La victoria del hijo pródigo
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK, Nueva Jersey
No hay desilusiones más irremediables que las nacidas de promesas que no se pueden cumplir. Antes del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush derramó todas las mieles de su retórica sobre América Latina, juró amistad eterna al presidente mexicano Vicente Fox y aseguró que la solidaridad con los países del continente sería la prioridad de su aún frágil gobierno. El ataque de Al-Qaeda le hizo volver los ojos hacia las turbulencias de Medio Oriente y olvidar con la mano todo lo que meses atrás había dicho con el codo. Huérfana en el océano hostil de la globalización, América Latina sintió un desencanto creciente por los Estados Unidos, que poco a poco ha ido transformándose en hostilidad.
No pocos de los 38 millones de votos que Luiz Inácio Lula da Silva recibió en las elecciones presidenciales del domingo pasado se deben a la creencia popular de que nadie sino él podría liberar a Brasil de los cerrojos impuestos por el Fondo Monetario y por los inversores internacionales.
No hay casi duda de que Lula vencerá en la segunda vuelta contra el opaco candidato oficialista, José Serra. Tampoco hay duda de que los vientos del buen gobierno soplarán en su contra, con una legislatura adversa, una oposición encabezada por el aún prestigioso Fernando Henrique Cardoso y una imagen externa dudosa, además de la abrumadora deuda pública de 240 mil millones de dólares y una desocupación de casi nueve por ciento, algo que los brasileños desconocían. Lula ha tropezado en la vida con enemigos más temibles que ésos, sin embargo.
Lo conocí en Princeton, a fines de marzo de 1993, durante una conferencia sobre las nuevas izquierdas que organizó Jorge Castañeda, el actual canciller mexicano, que entonces era profesor visitante de aquella universidad. Me impresionó como lo que era: un obrero metalúrgico de inteligencia vivaz, modales y lenguaje exuberantes, que no había aprendido bien la distancia que separa a un líder político de un estadista.
Aunque casi todas sus intervenciones en aquella reunión fueron previsibles y nada espectaculares, el último día impresionó a la audiencia de profesores y estudiantes al defender con argumentos sólidos la propiedad estatal de las industrias estratégicas, en contra de lo que Carlos Menem estaba haciendo entonces en la Argentina (aseguró que jamás privatizaría el petróleo, por ejemplo), y al postular la urgencia de una apertura democrática en Cuba.
Cuatro años antes, en 1989, había estado a punto de ganar las elecciones presidenciales de su país con un discurso clasista que ahuyentó a los votantes indecisos y puso en su contra a la élite del todopoderoso periodismo brasileño. El fracaso y los consejos de su asesor de imagen, Duda Mendonça, le enseñaron a moderarse. En aquella primera experiencia, sin embargo, estuvo cerca de la victoria. Superó en la primera ronda a Leonel Brizola, que es ahora su aliado, y fue derrotado en la ronda final más que por su rival, Fernando Collor de Mello, por la feroz animosidad de algunos canales de televisión, en especial la cadena Globo.
Su historia ha sido comparada muchas veces con la de un personaje de Charles Dickens. Nació en una aldea mísera de Pernambuco, en el extremo nordeste de Brasil, semanas antes de que su padre, Aristides da Silva, abandonara la casa en la que había otros seis hijos. Lula habría de recordar siempre el heroísmo y la tenacidad de la madre, Euridice Ferreira de Mello, que arrastró a la familia entera, más un octavo niño engendrado por Aristides durante una visita fugaz, hasta el puerto de Santos, donde el padre tenía otro hogar, también numeroso.
Los años primeros en esa ciudad fueron una pesadilla de humillaciones y maltratos que sólo se mitigaron cuando Euridice, a la que todos conocieron como dona Lindu, se mudó con los hijos a un cuarto con cocina en Villa Carioca, cerca de San Pablo. Lula, que tenía diez años y había sido condenado por el padre al analfabetismo perpetuo, fue por primera vez a la escuela. A los doce, se inscribió además en un curso de tornero mecánico y empezó a trabajar como aprendiz.
De sapo barbudo a hombre de mundo
Ocho años después, cuando aún no había cumplido veinte, era ya el más carismático de los dirigentes sindicales. Ninguna de las huelgas que se organizaron durante la férrea dictadura de Ernesto Geisel se hizo sin que Lula se pusiera al frente, luego de preguntar a los demás obreros si se animaban a seguirlo.
Estaba cantado que terminaría preso. Lo encerraron en una celda sin aire por un mes entero, a comienzo de 1980. Lo procesaron y lo condenaron a treinta meses más, de los que fue salvado por un fallo de providencia. A los veinticinco años, se convirtió en un personaje nacional. Ese mismo año fundó el Partido de los Trabajadores, que creció inesperadamente porque la dictadura quería dividir a la izquierda y prefería lo que imaginaba como un joven incauto, con escasa educación primaria, al astuto Leonel Brizola, que acababa de volver del exilio. "En vez de un programa teníamos un prontuario", recordó Lula en aquella reunión de Princeton.
A partir de allí, ya nada lo detuvo. En 1989, recibió once millones de votos y alcanzó el segundo lugar en la lucha por la presidencia. En la vuelta siguiente alcanzó 31 millones y tal vez no hubiera ganado de ningún modo contra Collor de Mello, que tuvo 35 millones, pero en la campaña final fue una especie de San Sebastián al que atravesaron todas las flechas. Dos semanas antes de las elecciones, el rival sacó de la manga a una ex novia de Lula, con la cual éste había tenido una hija de cuya manutención -dijo la mujer- jamás se había ocupado. La hija era verdadera, pero no el abandono. El ataque alevoso desgarró a Lula, que no supo cómo defenderse. Para colmo de males, TV Globo editó el último debate de los candidatos en un video compacto que subrayaba las vacilaciones y los traspiés del obrero metalúrgico y exhibía el lado más populista de Collor de Mello.
Volvió a perder dos veces con Fernando Henrique Cardoso, pero cada una de esas experiencias de fracaso le fue enseñando cómo orientarse en los laberintos burocráticos de Brasil, cómo apoyarse en la sabiduría secular de Itamaraty -cuya diplomacia es anterior a la república misma- y cómo disipar la desconfianza de militares y empresarios. El Lula de 2002 ya no es el "sapo barbudo e ignorante" del que se burlaba Brizola en 1989, sino un hombre de mundo que exhala ingenio y sentido del humor.
Todos saben que Lula reforzará los acuerdos regionales y tratará de negociar con Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional desde una posición más fuerte que la de ahora. Qué piensa en verdad de los Estados Unidos es un enigma. La única vislumbre de sus opiniones reales asomó, tal vez, el día antes del debate televisado con los otros tres candidatos a la presidencia. A eso de las dos de la tarde llegó al comité de su partido, en Villa Mariana, San Pablo, y les dijo a sus asesores: "Soy el único idiota en el mundo que acepta exponerse a una discusión cuando va ganando por lejos en las encuestas". Alguien que estaba cerca comentó, con un tono de claro sarcasmo: "No eres el único, Lula. Tal vez George W. Bush habría hecho lo mismo". El candidato cruzó sus miradas con los periodistas que rondaban el lugar y contuvo la lengua. Detrás de la barba despuntó, sin embargo, una sonrisa de asentimiento.
http://www.lanacion.com.ar/02/10/12/do_439826.asp
LA NACION | 12/10/2002 | Página 19 | Opinión