el cartel junto a la playa de Seaside?

La palabra "terrorismo" es nueva y tal vea sea difícil ponerse de acuerdo sobre lo que significa. En el Diccionario de la Real Academia Española aparece por primera vez en 1869, con la indicación de que "es voz de uso reciente". El Oxford de la lengua inglesa la remonta a 1798 y la asocia por primera vez con el régimen jacobino de Francia. Para este diccionario, el fin del terrorismo es siempre político y los medios para alcanzarlo son violentos. El Oxford incluye dentro de esa categoría algunos movimientos glorificados ahora por la historia, como el de la resistencia francesa contra los nazis, el grupo sionista Irgun en Palestina y la guerrilla independentista de los mau-mau en Kenia.

Saber de qué lado está la justicia es una búsqueda que las pasiones oscurecen. Para Edmund Burke, uno de los maestros de la teoría política, los terroristas eran -y los jacobinos le servían de ejemplo- aquellos que aterrorizaban a las poblaciones para retener el poder. En un notable artículo de Grenville Byford publicado en el último número de la revista conservadora Foreign Affairs , el lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima sería, de acuerdo con ese criterio, un acto de terrorismo, porque "fue menos una misión militar que de advertencia", destinada a silenciar la resistencia japonesa.

Los intereses de Washington

Esas reflexiones son tal vez demasiado refinadas para George W. Bush y sus filósofos de cabecera -el vicepresidente Dick Cheney, el fiscal general John Ashcroft y la asesora de seguridad Condoleezza Rice-, que tienen objetivos más despejados. Para ellos, juzgar quién es terrorista y quién no lo es depende de los intereses de los Estados Unidos.

Así fue antes y así es ahora. No hay que olvidar que el demonio Saddam Hussein no era menos demoníaco en 1979, cuando asumió el gobierno de Irak y purgó la administración de izquierdistas, o entre 1980 y 1987, cuando se enzarzó en una guerra contra Irán con la bendición norteamericana. Pero entonces convenía mirarlo de otra manera. También los Estados Unidos de Ronald Reagan cortejaron y adularon a Leopoldo Fortunato Galtieri cuando necesitaron el envío de tropas argentinas a la península de Sinaí y asesoramiento militar a los contras de Nicaragua. Eso no impidió que le dieran la espalda meses más tarde, cuando el incauto conquistador vernáculo invadió las Islas Malvinas y afectó el orgullo de Gran Bretaña, un aliado intocable.

La franca vocación imperial de la administración Bush ha posado sus ojos en los conflictos de Oriente Medio y Extremo, no en el patio de atrás. Para ese equipo, América Latina es un asunto resuelto, desdeñable. En Venezuela alientan la cada vez más fuerte oposición interna a Hugo Chávez, cuyos continuos errores les facilitan el juego. En Colombia confían en la mano dura del presidente Alvaro Uribe para controlar tanto el narcotráfico como los ejércitos guerrilleros. Las fuerzas armadas de ese país duplicarán en pocos meses sus efectivos y sus armamentos. Y si Colombia arde -como empezó a arder el día de la asunción de Uribe y el lunes 12 otra vez, cuando se declaró el estado de emergencia nacional-, allí están los implacables paramilitares de Carlos Castaño para multiplicar el incendio.

Después del 11 de setiembre, Estados Unidos ha abierto infinitos frentes porque no sabe dónde está el enemigo. En verdad, lo que hace es tratar de cazarlo como puede. El letrero de la playa de Seaside no sólo expresa idiotez y xenofobia. También es una señal de miedo y de ira. Lo que ha sucedido no fue una agresión salvaje pero identificable como la de Pearl Harbour en 1941. Sucedió un ataque atroz a las llaves del imperio: Wall Street y el Pentágono.

¿Y si el ataque se repite? La sola idea le resulta intolerable a un país que nunca había sido vulnerado. Mientras la retórica antiterrorista sube de tono, los Estados Unidos corren el peligro de inferir aún más daño, esta vez a sí mismos. Los escándalos financieros han debilitado la economía; los gigantescos gastos militares la están desangrando. A la vez, las simpatías que el país despertó en los últimos cien años por su defensa de las libertades individuales y por sus luchas contra los totalitarismos están siendo dilapidadas a toda velocidad.

El ataque del 11 de setiembre no sólo destruyó las Torres Gemelas. Puede estar destruyendo también, solapadamente, silenciosamente, la cultura de puertas abiertas, de respeto al pensamiento y de fe en el trabajo que los Estados Unidos construyeron durante dos largos siglos.


http://www.lanacion.com.ar/02/08/17/do_423077.asp 
LA NACION | 17/08/2002 | Página 17 | Opinión