Posibles consecuencias del conflicto con Irak

La conversión de George W. Bush

Por Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION


En América latina, donde las guerras con enemigos lejanos han sido tan escasas, se oye preguntar con frecuencia cómo ha sido afectada la vida cotidiana de los Estados Unidos por el conflicto con Irak. La respuesta es sencilla: fuera de Washington, los tambores casi no se oyen, pero hay poca gente que no tome partido o esté pendiente de lo que dice George W. Bush por televisión, con una retórica cada vez más religiosa.

Desde el 11 de septiembre de 2001, cuando el país se sintió vulnerable por primera vez, el presidente parece decidido a construir de una vez por todas un imperio invulnerable.

Las últimas encuestas serias indican que una creciente mayoría de los norteamericanos está a favor del ataque a Irak, con la anuencia de las Naciones Unidas o sin ella. En la que CBS y The New York Times completaron la segunda semana de marzo, 55% aprobaba la guerra, y 41% no. A nadie le preocupa la disparidad de fuerzas entre los dos países beligerantes ni el hecho de que Saddam Hussein tenga, según todos los indicios, poco que ver con la destrucción de las Torres Gemelas. Un estudiante de Washington University en St. Louis, Missouri, me dijo que Hussein es semejante al Hitler de 1938: un tirano mentiroso que oprime a su pueblo y que oculta, mientras se siente débil, sus garras expansionistas. Dejarlo avanzar equivaldría a un suicidio.

En otras partes se piensa lo contrario. La edición europea de la revista Time formuló a sus lectores de Internet la siguiente pregunta: "¿Qué país representa un peligro mayor para la paz del mundo en 2003?". Más de trescientas mil personas votaron. Las respuestas fueron éstas: Corea del Norte, siete por ciento; Irak, ocho; Estados Unidos, 84 por ciento.

Uno de los restaurantes favoritos de los estudiantes de Rutgers University, en New Brunswick, cincuenta kilómetros al sur de Manhattan, es -o era- el Old Bay, que se especializa en comida cajun , originaria de New Orleans. Desde el 11 de septiembre su dueño, Anthony M. Tola, ha puesto una enorme bandera en la fachada de su edificio, situado frente a uno de los cementerios más antiguos del país. Ahora, a comienzos de este mes, indignado por la oposición francesa a la guerra, decidió vaciar en los urinarios de sus baños todas las botellas de champagne Dom Perignon y de Merlot francés que le quedaban en la bodega. "No tolero que nos falten el respeto de esa manera", dijo. Decenas de estudiantes y de empleados de Johnson & Johnson que solían frecuentar el lugar decidieron abandonarlo. El lunes 10, sin embargo, cuando pasé por allí, había animados y numerosos patriotas sentados ante el bar y las mesas de los dos pisos.

De figura gris a cruzado

Mientras los norteamericanos más perspicaces y menos convencionales -como Susan Sontag y Norman Mailer- piensan que la guerra es el recurso de que se valdrán los Estados Unidos para configurar un nuevo mapa del Medio Oriente, aun a riesgo de que crezca el terrorismo islámico, una buena parte del país sigue, asombrada, la transfiguración de George W. Bush, que ha dejado de ser una figura gris, blanco frecuente de los sarcasmos de la prensa, para convertirse en el cruzado de una nueva fe imperial y, a la vez, en el más eficaz de sus propagandistas.

Bush se perfila como un predicador iluminado, que identifica la democracia de sus prédicas con la democracia verdadera, a pesar de que muchas de las libertades individuales están cayendo a pedazos y tanto la correspondencia privada de las personas como sus opiniones están sujetas al escrutinio del Estado, en un giro que si no es fascista se le parece demasiado. El ataque a las Torres operó ese milagro, tanto en el presidente como en la vida cotidiana de un país que hasta entonces era otro.

Cuando Bush asumió, hace dos años, los Estados Unidos estaban al borde de la recesión. Los dos períodos de Bill Clinton exhalaron prosperidad y optimismo, pero bajo la superficie bruñida de las grandes corporaciones algunas pústulas se preparaban a saltar. Ahora la economía es casi tan desastrosa como en los tiempos de Herbert Hoover, cuando sobrevino la Gran Depresión. El desempleo ha crecido 40 por ciento. Los ahorros de la población media, confiados a las oscilaciones de la Bolsa, se vieron mermados de 20 a 30 por ciento. Bush piensa mitigar esas desgracias -que podrían volverse contra él en la elección presidencial del año próximo- suprimiendo algunos de los impuestos que afectaban a los sectores más ricos.

La promesa del imperio o, para decirlo en el lenguaje del presidente, la imagen de las barras y estrellas flameando sobre un mundo más libre, ha puesto de su lado a los conservadores y a los dudosos, que en Estados Unidos -como en otras partes- suelen ocupar el poder aunque no lo hayan ganado. Que Bush siga dando de sí la idea de un pecador transformado por la gracia de la fe es algo que conmueve hasta las lágrimas. El mejor reflejo de esa conversión es el retrato del presidente trazado por David Frum, uno de los escritores de sus discursos y el autor de la feliz frase "eje del mal". En su libro El hombre adecuado ( The right man ), Frum refiere esta anécdota reveladora: en septiembre de 2002, Bush habló de su pasado a un grupo de líderes religiosos que lo visitaron en la Oficina Oval. "Como ustedes saben, yo bebía demasiado", les dijo. "Ahora mismo podría estar en un bar de Texas y no en este despacho. Hay una sola razón para que eso haya sucedido: encontré la fe. Encontré a Dios. Estoy aquí gracias al poder de la plegaria."

A un hombre tan poseído como Bush por la luz de su misión terrenal no le importa demasiado que Saddam Hussein tenga poco o nada que ver con el ataque a las Torres. Su mente funciona de otra manera. Como bien lo señalaba Norman Mailer hace unos días, el presidente es un filósofo que ha acuñado el siguiente silogismo: "El 11 de septiembre es el Mal. Saddam es el Mal. Todo Mal está conectado. Ergo, Irak".

Todo lo demás, entonces, son insidias de los pacifistas. Es un azar que los Estados Unidos consuman, ellos solos, más de un cuarto del petróleo que consume el planeta entero y que Irak tenga el 11 por ciento de las reservas verificadas, un poco menos que Arabia Saudita. Lo que Bush quiere modificar no son las provisiones petroleras de su país sino algo más hondo: quiere que sus plegarias se derramen también sobre el atormentado pueblo de Irak, aunque sea en forma de bombas.

Si Francia y Alemania rechazan el apocalipsis -por convicción, hipocresía o hartazgo, según se vea-, Bush no se quiere privar de expulsar al tirano Saddam. Las plegarias lo han llevado demasiado lejos como para volver atrás. "Yo sólo sigo mis instintos", le dijo a Bob Woodward cuando lo entrevistó para su libro Bush en guerra .

"Y sus instintos son casi su segunda religión", comentó el periodista. En esas mismas páginas hay una confesión aún más aterradora, hecha por el presidente a uno de sus consejeros: "Llevaré esta lucha contra el terrorismo hasta el final. En un momento dado, nosotros podríamos ser los únicos que quedamos en pie. Eso está OK para mí. Nosotros somos América".

Aun ante la guerra, la gente común de los Estados Unidos piensa en la guerra como en algo demasiado remoto. Pero la destrucción ha empezado ya dentro de la casa, de un modo más sutil y letal que el 11 de septiembre. Está en el aire, en las palabras que se oyen por la televisión cada día, y nadie sabe por cuánto tiempo va a quedarse.

http://www.lanacion.com.ar/03/03/19/do_481817.asp 
LA NACION | 19/03/2003 | Página 19 | Opinión