Un lugar en el mundo

Por Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION


HIGHLAND PARK, N. Jersey


A fines de diciembre de 2001, cientos de miles de personas se lanzaron a las calles argentinas para exigir un país nuevo, libre de políticos ineptos y corruptos, con jueces incuestionables y una democracia representativa que, a diferencia de la actual, permitiera al pueblo tener control sobre sus representantes en vez de delegar su soberanía en gente que ni siquiera conoce. Ninguna de esas exigencias básicas se ha cumplido, por lo que la misión del presidente que se elija este mes o el próximo será llevar adelante no sólo esos reclamos sino también otro más decisivo: un proyecto de nación basado sobre principios con los que el país entero esté de acuerdo.

Hace un par de semanas, el Woodrow Wilson Center organizó en Washington una reunión de sociólogos, economistas, expertos en derechos humanos y en leyes internacionales para reflexionar sobre la Argentina. La conversación duró unas cinco horas, y uno podría tener confianza ciega en el candidato que tuviera el coraje suficiente para poner en práctica al menos la mitad de las cosas que se dijeron allí.

Algunas de las preguntas que aparecieron en la reunión son las mismas que deben de estar haciéndose ahora millares de votantes indecisos: ¿cómo volver a crecer?, ¿cómo evitar que el próximo presidente se vaya antes de terminar su mandato?, ¿quién o con quiénes se hará la imprescindible reforma política?, ¿qué pasa si el gobierno que viene es, otra vez, un gobierno de transición?, ¿cuál es el lugar de la Argentina en el mundo y cuál podría ser si continúa, como parece, la expasión imperial de los Estados Unidos?

Ciertos puntos quedaron claros desde el principio: pocos momentos parecen tan inoportunos como este cruel abril para celebrar elecciones presidenciales. No hay partidos políticos sino caudillos, no hay federación de provincias sino feudos, y acaso haya varios proyectos de gobierno anunciados, pero ningún acuerdo de principios.

Máculas del pasado

Desde hace más de un siglo, no se construye en la Argentina un proyecto de nación basado sobre principios en los que todos estén de acuerdo. En el caso sueco, que uno de los asistentes citó al pasar, los gobiernos que se suceden pueden ser adversarios, pero todos los votantes saben que al menos en la política exterior no se modificarán en absoluto tres principios básicos: humanitarismo, mediación, neutralidad.

En la Argentina, en cambio, ¿hace ya cuánto que no se oye hablar en esos términos? Hubo proyectos de nación sin principios, como los de casi todas las dictaduras desde 1930, y hubo principios sin proyecto de nación, como sucedió en los casos de Hipólito Yrigoyen y Raúl Alfonsín. Si los candidatos tuvieran la voluntad profunda de modificar el actual estado de miseria e incertidumbre de la comunidad, se reunirían para establecer un consenso, un acuerdo de principios que permitiera al vencedor de los comicios gobernar con el apoyo de todos. Pero ese consenso tendría que ser previo a la elección, no posterior, porque en este último caso las condiciones serían impuestas por uno solo de los candidatos, con desventaja para los demás. Si las encuestas no se equivocan y hay un virtual empate entre cinco postulantes, ningún momento sería más adecuado que éste para el acuerdo. ¿Quién, sin embargo, tendría la grandeza de proponerlo y quién, sobre todo, tendría la honradez de cumplirlo?

Uno de los mayores males de la Argentina es la sensación de que hay secretos bien guardados y complicidades mal habidas entre los factores de poder. Si no hay transparencia, nada es previsible, y si nada es previsible hacia dentro, menos aún lo será hacia fuera. Cuando el país no cree en sí mismo, ¿cómo podemos pretender que se crea en él? Los secretos nos han mordido el alma más de una vez. Recuérdese cuando Zulema Yoma dijo, al saberse repudiada por su marido: "¡Ah, si yo hablara!", y cuando una red de socorros mutuos se tendió en la Cámara de Senadores para proteger a los acusados de corrupción, en agosto de 2000, y otra red de amenazas fue alzada por José Luis Barrionuevo cuando sus pares estuvieron a punto de expulsarlo. Todo secreto, escribió Gilles Deleuze, tiene una condición necesaria: está tan lleno de sí que siempre deja caer algo de lo que no se dijo.

No es fácil limpiar un país con esas máculas del pasado y menos fácil aún es volverlo creíble a los que quieren invertir en él. Las corrupciones no castigadas -¡y ya son tantas!- ponen en tela de juicio la transparencia del poder, y las decisiones erráticas o desesperadas como el corralito desalientan la confianza en la legalidad. Si todas esas lacras deben ser modificadas, ¿quiénes pueden arrojar la primera piedra del cambio? ¿Los que prometieron hacerlo antes y no lo hicieron? ¿Los que podrían hacerlo ahora pero están atados de manos por compromisos no con su país ni su conciencia sino con factores de poder que velan por sus intereses de sector antes que por el interés de la Nación?

El arte de la política

Más que nunca, la Argentina está obligada ahora a establecer un rumbo claro y estable en su política exterior. Los Estados Unidos han ocupado Afganistán e Irak, pero no han descubierto las armas químicas que los movilizaron ni han capturado a Osama ben Laden, a Saddam Hussein o a sus respectivos acólitos. En teoría, la amenaza terrorista sigue intacta y ése podría ser el pretexto para otra guerra preventiva, acaso en Irán o en Siria. Los candidatos argentinos se han contradicho más de una vez en sus campañas sobre el rumbo que tomará el país. Chile y Brasil son clarísimos, en cambio: no quieren involucrarse, no admiten presiones sobre su soberanía, no convalidan ninguna acción que se tome de espaldas a las Naciones Unidas. ¿Y la Argentina, qué? ¿Seguirá negando en público lo que promete en privado?

El dinero argentino que se ha fugado al exterior suma casi tanto como la deuda externa. Una administración previsible, que legisle para beneficiar a toda la comunidad y no sólo a este o aquel sector, y que esté respaldada por una Justicia transparente, podría atraer a los inversores que se fueron e iniciar el lento camino hacia la recuperación del crédito y de la producción. Se oyen muchas promesas retóricas de aumentos de salarios y equidad distributiva, pero hasta ahora no se ha propuesto una reforma económica seria que acabe con la vergonzosa pobreza de la mitad de los argentinos. Tanto en Washington como en Los Angeles o en Madrid, toda la gente con la que me cruzo no cesa de preguntar cómo un país tan rico puede tolerar el peso de tantos pobres sin que las aguas de la tolerancia salgan de su cauce.

La tarea que le espera al presidente que venga dista de ser fácil, pero se puede vaticinar con certeza que, si no corrige la pesada herencia de errores y no pone de pie a una población desesperanzada, está condenado a encabezar otro gobierno transitorio. La Argentina necesita abrirse ahora un lugar en el mundo o va a perder todos los trenes del siglo XXI, así como perdió los del XX, uno después de otro.

¿Demasiada tarea para cuatro años? Es verdad. Pero esos cuatro podrían ser ocho, si los primeros valen la pena. "La política es el arte de lo imposible", dice un personaje de La silla del águila , la última novela de Carlos Fuentes. En la Argentina, donde todo lo imposible ya ha sucedido, la política es un arte más sencillo, que consiste sólo en poner el interés de la Nación por encima de los intereses de quien ejerce el poder.

http://www.lanacion.com.ar/03/04/19/do_489859.asp 
LA NACION | 19/04/2003 | Página 21 | Opinión