Los miedos nuestros de cada día
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
HIGHLAND PARK, N. Jersey
Una vez al mes, los domingos, Flavio Soares llama a su madre desde Linden, Nueva Jersey, a la ciudad de Goi‰nia, emplazada sobre la meseta central de Brasil, no lejos de la capital de ese país. Flavio usa una tarjeta telefónica de cinco dólares, que le permite hacer cuatro llamadas de veinte minutos. El diálogo es casi siempre el mismo: qué tal va el trabajo y cómo está el tiempo en una latitud y otra. La madre siente curiosidad por los cambios de las estaciones, porque el clima es inmóvil en Goi‰nia.
En 1998, Flavio dejó su oficio de pintor y empezó a trabajar en la reparación de techos. Vive, por lo tanto, a la intemperie, batallando contra las hojas en el otoño y contra la impiedad del sol en el verano. A partir de noviembre pasado, la madre comenzó a rogarle que volviera a Goi‰nia y a preguntarle si el área donde trabaja, a treinta o cuarenta kilómetros de Manhattan, tiene refugios subterráneos que protejan de la radiación atómica y dispensarios de primeros auxilios para los ataques con armas químicas. Al principio, Flavio no tomaba en serio los escrúpulos de su madre, que lo devolvía a la realidad leyéndole las noticias del día. Ahora, hay momentos en que ve la televisión y siente miedo, como casi todo el mundo.
La administración de George W. Bush no ha logrado desarticular la hipotética red de terror que podría fraguar un segundo atentado demencial en el territorio de los Estados Unidos, pero ha sido eficaz y persistente en instalar el miedo en la población, a la vez que exagerar el nacionalismo, ponderar la censura a la libre expresión y estimular la desconfianza contra todo extranjero. Flavio Soares lo explica muy bien en su inglés precario: "Tengo la mitad de trabajo que antes del 11 de septiembre y en algunos bares, cuando oyen mi acento, me tratan como si fuera un enemigo".
Ya en octubre del año pasado, un mes después de la destrucción de las Torres Gemelas, el fiscal general John Ashcroft anunció que se estrecharía el filtro para las visas turísticas y que usaría al máximo la autoridad que le confiere el Acta Patriótica, sancionada en septiembre, para detener a cualquier sospechoso de terrorismo. Cuatro meses después, 1182 personas estaban presas sin derecho a defensa y sin que se difundieran sus nombres, con una arbitrariedad que recordaba a las dictaduras del Cono Sur. Ese ímpetu represivo dio un solo fruto escaso. De todos los detenidos, el único al que se pudo involucrar con los atentados a las Torres fue Zacarias Moussaoui, que ya estaba preso antes de la tragedia.
Al menos una o dos veces por mes, los miembros prominentes de la administración Bush anuncian que el segundo atentado va a llegar de un momento a otro, aunque jamás aclaran dónde ni cómo. El 18 de abril, por ejemplo, el FBI difundió una información oficial en la que advertía que "terroristas no identificados" preparaban ataques contra bancos e instituciones financieras de la costa este, desde Virginia hasta Maine, sin explicar qué debían hacer las probables víctimas para protegerse.
Poco antes, el 6 de marzo, el propio John Ashcroft había señalado que la organización Al Qaeda estaba lista para un segundo ataque. "El 11 de septiembre no ha sido el fin de una larga preparación -dijo-, sino parte de un esfuerzo que no ha cesado. La gente debe estar alerta, porque en cualquier momento habrá una nueva advertencia."
En febrero, el director de la CIA, George Tenet, había declarado ante el Senado que Osama ben Laden estaba tratando de conseguir una bomba nuclear y que, en caso de que no alcanzara su objetivo, construiría lo que se llama "una bomba sucia", que al explotar dispersa material radiactivo. Con todos esos anuncios, es un milagro que la gente común no haya perdido la sensatez.
Amenaza imprecisa
Bush arrojó más leña al fuego el 25 de agosto, cuando dijo en Las Cruces, Nuevo México, que es preciso mantenerse alerta, porque el enemigo aún acecha. Al día siguiente, el vicepresidente Dick Cheney justificó el inminente ataque contra Irak afirmando que, después de la confesión de algunos desertores, "muchos de nosotros estamos convencidos de que Saddam Hussein comprará armas nucleares dentro de poco". No hay demasiada precisión, como se ve, en la amenaza que se cierne sobre los Estados Unidos, pero la respuesta sí puede ser precisa. Y mortal.
Tanto George W. Bush como su elenco están empleando, desde hace un año, una retórica contaminada de lugares comunes autoritarios. "El nuevo enemigo quiere destruir nuestras libertades e imponer sus puntos de vista", dijo el presidente un mes después del atentado contra el World Trade Center, mientras aclaraba que esos "puntos de vista" postulan la muerte, la ignorancia y la esclavitud de las mujeres. "Emprenderemos cualquier acción que sea necesaria para defender nuestra libertad y nuestra seguridad", advirtió Cheney a fines de agosto, sin aclarar que algunas libertades individuales han sido ya cercenadas y que no hay peor atentado a la seguridad de los ciudadanos que sembrar el miedo y la incertidumbre.
La estrategia del Gran Hermano
¿Cómo podría explicarse esa retórica? Algunos analistas norteamericanos han escrito en Foreign Affairs o en London Review of Books que el gobierno trata de cubrirse las espaldas contra una posible acusación de negligencia o inadvertencia en caso de que se produzca, de veras, el segundo atentado. Si se piensa en 1984 , la aleccionadora novela de George Orwell, podría pensarse también que Bush y sus huestes están empleando la misma estrategia del Gran Hermano: anunciar todos los días que el enemigo está por atacar acá o allá para que la gente piense que un gobierno en armas es imprescindible.
Aunque la madre de Flavio le ha suplicado que el 11 de septiembre se aleje de Manhattan todo lo que pueda, el reparador de techos (un oficio que en inglés se llama roofer ) no piensa perderse las conmemoraciones del amanecer. Uno de sus tíos vive cerca del Snug Harbor Cultural Center, en Staten Island, de donde saldrán en procesión, al amanecer, cinco gaiteros y un cortejo de tambores rumbo a la Zona Cero. Flavio pasará la noche allí, y después de acompañar a los músicos hacia el puente Verrazano, se quedará en Staten Island para ver por televisión el paso de las procesiones idénticas que convergerán sobre Wall Street desde Queens, Brooklyn y Bronx.
Tiene miedo, pero está seguro de que ese día nada pasará. "Lo peor ha sucedido ya", dice. Los Estados Unidos se han tornado menos libres, menos prósperos y más hostiles con los inmigrantes. El mundo mejor por el que está luchando el presidente Bush es proclamado todos los días por la televisión, pero la realidad refleja un mundo cada vez peor, donde las palabras "heroísmo" y "grandeza" significan todo lo contrario.http://www.lanacion.com.ar/02/09/07/do_429189.asp
LA NACION | 07/09/2002 | Página 17 | Opinión